jueves, abril 24, 2014

El desayuno de Rufus

Olvidar el paisaje difuminado por la lluvia;
desechar múltiples amaneceres.
Todo dejaría en un segundo,
por un breve abandono de este presente.
Preso ahora.
Preso siempre.

martes, abril 01, 2014

1914

Se detuvo frente a la puerta que le impedía el paso al interior de la propiedad. Las noches frías se prolongaban por más de dos semanas seguidas, volviéndose insoportable para cualquier persona que se viera en la necesidad de andar por las calles con ese clima. Salvo por la ronda nocturna, se podría decir que aquellas estaban completamente desiertas.
Llamó con tres golpes sobre la gruesa puerta de madera y espero por un instante; miró su reloj, faltaban cinco minutos para las veintitrés horas; sus dedos estaban casi congelados; su cara fría y una respiración rápida y entrecortada le señalaba que su tiempo era escaso. Tomó fuerza y llamó nuevamente, esta vez utilizó el puño de su mano derecha para hacerse escuchar; al minuto una luz se encendió en el segundo piso la cual fue advertida por el reflejo de esta sobre la escarcha que había en la calle.
Hasta sus oídos llegó el ruido confuso de pasos presurosos bajando las escaleras y el posterior sonido de una llave entrando en la cerradura de la puerta principal; la puerta, con un apenas perceptible crujido de los goznes por el peso de esta, se abrió despacio para la inesperada visita.
-¿Tú, a estas horas? Vamos, entra de una vez ¿Qué sucede? –Preguntó el dueño de casa mientras cerraba la pesada puerta que dejaba pasar el frio de la noche.
-Está todo listo. Mi tarea la he cumplido- Contestó con voz agitada- Mañana se tendrán las primeras noticias. Dentro de los próximos días vendrán por ti. Recuerda muy bien esta fecha, estimado amigo.
-La humanidad no olvidará esta fecha. –Le contestó mientras daba un vistazo a un objeto puesto en su muñeca derecha.
-No me queda más tiempo, amigo; si nos volvemos a ver, cosa que me gustaría, espero que sea en tiempos más benignos. –Y recogiendo un poco la manga de su chaqueta, le dio una mirada a un artefacto similar al de su amigo. – Quién lo diría, hoy se cumple un año terrestre exacto desde que llegué a este planeta. –Presionó la superficie de la pantalla y en cosa de segundos desapareció, dejando en su lugar un leve vapor suspendido en el salón.
Luego de esto, el dueño de casa abrió un poco la puerta de entrada para contemplar el vacío de las calles; el hielo y un viento gélido reinaban en la más obscura de las noches. –Sí que no olvidarán el año de 1914- Dijo en voz baja, a la vez que cerraba la pesada puerta.

lunes, marzo 03, 2014

Certeza

No me importó quedarme en el andén. El tren salía de la estación mientras una extraña vibración subía por mis pies recorriéndome todo el cuerpo. Una sensación de vacío se provocó en mí al ver el último carro del largo convoy alejándose; era suficiente saber que todo lo que hubiese podido hacer estaba hecho; que las cosas tienen su tiempo y lugar. No me amaba, ni yo a ella. Qué tan difícil puede ser aceptar aquello. Si en nuestro último adiós no hubiese abordado el tren esa tarde; si la más pequeña de las dudas la hubiese impelido hasta mis brazos, hubiésemos terminado abrazados, mirando cómo aquel gigante de hierro se alejaba. No, no me amaba, ni yo a ella; y pareciera ser que esa sola idea que se hacía realidad en ese momento, daba lugar a reconocer y aceptar que algo en mí también había muerto.

jueves, febrero 27, 2014

La llamada

Al encender la lámpara que estaba sobre la mesita de noche, toda la pieza quedó inundada de un tono levemente ámbar, muy suave. Presionó el interruptor y la obscuridad se apoderó de todo lo que a sus ojos, se había revelado; sólo un pequeño haz de luz se colaba por entre las gruesas cortinas. Volvió a presionar y las cosas reaparecían ante su mirada. Volvía a presionar y desaparecían –Todo sigue aquí, junto a mí; nada ha desaparecido- se dijo aliviado. Tomó su móvil y buscó entre sus contactos; marcó un número, y envuelto en la más absoluta incertidumbre, esperó que contestaran.

-¿aló?
-Dime…
-¿Dónde estás? ¿Puedes hablar?
-En casa; te escucho…
-Por momentos soy un verdadero estúpido…
-Mira, la verdad no quisiera a estas horas…
-Por favor, déjame terminar; por favor…
-…
-No creo que deba esperar tener certeza de todo; el hecho de no ver las cosas, no significa de manera necesaria que estas no existan. Simplemente no existe la luminosidad que las muestre, que descubra sus formas.
-Cómo así.
-La tranquilidad no se alcanza sólo con certezas, sino también abrazando la incertidumbre que depara el futuro. Fui un idiota al no reconocer tu esfuerzo. Ya sé de donde proviene esta luz que hoy me falta.
-¿De dónde?
-De tu mirada.
-…
-¿Me dejas invitarte un café…? Sólo una taza de café.
-…
-Qué me dices…


Después de aquella llamada, dejó el móvil sobre la mesita y quedó observando la tenue luminosidad que desprendía este; lo miró reconfortado hasta que finalmente se apagó.
En la más completa obscuridad de su cuarto, pudo imaginar las formas de todas las cosas que este contenía.

lunes, enero 13, 2014

La decisión

la chica de la bici no me ve. Me escondo a su mirada; no quiero que sepa que estoy allí. Se aleja suave por el camino del parque hasta desaparecer. Cualquier día le hablo; le explicaré que el amor nace, al parecer, como las callampas, o sea en cualquier lugar. No, mejor no; suena poco poético dicho así. Le diré que me basta saber que ella existe en este parque para querer venir. Le quiero tanto que se lo diré tal cual; y es tanto lo que la quiero, que no me importa si ella sólo me sonríe y sigue pedaleando hasta desaparecer.

viernes, enero 10, 2014

Intermedio XII

Recuerdo que tenía un cuaderno donde guardaba relatos breves que surgían de manera caótica en una mente joven e inquita, hoy sólo inquieta, habrá de saber usted. Alcancé a tener un número importante de textos breves y poemitas que, desde un punto de vista onanista, como diría una egregia amiga, me resultaban aceptables. A estos los acompañaba, a veces, con una ilustración que improvisaba, intentando darle un soporte al texto. Qué lindo. Así transcurrieron las páginas en una época donde la inspiración estaba en todos lados. Como dato adicional le contaré, intrigado lector, que comenzaba mi vida laboral en un puesto de trabajo que se desarrollaba en la noche, lo que me permitía estar en tranquilidad al momento de intentar una creación literaria.
Con el advenimiento de la tecnología alguien me convenció que traspasara todos mis textos a un computador, que estando estos allí, estarían libres de extravío o cualquier desgracia semejante. La idea me pareció estupenda así es que me di a la tarea de trascribir, previa rigurosa selección, los textos que supuse tenían algún valor literario, obteniendo con esto una selección de todo mi gusto, un auténtico florilegio (…)
Pero ha de saber, contemporizado lector, que al tiempo después, el azar diría su última palabra en la forma de una fuerte variación de voltaje, provocando una vulgar quemazón de silicios en la tarjeta controladora que traen los discos; si nunca ha visto uno de cerca, levántese de su mullida posición y desarme su porquería de computador, extraiga el disco duro o HD y vea con sus propios ojos singular artilugio. Ese vórtice de electrones, esa abyecta manifestación física, destruyó el trabajo de un escritor en cierne que se confió de la incipiente tecnología. De haber seguido con el cuadernillo quizá aún tendría su trabajo intacto.

martes, octubre 29, 2013

Viento austral

Cómo lo hago para perderme en tu silencio.
Cómo saber que no me expulsarás ante mi súplica.
¿Abrirás tus hielos para guarecerme?
¿Tendrán mis huesos el honor de tu cobijo?
¡Rescátame!
¡Rescátame!
¡Rescátame!

viernes, septiembre 13, 2013

La sonrisa de Neftalí

Por momentos se escapa la vida por mi cuerpo.
(Por momentos nada más);
se diluyen mis recuerdos,
los anhelos que inventé.
Y no es que mude en brisa,
o en algo espiritual.
Por momentos se escapa la vida por mi cuerpo.
(Por momentos quiere arrancar).

jueves, agosto 01, 2013

Probabilidad cuántica (o el exceso de Merlot)

No me gusta juzgar a las personas por sus desaciertos, pero la verdad que Jean-Poul es un idiota de aquellos. Está bien ser claro en nuestros principios y estar dispuestos a defenderlos, pero otra cosa muy distinta es ignorar todo sentido común. Me explico. El susodicho porfiaba que perfectamente podía lanzarse a un agujero negro (empiece a dimensionar el asunto, por favor) y gracias a la aceleración que alcanzaría la masa total de su cuerpo, una vez traspasado el umbral del horizonte de sucesos, podría convertirse en luz… ¡en luz! Los comensales que estábamos reunidos (compartíamos un cerdito lechón esa tarde) nos mirábamos desconcertados como buscando un punto de apoyo para darle crédito a tamaña tontera. Con los minutos, el punto de vista fue adquiriendo ribetes de una verdadera ponencia, que incluso fue acompañada por más de un dibujo trazado en el suelo (sí, era un asado al aire libre, una jira se podría decir) realizado con un bastón a guisa de lápiz maniobrado con destreza y entusiasmo por el improvisado orador. 
Un esotérico podría, quizá, encontrar razón en todo aquello. Yo, que particularmente no soporto quemarme un dedo con un fósforo, no podía imaginar siquiera las temperaturas a que tendría que someter mi cuerpecito en tan azaroso viaje. Miré de soslayo a su esposa que se llevaba la copa hasta los labios en ese momento, y pude distinguir una risita cómplice que le dirigía a la dueña de casa (mi mujer). La novia de uno de nuestros amigos, una muchacha de poco más de veinticinco años, condescendía con la cabeza a las explicaciones dadas por Jean-Poul; en algún momento de la disertación, aquella opinó que era completamente posible; que todos nosotros somos seres de luz y que nuestros cuerpos son la coraza con la que nos hemos castigado nosotros mismos (¡¿?!) que la industrialización y el consumismo sólo nos ha alejado de la luz universal (risas) que debiéramos, como sociedad, luchar por volver a ser seres de pura energía (más risas). Otro del grupo, Eduardo, conocido por su contemporización a ultranza ante opiniones dispares, recorría los vasos de los asistentes, provisto de magnánima jarra conteniendo el mejor de los vinos Merlot del valle. Al llegar hasta mí, y mientras escanciaba el noble líquido en mi vaso, me preguntó con tono guasón “¿Tú qué crees?” Luego de haber estado libando casi toda la tarde y afectado por los grados alcohólicos; con las montañas imponentes proyectando sus sombras; las risas de genuina amistad; la alegría sostenida en el ambiente, sólo pude contestar “Pude ser… Por qué no”

martes, julio 23, 2013

La cuestión

Qué se sentirá trascender, me pregunto; deslizarse consciente hermanado al tiempo. Qué serían entonces los recuerdos, las épocas.

martes, julio 09, 2013

Un díos y su caída

Nada más intuir el borde del tiempo, sus pasos fueron directos donde yacía su recuerdo; desechó su mirada, entonces mundana, intentando aquella prístina que la memoria reconocía. Se estuvo allí imaginando, cuánto, más de siete mil quinientos años y contando.

viernes, junio 28, 2013

Vida de perro

Despertó sobresaltado: soñó con una constante caída; inquieto por lo sucedido en el sueño, esperó con ansia que abrieran el portón del parque aquella mañana.
Una vez fuera del parque, se dirigió hasta el local donde seguro lo aguardaba la dueña; como todos los días, esta al verle le saludó, al tiempo que le pasaba su pan del desayuno.
Se retiró hasta un lugar tranquilo y allí devoraba su sustento matutino. Luego, estirando con pereza todo el cuerpo, se preparaba a realizar lo que mejor sabía hacer: ladrar a los niños que jugaban.

martes, febrero 05, 2013

El silencio del saurio

Recostado sobre el lomo de un saurio, el sol besa de manera tangencial mi cabeza. Ni los años que he vivido, ni los que restan hasta mi muerte, alcanzan para separar la realidad de lo que imagino –La imaginación es sólo la vida en gerundio- responde mi compañero. La mirada viaja entre paisajes y delirio. Siento el resoplido del saurio que me acompaña (Respiración entrecortada, a veces al compás de la mía) El sol desciende lentamente tras las aguas del Pacífico, y la brisa fría de la noche se prepara. Ahí es cuando tomo entre mis brazos al celador de mis días y le pido que revele su secreto.
Sueñas tranquilo junto a mis suplicas, y yo al final exhausto, me duermo contigo.

martes, diciembre 18, 2012

Intermedio XI

No es cosa fácil avanzar en la lectura; al día de hoy he llegado con mucho esfuerzo al tomo número cuatro de la comedia humana. Pensé (¡ja!) que la tendría lista por ahí en el mes de septiembre; que para entonces enfrentaría el último resto pendiente que mantengo con Thomas Mann, por ejemplo. No es que Balzac sea laberíntico o su prosa en extremo confusa, al contrario: tiene una fluidez que dan ganas de no parar. El problema apareció por mi lado; por esto que algunos reconocen como tráfago; otros, con tintes metafísicos lo llamarán azar, qué sé yo. Para mí fue pura y sencillamente el día a día.
Sin embargo, hasta ahora no está mal. Lo único que tendré que hacer es prolongar los plazos y seguir disfrutando de esta obra; obra que a pesar de los años en que fue concebida, no deja de tener, o de entregar si se quiere, una actualidad que hace sonreír.
Hace poco tiempo, conversando con una amiga de literatura, me preguntó por la calidad de Dostoievsky en relación a Balzac. Es bien difícil ser objetivo al respecto, sobre todo cuando no se tiene la posibilidad de leer a los autores en cuestión desde su original; así y todo intenté un respuesta lo más honesta posible. Y es que con en el primer autor, lo principal pareciera ser el viaje por la psique del los personajes; mucho de los paisajes descritos por el ruso están dados en términos generales, no quiero decir en forma mezquina, sino adecuada. Con el otro, el entorno cobra vital importancia: la descripción que realiza de la vida parisina; sus salones llenos de gente haciendo gala de sus encantos; el arte de la sociabilidad; la descripción de sus calles o de la campiña, todo ese detalle se vuelve capital en el relato.
Este punto satisfizo a mi interlocutora quien se quejaba del poco tiempo que existe para la lectura.
Hoy en día, si no puedes decir algo en poco más de ciento treinta caracteres, muy pocos tendrán el tiempo de leerte.

La visita de un amigo.

Mi buen amigo Ferragus, se devana los sesos tratando de sacar en forma de texto las mil ocurrencias que de su febril imaginación por momentos brotan. Le explico que se lo tome con calma, que es sólo producto de su excesiva lectura; que es como una suerte de residuo o cristalización al final de la lectura, nada más -¡Por eso mismo tengo que escribir!- Me responde con ánimo.
Escribir por exceso de lectura. Me pareció interesante la idea pero no sé si podría validarla como cierta. Tampoco tengo las ganas siquiera de hacer algo más que la simple teorización del asunto para aclararlo. Pero le creo: es un entusiasta de la lectura.
Lo noto ocupado con su lectura y prefiero no quitarle tiempo; tiene un bonito paisaje desde su ventana. Puedo apreciar las cumbres cordilleranas con algunas manchas de nieve dejadas por el pasado invierno; un damasco cargado de frutos próximos a madurar y un álamo enorme con su follaje prodigando sombra. Le dejo tranquilo en su entorno. Salgo de su cuarto tratando de no interrumpir. Justo a la salida, casi en el dintel de la puerta pregunta -¿volverás ponto a visitarme?- Mi sonrisa le anticipa la respuesta y sonríe también -Sólo me tienes que llamar- Respondo.

miércoles, noviembre 07, 2012

Ascensión de un hombre justo

Sostener el cuerpo a esa altura, sobre todo para una persona de su edad, es casi una proeza. Lo digo porque conozco los efectos que puede provocar ese paisaje embriagador después de algunas horas de ascensión. Con sus cumbres coronadas de nieve; sus cursos de deshielos corriendo presurosos por las quebradas; las corrientes de aire comprimiendo contra las paredes rocosas el desarrollo de alguna nubosidad; los sonidos, en fin.
Haciendo un último esfuerzo, alcanzó el desfiladero de aquel trozo de cordillera y acomodando la espalda en una roca cercana, quedó extasiado en aquella inmensidad. “Aquí es donde quisiera morir” se dijo, contemplando con alegría la luminosidad de las primeras horas del atardecer.
Al cabo de un tiempo de aquella aventura, su salud comenzó a deteriorarse cada día un poco más, siendo internado en el hospital local por algunas semanas donde finalmente murió. Le fui a visitar justo el día en que falleció y tuve la certeza al ver su cuerpo tendido en la cama, que aquel hombre ya no estaba allí; que todo el resto de vida que le quedaba hasta entonces, lo ocupaba en realizar su última ascensión. Me miró con alegría y extrañeza al percatarse de mi presencia “sujétate bien, no vayas a caer” dijo, mientras seguía absorto en ese lugar que tiempo atrás me contó, había conquistado.

martes, octubre 16, 2012

Mañana de réquiem

Era la primera vez que abría el cuaderno de su hermano; el cuerpo aún tibio, mantenía aquella serenidad que tanto admiraba en él. Esa mañana, sentado a la orilla de la cama y a la espera que llegara el médico, hojeó el diario como buscando un trozo o página en particular.
-Tengo que realizar los trámites en la funeraria ¿Te quedas tú con él? –Preguntó la viuda con aire frío y protocolar.
-Lo prefiero… si no te incomoda. –Contestó.
La mujer dio una mirada al cuerpo de su ahora difunto esposo. Luego, sus pupilas se clavaron en las de su cuñado y en una especie de dolor contenido; de enfado con todo lo que la rodeaba en ese instante; de impotencia hacia ella misma, dio media vuelta y se marchó.
-¡Espera! –alcanzó a decirle aquel. Sus pasos se detuvieron de inmediato y luego de un breve momento, su imagen reapareció lentamente deteniéndose junto a la entrada.
-¿Aún me amas?
Esa misma pregunta hecha en ese momento por otra persona, hubiese sido una falta de delicadeza imperdonable para ella. Sólo el amor libera de las formas, tornando audaces a los amantes bajo su influjo.

lunes, octubre 01, 2012

Ensayo para una huida

 …Inclusive le era difícil llevarse una cucharada de caldo hasta su boca: una mujer atenta le asistía. Por momentos su mirada salía disparada de aquel cuarto y se paseaba sobre los tejados vecinos. Se trepaba en algún gancho de un perfumado abeto y desde allí imaginaba su partida (o mejor dicho, su huida)  Sentía la tibieza de la cuchara en su boca y volvía al plato de comida.

lunes, septiembre 10, 2012

El sueño de la llama.

La llama de la vela danza, se mece; arraigada firme a su pábilo que la protege. Anhela soltarse un día de su carbonizado celador; de subir alto donde otras, por las noches, también titilan y se mecen.

jueves, agosto 16, 2012

David, Margot, Puerto Montt (II)

Al día siguiente, Andrea se hizo acompañar de Margot; se sentía particularmente débil y prefirió quedarse en casa suspendiendo la visita que tenía programada a una amiga para ese día. Durante todo la mañana se dedicó a ordenar los insumos que se necesitaban para las clases que allí impartían, anotando todo aquello que hiciera falta. Margot la observaba desde su ubicación, cuidando de no encontrarse con la mirada de ella; el lance de la noche anterior, si bien es cierto no había dañado la confianza entre ambas, propició un silencio que se hubiese prolongado de manera fácil el resto del día de no ser por la premura que tenía Margot de comunicarle a Andrea sus planes.
-He estado pensando, Andrea –Intentando con esta formula captar la atención de su prima. –Y creo que realizaré el viaje a Europa primero y a la vuelta veré el tema de la exposición.
Su interlocutora dejó por un momento lo que estaba haciendo y un poco desanimada y con evidente desgano le quedó mirando. No era que la idea de Margot la sorprendiera, muchas veces expusieron esa misma posibilidad. El punto que cansaba a Andrea, era esa detestable costumbre de dilatar los asuntos en el tiempo.
-¿Finalmente viajaras? –Le respondió
-Creo que sí.
-¿Y qué pasará con David…? –Inquirió Andrea.
-No lo sé la verdad; siento como si todo esto ya no estuviese en mis manos.
Por primera vez se quedaron mirando y pareciera que todos los intentos de decir o hacer, fueron reducidos a una simple mirada.
-Saldré a caminar el resto de la mañana. –Dijo Margot, rompiendo el silencio instalado.
-Hacia dónde irás.
-Caminaré por la costanera en dirección a la estación. –Respondió mientras giraba su cuerpo sobre sus pies, abandonando el taller de clases.
Una vez fuera de casa, dirigió sus pasos hacia la costanera para disfrutar de la brisa marina que se levantaba en los rompe olas que allí había. Muchas veces estuvo en ese lugar junto a David, inclusive fue allí donde se vieron por primera vez ¿hace cuánto desde aquella oportunidad? Toda una vida según sus palabras.
Cuál es el secreto del primer amor; por qué su presencia no nos abandona el resto de nuestras vidas; por qué señorea sobre nuestras emociones, causando muchas veces ese desasosiego que nos altera el sueño; que baña con suave sudor nuestras manos, o nos hace tocar el delirio cuando nos reúne.
Sus pasos era lentos sobre la húmeda costanera; su mirada salía disparada hacia un horizonte en donde el cielo y el mar se hermanaban casi como un encuentro por ambos anhelado. Pensaba en las palabras de su prima la noche anterior; sintió una secreta vergüenza al percatarse que Andrea siempre supo del encuentro de ella con David aquella noche de navidad, y sin embargo supo entender. Sentía como un refugio la amistad inquebrantable de su prima y por ello le guardaba una secreta admiración. No quería seguir en esa situación; muchas veces en su habitación sentía como si toda su vida se hubiese fragmentado en trozos que ahora le era imposible reunir.
A medida que su caminata fue sumando pasos y el tiempo pareciera que suavizaba su inexorable marcha, las nubes de su mala disposición fueron abriendo de a poco el paso a la claridad de sus recuerdos y en ellos se quiso extraviar…
En cuanto ocupó su lugar en el compartimiento, recibió a través de la ventanilla la sonrisa que le entregaba David; fue casi como una respuesta refleja en él a la sonrisa instalada en el rostro de ella; le vio dar media vuelta, para luego perderse entre la gente que a esa hora repletaba el área de embarque. “La escena de una película mediocre” pensó ante la incomodidad que le provocaba aquel momento. Con el ánimo contrariado, comenzó a jugar con el reflejo de su rostro en la ventanilla, acomodando su cabello que rozaba un lado de su rostro. Sintió algo parecido al pudor, al imaginar que ese reflejo, sin poder ella evitarlo, escrutaba en sus gestos y mirada, el verdadero dolor que aquella despedida le generaba.
Con el típico empujón que se siente al romper la inercia del reposo, el tren lentamente se puso en movimiento, abandonando de manera pesada la estación; Margot miró la hora en su reloj, eran las siete pasado treinta y dos de la mañana. Nuevamente se acomodó en su asiento con una extraña sensación de abandono; por un largo momento dejó la mirada en los objetos y personas que quedaban como estáticos mientras el tren ganaba velocidad, sintiendo ese amable traqueteo que tanto le gustaba. Esto la puso de mejor ánimo, y le dio oportunidad de pensar en el desayuno. Se levantó de su asiento abandonando el compartimiento y se dirigió hasta el comedor; lo hacía por una razón práctica: el área de comedor, a esa hora, estaba casi en su totalidad disponible; lo cual mejoraba de manera significativa la atención. Se alegró al constatar que esta vez tampoco fallaba su cálculo; tomó ubicación en su lado preferido y se dispuso a disfrutar del desayuno.
Una vez que estuvo devuelta en su asiento, extrajo de su bolso un libro que había seleccionado para ese viaje, sin embargo, unas páginas más allá se encontraba extraviada en los últimos rincones de su conciencia. Sabía de manera categórica que no estaba prestando atención al libro; continuaba recorriendo las líneas, avanzando de manera mecánica por las páginas, sin lograr que aquellas la rescataran. Esto le daba la sensación de quedar dividida en dos seres distintos: uno de esto sostenía la realidad inmediata, mientras el otro, se dejaba caer sin control por esos abismos que por momentos le resultaran aspérrimo a su frágil corazón. Poco podía hacer ante el vértigo que le provocaba las imágenes que se sucedían una tras otra; la más recurrente, la que siempre estaba presente, era la de una muchacha arriba de un árbol coloreando un cuaderno; se quedó más de lo habitual en esa imagen, e insistió en seguir viajando a través de aquella sensación: la muchacha levantó la mirada en dirección a un grupo de personas que estaban reunidas bajo un abeto; pudo distinguir entre todos a una mujer que resultaba ser ella; luego, desde esta nueva figura, miraba hacia el árbol y podía distinguir a aquella niña coloreando un cuaderno de dibujo; esta visión le generaba gran dolor a la mujer, una suerte de envidia hacia la pequeña, que despreocupada de todo y absorta en los colores, viajaba. Volvía a ser aquella muchacha y sentía pena y miedo de la mujer que le miraba…
Las personas que a esa hora pasaban por la costanera junto a Margot, muchas de ellas con evidente apuro, dejaban en ella un rastro de colores y formas que sin duda ocuparía en sus creaciones plásticas; eso la hizo sentir mejor al reconocer la inspiración que se asomaba con timidez en ella. Había logrado tranquilizar su espíritu y sin tener la seguridad de una determinación, ya intuía la ruta que debía seguir. Aceleró sus pasos con la clara idea de disfrutar de un café en un local no distante de allí; era un local pequeño pero con una vista increíble al que acostumbraba visitar en sus días de universidad junto a otros estudiantes.
Tomó asiento en su lugar favorito y fue atendida de manera cordial por el dueño al que conocía desde siempre.
-Qué sorpresa que vengas por estos lados, Margot. –Saludó
-Siempre con ganas de venir, pero ya sabes lo que es tratar de hacer un poco de tiempo para saludar a los amigos. –Contestó ella con su rostro feliz por el encuentro.
-Ya lo creo. Tu taller demanda casi todo el tiempo del que dispones.
-Y no te equivocas, Carlos; hace más de ocho meses que planeo vacaciones y aún no logro ordenar las cosas.
-Pero dime, qué te preparo para esta mañana fría.
-Lo de siempre, pero esta vez con un poco de canela sobre la espuma.
-Descuida, personalmente lo prepararé para ti. Me alegra que hayas venido.
-Gracias, también me alegro de estar aquí.
Luego de tomar el pedio se disponía a marchar, cuando fue interrumpido por la voz de su amiga.
-¿Tienes un lápiz que me facilites, Carlos?
Este, deteniendo la marcha y volviéndose hacia ella, tomó uno desde el bolsillo de su chaqueta y con una sonrisa se lo entregó.
Extrajo de su bolso un pequeño cuaderno donde realizaba bosquejos y anotaciones, y apurando el paso de las hojas escribió como encabezado en una de ellas “Europa” Levantando la mirada hacia la costanera por la cual había llegado, y dejándose arrastrar por el movimiento del mar, comenzó a planificar su partida. Anotó a manera de lista, algunos puntos que le parecieron importantes.
Y así fue trascurriendo la mañana: a su primer café le siguió otro; de la lista para el viaje le continuó un boceto de una mujer; disfrutaba de la vista que tenía desde su ubicación; luego retomaba sus ideas para el viaje. Carlos, su amigo, le miraba con alegría desde el mesón; hacía mucho que no veía a Margot concentrada y contenta con algo.
Aquella mañana entraba a la estación de Temuco el tren proveniente de Santiago; de manera pesada se movía los últimos metros hasta detenerse por completo. David se encontraba despierto y de buen ánimo; con un apetito voraz, como si no hubiese comido en días. Luego de la entrada, el tren se dispuso a una detención de veinte minutos antes de continuar su itinerario a Puerto Montt; tiempo suficiente para bajar a desentumecer las piernas en una breve caminata y volver a tiempo a desayunar. Al descender del tren formó parte de esa gran masa de gente que se reunía allí por motivos diferentes. Era una especie de marea humana donde el desorden era total, pero sin embargo un orden superior coordinaba el movimiento de todos en ese lugar. Los aromas que traía el viento cambiaban a cada paso que se daba; pan recién horneado; aromas de té y canela; frituras que volvían agua la boca; voces promoviendo sus productos; niños ofreciendo emparedados de jamón y queso fundido; más allá un señora sentada en sus piernas gritando sus yerbas medicinales, impregnando aromas de vegetación; un perro ladraba a las palomas estirando lo más que podía su pescuezo, las que atemorizadas se refugiaban en lo alto de la bóveda que les prodigaba la estación. Miró hacia adelante apreciando una cortina de neblina que sobre esas tierras se arrastraba, distinguiendo apenas las formas y colores del paisaje. Conocía muy bien todas esas cosas, las había visto muchas veces desde pequeño, se podría decir que no necesitaba mirar para saber que estas estaban allí. Un deseo de salir corriendo y perderse en ese paisaje que lo consideraba protector, fue su primer impulso. Añoraba dejarlo todo; correr hasta las cordilleras; vivir como un ser natural más; olvidar sus ropas y posesiones y simplemente ser paisaje; remontar un río hasta su nacimiento; descansar a los pies de un glaciar escuchando en silencio el crujido de los hielos…
-¿Ves este paisaje, Margot? En nada ha cambiado desde que subí por primera vez junto a mi padre. –Explicaba excitado y con la respiración entrecortada por el esfuerzo de la ascensión.
Unos pasos más atrás subía su compañera de excursión agotada al igual que David. Al llegar a la cima, Margot solo pudo abrazarlo y exclamar con alegría “lo logramos”
-Qué hermoso es todo esto; estoy en el cielo. –Hablaba mientras miraba en torno suyo.
Se abrazaron en un silencio que los acogía; un viento frío cubrió sus cuerpos llevando su rumor hasta sus oídos; luego de un extenso momento, y antes de comenzar el descenso, David la tomó entre sus brazos y la besó.
-Te quiero. –Le susurró Margot a David.
-Entonces te gané. –Contestó él con una sonrisa.
-¿Por qué?
-Porque yo te amo. –Respondió.
Ella lo quedó mirando en ese abrazo que aun perduraba; el Tiempo se detuvo a contemplar la escena: sí, ella también lo amaba.
-¿Quieres aprender a descender sin esquíes? -Le propuso a su compañera con mirada de emoción.
-Bueno, dime qué hago. –contestó ella con determinación.
-Apoya todo tu cuerpo sobre los talones; así –Le mostraba a Margot- luego, con el bastón controlas tu velocidad de descenso y dirección. Bajaremos por esa mancha de nieve, debe tener por lo menos unos trecientos metros de extensión y se ve suave y sin pendiente brusca ¿Qué dices?
-¡Vamos! –Exclamó Margot, llena de emoción por la nueva experiencia
Se lanzaron al unísono como niños ante la aventura, dejando una doble estela abierta en la nieve…
El tren lanzó un primer aviso provocando un sobresalto en David, dio una última mirada y apuró la compra del periódico para abordar lo antes posible el tren.



Continuará...

miércoles, julio 11, 2012

El viejo en el espejo

Introdujo la llave en la cerradura y girándola a su derecha, abrió sin resistencia y con un casi imperceptible quejido la puerta señalada con el número 620. Sintió la huída de una brisa fría proveniente del interior del departamento, como si durante mucho tiempo esta hubiese aguardado por una anhelada libertad. Ingresó a una primera pieza amoblada de manera sobria que hacía de recibidor, y mientras dejaba en el piso la maleta que traía con él, miró algunos cuadros que colgaban de las paredes haciéndosele imposible no recordar las múltiples oportunidades que estuvo allí ¿cuándo había sido la más reciente? Miró hacia atrás en su memoria y pudo recordar la velada con amigos una noche fría de invierno; de esto hacia nueve meses o algo así. No tenía apuro: se tumbó en el sillón preferido de él como lo hiciera siempre cuando le venía a visitar, sobre todo en periodo de vacaciones; desde ese lugar contemplaba, como ahora, un aguafuerte con el motivo de una carreta en descampado que despertaba su anhelo de viajar. Era un grabado bonito; a corta distancia se podía apreciar detalles que proponían un paisaje de la estepa rusa; un grupo de personas que avanzaba a la retaguardia de la carreta con sus atuendos propios de aquella zona, le daba un sentido de una gran travesía al observador.
Luego de un momento se reincorporó de su cómoda ubicación y se dispuso a desempacar la maleta en la habitación. El pasillo se recorría en poco más de cuatro pasos alumbrado por una pequeña y hermosa lámpara de bronce que pendía de un cielo raso, iluminando un par de litografías de estilo bodegón puestas a ambos lados de este. Al enfrentar la puerta semiabierta, empujó con su mano abriéndola en su totalidad, siendo recibido por una hermosa claridad que se lograba con una ventana doble, puesta justo en el vértice que formaban las paredes del lado poniente del edificio; el escritorio de su padre estaba en perfecto orden y sólo con las mínimas cosas que a él le gustaba mantener. Se aproximó hasta la silla; acarició el borde del respaldo y tirando de este para hacer espacio, se sentó.
Miró hacia la cama y recordó lo que casi siempre evitaba recordar: la muerte. Sentía que era una pena cuando nos hacemos consientes de nuestra brevedad; de lo intrascendente de nuestra vida; que todas nuestras grandezas se confunden con nuestras miserias para, finalmente, desaparecer. Quizá lo intuía así por el amor que sentía por ese hombre ahora ausente; por verlo morir en su lecho quizá negando lo inevitable hasta su último aliento; persistir por una eternidad que no se le hacia presente; por una finitud que le besaba ya sus labios. Y no obstante, ahora, cuando era él que continuaba dando tumbos por esta vida y una vez encomendada la de su padre, al menos sentía que todo ese dolor, todo ese vacío que una vez sintió, todas aquellas lágrimas que brotaron como cuando era un chiquillo, se transformaban sin él desearlo, en un extraña sensación de bienestar. Nada en aquella cama señalaba el paso de aquel hombre por esta vida; ni una marca que hiciera suponer sus días.
Se levanto de su silla y tomado la maleta, la dejo sobre la cama. Salió del cuarto en busca de otras cosas. Al enfrentar la puerta de salida quedó contemplando su rostro en el espejo; recordó el de su padre. Su mirada estaba tranquila y aquella imagen del espejo nada le reprochaba; las líneas de su rostro daban cuenta del tiempo que también a él alcanzaba; de la promesa inexorable de una partida.





Basado en el relato EL ENTIERRO de Anabel Rodriguez. (LA PUERTA DESHECHA)