jueves, febrero 03, 2011

Viena

Un espeso manto de nieve caía sobre la ciudad.
-Mire, la verdad tengo ciertas dudas sobre su estado psicológico; no es que lo suponga loco, no; llama la atención la forma de construir su entorno. Por el momento nada quiero adelantar, esperemos algunas sesiones y luego veremos.
-Tómese el tiempo que necesite. Juegue a lo que quiera con su dialéctica.
Se levantó de la silla a la vez que tomaba su sombrero, y despidiéndose de manera amable de su interlocutor, se dispuso a marchar.
Antes de cerrar la puerta de la consulta, la voz de aquel le interrumpió.
-Una última pregunta.
-¿Si?
-¿Dónde se está hospedando?
Girando su cabeza con evidente signo de molestia en su rostro contestó.
- En el psiquiátrico ¿dónde más?

martes, diciembre 21, 2010

En amor

Perdona si dudo de tu sonrisa,
siempre proviene de un silencio.
Me toma por sorpresa y no me gusta: ya estoy viejo para eso.

miércoles, octubre 06, 2010

David, Margot, Puerto Montt

Sentía todo el peso de su cuerpo soportado en el cómodo asiento; las imágenes exteriores comenzaban a pasar como una película muda ante sus ojos, a medida que el tren ganaba velocidad. Eran las últimas escenas que podía percibir antes de la espesura de la noche. Se levantó de su asiento y apagó la luz de su compartimento quedando en completa obscuridad, disfrutando de las postreras siluetas que se agolpaban en el vidrio como si quisieran entrar. El viaje en busca de Margot, se había iniciado.
-¡Detesto este clima! –Se hablaba a sí mismo, mientras que con un gesto de desagrado corría la cortina de baño para ingresar a la ducha. El sol en el valle, ese sol del estío que hacía difícil casi el simple acto de respirar, le provocaba un embotamiento en su cabeza que por lo general, terminaba con una jaqueca al finalizar el día.
La sala de baño, por él diseñada, tenía una configuración tal, que permitía disfrutar de una ducha apreciando la vista general del valle. Una vez dentro, abrió el grifo de agua y una suave y persistente lluvia comenzó a mojar todo su cuerpo. Se quedó por un momento, estático, como perdido en pensamientos lejanos; sintiendo los golpecillos que le prodigaban cada una de las gotas de agua que hacia él viajaban. Luego, percibió una sombra que ingresaba a la sala de baño, acercándose suave hasta enfrentar la cortina ahora cerrada. Pudo distinguir la hermosa mano de ella tomando el borde de la cortina, casi como preámbulo de su belleza
-¿Se puede? –Preguntó Margot, deslizando tranquila el resto de la cortina. La sonrisa instalada en el rostro de él, fue evidente para ella que terminó por ingresar a la ducha junto a David.
-¡Calor de mierda!... ¿Cuántos grados harán? –Preguntó a su compañera que en ese momento se disponía a tomar su hermosa cabellera rubia con una especie de bramante.
-Ayer llegó a los treinta y cuatro; ahora serán un par de grados más. Está insoportable. –Respondió en medio de la maniobra de tomarse el cabello.
-¿Ves? Si te mudaras a Puerto Montt, nada de esto ocurriría. –le reprochó en tono de juego a su compañero, mientras desplazaba su cuerpo bajo el agua. David, con la vista perdida en el paisaje, giro su cabeza en dirección a ella verificando lo hermosa que se veía bajo el agua.
-Quizá un día lo haga; liquide todo en Santiago y me largue ¿estarás tú, para ese momento?
Margot lo miró con esos ojos que él conocía tan bien; le tendió la mano; lo impulsó hacia ella y se abrazaron.
-Servicio de comedor, señor…
Se incorporó como salido de un profundo sueño; abrió la puerta de su compartimiento y dio la conformidad a la pregunta que se le hiciera.
-Sí, por favor; estaré a las nueve pasado treinta, gracias.
Al llegar la hora de la cena, se levantó de su asiento y se dirigió al área de comedores del tren; cerró la puerta del compartimento y al momento de encaminar sus pasos, le inundó un aroma parecido a la lavanda que le acompañó hasta la entrada del comedor. El ruido de las conversaciones; el sonido de las copas en señal de algún brindis; los rostros de los pasajeros; no era otra cosa sino la escusa feliz para él, de pasar inadvertido hasta su mesa y esperar la sorpresa de un menú siempre novedoso y perfecto. No tenía memoria de haber encontrado insatisfactorio la preparación de algún plato en aquella línea de trenes. Su padre, siendo él un pequeñuelo, lo llevaba en alguno de sus viajes de negocio durante el periodo de vacaciones, utilizando siempre la misma empresa de ferrocarriles, aduciendo el padre, lo magnífico de su cocina y atención.
Tomó asiento en el costado derecho del carro, con respecto a la marcha del tren, mirando hacia la dirección de avance. Como si lo estuviesen esperando, un joven le entregó la carta de manera solícita, mientras le ofrecía un aperitivo para la espera. Dio una rápida mirada a la oferta, la cual no logró despertar mayor interés, no por una cuestión de inapetencia, sino más bien de estado de ánimo. Pidió un plato liviano de carne magra acompañada de una “mousse” de espárragos y guarnición de verduras salteadas; una botella de Merlot del valle del Maule; y de postre, eligió el que siempre le evocaba la casa de un tío del norte, específicamente en Ovalle; se trataba de una porción de “Creme brulee” que hasta ese día no sabía el porque de tal asociación. Hecho el pedido, se dispuso a esperar dejando vagar la mirada en torno de las personas que a esa hora repletaban el área de comedor.
-¡¿Bajas a cenar, Margot?! -Preguntó Andrea, que había viajado de Osorno para darle una mano con la administración de la casa, mientras Margot se dedicaba a las clases de pintura con sus alumnos.
Andrea era prima hermana de Margot; durante su infancia habían creado lazos que con el tiempo dio paso a una genuina amistad entre ambas. Se visitaban en vacaciones y en todas esas fechas especiales, inclusive, aquellas donde el dolor era la causa; como cuando falleció el abuelo, o con la enfermedad de Isidora, madre de Andrea, situación por la cual ambas se organizaron para acompañarla hasta que finalmente se recuperó. No era de extrañar que Andrea quedara encantada con la propuesta de trasladarse hasta Puerto Montt por un tiempo, y brindarle ayuda con el proyecto de su prima.
-¡Sube un momento, quiero mostrarte algo! –Respondió desde el fondo del taller, lugar que utilizaba para la producción personal de sus obras, y que estaba reservado sólo para los más cercanos. De hecho, ningún alumno conocía ese sector del taller.
La curiosidad envolvió a Andrea, la cual aceleró sus pasos en demanda de los primeros peldaños que la conducirían hasta el taller. Una vez dentro, se aproximó con cuidado para no tropezar, desplazándose hasta el privado de Margot. Apoyó su hombro en el marco de la puerta, y con los brazos cruzados, esperaba que Margot diera vuelta hacia ella el atril que contenía la obra en la cual trabajaba hace un par de meses.
-Qué te parece. –Preguntó Margot, al tiempo que giraba hacia Andrea el atril.
-¡Es hermoso, prima! –Contestó con voz que evidenciaba que estaba siendo gratamente sorprendida por lo que sus ojos veían en ese momento.
-Pero de dónde lograste ese trazo, esa profundidad; mira como cae la sombra sobre el hombro, apenas insinuando el temblor de la carne. Es grandioso, Margot.
-¿Te gusta? –preguntaba Margot, ya casi como una niña.
-¡Qué si me gusta…! Ya te lo dije: es hermosa esta pintura. Cómo viaja la vista hasta el puño que aprieta… ¿es un trozo de papel, cierto?
-Sí, una carta. –respondió feliz.
-Creo que ésta es la obra que faltaba para realizar la exposición junto a tus otras pinturas.
-Quizá tengas razón, Andrea. Lo he estado pensando y tal vez llega la hora de dar a conocerlos. Porque te he de confesar que los siento como hijos; cada uno de ellos fue como un parto. Tú lo sabes mejor que nadie.
-Lo sé, prima; lo sé. –le contestaba mientras se dirigía a abrazar a Margot.
-Vamos, es hora de cenar y aprovecharemos la ocasión de brindar por tu futura exposición; y esta vez no dejarás nada en el plato: no quiero que te alimentes mal.
-Está bien, comeré todo, señora. –Respondía Margot a la advertencia de su prima.
Salieron juntas del privado; recorrieron el resto del taller entre bromas y bueno deseos; apagaron la luz del taller, y bajaron hasta el comedor de diario donde servirían la cena.
Durante la comida abordaron infinidad de temas relacionado con la familia; las visitas por realizar; lugares a los cuales viajar. En este punto, Andrea le recordó que tenían pendiente un viaje a España, en el cual pretendían recorrer lo más que pudieran de la costa del mar cantábrico.
-¡Ya sé! –Exclamó Margot- Luego de realizar nuestra primera exposición, saldremos de vacaciones con rumbo a España ¿Qué dices?
-No es mala idea, prima; hemos estado posponiendo en demasía estas vacaciones. –reforzaba Andrea, mientras revolvía su café. –Aquella vez que lo intentaste fue con Ignacio. Nunca debiste dejarlo partir, Margot.
La mirada de Margot se clavó en la de Andrea; algo parecido a una molestia se instaló en el ambiente. Andrea lo notó y no quiso disimularlo.
-No te enojes, primita; sabes que cometiste un error y asúmelo. –Le respondió a la mirada de Margot.
-No tengo nada que asumir, Andrea; él prefirió viajar sin mí. –Se defendió- No podía dejar mis cosas botadas a la suerte simplemente porque él no quiso modificar una fecha de viaje.
-Por lo que él me contó desde España, estaba dispuesto a posponer el viaje, Margot. –Le respondió Andrea, con un tono de simple reproche.
-¿De qué lado estás, primita? –pregunto con evidente malestar, Margot- Si quisieras, hubieses podido viajar junto a él.
-No seas absurda, Margot. –Replicó Andrea al borde de la cólera- Nunca he estado interesada en Ignacio, sólo fuimos amigos cercanos por un tiempo, nada más.
-¿Ha sí? Entonces por qué dejaste que te besara la noche de navidad.
Andrea conocía muy bien las escenas de celos que podía armar Margot; así y todo, estaba dispuesta a confesar la razón de aquella noche de pasión junto a Ignacio. Con los ojos inundados en lágrimas, Margot esperaba una respuesta.
-Bien, estoy dispuesta a contarlo todo, si eso te hace feliz; escucha lo que tengo que decir.
-Por díos, Andrea; cómo puedes ser tan insensible conmigo en estos momentos ¿Por qué esa altanería?
-Aquella vez que estuve junto a Ignacio, no fue planeado, al menos no por mí, te lo juro. –Comenzó Andrea con la respiración acelerada y los ojos húmedos- Todos se fueron a casa de la abuela en Puerto Varas ¿Recuerdas? Aquella vez me encontraba indispuesta y te lo hice saber. Pero tú estabas deseosa de asistir; por nada del mundo te hubieses quedado en Osorno conmigo y perderte la oportunidad de viajar.
Margot la escuchaba, y al parecer se confirmaba lo que simplemente intuía: Andrea sabía a quien intentaría ver aquella noche en Puerto Varas.
-Viajaron con la promesa que yo me les uniría al otro día cuando me sintiera mejor. Después de todo era una simple jaqueca. Pues bien, aquella noche, cerca de las doce, llegó Ignacio preguntando por ti; lo hice pasar y nos quedamos charlando; fue ahí cuando me enteré a quién había visto Ignacio en Puerto Montt ¿Lo sabes, cierto?
El rostro de Margot evidenció la vergüenza que se apoderó de ella; bajó la vista sin tener el valor de mirar a la cara a Andrea. De un golpe llegaba a ella todos los recuerdos de esa noche, y lo feliz que fue; para luego, simplemente contarle a su prima que se trató de una velada familiar hermosa, donde todos estaban reunidos recordando viejos tiempo; y lo mucho que extrañaban a Andrea y que ya contaban con su presencia para mañana. Pero de su encuentro con David, nada le dijo.
-Sí, lo sé. –respondió Margot.
-Dime: Quién era esa persona. –Le interrogó Andrea.
-Era David… -Margot, al contestar, miraba la mesa como intentando no cruzar la mirada con su prima.
-Sí, era David. –Continuó Andrea- Con él se encontró Ignacio. Me contó que intercambiaron algunas palabras en la estación, donde terminaron por despedirse con la promesa de juntarse en Santiago a la brevedad. Pues bien, aquella noche Ignacio estaba tras de tus pasos, Margot; sólo resulté ser el premio de consuelo esa noche ¿No crees? Si me hubieses visto. Me sentí patética con la escena aquella noche.
Margot corrió a los brazos de Andrea y soltó todo el llanto contenido durante ese tiempo. Ambas lloraban. Y en aquel abrazo sostenido, se perdonaron.
-Lo amo, prima; lo amo demasiado ya. –sollozaba Margot, con profundo dolor.
-Sí lo sé; cómo no saberlo si te conozco tan bien, Margot. –Le consolaba Andrea.- Vamos, deja de llorar; mira que a los hombres no les gustan las lloronas.
Entre lágrimas, las palabras reconfortaban el corazón de Margot. A pesar de ser menor, Andrea generaba un influjo de madures sobre su prima. Esto lo sabía muy bien Andrea y lo utilizaba para, en casos como estos, reconfortar.
David miraba su reflejo y la del comedor en la ventana, evidenciando la espesura de la noche, a veces matizada por pequeñas luces que provenían del exterior. Pensaba en la demora de su pedido y lo lleno del comedor, cuando fue interrumpido por una voz que le obligó a abandonar el estado en que se hallaba.
-¿Tendría usted la amabilidad de permitir que le acompañe? -Le solicitó un hombre que se encontraba en la difícil situación de estar sin ubicación dentro del comedor.
David, como sacado de un sueño profundo, abandonó los pensamientos que bien podrían estar relacionado con el recuerdo de Margot, y recomponiéndose respondió con un cordial “Si fuese tan amable…” indicándole al inesperado invitado, el puesto disponible en su mesa.
Era este personaje de edad madura, de cincuenta años o algo más, tez trigueña; vestía de manera prolija, con un bigotillo bien cuidado y una hermosa chaqueta en tono azul obscuro. Tenía un rostro jovial que se acentuaba con una leve sonrisa; daba la impresión de ser de mediana estatura. Un aroma a lavanda llegó hasta él, corroborando el origen del aroma que hubo de percibir en el trayecto hasta el comedor.
-Es usted muy amable. –Agradeció, mientras se sentaba.-Nunca imaginé que el coche comedor estuviera tan concurrido, considerando la época del año. Qué nos espera para los meses de verano.
-Descuide, esto es una situación puntual; en cuanto den por superada la huelga que mantienen los trabajadores ferroviarios, todo volverá a la normalidad. –Agregaba con una cordial sonrisa, David.
-Usted, disculpe: no me he presentado. –agregó en tono de disculpa el invitado. –Mí nombre es Alberto Rosas.
-Gusto en conocerle, señor Rosas. –Respondía David, con toda cordialidad. –Mí nombre es David Vicuña.
-El gusto es todo mío, señor Vicuña, y le quedo agradecido por compartir su mesa.
Sí bien es cierto, David prefería la tranquilidad que supone el viajar solo, en esta oportunidad le animó la inesperada compañía y la posibilidad de tener un viaje entretenido.
-Viajo hasta Talca al encuentro de una hermana. –comenzó Rosas, intentando el primer diálogo.
-Es una zona hermosa; tengo buenos amigos en esa localidad. –Respondía David. –En general, toda la zona del Maule es hermosa; tierra eminentemente agrícola, ubérrima en productos y variedad.
-Para mí felicidad –Agregaba Rosas –mañana me entregan las llaves de una propiedad en San Clemente, que es la razón secundaria de mí viaje: la primera, como ya le comenté, es estar con mí hermana.
No paso inadvertido para David, las prioridades que señalaba Alberto. Le fue imposible no recordar, casi como un acto reflejo a su propia familia. Pero no quiso anticipar juicio alguno y prefirió atender a la conversación.
-¿Tiene algún familiar en Talca, David? Si permite que le llame por su nombre... –Se disculpo Alberto.
-Para nada, Alberto. Y contestando a su pregunta, le diré que tengo sólo buenos amigos y gratos recuerdos vividos en aquella zona.
El camarero llegó con la orden de David, además la del invitado; esto lo hizo, como luego explicó Alberto, para volver a su compartimento con la cena, en la eventualidad que no hubiese puesto disponible. Hicieron un brindis por el encuentro y con el mejor de los ánimos se dispusieron a cenar.
-Es gratificante poder contar con amigos. –manifestó de manera inopinada Alberto, mirando más allá del reflejo del interior del carro sobre la superficie del vidrio. –Recuerdo buenos amigos que ya no están por múltiples razones: algunos partieron a otras tierras; otros, distanciados por diferencias absurdas; u otros simplemente han muerto.
-Según mí padre –agregó David, dejando la copa de vino sobre la mesa luego de un sorbo. -los amigos se deben contar con los dedos de una mano. Imagino que solo era una frase, ya que nunca pudo, o quiso explicar tal teoría.
-Quizá su padre aludía a esas buenas amistades que logramos, quién sabe por qué azar, construir a través de nuestra vida. Porque seamos claros: la amistad se construye y valida de manera constante.
-Sí, pienso de igual forma. Después de todo no es mucho más lo que se puede decir de la amistad, hoy en día tan subvalorada; con el permanente discurso del gran valor de ésta, por la misma sociedad que privilegia la individualidad sobre la amistad.
-Me parece un poco cínica la observación, David. –Agregó Alberto con templanza y sin aire de molestia.
-Pude ser, pero la prefiero a la hipocresía.
-La amistad es el prime paso hacia el amor. –agregó Alberto. –Bien puede ser lo que nos señale un derrotero a seguir. Y qué mejor sí es nombre de la amistad.
-Usted me llamó cínico; le diré que su punto de vista es en extremo romántico. –agregó David, con un sonrisa cordial.
-Tocante a este tema, sí; pero en general tiendo a ser bastante pragmático, David. –argumentaba Alberto.
El tren pasaba a toda velocidad cruzando la localidad de San Fernando, nuestros amigos seguían disfrutando de la velada.
-Siempre en este punto recuerdo a un carísimo amigo que espero y deseo que esté bien; pido además, la oportunidad de volver a charlar con él algún día.
-¿Uno de los dedos de su mano? –Agregó David, aludiendo a la frase de su padre.
-¡Ah! creo entender a lo que su padre hacía referencia, David. –Respondió Alberto con satisfacción. -¡Brindemos a la memoria de su padre!
-¡Por mí padre! –Contestó David con emoción.
-Permita que le relate el último encuentro que tuve con aquel amigo, David. –Empezó Alberto. - No era el dinero lo más importante para él; siendo justo, nunca lo fue. Quizá, este desapego a las cosas materiales, ayudó en su decisión de marchar. Por momentos se sienten esas ganas de mandar todo y a todos por la borda; pero lo que nos hace desistir es lo típico, lo de siempre; en algunos casos es sólo una manera de justificar nuestra débil voluntad: hablamos por hablar; solemos ser poco consecuentes con nuestros compromisos; o mudamos nuestro parecer de una manera casi impúdica. Aquella oportunidad que conversamos por largas horas, con la tranquilidad que el tiempo era lo menos importante, me explicó el motivo de su decisión. No pude menos que entender su punto de vista, inclusive, le dije que en su caso hubiese decidido de la misma manera; claro que esto último fue sólo una forma retórica de apoyarlo; lo entendió así: es más inteligente que yo. Su sonrisa limpia, apenas dibujada en su boca, fue suficiente para entender que también me entendía. Seguimos avanzando con nuestras palabras, tratando de escudriñar cada abertura que estas promovían. En un momento de silencio, me quedó mirando y dijo: “Lo bueno de la honestidad, en el más amplio de su sentido, es que nos vuelve niños” Por alguna razón que sigo sin comprender del todo, evoqué un día soleado de verano, junto a un añoso olmo. Esa fue la última vez que estuve con él; aún espero volverlo a ver, y junto a un buen vino, simplemente reír de niñez. Esa noche, de regreso a casa, pensé qué pasaría si una vez emprendido su derrotero, se da cuenta que en definitiva, siempre intentó huir de él mismo. Sonreí al darme cuenta que en el fondo, al momento de huir, casi siempre (por no decir siempre), lo hacemos de nosotros mismos.
David escuchaba con atento silencio el relato. Imágenes brotaban de todos los rincones de su memoria: de su niñez junto a su familia; de sus hermanos en tardes de verano; pero sobre todo, irrumpía la imagen de Margot; la sonrisa siempre presente en su rostro; las veces que, tomados de la mano, caminaban por la avenida Perú en Viña del Mar.
-¿Cuál habrá sido la razón de su amigo para abandonarlo todo? –Preguntó David, con sincera curiosidad.
-Al punto no lo sé. Pero no me extrañaría que hubiese sido por amor. –Respondió pensativo.
El comedor lentamente se empezaba a desocupar, retornando los pasajeros a sus ubicaciones; sólo un pequeño número de pasajeros, entre los que se encontraban los dos compañeros de mesa, aún permanecían en animada charla. Los cubiertos habían sido ya retirados y sólo descansaban sobre la mesa dos copas de coñac.
-Qué rápido pasó el tiempo, David. –expresó Alberto mientras miraba su reloj. –Espero que haya disfrutado tanto como yo de esta cena.
-Por cierto, ya es tarde; y desde luego que he disfrutado de su compañía. – Le respondió.
-Bien estimado amigo, creo que es hora de terminar esta velada. Tengo algunas cosas que organizar antes de mí arribo a Talca.
-No quiero ser impedimento, estimado Alberto; ha sido un grato encuentro.
Ambos se pusieron de pie y estrecharon sus manos con satisfacción.
-Si viaja alguna vez Talca, no deje de visitar “La posada de Margot” con gusto le recibiré ¿Lo recordará?
-No podría olvidarlo, estimado Alberto. –Respondió David, con una extraña sensación.
-Bien, está dicho entonces. Mis mejores deseos, David, y suerte en Puerto Montt. –Manifestó al momento que se retiraba.
Un temblor recorrió todo el cuerpo de David ante las últimas palabras de su invitado. No recordaba que le hubiese comentado hacia dónde se dirigía. En cosa de segundos recorrió toda la velada y estaba casi seguro de no haber mencionado ese detalle.
-¿Cómo sabe que me dirijo a Puerto Montt? Creo no haberlo mencionado. –Pregunto con verdadera curiosidad, interrumpiendo la retirada de Alberto.
-Lo dije por intuición; creo habérselo escuchado. Pero qué importa. Lo que sí le diré David, perdonando mí posible indiscreción, es que sí bien es cierto no es bueno escuchar al corazón, tampoco es bueno ignorarlo del todo. –Le sonrió con genuina amistad, inclinose de manera leve en señal de saludo y se retiró.
Una vez que estuvo solo, se dispuso a terminar su copa mientras dejaba a su imaginación viajar libremente. No tardó ésta en llegar hasta el recuerdo de Margot. Luego de un último sorbo, se levantó de su puesto y se dispuso abandonar el comedor y dirigirse a su compartimento. El viaje era tranquilo, la noche obscura y estrellada, con nubes que interrumpían el titilar de aquellas. Una vez dentro se sentó con la luz apagada, como lo hiciera cuando recién comenzó el viaje, y en cosa de segundo, se durmió.
Al llegar a Chillán, el tren hizo una detención por itinerario de cinco minutos, sacando del profundo sueño en que se encontraba David. Mareado por el viaje y el sueño, asomose a la ventana para mirar al exterior, percatándose con asombro que ya estaban en Chillán; con la cabeza confundida, creyó haber visto por la ventana, durante la detención en Talca, como su amigo de la velada pasada, se despedía desde el andén. Pero todo era muy vago y con imágenes confusas, terminó por pensar que quizá sólo lo había soñado y se dispuso a retomar el interrumpido descanso.



Continuará...

martes, abril 20, 2010

Intermedio VII

Se veía venir: No logro sacar el pie del acelerador con la lectura. Tendré que dejar el blog literalmente botado. No así las visitas que de forma diaria realizo a la lista de amigos; porque ha de saber, avispado lector, que dedico buena parte de la mañana a leer con cuidado y cariño, las cosas que aquellos publican ¿Suena muy edulcorado? Puede ser, pero usted sabe o intuye, que es cierto.
Lo anterior no obsta que en una noche fría, salte de la cama como alma arrebatada por una inspiración angelical, y vierta casi con delirio, la afiebrada idea transformada luego en texto; por ejemplo.

PS
Se da cuenta; sí inclusive en estas simples líneas siento estar bajo el influjo de Rafael Cansinos, y su traducción de las “Obras completas” de Dostoyevski. Nada que hacer…

Saludos, amigos.

lunes, abril 12, 2010

La burla

-¡Basta!... ¡Dije basta!
Con el rostro pálido y bañado en sudor, les miró a la cara. El silencio se instaló como si todo se hubiese congelado en cosa de segundos. Confundidos al principio, le quedaron mirando con sus ojos vacíos, para luego desaparecer.
Lentamente continuó con su oración.

lunes, marzo 29, 2010

Derrotero otoñal

Lo último que vio de ella al acompañarla hasta la estación, fue su sonrisa que le entregó casi como un regalo de despedida. El tren comenzó a moverse, pero él ya le había dado la espalda; quería salir lo antes posible de aquella aglomeración. Le incomodaba el aroma mezclado de perfumes, cigarrillos y café; inclusive, percibía el olor de los fierros recalentados del tren que se ponía en marcha. Salir lo antes posible de allí, pareciera, se convertía en su gran anhelo esa mañana de otoño.
Canceló la tarifa del automóvil de alquiler que le aguardaba, y se dispuso a caminar por las calles de la ciudad sin dirección determinada. El viento frío y los nubarrones que había esa mañana, prometían acompañarle el resto del día. Nada mal para alguien que detesta el calor. Se distrajo con una pareja que discutía por la perdida del tren que a esa hora abandonaba la estación, esbozando una sonrisa ante las mutuas recriminaciones que ambos se prodigaban por aquel lance. Continuó su camino hasta que todo se mezcló en un gran sonido: el sonido de la ciudad. El aturdimiento que generaba toda esa atmósfera, la utilizó como fondo para poner a la luz sus pensamientos que esa mañana le acuciaban, y que no permitían mayor dilación.
Antes de lo esperado, dirigió los pasos a un antiguo café por él visitado desde hacía mucho tiempo; se podía decir que era su lugar favorito cuando salía a recorrer la ciudad; no era demasiado grande, y la decoración tenía reminiscencias de los años veinte. Entró casi sin pensarlo del todo y se dirigió a una mesa instalada en un lugar que siempre le acomodaba: junto a una ventana y frente a la entrada. Su pedido fue atendido de inmediato por una solícita joven, que en breve le llevó un café cortado con un toque de canela en polvo sobre la espuma. Luego de un primer sorbo, extrajo desde un bolsillo interior de su chaqueta, un sobre aéreo sin franquear; retiró de su interior la carta que contenía, y leyó.
“Intento estas líneas, ahora que me encuentro justo al lado tuyo, mientras tú duermes tranquilo. Mañana partiré de regreso a Puerto Montt, y si bien nos hemos dicho todo lo que pensamos uno del otro, y de esta bendita relación que se prolonga en el tiempo, casi con su propia unidad de medida, resulta claro a todas luces, que no me gusta estar lejos de ti; no me hace bien sentirte lejos.
Créeme lo mucho que me alegré con la noticia de tu traslado a Antofagasta; siempre quisiste que reconocieran tu esfuerzo, y ahora se da la oportunidad. Espero que todo te salga bien por esos lados, lo mereces. Yo por mí parte, seguiré dando clases de pintura en el atelier; me volcaré por completo a la plástica y espero encontrar allí, uno por uno, todos los pedazos en los que me he convertido. Te mentiría si te dijera que no podría vivir sin ti, sabes que no es así ¿Tú, podrías? Estoy segura que sí.
Bien cariño mío, mí bienhechor en esta vida; dejo hasta aquí estas líneas, que no han sido otra cosa, sino el resultado del amor que te tengo, y del nulo juicio que hace mí cuerpo, a la noche ya instalada sobre nosotros. Tuya: Margot.”
Por largo momento quedaron sus pupilas clavadas en el nombre de ella al final del texto. Recorría con amor la caligrafía que ofrecía esas letras, y le recordaba esos hermosos dedos de su mano. Luego sintió como si ese nombre cayera a un abismo por la falta de texto, como si ella se hubiese lanzado por un precipicio. Pero luego de un momento, se dio cuenta que era él el que caía. Nada continuaba después de aquel hermoso nombre; él era el que se lanzaba al vacío, él se dejaba caer. Dobló la carta con cuidado y la introdujo en el sobre que había dejado en la mesa. Una desagradable sensación de pérdida comenzó a envolver su corazón. Pidió la cuenta, canceló el café y se marchó.
El resto del día lo dedicó a preparar su viaje a Antofagasta, ultimando todos los detalles que en tales circunstancias suelen aparecer. Almorzó un plato ligero y volvió al departamento en horas de la tarde; realizó varias llamadas telefónicas y recibió otras tantas; todas de amigos y familiares que le deseaban lo mejor en su nueva colocación. Le quedó dando vueltas las palabras finales de la conversación que sostuvo con su padre; por lo general, era éste un hombre de pocas palabras pero de gran amor y templado carácter “Creo que estás a punto de tomar la mejor de tus decisiones, te deseos lo mejor, hijo” Se dejó caer sobre la cama y se durmió. Al despertar, ya entrada la tarde, se apuró en buscar su bolso de viaje, y de manera casi ansiosa, comenzó a acomodar su ropa. Esto le recordó cuando viajaba por alguna festividad o vacaciones, y todas las expectativas que se hacía con el viaje; empezó a comparar cuánto de él aún estaba presente; qué cosas en aquellos tiempos le hacían feliz; qué esperaba de la vida. Se alegró con el nuevo estado de ánimo que le invadía; ese estado era el que necesitaba para poder crear y construir sus días. Miró su reloj, eran pasadas las veinte horas y su excitación crecía. Tomó el bolso y su maletín y bajó raudo las escaleras
–Que tenga buen viaje, señor. -Le dijo a la pasada el conserje
–Gracias, déjale un saludo a tu señora de mí parte. -Respondió casi con una sonrisa infantil. Salió a la calle y se montó en el vehiculo de alquiler que le esperaba –A la estación, por favor.
Era una noche hermosa; con nubarrones que se dibujaban con las últimas luces del crepúsculo; la ciudad, ya vestida de luces, dejaba ver a las personas con dirección a cualquier parte. Se respiraba libertada en las calles, o al menos, él lo sentía de ese modo; era lo más probable: cuando uno está feliz, optimista, todo se llena con ese ánimo; las cosas nos parecen significativas hasta en lo más mínimo; inclusive, nos es más fácil, bajo el influjo de ese estado, ser mejores personas.
Al llegar a la estación, descendió del vehículo con su equipaje y se encaminó en dirección al área de venta de pasajes; estaba lleno de gente, con la diferencia que ahora podía ver cierta amabilidad en toda esa aglomeración. Hizo la fila frente a la boletería; ésta avanzaba de manera rápida, lo que siempre alegra en estos casos; revisó por última vez los papeles que necesitaría para su viaje y se aprestó a enfrentar la ventanilla.
-¿Destino…? -Preguntó una voz de mujer desde el interior. Con su mirada y voz segura respondió: –Puerto Montt- Tomó el billete y se dirigió feliz hasta el andén donde le aguardaba su tren.

martes, marzo 02, 2010

Sísifo en Chile


“Así sentiría yo, si fuese chileno, la desventura que en estos días renueva trágicamente una de las facciones más dolorosas de vuestro destino. Porque tiene este Chile florido algo de Sísifo, ya que como él, vive junto a una alta serranía y, como él, parece condenado a que se le venga abajo cien veces lo que con su esfuerzo cien veces creó”
(José Ortega y Gasset)


Esto lo dijo a propósito del terremoto del año 1960; y tienen mucho sentido sus palabras, tanto así, que ellas se actualizan con cada gran desastre que nos golpea como nación. No obstante, lo que nos impulsa como chilenos a reconstruir todo (o lo que equivaldría a cargar la roca sobre nuestros hombros nuevamente) no es cumplir con un castigo impuesto, sino más bien, el profundo amor que se tiene por esta hermosa tierra; esta cornisa que se descuelga como lanzándose al océano, y en su caída nos regalara la más maravillosa de las visiones.

miércoles, febrero 24, 2010

Durazno

Ya era hora, el tiempo le era propicio. Aprovechando el suave mecer provocado por la brisa tibia de la mañana, soltó su debilitado pedúnculo; y entre aromas de fruta madura, se fue a estrellar feliz, sobre una tierra que le aguardaba.

miércoles, enero 20, 2010

La señorita de Helsinki

Sus pisadas trascurrían rápidas sobre una vereda tantas veces recorrida; el apuro de ese momento se debía al atraso aparente hasta su lugar de trabajo, que si bien es cierto no lo estaba del todo, se encontraba dentro de los límites por ella impuesto al horario de entrada. Esa sensación de atraso, de llegar tarde a algún lado, era lo que más le desagradaba de vivir en una ciudad; según ella, motivo suficiente para evaluar de manera seria la permanencia en cualquier ciudad. La excepción a esta conducta, ocurría cuando llegaba la nieve a la ciudad; entonces, el apuro desaparecía, y todo para ella se volvía llevadero, amable, asible. Su mirada se detenía en esas cosas que estaban como aguardando por aquella mirada; gustaba de recorrer la ciudad, cuando el clima lo permitía, disfrutando de ese particular tono azul que adquiere el paisaje en los meses de invierno. La ciudad de Helsinki, había acogido como una madre, la vida desarticulada de aquella muchacha.
Hija de una mujer heroinómana y un padre alcohólico, fue abandonada casi a su suerte en Barcelona, donde vivió en casas de amigos y en la de su abuela; a los diez y seis, acompañó el cuerpo de su padre hasta el cementerio local, y cuatro años más tarde, hacia lo mismo con el de su madre. Trabajó como mucama, luego fue niñera, hasta terminar acompañando los últimos días de vida de su abuela materna. Aquella vieja postrada en su lecho, le dijo en una oportunidad que aprendiera a sonreír, que se veía hermosas cuando lo hacía; que a ella, lo bueno no se le había negado, sino más bien, se le había reservado. Un día la llamó a su lado, le entregó un sobre con una cantidad de dinero, y le dijo que se marchara, que estaba bueno ya; que era hora de empezar con su vida; que era poco estético llevar más de dos personas al cementerio. Con aquella señora era imposible discutir: se abrazaron, se besaron, también lloraron, y no se volvieron a ver. Esa misma noche salió de Barcelona, con rumbo a un cupo de trabajo en un empresa naviera, dejando tras de sí, lo que ella entendió como su primera etapa.
En los viajes que alcanzó a realizar, trabajando a bordo de un crucero que cubría esa ruta, disfrutaba aquella línea de luces en la costa, que anunciaba a todos los pasajeros, el próximo arribo a la ciudad de Helsinki. Esto despertaba en ella, imágenes quizá soñadas alguna vez, acompañadas de aromas de café y libros; de hecho, conservaba uno del escritor Mika Waltari, al que conoció por casualidad, gracias al olvido de un pasajero. En aquella oportunidad, estaba recogiendo algunas cosas en cubierta, cuando observó que en la esquina de un mesón, yacía bajo las hojas de un arreglo floral, el mencionado libro; lo abrió buscando alguna identificación, y lo guardó con la idea de poder regresarlo con su dueño. Así fue como en las noches o en sus momentos libres, se hacía acompañar de esas páginas, convirtiéndose en un nexo entre aquella mujer y la ciudad.
Casi no recordaba el momento exacto que decidió quedarse, fue como si una parte de ella hubiese estado siempre allí. Se le podía ver apurada entre la gente, o tranquila frente a un café con sus libros, cuadernos y notas. La imagen de ella iluminaba un poquito más la ciudad de Helsinki. En una oportunidad, al levantarse de su mesa acompañada de un amigo, dejó caer por casualidad un trozo de papel; se marcharon entre risas hasta confundirse con la gente; la persona que atendió su pedido, leyó las líneas con atención:

“Apetece tu brisa fría.
Tu hielo,
escarcha y bruma.
El viento tira de mis cabellos,
me acurrucas con tu espuma.”

domingo, enero 03, 2010

Por error

Con el pulso un tanto acelerado, tomó las llaves de la mesita de noche y se dispuso a salir lo antes posible; el objetivo era volverse anónimo entre la multitud y recorrer las calles en busca de algún estímulo que lo liberara de sus pensamientos. Revisó todo por última vez, pero al momento de tomar la manilla para abrir la puerta, los escuchó. Se quedó inmóvil agudizando el oído, tratando de identificar las voces que llegaban hasta él. Escuchó la voz de un hombre y de una mujer, luego, la de otro hombre que participó con un lacónico: “¿qué habitación ocupa?” No hubo respuesta, al menos no de forma verbal, generando una sensación de incertidumbre que le obligaba a entrar en el ámbito de la especulación. Prefirió mantenerse junto a la puerta intentando descifrar la conversación que estaba ocurriendo en el pasillo; advirtió como los pasos se acercaban hasta detenerse frente a la habitación; luego de un par de segundos, se escuchó el llamado a la puerta con cuatro golpes de nudillos.
-Hasta que dieron conmigo. –dijo en voz baja. -¿Quién de todos pudo ser? Sí, quizá fue ese desgraciado a cargo de la administración de correspondencia; o quizá la asistente del departamento de envíos, la señorita Marie ¡Malditos todos…!
Se dirigió sin hacer ruido hasta la maleta de equipaje, y extrajo una pistola Beretta 9mm que llevaba con él en cada viaje; también un silenciador, el cual instaló haciéndolo girar en la boca de la pistola. Cada movimiento que realizaba lo acercaba más a su instinto; a eso que luego, en los momentos de tranquilidad, le turbara el ánimo. Abrió la ventana para simular una huida; se deslizó como un espíritu al costado opuesto de la cama con respecto a la puerta; corrió el seguro, hizo pasar la primera bala hasta la recámara y esperó mirando casi sin pestañar la luz exterior que se colaba bajo la puerta.
-Creo que salió, será mejor dejar el sobre en la recepción –Se escuchó desde el otro lado de la puerta.
-No, mejor deslízalo, cuando llegue lo encontrará. –Propuso la mujer.
Con las pupilas dilatadas como un felino, pudo apreciar como éste era deslizado bajo la puerta; luego de un breve intercambio de palabras en el pasillo, los pasos se alejaron en dirección al elevador. Con un profundo respiro que llenó sus pulmones, puso el dedo pulgar sobre el percutor, conteniendo toda la energía que su dedo índice liberó, al momento de activar el gatillo. Se reincorporó desde donde estaba, y se dirigió hasta la puerta para examinar el sobre que le fuera dejado. Agachó su pesada estructura hasta poder tomarlo, y manteniendo aquella posición, extrajo del interior una tarjeta que contenía algunas líneas de texto. Sonrió con burla e ironía al constatar que le era solicitado por la administración del hotel, mover su coche de la zona de carga.

sábado, diciembre 12, 2009

Laguna Negra (VII)

Los caballos, aún agitados por la marcha impuesta, movían sus cabezas como intentando liberarse de sus riendas. Caminé despacio al lado de uno de ellos, viendo como se dilataba su panza por el trabajo de respiración: no pude controlar el impulso de acariciar uno de sus cuartos delanteros, recibiendo sin incomodarse, mis muestras de admiración. Mientras daba los primeros pasos de una caminata que se prometía extensa, lanzaron aquellos solípedos animales un resoplo al unísono, casi como en señal de despedida; giré a mis espalda con alegría, viendo por última vez, aquel maravilloso carruaje.
A medida que avanzaba, sentía un bienestar generalizado en el cuerpo, parecido al que experimenté aquella noche en el campamento, antes de iniciar este viaje; el camino se comenzaba a angostar y elevar hasta meterse por un costado de la cordillera y allí, agarrado de las rocas, proponía la única ruta posible. Volvió el frío y la ventisca, lo que obligó a parapetarme en una grieta a la espera que amainara un poco su fuerza; quedé largo rato sentado con las piernas recogidas contra el pecho, esperando. Luego de un momento, subieron a la memoria, los recuerdos de la mucama que llevó el desayuno hasta mi cuarto; la sensación que despertaba ahora, que me suponía lejos de ella, era de separación o abandono; dolía su recuerdo. Cómo era posible que aquellos breves momentos en que compartimos algunas palabras, hubiese sido suficiente para alterar de esta manera el ánimo ¿Cuánto tiempo trascurrió, en realidad? Luego recordé a la mujer para la cual trabajaba: mí aspecto en ese momento, mis ropas, mis manos, daban cuenta de una prolongada estadía entre aquella gente; inclusive, en las palabras sobre cómo debía gastar el oro, había familiaridad. Pero todo se quedaba hasta ahí, no existían más recuerdos, sólo aquel rostro de la mucama y su sonrisa. Cansado por la espera que seguía prolongándose, cerré mis ojos y dormí.
-Quédate, no te marches. –Su mirada escondía una súplica la que sabía de antemano, no podría rechazar.
Esta vez sería distinto, sabía que sus palabras actuaban como un sedante en mí; no quise responder de inmediato.
-Se hace tarde y debo volver a la mina. –Dije, forzando mí voluntad que se negaba.
Sus hermosos ojos, ahora hecho dudas, se vaciaron en mí comprendiendo todo y no diciendo algo. Me abrazó, nos abrazamos y permanecimos así, en una despedida sostenida en el tiempo.
-¿Escuchas el trueno a la distancia? –Preguntó, mirándome a los ojos.
En ese momento, un trueno hizo remecer los cerros, despertándome de golpe con un nombre casi asomado a la memoria el que ya no pude recordar.
La ventisca había cesado, ocupando su lugar un viento fuerte que traía consigo el sonido de toda la montaña. Me mantuve sentado por un momento, estirando las piernas que se encontraban entumecidas por la posición; una vez que estuve incorporado, retomé la marcha con un poco de cansancio pero de buen ánimo. Los pasos que desandaban una ruta antes desconocida y misteriosa, se mantenían firmes hacia la entrada de la mina, la cual imaginaba aún custodiada por el hombre que me ofreciera la alforja a mí llegada. Cómo anhelaba ahora estar en mí carpa, leyendo aquella novela tantas veces postergada. ¿Habrán realizado tareas de búsqueda para hallarme? El recuerdo de la imagen del gobernador era perturbadora; lo sentía como si de manera inevitable me hubiese dividido en una especie de mitosis, y la existencia de esa otra persona pudiera atormentarme desde los sueños, dirigiendo a fin de cuentas, mí destino. Como una forma de validar que aún seguía siendo el mismo, recordaba el maravilloso amanecer que presencié a la salida de la ciudad aquel día: con nubes arreboladas por los primeros rayos, las que se mantenían aferradas a las cumbres altas y nevadas, como negándose a despertar.
Hasta ahora creo que las experiencias vitales que en definitiva modifican la forma de ver, pensar y entender de las personas, luego de ser vividas, quedan guardadas en un lugar especial y distante; un lugar al que sólo se puede acceder con humildad y silencio. Sin embargo, existe algunas veces la necesidad de exteriorizar lo vivido, ante la inestabilidad que aquella experiencia pudiera estar generando, viéndose obligada a recurrir a la ayuda médica, chamánica o religiosa; de no ser así, aquella psique corre el riesgo de volverse delicada como una tenue cáscara conteniendo una atribulada razón; encontrando un camino de sanación, a través de compartir aquello que de manera individual, le podría dañar.
A la distancia pude ver el farol que aguardaba por mí, sentí alegría y ganas de correr hasta allá; se veía más grande y brillante que la primera vez, manteniendo la oscilación por el viento que reinaba en esa zona. El tiempo en todo era más benigno que la primera vez, si bien es cierto hacía frío, la ventisca había cesado, permitiendo ver con mayor claridad el portón cortando la ruta. El corazón se aceleró cuando me encontraba a unos cincuenta metros, pensaba en miles de posibilidades; quizá el centinela no dejaría que me fuera; tal vez no había nadie para abrir; o peor aún: me encontraba preso en el tiempo y estaba condenado a vagar una y otra vez por la mina. Tomé aire y me obligué a tranquilizar mí fecunda imaginación. Como la primera vez, detuve mis pasos frente al portón sin saber lo que debía hacer; quedé mirando la grieta que se encontraba del otro lado, recordando que desde allí había salido el centinela en aquella oportunidad. Pero ahora fue distinto: un hombre del lado en el que me encontraba, salió a mí encuentro.
-Qué bueno es volver a verte. –Dijo, mientras se acercaba hacia mí.
Por un instante no lo reconocí, luego no tuve duda alguna: era el hombre que estuvo presente en más de una oportunidad en mí viaje, inclusive, en sueños
-Siento una gran alegría en este momento. -Le dije con sincera amistad.
-Yo también, amigo; es bueno verte por fin aquí. –Me decía, mientras buscaba entre sus ropas una vieja y oxidada llave de hierro.
-¿Cuánto tiempo ha pasado desde mí llegada? –Pregunté.
Introduciendo la llave en el sistema de cerrojo y con esto liberando el portón, me dijo:
-Eso no es lo importante, sabemos que la eternidad bien podría transcurrir en un segundo.
Sí, compartíamos más que este viaje con aquel amigo; desde nuestro silencio en aquella imagen del nogal, hasta un café compartido en medio de la noche. Intuimos que muchas cosas nos eran comunes a ambos.
-Gracias. –Le dije, mientras nos despedimos con un abrazo.
-No olvides que fuiste tú el que logró hacer el viaje hasta acá. –Respondió con una mirada que envolvía genuina gratitud.
Nos separamos y comencé a traspasar el portón que se encontraba abierto en su totalidad.
-Espera un momento. –Dijo, haciendo detener mí marcha.
Al tiempo que acercábamos nuestros pasos, retiró de su hombro el hermoso manto que vestía y me lo entregó.
-Vas a necesitar esto. –Dijo con amabilidad, mientras extendía su brazo hacia mí.
Tomé la manta e inmediatamente la puse sobre uno de mis hombros; la acomodé de manera natural como si siempre la hubiese vestido. Giré sobre mis pasos y retomé la marcha. Luego de un momento miré a mis espaldas, recibiendo de vuelta el brillo del farol mecido por el viento.


Fin.

viernes, diciembre 04, 2009

Laguna Negra (VI)

Una vez que llegué al camino principal, luego de abandonar la ladera del cerro, quedé mirando hacia el poniente en dirección a la posada; pensé en volver por un momento, lo que estaba a punto de abandonar, lo que haya sido, me generaba dolor dejarlo: respiré hondo y retomé la marcha.
La tenue luminosidad se dejaba caer sobre el paisaje, entregándole ese tono monocromático tan particular del lugar. Era parecido a caminar por las quebradas en noches de luna llena, pero sin tener a ésta en el cielo; también daba la impresión al fenómeno de una aurora boreal, es decir, a un ambiente ionizado por algún tipo de actividad electromagnética; las montañas más altas, apenas dibujadas por el brillo que llegaba a sus cumbres, mostraban aquel ángulo imposible que suponía estar mirándolas desde el interior de la laguna. –Las cosas no podrían empeorar- Decía en voz baja para escuchar mí voz; quería darme ánimo y suponer que era sólo un mal sueño, una especie de castigo ante una desmesurada curiosidad; recordaba el cuidado con el que realicé las anotaciones para ubicar la ruta de acceso, y la decisión de prolongar mí estadía en aquella zona. Pero todo aquello tenía un falso sentido de arrepentimiento; como el de alguien que se prepara para obtener benevolencia, exigiéndola de manera pasiva, por la vía de reconocer de forma anticipada, una culpa que en su fuero interno, no la siente como tal.
No, no fue así como ocurrió todo esto. –Pensaba.- Fui invitado a realizar este viaje imposible, el cual por un momento dudé en aceptar. Cada una de estas vivencias, eran solo opciones que quedaron atrapadas en antiguos caminos sin recorrer; y ahora, vestidas con las ropas de una leyenda, estaban dispuestas a no dejarme escapar.
El camino comenzó a ascender de manera suave y sinuosa, llevándome fuera del pueblo y del valle, con dirección oriente. El sonido de mis pasos era lo único que percibía en la quietud del camino, sumado al rumor de pequeños esteros que bajaban desde las cumbres, entregando ese particular sonido del agua, que hace adivinar su danza entre las piedras. Todo fue interrumpido por un gruñido que se proyectaba desde corta distancia, entre los matorrales; luego, como un relámpago saltó una bestia desde las sombras, quedando en medio del camino dispuesto a abalanzarse contra mí.
-¡Polo, ven acá! Exclamó un hombre que se acercaba por la orilla contraria de la ruta.
Un hielo recorrió toda mí espalda, al recordar la víspera de este viaje, cuando escuché el paso en la obscuridad de aquel hombre y su perro. La bestia, sin moverse siquiera, mantuvo su posición de amenaza, mostrando como clara advertencia, sus colmillos que resaltaban con aquella luminosidad. Estaba petrificado en la escena, esperando sólo que se acercara aquel desconocido para que controlara a su animal.
El crujido del suelo con sus pisadas aproximándose, el suave ondear de una capa que vestía confiriéndole cierto aire de distinción, me hizo intuir sólo una posibilidad: era el gobernador; aquel hombre que por breve instante viera pasar raudo en su carruaje, y que me dejara la extraña sensación de ser yo quien viajaba a bordo de aquel landó.
-¿Te marchas? -Preguntó con un tono que no dejaba duda de lo que estaba ocurriendo.
-Sí, es tiempo de marchar. –Respondí a pesar de lo enervante de la situación.
Nuestras miradas se encontraron y no se separaron de inmediato, más bien se quedaron entrelazadas en un diálogo que en ese momento, escapaba a ambos. Qué camino tuviera que elegir para vestir, por ejemplo, esa capa; por qué poseía yo en él, esa mirada de contenida maldad; por qué en su cara se reflejaba una sonrisa de obscena satisfacción.
-¿Abandonas todas estas tierras y riquezas que podrías disfrutar? –Preguntó con un tono de lamento.- ¿No sientes compasión por toda esta gente que te necesita?
-Fuiste tú el que me invitó a este viaje ¿recuerdas? dejaste a mí vista la ruta para no extraviarla; sobre ella aún viajo sin saber cuánto tiempo me ha tomado; a veces creo que demasiado; tengo recuerdos que me hablan desde lejos, como si intentaran tomarme de la mano y llevarme hasta ellos otra vez.
-Has llegado a ser gobernador de todo este lugar; quédate y descubre esta otra realidad.
-La decisión está tomada, gobernador: me marcho. –Dije con seguridad.
-Esta bien, márchate; es tu voluntad. –Respondió en tono hosco. –Permíteme llevarte a las afuera del pueblo, donde podrás seguir tu camino.
Levantó el brazo y se escuchó a mis espaldas, un coche que se ponía en rápido movimiento, saliendo a nuestro encuentro. Al llegar, pude apreciar la hermosura del carruaje; de finas terminaciones, poseía manillas de oro en las puertas y pisaderas de plata; era tirado por una pareja de hermosos caballos; el cochero, de pequeña estatura, vestía una impecable librea y sombrero. De un salto estuvo en el suelo, abriéndonos la puertecilla del carruaje; el perro fue el primero que ingresó ante la invitación de su amo tras un breve -¡Sube!- Luego me ofreció el paso, el cual rehusé con una cortés venia, la que recibió con beneplácito, subiendo él antes que yo. Luego de la ceremonia de abordaje, la cual finalizó con el suave portazo dado por el cochero, nos pusimos en movimiento.
Mientras el landó avanzaba por la ruta, el gobernador extrajo una fina botella de cristal que contenía algún tipo de licor; tomó del mismo lugar dos copas de fina manufactura, sosteniendo ambas con la otra mano; de manera hábil y controlando el movimiento que provocaba el desplazamiento del carruaje, escanció en ellas el licor.
Extendió su brazo con las copas hacia mí, con la evidente intención que eligiera una de ellas; tome una copa, mientras que con asombro veía que mis manos ya no estaban mal tratadas por el supuesto trabajo en la mina.
-Pasaremos por la calle principal del pueblo. –Dijo, mientras daba su primer sorbo.
Esto no tuvo sentido para mí, ya que viajábamos con dirección oriente y se suponía que el pueblo estaba a nuestras espaldas.
-¿No estamos viajando con dirección oriente? –Dije en tono de aparente despreocupación. –El pueblo está hacia el poniente.
Sus ojos brillaron con burla ante el desconcierto que esto generaba en mí; bebió otro sorbo sin quitarme la vista de encima. Pareciera que todo aquello le provocara placer y cuanto mayor era mí desconcierto, mayor su satisfacción.
-Ves cómo existen cosas que no entiendes y podrías llegar a dominar si te quedas. –Agregó con ironía luego de saborear su trago.
-Aunque no lo creas. –Agregó. -Vamos en dirección poniente, hacia la salida, según tu voluntad.
Luego de un momento de viaje, se empezaron a ver las primeras plantaciones; era cierto: viajábamos con dirección poniente. Las últimas casas daban paso a plantaciones de vid, eso lo recordaba bien cuando salí a recorrer el pueblo a mí llegada.
-Prepárate para saludar a tu pueblo. –Dijo con tono desafiante. Y agregó:
-¡Cochero, apura las bestias!– Respondiendo el aludido, con el típico chasquido del látigo sobre el lomo de los caballos. Un tirón de todo el landó fue la respuesta al cambio de velocidad que las bestias imprimieron al carruaje.
-Vamos, saluda. –Insistía.
Con un leve esfuerzo incorporé el cuerpo del mullido asiento hacia la ventanilla, desde donde pude apreciar a toda una multitud congregada al paso del carruaje. Levanté la mano en señal de saludo, al tiempo que llegaban hasta el interior los gritos de ¡Viva! ¡Viva el gobernador! De pronto, entre todo el público, pude distinguir a la altura del portal de la posada, la imagen de otro viajero que acababa de llegar, esto me hizo enterrar de un golpe el cuerpo en el asiento – ¡Otro forastero!- Exclamé.
-Si quieres podemos detenernos e ir a buscarlo. –Propuso en tono de amplia amabilidad.
Me pereció buena idea; no quería que otra persona quedara extraviada en este lugar. Pero luego recordé la imagen de aquel hombre que estuvo presente en mí sueño; recordé cada una de sus palabras. ”Estamos para recorrer un camino…” Todo comenzó a tener un poco más de sentido en mí golpeada cabeza; por primera vez desde hace mucho tiempo, tenía la seguridad en una respuesta.
-No, sigamos la marcha. –Contesté.
Una profunda mirada de odio y desprecio recibí por parte de aquel hombre, que por extraña razón, ya no me reconocía tanto en él. La rauda marcha continuaba devorando la distancia que me separaba de la tan anhelada salida. El silencio entre nosotros era total; un frío sentía en mis huesos, haciéndome beber con ganas el último sorbo de mí copa.
Luego de un momento, el cochero detuvo de manera abruta el landó. Nos quedamos mirando por un instante y luego agregó:
-Acá debes bajar, la salida ya la conoces. –dijo sin amabilidad.
Erguí mi cansado cuerpo; dejé la copa vacía en el piso del carruaje y justo al momento de reincorporarme, el gobernador había desaparecido. No provocó nada en mí, sentí una especie de alivio. Tomé la manilla interior de la puerta, y soltando con ello el mecanismo de trabado, me dispuse a descender. Comencé a dar los primeros pasos y justo a la altura del puesto de cochero, miré hacia arriba para ver su rostro, dándome cuenta que también este ya no estaba. Un solo pasajero descendió del hermoso carruaje en esa amplia soledad.


Continuará…

sábado, noviembre 28, 2009

Laguna Negra (V)

-Buenos días, dónde dejo la bandeja. –Preguntó una mujer joven de pelo castaño, ataviado con una pequeña cofia, puesta a la altura de la nuca.
De una belleza extraña, con brazos tersos como el marfil, una boca en todo perfecta; la forma de sus pechos resaltaban contenidos en una chaquetilla ajustada; una cintura pequeña daba luego paso en su caída, a las caderas torneadas que solo presagiaban la hermosura de sus piernas. Quedé mudo ante singular belleza.
-Espero esté a su gusto; cualquier cosa nos lo hace saber. –Dijo, mirando con sus ojos claros como la miel.
-Gracias es usted muy amable, señorita.
-Nada que agradecer, señor ¿Piensa quedarse por un tiempo? –Preguntó.
-No, sólo estoy de paso. Pretendo irme luego.
-Espero que se de un tiempo para disfrutar de este lugar. –Dijo con una voz dulce y provocadora. Su mirada se detuvo en mí rostro, acompañada de una tierna sensualidad.
Manteniendo una sonrisa, dio media vuelta y se retiró. Una vez que cerró la puerta tras de sí, pude notar la embriaguez que aquella mujer me había provocado: un pulso acelerado, leve sudor en las yemas de los dedos de mis manos. Luego, dentro de ese estado, pude reconocer un sentimiento parecido al que experimentara cuando encontré la pepita de oro en el arroyo. Con ambas imágenes en mí cabeza, me dispuse a desayunar y continuar el viaje lo antes posible.
Al bajar las escaleras hasta la planta baja, se podía apreciar un ambiente distinto al de la noche anterior; las mesas estaban vacías y el ambiente libre de esa espesa cortina de humo; no había ruidos de vasos, nadie pedía a voz en cuello más licor, las risas y el desorden habían dado paso a una precaria quietud. Me dispuse a cruzar el salón en dirección a la puerta de salida. Con los primeros pasos, sentí una mirada proveniente desde la barra: era el cantinero que había atendido mí pedido de ayer. Fijé la mirada en él sin detener mis pasos; siguió mí desplazamiento por todo el salón, como lo haría una bestia de caza preparada para atacar; desvié la mirada para ver en dirección a la puerta de salida, con la sensación de no poderla alcanzar jamás.
-¿Necesitará la habitación esta noche, señor? –Preguntó con tono hosco, rompiendo el silencio que lo envolvía todo.
-En este momento no lo sé. –Dije con seguridad.
–En ese caso, la mantendremos preparada ante la eventualidad.
-Gracias. –respondí, cruzando el umbral hacia el exterior.
Una vez fuera, comencé a recorrer la calle principal en dirección oriente, incrédulo de lo que experimentaba al ver la cumbre con su penacho de nieve y la extraña luminosidad. Cómo era posible estar dentro de la laguna; cómo puede ser realidad. La gente que se cruzaba en mí camino, lo hacía con una sonrisa en el rostro, completamente distinto a lo ocurrido… ¿Cuándo? ¿Ayer? ¿Ayer llegué hasta acá? Una confusión enorme invadía mí cabeza; por momentos creía tener recuerdos de este lugar de hace mucho tiempo; como si todo ahora me fuera familiar: la calle, la gente, la luminosidad, todo. ¿Cuándo llegue en realidad? Seguí mis pasos por la calle cubierta con perfectos adoquines, acompañado por una sensación de vértigo.
-Buenos días, señor. –Alguien saludaba.
-Buenos días. –contestaba; ocultando mí desconcierto, sin saber quien, o quienes eran.
-Esperamos verlo en el baile de esta noche, no falte. –Sonreía un rostro desconocido.
-Lo intentaré. –Respondía con la mayor naturalidad.
Seguí caminado por la calle, hasta donde terminaban las construcciones, dando paso a unos terrenos dedicados a la plantación de vid; más adelante, comenzaba un área despoblada con diferentes caminos que subían hacia unos cerros más bajos; avancé por ese paisaje, deteniéndome en un estero pequeño del cual podía beber y descansar en la sombra de un boldo cercano. A la distancia, se podía apreciar a cientos de personas entrando y saliendo de pequeñas cuevas construidas en las laderas de los cerros; a cuestas llevaban bolsas enormes, al parecer de cuero, cargadas con tierra y piedras producto de una incesante excavación. Era un paisaje delirante: como hormigas en perfecta formación, se cruzaba la marcha de los mudos trabajadores.
-¡Ahí estás, holgazán! – Interrumpió una mujer vieja con la sonrisa en una boca casi carente de dientes.
Tenía una memoria de ella que no supe ubicar; algo conocido y familiar. Esperé que se acercara lo más posible antes de hablar, escudriñando con la mirada toda la figura de la mujer que se aproximaba.
-Estoy bebiendo un poco de agua y descansando bajo esta sombra. –Contesté.
-Pues bien, o te mueves de una vez o no terminaremos hoy de sacar todo el material.
Dejándome guiar por aquella mujer, nos dirigimos a una entrada de una excavación en un costado de un cerro. Primero ingresó ella entre maldiciones y quejas por lo angosto de los primeros metros; luego, la entrada se amplió dando lugar a un socavón donde nos pudimos poner de pie.
-Ya sabes cuales son las condiciones. –Dijo con sonrisa burlona- La comida no te la descontaré: eres bueno cargando escombros; pero no creas que cada vez te iré a buscar a tu estúpido árbol. La paciencia tiene límites, muchacho.
El desconcierto impidió que intentara alguna respuesta. Una sensación de angustia y pena me tenía en completo silencio. La mujer creyó ver en esta actitud, una forma de arrepentimiento de mí parte, por haber abandonado un trabajo que supuestamente realizaba para ella, desde quién sabe qué tiempo.
-Toma, aquí tienes tu paga por adelantado. –Dijo, al tiempo que extendía hacia mí, una pequeña bolsa que sostenía en su mano.
-No lo gastes todo con ella. –Y continuando en tono aleccionador. -Sabes muy bien lo mucho que le gusta tu oro. Pero bueno, el amor tiene su precio ¿cierto?
Mientras tomaba con cuidado la bolsita que me ofrecía, recordaba el rostro de la camarera en la habitación. Abriéndola despacio, pude observar seis pepitas de oro que brillaban en su interior.
-Mañana pasaré a dejarte algo para que comas y a llevarme el oro que obtengas hoy. –Hablaba mientras dirigía sus pasos a la escalera que la llevaría a la superficie.
Quedé solo al interior del socavón, alumbrado por una débil luz proveniente de una lámpara de aceite. Cuánto tiempo llevaba allí. Esa era la pregunta que demolía mi fortaleza, haciéndome sentir que me alejaba cada vez más de toda realidad. Incrédulo, miraba mis manos maltratadas por el trabajo prolongado en la mina, no recordaba haberlas visto así.
Con el paso de las horas, llegaron desde el exterior, ruidos de los otros mineros que comenzaban a retirase en medio de las risas, gritos y más de algún disparo. De a poco se fueron apagando los ruidos del exterior, hasta quedar en el más completo silencio; con cierta curiosidad, asomé el cuerpo por la estrecha entrada al socavón, y contemplé largo momento la quietud y silencio que reinaba. La luminosidad había dado paso a una tenue claridad de tono verdoso; miré al cielo y sólo pude apreciar algo parecido a una suave seda que flotaba sobre el lugar.
De regreso en el socavón, volví con la intención de recostarme y dormir un poco, aprovechando la quietud que reinaba. La mirada se detuvo en el saquito que contenía las pepitas de oro; lo abrí separando sus lados, dejando expuesto a la precaria luminosidad que había, todo su brillo; devolví el oro a la bolsita, y dando un tirón de los cabos en sus extremos, la cerré. Me levanté de donde estaba, con la convicción que no debía pasar una noche más ahí ¿Una noche más? ¿Cuántas habían sido entonces? Dejé colgado a una viga la bolsita con el oro y me dispuse a marchar. Antes de salir, recorrí con la mirada el socavón que me disponía a abandonar; por una extraña razón me era más familiar de lo que pensaba ¿Qué estaba dejando ahí? ¿Era la memoria perdida de una mujer? No lo sabía en ese momento. Llegaba la hora de retomar la marcha y en eso me concentré.



Continuará...

lunes, noviembre 23, 2009

Laguna Negra (IV)

Una lámpara conteniendo algún tipo de combustible, entregaba una débil luz que permitía observar los detalles de la habitación. Con alivio me percaté que los ruidos del piso inferior no alcanzaban a traspasar los muros de mí cuarto. Era un espacio de unos diez y seis metros cuadrados, con una puerta interior que permitía el acceso al cuarto de baño; un papel mural de fina calidad, cubría las paredes desnudas de todo ornamento, permitiendo apreciar su suave diseño en relieve. Al centro de una de las paredes, existía una ventana de doble hoja que daba al exterior, cubierta por un delicado juego de cortinas; la primera era de gasa de un suave tono terracota, cubierta por una segunda cortina gruesa, la que se extendía hasta casi tocar el piso, entregando privacidad. La cama era de metal, adornada a ambos lados por un juego de mesitas de noche; la decoración terminaba con un mueble frente a la cama, y un cómodo sillón en una de las esquinas. Una tenue luz ingresaba por la ventana, al tiempo que la cortina se mecía lentamente por el ingreso de una brisa tibia; me incorporé de la orilla de la cama donde me había sentado, extenuado, y caminé hasta apoyar mi cuerpo en el borde de la ventana. Nada de lo que veía era reconocible: la calle parecía no serlo; las casas, ahora que las observaba con detención, tenían algo de artificioso en sus diseños. Un sentimiento de indefensión se apoderó de mí; una vulnerabilidad que me evocaba los estados de melancolía de infancia, los mismos que me hacían correr a los brazos protectores de mí madre -¿Qué ocurre allí en tus ojos, vida?- eran las palabras de amor de aquella mujer, exorcizando todos los miedos y angustias de mí tierno corazón.
El cansancio terminó por vencer mí cuerpo; no recuerdo el momento en que dejé la ventana, ni cuando me acosté; sólo reaccioné cuando estaba de lado, mirando la débil luminosidad que se colaba por las cortinas, para terminar estrellándose en el piso de la habitación. El sillón en la penumbra me lazaba miles de imágenes posibles. Los párpados pesaban cada vez más, hasta cuando no los pude volver a abrir; entonces, me dormí.
-Qué haces tú aquí, en mí recuerdo. –Le pregunté al hombre del manto.
Estábamos los dos sentados bajo un hermoso nogal; las sombras jugueteaban en el suelo; el viento acariciaba nuestras mejillas. Más arriba, en el cielo, nubes viajaban a lugares distantes mirando intrigadas aquel encuentro. Las ropas que vestía me eran desconocidas, sin embargo, me entregaban la sensación de agradable comodidad. Él, vestía un traje gris con su hermoso manto sobre su hombro, como la primera vez que lo encontré.
-Bueno, eso no podría contestarlo con propiedad; pero si estamos juntos en un lugar tan hermoso como este, debe ser por una intuida amistad.
-Quiero volver a mí lugar, no quiero estar allá.
Por algún motivo supuse que él sabía perfectamente lo que me ocurría, y no tenía que explicar algo siquiera. Escuchamos largo rato la brisa pasar entre las hojas, el aroma de la hierba, el silencio.
-No necesitas estar en otro lugar; sabemos como nos ocurren las cosas, y en ello debiéramos poner el mejor de nuestros esfuerzos. Lo otro, no depende de nosotros. Estamos para recorrer un camino, no para inventarnos atajos; a veces creemos que lo hacemos, pero nos engañamos.
-Cómo quisiera quedarme aquí, en esta tranquilidad. No despertar.
-Así no funciona, lo sabes bien. Tienes que estar donde debes; siempre existirán momentos como este para descansar el alma; quizá hasta mejores en un futuro, quién sabe. Por el momento, haz lo que debas hacer.
De manera lenta las sombras comenzaron a intensificarse, obscureciendo todo el paisaje; cesó el viento, el ruido de las hojas, la claridad.
-Despierta.
-No quiero. –Le respondí a la voz.
-Vamos, despierta.
Abrí los ojos y pude apreciar la cortina mecerse de manera tranquila; la luminosidad golpeaba el mismo lugar provocándome desazón.
Reincorporé de manera pesada mí cuerpo, para quedar sentado en la cama frente a la ventana; me cubrí el rostro con las manos, apoyando los codos en las rodillas; tomé una bocanada de aire y con ese impulso me puse de pié caminando hasta la ventana; asomé la mitad de mí cuerpo fuera de ella y quedé observando las cumbres más altas cubiertas de nieve: algo extraño tenía esa vista. Comencé a recorrer el paisaje con la mirada, encontrando en ellas formas que me eran conocidas; me di el tiempo de recorrerlas varias veces, reordenando las imágenes. No podía creer lo que estaba experimentando –Cómo es posible- exclamé en voz alta. Aquellas montañas se podían apreciar sólo desde el lado opuesto a ellas, y a una altura mayor de la que me encontraba en ese momento. El corazón latió con fuerza ante la única explicación posible: -¡Estoy dentro de la laguna!- dije con excitación. Hice un cálculo mental de mí ubicación mirando la cumbre hacia el oriente, y la altura estimada a la que me debía hallar para obtener esa vista; no había otra explicación: estaba justo en el lugar donde se encuentra la laguna Negra.
-Servicio de desayuno, señor. –Se escuchó del otro lado de la puerta.
Con el ánimo decidido a enfrentar el significado de este viaje, me dirigí a atender el llamado a la habitación.



Continuará...

viernes, noviembre 13, 2009

Laguna Negra (III)

La ventisca desapareció, dejando un manto de silencio sobre el paisaje, interrumpido sólo por el ruido de mis pasos. Una extraña claridad se instaló sobre el camino; no podía identificarla como las primeras luces del amanecer o las últimas de un crepúsculo, pero ahí estaba: dejándose caer sobre el valle. El camino se hizo más ancho y los primeros indicios de vegetación comenzaron a poblar mí entorno cercano. Existía todo tipo de plantas, muchas de ellas con características medicinales, las que había aprendido a clasificar según su nombre y especie, desde que era un muchacho. El sonido de un arroyo hizo detener la marcha para refrescarme en sus aguas; arrodillé el cuerpo junto al líquido maravilloso que corría, presuroso, producto del deshielo en las altas cumbres. Bebía con mis manos varias veces, mojando el rostro cansado por la jornada, cuando un destello entre los guijarros llamó mí atención: era una enorme pepita de oro; bella en toda su forma y pureza; su tamaño superaba a una almendra de buen calibre. La miré cautivado entre mis dedos; luego la sumergí, para apreciar su hermosura a través de las formas que proponía el agua. Pensé en guardarla en mis bolsillos, pero apareció en mi cabeza, un sentimiento de deseo que superaba al sentimiento de belleza original; luego recordé al hombre de la manta y nuestra conversación: opté por devolverla al fondo del cause. Bebí más agua fresca y retomé la marcha; los pasos me adentraban al valle rodeado por imponentes cumbres; dirigía miradas al cielo en búsqueda de nubes arreboladas que me dijeran la dirección del viento, o un indicio de la hora aproximada en ese momento, pero nada, sólo esa extraña claridad.
Luego de un momento, el camino terminó por empalmar con una calle amplia, la cual poseía construcciones a ambos lados de éste, mostrando una línea arquitectónica regular de vivos colores. Podía apreciar a lugareños que se dirigían a cualquier lado en completo silencio; los que caminaban acompañados, lo hacían dando la impresión de estar murmurando, más que conversando de manera abierta; las miradas que se dejaban caer en mí persona, demostraban una total indiferencia, como si éstas rebotaran y pasaran a algo más importante. Entré a un lugar parecido a una posada donde se ofrecía todo tipo de alimentos y bebida, incluso, la posibilidad de alojamiento. Acomodé el cuerpo en la barra y esperé tranquilo que fuera atendido, mientras, trataba de identificar el nivel de desarrollo de esa gente, a través de sus artefactos; quedé asombrado al percatarme que los grifos utilizados como surtidores de cerveza, habían sido elaborados en oro. Estaba en esas observaciones, cuando entró al local un hombre más bien viejo, hablándole a los que estábamos allí -¡Viene el gobernador!- Decidí seguir al grupo de personas que salieron de manera atropellada para ver el paso de la comitiva. En cosa de segundos, las veredas estaban atestadas de público, levantando las manos en señal de saludo hacia el paso de un landó cerrado. El estrépito de los cascos de las bestias sobre la calle, hizo vibrar el portal donde me instalé -¡Viva!, ¡Viva el gobernador!- se escuchaba de manera repetida entre la multitud; y en el momento que la mano de aquel hombre se dejaba ver, correspondiendo a los saludos, nuestras miradas se cruzaron por un breve instante. Un escalofrío recorrió todos mis huesos, algo parecido al pánico se apoderó de mí; en esa mirada, en esos ojos, pude adivinar que era yo el que viajaba en aquel carruaje; el ángulo visual quedo interrumpido por el rápido avance de la comitiva, perdiendo la oportunidad de repetir la experiencia. Con los sentidos turbados reingresé al local, para quedar sentado junto a la barra, en completo silencio.
-Qué le sirvo, amigo. –Preguntó un hombre que oficiaba de cantinero.
Qué podía responder; estaba tratando de entender lo ocurrido. En ese momento mí mente estaba en otro lugar; lugares que añoraba y que antes fueron tan simples y breves. Sentía temor de mirar al hombre a los ojos, no estaba seguro si la experiencia fue sólo mía. Quizá fue el cansancio acumulado por la caminata, y no debiera darle mayor importancia. Tomé confianza en esto último y decidí ordenar.
-Tráigame algo fuerte para beber. –Respondí levantando la mirada para observar al cantinero.
La mirada que recibí de vuelta no fue lo que esperaba. Un encuentro de produjo en mí cabeza. Algo parecido a la certeza de un diálogo entre el cantinero y yo; un diálogo sin palabras, pero evidente para ambos. Todo quedó confirmado con una leve sonrisa, apenas expresada en la comisura de su boca.
-Le traigo su pedido de inmediato, señor. –Sus ojos tenían un brillo de fría amabilidad.
Mientras bebía el trago, decidí que lo mejor era volver a casa, no tenía sentido todo aquello; cuál era la razón de estar allí, entre esa gente. Nunca supe que existiera un pueblo minero en esta zona, con todo un sistema administrativo; con autoridades que fueran responsables del mantenimiento de todo aquello. El ruido del local, el aire enrarecido por el humo de los cigarros, las risas; inclusive, las miradas que recibía, sólo exacerbaba más mí cabeza. Comencé a sudar, volvieron las nauseas, y cuando creí que en cualquier momento perdería el sentido, una amable mujer me abordó.
-¿Necesita usted, una pieza para esta noche?
-Sí, por favor; creo que necesito dormir un momento. –Le respondí casi desfalleciendo.
Pidió que me fuera entregada una llave; sonrío con amabilidad y desapareció.
-Habitación doscientos ocho, señor; al final del pasillo. –Dijo una voz.
Dejaron una llave labrada en oro junto a mí: no pude levantar la cabeza. Las risas continuaban; los sonidos de botellas y vasos en señal de brindis, el murmullo; tenía que levantarme y salir de allí. Con esfuerzo reincorporé el cuerpo y dirigí mis pasos a las escalas que me llevarían a la habitación. El pasillo superior estaba elaborado en madera, con hermosos faroles adosados a las paredes; la luz tenue que emitían, relajaba de a poco mis cansados ojos; camine a lo largo de éste, hasta enfrentar la puerta que tenía el número doscientos ocho; introduje la llave, hice girar el mecanismo de la cerradura, e ingresé a una habitación hermosa y bien decorada, casi elegante. Una vez dentro, y sin mirar a mis espaldas, cerré la puerta tras de mí.



Continuará...

sábado, noviembre 07, 2009

Laguna Negra (II)

Tenía un buen ánimo al iniciar la marcha esa noche. Se despedía un día soleado de agradable temperatura; brisas tibias bajaron por las quebradas, lamiendo las nieves que se hallan sujetas a las cumbres más altas; presurosas ellas, corrían en demanda de las tierras bajas en los valles. La vida en la quebrada se preparaba para el descanso, excepto, por aquellos que hacen de la obscuridad, su memento de ganancia; en ese grupo me encontraba ahora. Los pasos me dirigían por la senda apenas visible: a medida que avanzaba, esta también se prolongaba, como mostrándose de a poco. Después de algo más de una hora de caminata en ascensión, enfrenté una planicie donde me dispuse a descansar mis huesos. Estaba en ello, y cuando estaba a punto de retomar la marcha, apareció un hombre ataviado con un hermoso manto que colgaba de uno de sus hombros.
-¿Va en busca de la mina, amigo?
-Hacia allá me dirijo- Le contesté con seguridad e intriga ante la súbita aparición de aquel desconocido.
-Dicen que es un lugar muy hermoso. –Prosiguió el hombre.- Espero que le guste.
-La verdad, siempre la he sabido como una leyenda. Nunca supe de alguien que hubiese estado allí.
-Conocí a unos cuantos que lo intentaron. –Respondió mirando al fuego.
-¿Sí? Y qué le han contado sobre ese lugar.
-Hasta ahora no he sabido de nadie que haya logrado volver de allí.
-Quizá extraviaron la ruta y nunca pudieron dar con la mina. –Intenté explicar.
-Sí, es lo más probable: extraviaron su rumbo. –Respondió con cierta ironía.
Reacomodando su manta en su hombro, y sin dejar de mirar el baile sostenido de las llamas, respiró profundo y dijo:
-Al parecer la vida se encarga de ponernos al frente de nuestras propias palabras y convicciones. En esos momentos es cuando son remecidos por la experiencia; no existe la menor duda de lo que debemos hacer: lo sabemos; es más: lo intuimos.
-Usted estuvo allí. –Pregunté.
Un agradable silencio llenó todo el ambiente. Las llamas por momentos mostraban un rostro que me era conocido de algún lugar.
-Lo estaré. –Respondió.- Veo que usted está listo para partir.
-Me sorprendió justo en el momento que estoy retomando la marcha.
-Le deseo suerte en su empeño. –Dijo mirándome a los ojos.- ¿Se ha dado cuenta que la biología, la vida en general, tiende al bien?
-Así es; y eso la vuelve esperanzadora. –Le respondí.- Sí gusta, le puedo ofrecer este fuego y un poco de café que aún queda.
-Se lo agradezco mucho. –Contestó, acercándose al fuego.
Nos despedimos con amabilidad, deseándonos mutuos parabienes. Luego se sentó en mi lugar cerca del fuego, y mientras acomodaba su cuerpo dijo:
-Qué noche tan maravillosamente estrellada; sin embargo, no supera a la experiencia de estar bajo las hojas verdes de un añoso nogal.
Nos dimos una mirada de amistada, di media vuelta y retomé el camino que me aguardaba. Unos pasos más allá, caí en cuenta que una de las imágenes más íntimas que recordaba con verdadero recogimiento, era la de un viejo nogal en la casa de mis padres. Sorprendido por la coincidencia, volví el cuerpo en dirección al hombre que estaba a mis espaldas, verificando con sorpresa, que éste ya no estaba. Estuve un buen momento tratando de explicar la experiencia y sobre la conveniencia de seguir en mi empeño; algo impulsaba mí ánimo: decidí continuar.
El esfuerzo de la caminata comenzaba a notarse en mí cuerpo, con mayor frecuencia de tiempo detenía la marcha para descansar. Por primera vez pensé que quizá no fue buena idea realizar esta búsqueda; la extraña sensación de nausea que comenzaba a experimentar, el embotamiento de mí cabeza, lo extraño del encuentro con el hombre de la manta, hizo temblar la seguridad de toda la empresa. Inclusive, al levantar la mirada al cielo nocturno, pude apreciar con asombro, que los grupos de estrellas permanecían estáticos en el cielo, como si el tiempo universal se hubiese detenido sobre mí cabeza. La angustia se apoderó de mí, sentí la necesidad imperiosa de salir corriendo de allí; algo parecido al temor se evidenciaba en todo mí cuerpo, en la forma de un frío sudor. De pronto, desde las profundidades de mí mente, afloró la imagen de un hermoso nogal mecido por un viento tibio de verano. Las cosas lentamente comenzaron a calmarse, y fui capaz de infundir tranquilidad a mí golpeada cabeza. Retomé la marcha, refugiando a la razón, bajo la sombra de aquel hermoso nogal.
Una extraña ventisca se levanto luego, haciendo difícil la visión del camino, sin embargo, al parecer ya no era necesaria indicación alguna: el camino se angostaba cada vez más, aferrándose al costado de una pared rocosa cortada en vertical por quién sabe qué fuerzas tectónicas. Luego de un momento, a la salida de una curva, pude percibir una débil luz a la distancia que se mecía, azotada por el viento de aquella zona; con cada paso la luz cobraba intensidad, dejando ver algunas formas que se dibujaban entre las sombras. Se trataba de un viejo farol de hierro forjado, colgado de un pilar de madera que servia de soporte a un viejo portón. Detuve mis pasos frente al portón sin saber con seguridad qué debía hacer. En ese momento, salió un hombre de entre las sombras de una grieta en la pared rocosa, la cual era ocupaba como refugio y puesto de guardia.
-¿Qué busca, usted? –Me dijo con una mirada seria y penetrante.
-Buenas noches; busco la entrada a la mina. –Le respondí.
-Bueno, sepa usted que está justo en la entrada ¿Algo más? Hace un frío de los mil demonios aquí. –Contestó frotándose las manos sin quitarme la mirada.
-Y… Podría entrar a conocerla… -Volví a preguntar.
Un silencio se instaló entre los dos; por un momento, sólo se escuchaba el viento pasando entre las rocas. Luego, sin intermediar palabra alguna, se dirigió hasta el portón; extrajo de sus ropas una vieja llave, la introdujo en el mecanismo de cerrojo, y empujando con fuerza el portón hasta abrirlo en su totalidad, dijo:
-Adelante, pase usted a conocer las riquezas de esta mina.
Me acerqué hasta la entrada, ahora despejada y me dispuse a agradecer la autorización.
-Gracias, es usted muy amable.
-Espere un momento. –Dijo interrumpiendo mis pasos; dio media vuelta para luego volver con algo en las manos.
-Va a necesitar esto. –Extendió su brazo hacia mí, el cual sostenía en su mano una alforja de cuero.
-No, gracias; creo que no la necesitaré en esta oportunidad. –Le respondí con amabilidad.
La razón de mí negativa no la tenía del todo clara; podría decir que fue el primer impulso que apareció ante tal ofrecimiento. Una mirada de aprobación recibí por parte de él. Colgó la alforja en el portón, al tiempo que comenzaba a cerrarlo; una vez que estuvo del otro lado, levanté mí mano en señal de despedida, a lo cual respondió con igual gesto, para luego perderse en la obscuridad de la grieta por donde había salido a mí encuentro. Di media vuelta y retomé la marcha con el ánimo fortalecido; luego de un momento miré a mis espaldas, recibiendo de vuelta el brillo del farol aún mecido por el viento.



Continuará...

lunes, noviembre 02, 2009

Laguna Negra (I)

Aquella ruta cordillerana no se hallaba en los mapas camineros: la encontré por casualidad, como suele ocurrir con las cosas importantes. Tenía algo de espectral vista desde donde me hallaba; serpenteaba entre las formas de las laderas, inclusive, daba la apariencia de encumbrarse describiendo una línea casi recta, para luego perderse y volver a aparecer. Desde mí ubicación, en la cara norte de la quebrada, podía apreciar con esfuerzo buena parte de su trayecto, el cual se alejaba en dirección oriente.
De niño escuché leyendas sobre una ruta que llevaba hasta los pies de una mina de oro. Esta había pertenecido a una población originaria ya extinta, la cual desapareció en una misteriosa inundación: “Toda la población fue tragada por un monstruo negro de agua” dice la leyenda; y sí bien es cierto, con el paso del tiempo han llegado hasta nuestros oídos más de una versión, todas éstas coinciden con el mismo destino para aquellas personas. Quizá, eso sea lo mágico de la oralidad, y lo que en definitiva, le da permanencia en la memoria colectiva.
Luego de un momento, la ruta termino por desvanecerse ante mis ojos; miré con detención sin éxito alguno, busqué entre las formas y colores tratando de visualizar algo que se le pareciera, pero nada. Tal vez la posición del sol entregaba otro ángulo de luz y sombra, redibujando otras formas que llegaban como tropel hasta mí mirada. Estaba seguro que había recorrido esos parajes, sin encontrar rastro alguno de senda o camino. Queriendo seguir el juego propuesto por la casualidad, decidí prolongar por unos días más mí estadía en aquella zona.
Tuvo éxito la estrategia: al otro día, la senda volvió a aparecer ante mis ojos. Esta vez cuidé de tomar referencias que permitieran asegurar la posición y dirección de ésta, y la mejor forma de acceso; estaba en ello, haciendo las últimas anotaciones, cuando volvió a desaparecer; ubiqué las referencias geográficas sin problemas, intuyendo aquella ruta que escapaba a mí mirada entre las sombras; sentí un estremecimiento. Levanté el campamento y dispuse el resto del día para cruzar en dirección sur y estar al caer la tarde, al otro lado de la quebrada.
Al llegar, casi al anochecer, arme el campamento cercano a un litre hermoso y alto. Ingresé exhausto al interior de la carpa, con el propósito de comer algo y retomar mí lectura interrumpida por este azaroso evento. Mientras preparaba un emparedado frío, miré el libro que esta vez acompañaba mis horas: un volumen de Tolstoi, conteniendo una selección de algunas de sus obras. Una de las cosas que disfruto con este autor, es la carga de religiosidad y moral que les imprime a sus personajes.
Estaba recorriendo algunas páginas en la obscuridad, con una mínima luz dirigida sobre el texto, cuando llegó a mis oídos, el ladrido de un perro y la voz de un hombre que lo llamaba -¡Polo, ven acá!- Quedé inmóvil por algunos minutos mientras se alejaba; salí de la carpa, avancé unos treinta metros en dirección a lo que se supone, era el lugar por donde pasó aquel hombre, descubriendo con asombro lo que al parecer era una huella de algún camino antiguo; ahí estaba, casi imperceptible sobre las piedras, prolongándose por un par de metros, para luego desaparecer. Decidí volver al campamento y preparar el ánimo para el día siguiente. Fue imposible retomar la lectura esa noche, en su lugar, opté por descansar el cuerpo y tratar de dormir. Sueños vestidos de inquietud e incertidumbre acompañaron mi mente el resto de la noche.
A la mañana siguiente, y luego de un breve desayuno, recorrí el área en busca de algún indicio que reafirmara el paso de antiguas caravanas; sólo pude verificar la hermosura de aquella quebrada, adornadas por manchas de nieves y vegetación. Estaba claro que la ruta imponía sus condiciones para el que intentara recorrerla; durante toda esa mañana deliberé sobre las opciones que se presentaban. Estaba por desistir de la empresa, cuando una libre pasó rauda en dirección donde se supone estaba la mina; sonreí al recordar el cuento de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas –Está bien, iremos tras el señor conejo- dije en voz alta. Con la decisión tomada, esperé tranquilamente que llegara la noche.



Continuará...

miércoles, octubre 14, 2009

Luna menguante

-La verdad, cuesta creerlo; ni en las mejores escenas futuristas ¿Tú qué crees?
-Se veía venir: con tanto ensayo buscando una alternativa energética…
-¿Te fijas que la fisura va en sentido ecuatorial?
-¿Y…?
-Nada, sólo llamó mí atención. Supuse que una fisura a esa escala en la luna, sería desde un polo en dirección al otro; algo así como de norte a sur, o de positivo a negativo.
- Ahora que lo mencionas, se ve extraña desde aquí esa fisura. Lo único hermoso de esta tragedia, es la cola de polvo que se prolonga en su desplazamiento.
-¿Terminará por desintegrarse debido al movimiento? No puedo siquiera imaginar las fuerzas de tensión que existen al interior.
-Dantesco. Siempre creí que la tierra terminaría devorada por la expansión solar, nunca por un error humano ¡bendita fisión nuclear!
-Así y todo, los científicos aseguran que aún existe bastante tiempo para desarrollar una estrategia de sobrevivencia, no sólo a favor de la existencia humana, sino también, de algunas especies de vida animal y vegetal
-Siento estremecimiento al ver las sombras proyectadas al interior de la grieta; espero que tengan razón los entendidos, y que la similitud entre los tiempos de rotación y traslación lunar, impida que se despedace en breve tiempo.
-En cualquier caso, espero morir en este planeta ¿Cuánto dura el periodo de rotación?
-Veintisiete días, siete horas y algunos minutos más.
-¿Y la traslación?
-Lo mismo…
-Parece increíble tener que evacuar el planeta.
-Sí; y esperemos que nos desarrollemos de manera favorable en Ganímedes.
-No, no es Ganímedes; es el otro satélite de Júpiter…
-Calisto
-¡Ese! Calisto… Me gusta ese nombre.

miércoles, octubre 07, 2009

Brevedad con nube

Usted me acompaña en la ascensión de un cordón cordillerano, hágase la idea; nos ha llevado toda la mañana llegar casi a la cima de dicho cordón; éste tiene una inclinación de cuarenta y cinco o cincuenta grados, aproximado; calculamos que nos encontramos a unos respetables dos mil novecientos metros de altitud; nuestros rostros están bañados en sudor por el cansancio y el esfuerzo: falta poco, ánimo. A unos doce metros de la cumbre, y mientras tomamos el último aliento, damos una mirada hacia el paisaje a nuestras espaldas; una suerte de delicioso vértigo recorre nuestros cuerpos, terminando en la punta del cabello; nos miramos y sonreímos satisfechos por el logro que nos espera unos pocos metros más arriba; durante esa mirada que compartimos con emoción, la sensación térmica baja de manera abrupta, refrescando nuestros agotados cuerpos; de súbito, y acompañado de un viento frío, emerge justo del otro lado de la cima, una masa nubosa que pasa rauda, en loca carrera hacia el interior del valle; es enorme, su panza negra por la espesura, nos regala una sombra que se extiende por apenas veinte segundos; quedamos maravillados al observar su, ahora, lomo blanco, mientras baja y se aleja.

domingo, agosto 30, 2009

Status ignotum

Preferiría mil veces morir, a que me falte tu presencia. Desangrar mí cuerpo entero y llenarlo con las lágrimas que has llorado. Pero claro, eres muy altiva para decir “te quiero” ¿Aman en realidad tus ojos…? No, por favor, disculpa mi humana duda; la fiebre del cariño enceguece mí juicio. Perdón. Tus pupilas, como lumbres en un mundo ignoto, vuelven seguro mis temblorosos pasos. No creas que por esto no te odio. Detesto limpiar el aroma que deja en mí, tu cuerpo. Con llanto lavo el sabor dejado por tus besos. Detesto depender del ruido de tus pisadas, que me dicen que no estoy sordo; del aire de tu aliento alimentando mis pulmones. Te amo. Cuando bajas la mirada, y tus ojos se me pierden, se contrista la medula viva de mis huesos ¿Crees que miento? Podría olvidar hablar, mas no pronunciar tu nombre; con las letras de éste, bien podría reescribir la humana historia. Detesto tu mano tibia en mí espalda no diciendo “te amo”; te estiras en el tálamo, nutriendo de vida mí tiempo.