Cómo lo hago para perderme en tu silencio.
Cómo saber que no me expulsarás ante mi súplica.
¿Abrirás tus hielos para guarecerme?
¿Tendrán mis huesos el honor de tu cobijo?
¡Rescátame!
¡Rescátame!
¡Rescátame!
martes, octubre 29, 2013
viernes, septiembre 13, 2013
La sonrisa de Neftalí
Por momentos se escapa la vida por mi cuerpo.
(Por momentos nada más);
se diluyen mis recuerdos,
los anhelos que inventé.
Y no es que mude en brisa,
o en algo espiritual.
Por momentos se escapa la vida por mi cuerpo.
(Por momentos quiere arrancar).
(Por momentos nada más);
se diluyen mis recuerdos,
los anhelos que inventé.
Y no es que mude en brisa,
o en algo espiritual.
Por momentos se escapa la vida por mi cuerpo.
(Por momentos quiere arrancar).
jueves, agosto 01, 2013
Probabilidad cuántica (o el exceso de Merlot)
No me gusta juzgar a las personas por sus desaciertos, pero la verdad que Jean-Poul es un idiota de aquellos. Está bien ser claro en nuestros principios y estar dispuestos a defenderlos, pero otra cosa muy distinta es ignorar todo sentido común. Me explico. El susodicho porfiaba que perfectamente podía lanzarse a un agujero negro (empiece a dimensionar el asunto, por favor) y gracias a la aceleración que alcanzaría la masa total de su cuerpo, una vez traspasado el umbral del horizonte de sucesos, podría convertirse en luz… ¡en luz! Los comensales que estábamos reunidos (compartíamos un cerdito lechón esa tarde) nos mirábamos desconcertados como buscando un punto de apoyo para darle crédito a tamaña tontera. Con los minutos, el punto de vista fue adquiriendo ribetes de una verdadera ponencia, que incluso fue acompañada por más de un dibujo trazado en el suelo (sí, era un asado al aire libre, una jira se podría decir) realizado con un bastón a guisa de lápiz maniobrado con destreza y entusiasmo por el improvisado orador.
Un esotérico podría, quizá, encontrar razón en todo aquello. Yo, que particularmente no soporto quemarme un dedo con un fósforo, no podía imaginar siquiera las temperaturas a que tendría que someter mi cuerpecito en tan azaroso viaje. Miré de soslayo a su esposa que se llevaba la copa hasta los labios en ese momento, y pude distinguir una risita cómplice que le dirigía a la dueña de casa (mi mujer). La novia de uno de nuestros amigos, una muchacha de poco más de veinticinco años, condescendía con la cabeza a las explicaciones dadas por Jean-Poul; en algún momento de la disertación, aquella opinó que era completamente posible; que todos nosotros somos seres de luz y que nuestros cuerpos son la coraza con la que nos hemos castigado nosotros mismos (¡¿?!) que la industrialización y el consumismo sólo nos ha alejado de la luz universal (risas) que debiéramos, como sociedad, luchar por volver a ser seres de pura energía (más risas). Otro del grupo, Eduardo, conocido por su contemporización a ultranza ante opiniones dispares, recorría los vasos de los asistentes, provisto de magnánima jarra conteniendo el mejor de los vinos Merlot del valle. Al llegar hasta mí, y mientras escanciaba el noble líquido en mi vaso, me preguntó con tono guasón “¿Tú qué crees?” Luego de haber estado libando casi toda la tarde y afectado por los grados alcohólicos; con las montañas imponentes proyectando sus sombras; las risas de genuina amistad; la alegría sostenida en el ambiente, sólo pude contestar “Pude ser… Por qué no”
Un esotérico podría, quizá, encontrar razón en todo aquello. Yo, que particularmente no soporto quemarme un dedo con un fósforo, no podía imaginar siquiera las temperaturas a que tendría que someter mi cuerpecito en tan azaroso viaje. Miré de soslayo a su esposa que se llevaba la copa hasta los labios en ese momento, y pude distinguir una risita cómplice que le dirigía a la dueña de casa (mi mujer). La novia de uno de nuestros amigos, una muchacha de poco más de veinticinco años, condescendía con la cabeza a las explicaciones dadas por Jean-Poul; en algún momento de la disertación, aquella opinó que era completamente posible; que todos nosotros somos seres de luz y que nuestros cuerpos son la coraza con la que nos hemos castigado nosotros mismos (¡¿?!) que la industrialización y el consumismo sólo nos ha alejado de la luz universal (risas) que debiéramos, como sociedad, luchar por volver a ser seres de pura energía (más risas). Otro del grupo, Eduardo, conocido por su contemporización a ultranza ante opiniones dispares, recorría los vasos de los asistentes, provisto de magnánima jarra conteniendo el mejor de los vinos Merlot del valle. Al llegar hasta mí, y mientras escanciaba el noble líquido en mi vaso, me preguntó con tono guasón “¿Tú qué crees?” Luego de haber estado libando casi toda la tarde y afectado por los grados alcohólicos; con las montañas imponentes proyectando sus sombras; las risas de genuina amistad; la alegría sostenida en el ambiente, sólo pude contestar “Pude ser… Por qué no”
martes, julio 23, 2013
La cuestión
Qué se sentirá trascender, me pregunto; deslizarse consciente hermanado al tiempo. Qué serían entonces los recuerdos, las épocas.
martes, julio 09, 2013
Un díos y su caída
Nada más intuir el borde del tiempo, sus pasos fueron directos donde yacía su recuerdo; desechó su mirada, entonces mundana, intentando aquella prístina que la memoria reconocía. Se estuvo allí imaginando, cuánto, más de siete mil quinientos años y contando.
viernes, junio 28, 2013
Vida de perro
Despertó sobresaltado: soñó con una constante caída; inquieto por lo sucedido en el sueño, esperó con ansia que abrieran el portón del parque aquella mañana.
Una vez fuera del parque, se dirigió hasta el local donde seguro lo aguardaba la dueña; como todos los días, esta al verle le saludó, al tiempo que le pasaba su pan del desayuno.
Se retiró hasta un lugar tranquilo y allí devoraba su sustento matutino. Luego, estirando con pereza todo el cuerpo, se preparaba a realizar lo que mejor sabía hacer: ladrar a los niños que jugaban.
Una vez fuera del parque, se dirigió hasta el local donde seguro lo aguardaba la dueña; como todos los días, esta al verle le saludó, al tiempo que le pasaba su pan del desayuno.
Se retiró hasta un lugar tranquilo y allí devoraba su sustento matutino. Luego, estirando con pereza todo el cuerpo, se preparaba a realizar lo que mejor sabía hacer: ladrar a los niños que jugaban.
martes, febrero 05, 2013
El silencio del saurio
Recostado sobre el lomo de un saurio, el sol besa de manera tangencial mi cabeza. Ni los años que he vivido, ni los que restan hasta mi muerte, alcanzan para separar la realidad de lo que imagino –La imaginación es sólo la vida en gerundio- responde mi compañero. La mirada viaja entre paisajes y delirio. Siento el resoplido del saurio que me acompaña (Respiración entrecortada, a veces al compás de la mía) El sol desciende lentamente tras las aguas del Pacífico, y la brisa fría de la noche se prepara. Ahí es cuando tomo entre mis brazos al celador de mis días y le pido que revele su secreto.
Sueñas tranquilo junto a mis suplicas, y yo al final exhausto, me duermo contigo.
Sueñas tranquilo junto a mis suplicas, y yo al final exhausto, me duermo contigo.
martes, diciembre 18, 2012
Intermedio XI
No es cosa fácil avanzar en la lectura; al día de hoy he llegado con mucho esfuerzo al tomo número cuatro de la comedia humana. Pensé (¡ja!) que la tendría lista por ahí en el mes de septiembre; que para entonces enfrentaría el último resto pendiente que mantengo con Thomas Mann, por ejemplo. No es que Balzac sea laberíntico o su prosa en extremo confusa, al contrario: tiene una fluidez que dan ganas de no parar. El problema apareció por mi lado; por esto que algunos reconocen como tráfago; otros, con tintes metafísicos lo llamarán azar, qué sé yo. Para mí fue pura y sencillamente el día a día.
Sin embargo, hasta ahora no está mal. Lo único que tendré que hacer es prolongar los plazos y seguir disfrutando de esta obra; obra que a pesar de los años en que fue concebida, no deja de tener, o de entregar si se quiere, una actualidad que hace sonreír.
Hace poco tiempo, conversando con una amiga de literatura, me preguntó por la calidad de Dostoievsky en relación a Balzac. Es bien difícil ser objetivo al respecto, sobre todo cuando no se tiene la posibilidad de leer a los autores en cuestión desde su original; así y todo intenté un respuesta lo más honesta posible. Y es que con en el primer autor, lo principal pareciera ser el viaje por la psique del los personajes; mucho de los paisajes descritos por el ruso están dados en términos generales, no quiero decir en forma mezquina, sino adecuada. Con el otro, el entorno cobra vital importancia: la descripción que realiza de la vida parisina; sus salones llenos de gente haciendo gala de sus encantos; el arte de la sociabilidad; la descripción de sus calles o de la campiña, todo ese detalle se vuelve capital en el relato.
Este punto satisfizo a mi interlocutora quien se quejaba del poco tiempo que existe para la lectura.
Hoy en día, si no puedes decir algo en poco más de ciento treinta caracteres, muy pocos tendrán el tiempo de leerte.
La visita de un amigo.
Mi buen amigo Ferragus, se devana los sesos tratando de sacar en forma de texto las mil ocurrencias que de su febril imaginación por momentos brotan. Le explico que se lo tome con calma, que es sólo producto de su excesiva lectura; que es como una suerte de residuo o cristalización al final de la lectura, nada más -¡Por eso mismo tengo que escribir!- Me responde con ánimo.
Escribir por exceso de lectura. Me pareció interesante la idea pero no sé si podría validarla como cierta. Tampoco tengo las ganas siquiera de hacer algo más que la simple teorización del asunto para aclararlo. Pero le creo: es un entusiasta de la lectura.
Lo noto ocupado con su lectura y prefiero no quitarle tiempo; tiene un bonito paisaje desde su ventana. Puedo apreciar las cumbres cordilleranas con algunas manchas de nieve dejadas por el pasado invierno; un damasco cargado de frutos próximos a madurar y un álamo enorme con su follaje prodigando sombra. Le dejo tranquilo en su entorno. Salgo de su cuarto tratando de no interrumpir. Justo a la salida, casi en el dintel de la puerta pregunta -¿volverás ponto a visitarme?- Mi sonrisa le anticipa la respuesta y sonríe también -Sólo me tienes que llamar- Respondo.
Sin embargo, hasta ahora no está mal. Lo único que tendré que hacer es prolongar los plazos y seguir disfrutando de esta obra; obra que a pesar de los años en que fue concebida, no deja de tener, o de entregar si se quiere, una actualidad que hace sonreír.
Hace poco tiempo, conversando con una amiga de literatura, me preguntó por la calidad de Dostoievsky en relación a Balzac. Es bien difícil ser objetivo al respecto, sobre todo cuando no se tiene la posibilidad de leer a los autores en cuestión desde su original; así y todo intenté un respuesta lo más honesta posible. Y es que con en el primer autor, lo principal pareciera ser el viaje por la psique del los personajes; mucho de los paisajes descritos por el ruso están dados en términos generales, no quiero decir en forma mezquina, sino adecuada. Con el otro, el entorno cobra vital importancia: la descripción que realiza de la vida parisina; sus salones llenos de gente haciendo gala de sus encantos; el arte de la sociabilidad; la descripción de sus calles o de la campiña, todo ese detalle se vuelve capital en el relato.
Este punto satisfizo a mi interlocutora quien se quejaba del poco tiempo que existe para la lectura.
Hoy en día, si no puedes decir algo en poco más de ciento treinta caracteres, muy pocos tendrán el tiempo de leerte.
La visita de un amigo.
Mi buen amigo Ferragus, se devana los sesos tratando de sacar en forma de texto las mil ocurrencias que de su febril imaginación por momentos brotan. Le explico que se lo tome con calma, que es sólo producto de su excesiva lectura; que es como una suerte de residuo o cristalización al final de la lectura, nada más -¡Por eso mismo tengo que escribir!- Me responde con ánimo.
Escribir por exceso de lectura. Me pareció interesante la idea pero no sé si podría validarla como cierta. Tampoco tengo las ganas siquiera de hacer algo más que la simple teorización del asunto para aclararlo. Pero le creo: es un entusiasta de la lectura.
Lo noto ocupado con su lectura y prefiero no quitarle tiempo; tiene un bonito paisaje desde su ventana. Puedo apreciar las cumbres cordilleranas con algunas manchas de nieve dejadas por el pasado invierno; un damasco cargado de frutos próximos a madurar y un álamo enorme con su follaje prodigando sombra. Le dejo tranquilo en su entorno. Salgo de su cuarto tratando de no interrumpir. Justo a la salida, casi en el dintel de la puerta pregunta -¿volverás ponto a visitarme?- Mi sonrisa le anticipa la respuesta y sonríe también -Sólo me tienes que llamar- Respondo.
miércoles, noviembre 07, 2012
Ascensión de un hombre justo
Sostener el cuerpo a esa altura, sobre todo para una persona de su edad, es casi una proeza. Lo digo porque conozco los efectos que puede provocar ese paisaje embriagador después de algunas horas de ascensión. Con sus cumbres coronadas de nieve; sus cursos de deshielos corriendo presurosos por las quebradas; las corrientes de aire comprimiendo contra las paredes rocosas el desarrollo de alguna nubosidad; los sonidos, en fin.
Haciendo un último esfuerzo, alcanzó el desfiladero de aquel trozo de cordillera y acomodando la espalda en una roca cercana, quedó extasiado en aquella inmensidad. “Aquí es donde quisiera morir” se dijo, contemplando con alegría la luminosidad de las primeras horas del atardecer.
Al cabo de un tiempo de aquella aventura, su salud comenzó a deteriorarse cada día un poco más, siendo internado en el hospital local por algunas semanas donde finalmente murió. Le fui a visitar justo el día en que falleció y tuve la certeza al ver su cuerpo tendido en la cama, que aquel hombre ya no estaba allí; que todo el resto de vida que le quedaba hasta entonces, lo ocupaba en realizar su última ascensión. Me miró con alegría y extrañeza al percatarse de mi presencia “sujétate bien, no vayas a caer” dijo, mientras seguía absorto en ese lugar que tiempo atrás me contó, había conquistado.
Haciendo un último esfuerzo, alcanzó el desfiladero de aquel trozo de cordillera y acomodando la espalda en una roca cercana, quedó extasiado en aquella inmensidad. “Aquí es donde quisiera morir” se dijo, contemplando con alegría la luminosidad de las primeras horas del atardecer.
Al cabo de un tiempo de aquella aventura, su salud comenzó a deteriorarse cada día un poco más, siendo internado en el hospital local por algunas semanas donde finalmente murió. Le fui a visitar justo el día en que falleció y tuve la certeza al ver su cuerpo tendido en la cama, que aquel hombre ya no estaba allí; que todo el resto de vida que le quedaba hasta entonces, lo ocupaba en realizar su última ascensión. Me miró con alegría y extrañeza al percatarse de mi presencia “sujétate bien, no vayas a caer” dijo, mientras seguía absorto en ese lugar que tiempo atrás me contó, había conquistado.
martes, octubre 16, 2012
Mañana de réquiem
Era la primera vez que abría el cuaderno de su hermano; el cuerpo aún tibio, mantenía aquella serenidad que tanto admiraba en él. Esa mañana, sentado a la orilla de la cama y a la espera que llegara el médico, hojeó el diario como buscando un trozo o página en particular.
-Tengo que realizar los trámites en la funeraria ¿Te quedas tú con él? –Preguntó la viuda con aire frío y protocolar.
-Lo prefiero… si no te incomoda. –Contestó.
La mujer dio una mirada al cuerpo de su ahora difunto esposo. Luego, sus pupilas se clavaron en las de su cuñado y en una especie de dolor contenido; de enfado con todo lo que la rodeaba en ese instante; de impotencia hacia ella misma, dio media vuelta y se marchó.
-¡Espera! –alcanzó a decirle aquel. Sus pasos se detuvieron de inmediato y luego de un breve momento, su imagen reapareció lentamente deteniéndose junto a la entrada.
-¿Aún me amas?
Esa misma pregunta hecha en ese momento por otra persona, hubiese sido una falta de delicadeza imperdonable para ella. Sólo el amor libera de las formas, tornando audaces a los amantes bajo su influjo.
-Tengo que realizar los trámites en la funeraria ¿Te quedas tú con él? –Preguntó la viuda con aire frío y protocolar.
-Lo prefiero… si no te incomoda. –Contestó.
La mujer dio una mirada al cuerpo de su ahora difunto esposo. Luego, sus pupilas se clavaron en las de su cuñado y en una especie de dolor contenido; de enfado con todo lo que la rodeaba en ese instante; de impotencia hacia ella misma, dio media vuelta y se marchó.
-¡Espera! –alcanzó a decirle aquel. Sus pasos se detuvieron de inmediato y luego de un breve momento, su imagen reapareció lentamente deteniéndose junto a la entrada.
-¿Aún me amas?
Esa misma pregunta hecha en ese momento por otra persona, hubiese sido una falta de delicadeza imperdonable para ella. Sólo el amor libera de las formas, tornando audaces a los amantes bajo su influjo.
lunes, octubre 01, 2012
Ensayo para una huida
…Inclusive le era difícil llevarse una
cucharada de caldo hasta su boca: una mujer atenta le asistía. Por momentos su
mirada salía disparada de aquel cuarto y se paseaba sobre los tejados vecinos.
Se trepaba en algún gancho de un perfumado abeto y desde allí imaginaba su
partida (o mejor dicho, su huida) Sentía
la tibieza de la cuchara en su boca y volvía al plato de comida.
lunes, septiembre 10, 2012
El sueño de la llama.
La llama de la vela danza, se mece; arraigada firme a su pábilo que la protege. Anhela soltarse un día de su carbonizado celador; de subir alto donde otras, por las noches, también titilan y se mecen.
jueves, agosto 16, 2012
David, Margot, Puerto Montt (II)
Al día siguiente, Andrea se hizo acompañar de Margot; se sentía particularmente débil y prefirió quedarse en casa suspendiendo la visita que tenía programada a una amiga para ese día. Durante todo la mañana se dedicó a ordenar los insumos que se necesitaban para las clases que allí impartían, anotando todo aquello que hiciera falta. Margot la observaba desde su ubicación, cuidando de no encontrarse con la mirada de ella; el lance de la noche anterior, si bien es cierto no había dañado la confianza entre ambas, propició un silencio que se hubiese prolongado de manera fácil el resto del día de no ser por la premura que tenía Margot de comunicarle a Andrea sus planes.
-He estado pensando, Andrea –Intentando con esta formula captar la atención de su prima. –Y creo que realizaré el viaje a Europa primero y a la vuelta veré el tema de la exposición.
Su interlocutora dejó por un momento lo que estaba haciendo y un poco desanimada y con evidente desgano le quedó mirando. No era que la idea de Margot la sorprendiera, muchas veces expusieron esa misma posibilidad. El punto que cansaba a Andrea, era esa detestable costumbre de dilatar los asuntos en el tiempo.
-¿Finalmente viajaras? –Le respondió
-Creo que sí.
-¿Y qué pasará con David…? –Inquirió Andrea.
-No lo sé la verdad; siento como si todo esto ya no estuviese en mis manos.
Por primera vez se quedaron mirando y pareciera que todos los intentos de decir o hacer, fueron reducidos a una simple mirada.
-Saldré a caminar el resto de la mañana. –Dijo Margot, rompiendo el silencio instalado.
-Hacia dónde irás.
-Caminaré por la costanera en dirección a la estación. –Respondió mientras giraba su cuerpo sobre sus pies, abandonando el taller de clases.
Una vez fuera de casa, dirigió sus pasos hacia la costanera para disfrutar de la brisa marina que se levantaba en los rompe olas que allí había. Muchas veces estuvo en ese lugar junto a David, inclusive fue allí donde se vieron por primera vez ¿hace cuánto desde aquella oportunidad? Toda una vida según sus palabras.
Cuál es el secreto del primer amor; por qué su presencia no nos abandona el resto de nuestras vidas; por qué señorea sobre nuestras emociones, causando muchas veces ese desasosiego que nos altera el sueño; que baña con suave sudor nuestras manos, o nos hace tocar el delirio cuando nos reúne.
Sus pasos era lentos sobre la húmeda costanera; su mirada salía disparada hacia un horizonte en donde el cielo y el mar se hermanaban casi como un encuentro por ambos anhelado. Pensaba en las palabras de su prima la noche anterior; sintió una secreta vergüenza al percatarse que Andrea siempre supo del encuentro de ella con David aquella noche de navidad, y sin embargo supo entender. Sentía como un refugio la amistad inquebrantable de su prima y por ello le guardaba una secreta admiración. No quería seguir en esa situación; muchas veces en su habitación sentía como si toda su vida se hubiese fragmentado en trozos que ahora le era imposible reunir.
A medida que su caminata fue sumando pasos y el tiempo pareciera que suavizaba su inexorable marcha, las nubes de su mala disposición fueron abriendo de a poco el paso a la claridad de sus recuerdos y en ellos se quiso extraviar…
En cuanto ocupó su lugar en el compartimiento, recibió a través de la ventanilla la sonrisa que le entregaba David; fue casi como una respuesta refleja en él a la sonrisa instalada en el rostro de ella; le vio dar media vuelta, para luego perderse entre la gente que a esa hora repletaba el área de embarque. “La escena de una película mediocre” pensó ante la incomodidad que le provocaba aquel momento. Con el ánimo contrariado, comenzó a jugar con el reflejo de su rostro en la ventanilla, acomodando su cabello que rozaba un lado de su rostro. Sintió algo parecido al pudor, al imaginar que ese reflejo, sin poder ella evitarlo, escrutaba en sus gestos y mirada, el verdadero dolor que aquella despedida le generaba.
Con el típico empujón que se siente al romper la inercia del reposo, el tren lentamente se puso en movimiento, abandonando de manera pesada la estación; Margot miró la hora en su reloj, eran las siete pasado treinta y dos de la mañana. Nuevamente se acomodó en su asiento con una extraña sensación de abandono; por un largo momento dejó la mirada en los objetos y personas que quedaban como estáticos mientras el tren ganaba velocidad, sintiendo ese amable traqueteo que tanto le gustaba. Esto la puso de mejor ánimo, y le dio oportunidad de pensar en el desayuno. Se levantó de su asiento abandonando el compartimiento y se dirigió hasta el comedor; lo hacía por una razón práctica: el área de comedor, a esa hora, estaba casi en su totalidad disponible; lo cual mejoraba de manera significativa la atención. Se alegró al constatar que esta vez tampoco fallaba su cálculo; tomó ubicación en su lado preferido y se dispuso a disfrutar del desayuno.
Una vez que estuvo devuelta en su asiento, extrajo de su bolso un libro que había seleccionado para ese viaje, sin embargo, unas páginas más allá se encontraba extraviada en los últimos rincones de su conciencia. Sabía de manera categórica que no estaba prestando atención al libro; continuaba recorriendo las líneas, avanzando de manera mecánica por las páginas, sin lograr que aquellas la rescataran. Esto le daba la sensación de quedar dividida en dos seres distintos: uno de esto sostenía la realidad inmediata, mientras el otro, se dejaba caer sin control por esos abismos que por momentos le resultaran aspérrimo a su frágil corazón. Poco podía hacer ante el vértigo que le provocaba las imágenes que se sucedían una tras otra; la más recurrente, la que siempre estaba presente, era la de una muchacha arriba de un árbol coloreando un cuaderno; se quedó más de lo habitual en esa imagen, e insistió en seguir viajando a través de aquella sensación: la muchacha levantó la mirada en dirección a un grupo de personas que estaban reunidas bajo un abeto; pudo distinguir entre todos a una mujer que resultaba ser ella; luego, desde esta nueva figura, miraba hacia el árbol y podía distinguir a aquella niña coloreando un cuaderno de dibujo; esta visión le generaba gran dolor a la mujer, una suerte de envidia hacia la pequeña, que despreocupada de todo y absorta en los colores, viajaba. Volvía a ser aquella muchacha y sentía pena y miedo de la mujer que le miraba…
Las personas que a esa hora pasaban por la costanera junto a Margot, muchas de ellas con evidente apuro, dejaban en ella un rastro de colores y formas que sin duda ocuparía en sus creaciones plásticas; eso la hizo sentir mejor al reconocer la inspiración que se asomaba con timidez en ella. Había logrado tranquilizar su espíritu y sin tener la seguridad de una determinación, ya intuía la ruta que debía seguir. Aceleró sus pasos con la clara idea de disfrutar de un café en un local no distante de allí; era un local pequeño pero con una vista increíble al que acostumbraba visitar en sus días de universidad junto a otros estudiantes.
Tomó asiento en su lugar favorito y fue atendida de manera cordial por el dueño al que conocía desde siempre.
-Qué sorpresa que vengas por estos lados, Margot. –Saludó
-Siempre con ganas de venir, pero ya sabes lo que es tratar de hacer un poco de tiempo para saludar a los amigos. –Contestó ella con su rostro feliz por el encuentro.
-Ya lo creo. Tu taller demanda casi todo el tiempo del que dispones.
-Y no te equivocas, Carlos; hace más de ocho meses que planeo vacaciones y aún no logro ordenar las cosas.
-Pero dime, qué te preparo para esta mañana fría.
-Lo de siempre, pero esta vez con un poco de canela sobre la espuma.
-Descuida, personalmente lo prepararé para ti. Me alegra que hayas venido.
-Gracias, también me alegro de estar aquí.
Luego de tomar el pedio se disponía a marchar, cuando fue interrumpido por la voz de su amiga.
-¿Tienes un lápiz que me facilites, Carlos?
Este, deteniendo la marcha y volviéndose hacia ella, tomó uno desde el bolsillo de su chaqueta y con una sonrisa se lo entregó.
Extrajo de su bolso un pequeño cuaderno donde realizaba bosquejos y anotaciones, y apurando el paso de las hojas escribió como encabezado en una de ellas “Europa” Levantando la mirada hacia la costanera por la cual había llegado, y dejándose arrastrar por el movimiento del mar, comenzó a planificar su partida. Anotó a manera de lista, algunos puntos que le parecieron importantes.
Y así fue trascurriendo la mañana: a su primer café le siguió otro; de la lista para el viaje le continuó un boceto de una mujer; disfrutaba de la vista que tenía desde su ubicación; luego retomaba sus ideas para el viaje. Carlos, su amigo, le miraba con alegría desde el mesón; hacía mucho que no veía a Margot concentrada y contenta con algo.
Aquella mañana entraba a la estación de Temuco el tren proveniente de Santiago; de manera pesada se movía los últimos metros hasta detenerse por completo. David se encontraba despierto y de buen ánimo; con un apetito voraz, como si no hubiese comido en días. Luego de la entrada, el tren se dispuso a una detención de veinte minutos antes de continuar su itinerario a Puerto Montt; tiempo suficiente para bajar a desentumecer las piernas en una breve caminata y volver a tiempo a desayunar. Al descender del tren formó parte de esa gran masa de gente que se reunía allí por motivos diferentes. Era una especie de marea humana donde el desorden era total, pero sin embargo un orden superior coordinaba el movimiento de todos en ese lugar. Los aromas que traía el viento cambiaban a cada paso que se daba; pan recién horneado; aromas de té y canela; frituras que volvían agua la boca; voces promoviendo sus productos; niños ofreciendo emparedados de jamón y queso fundido; más allá un señora sentada en sus piernas gritando sus yerbas medicinales, impregnando aromas de vegetación; un perro ladraba a las palomas estirando lo más que podía su pescuezo, las que atemorizadas se refugiaban en lo alto de la bóveda que les prodigaba la estación. Miró hacia adelante apreciando una cortina de neblina que sobre esas tierras se arrastraba, distinguiendo apenas las formas y colores del paisaje. Conocía muy bien todas esas cosas, las había visto muchas veces desde pequeño, se podría decir que no necesitaba mirar para saber que estas estaban allí. Un deseo de salir corriendo y perderse en ese paisaje que lo consideraba protector, fue su primer impulso. Añoraba dejarlo todo; correr hasta las cordilleras; vivir como un ser natural más; olvidar sus ropas y posesiones y simplemente ser paisaje; remontar un río hasta su nacimiento; descansar a los pies de un glaciar escuchando en silencio el crujido de los hielos…
-¿Ves este paisaje, Margot? En nada ha cambiado desde que subí por primera vez junto a mi padre. –Explicaba excitado y con la respiración entrecortada por el esfuerzo de la ascensión.
Unos pasos más atrás subía su compañera de excursión agotada al igual que David. Al llegar a la cima, Margot solo pudo abrazarlo y exclamar con alegría “lo logramos”
-Qué hermoso es todo esto; estoy en el cielo. –Hablaba mientras miraba en torno suyo.
Se abrazaron en un silencio que los acogía; un viento frío cubrió sus cuerpos llevando su rumor hasta sus oídos; luego de un extenso momento, y antes de comenzar el descenso, David la tomó entre sus brazos y la besó.
-Te quiero. –Le susurró Margot a David.
-Entonces te gané. –Contestó él con una sonrisa.
-¿Por qué?
-Porque yo te amo. –Respondió.
Ella lo quedó mirando en ese abrazo que aun perduraba; el Tiempo se detuvo a contemplar la escena: sí, ella también lo amaba.
-¿Quieres aprender a descender sin esquíes? -Le propuso a su compañera con mirada de emoción.
-Bueno, dime qué hago. –contestó ella con determinación.
-Apoya todo tu cuerpo sobre los talones; así –Le mostraba a Margot- luego, con el bastón controlas tu velocidad de descenso y dirección. Bajaremos por esa mancha de nieve, debe tener por lo menos unos trecientos metros de extensión y se ve suave y sin pendiente brusca ¿Qué dices?
-¡Vamos! –Exclamó Margot, llena de emoción por la nueva experiencia
Se lanzaron al unísono como niños ante la aventura, dejando una doble estela abierta en la nieve…
El tren lanzó un primer aviso provocando un sobresalto en David, dio una última mirada y apuró la compra del periódico para abordar lo antes posible el tren.
Continuará...
-He estado pensando, Andrea –Intentando con esta formula captar la atención de su prima. –Y creo que realizaré el viaje a Europa primero y a la vuelta veré el tema de la exposición.
Su interlocutora dejó por un momento lo que estaba haciendo y un poco desanimada y con evidente desgano le quedó mirando. No era que la idea de Margot la sorprendiera, muchas veces expusieron esa misma posibilidad. El punto que cansaba a Andrea, era esa detestable costumbre de dilatar los asuntos en el tiempo.
-¿Finalmente viajaras? –Le respondió
-Creo que sí.
-¿Y qué pasará con David…? –Inquirió Andrea.
-No lo sé la verdad; siento como si todo esto ya no estuviese en mis manos.
Por primera vez se quedaron mirando y pareciera que todos los intentos de decir o hacer, fueron reducidos a una simple mirada.
-Saldré a caminar el resto de la mañana. –Dijo Margot, rompiendo el silencio instalado.
-Hacia dónde irás.
-Caminaré por la costanera en dirección a la estación. –Respondió mientras giraba su cuerpo sobre sus pies, abandonando el taller de clases.
Una vez fuera de casa, dirigió sus pasos hacia la costanera para disfrutar de la brisa marina que se levantaba en los rompe olas que allí había. Muchas veces estuvo en ese lugar junto a David, inclusive fue allí donde se vieron por primera vez ¿hace cuánto desde aquella oportunidad? Toda una vida según sus palabras.
Cuál es el secreto del primer amor; por qué su presencia no nos abandona el resto de nuestras vidas; por qué señorea sobre nuestras emociones, causando muchas veces ese desasosiego que nos altera el sueño; que baña con suave sudor nuestras manos, o nos hace tocar el delirio cuando nos reúne.
Sus pasos era lentos sobre la húmeda costanera; su mirada salía disparada hacia un horizonte en donde el cielo y el mar se hermanaban casi como un encuentro por ambos anhelado. Pensaba en las palabras de su prima la noche anterior; sintió una secreta vergüenza al percatarse que Andrea siempre supo del encuentro de ella con David aquella noche de navidad, y sin embargo supo entender. Sentía como un refugio la amistad inquebrantable de su prima y por ello le guardaba una secreta admiración. No quería seguir en esa situación; muchas veces en su habitación sentía como si toda su vida se hubiese fragmentado en trozos que ahora le era imposible reunir.
A medida que su caminata fue sumando pasos y el tiempo pareciera que suavizaba su inexorable marcha, las nubes de su mala disposición fueron abriendo de a poco el paso a la claridad de sus recuerdos y en ellos se quiso extraviar…
En cuanto ocupó su lugar en el compartimiento, recibió a través de la ventanilla la sonrisa que le entregaba David; fue casi como una respuesta refleja en él a la sonrisa instalada en el rostro de ella; le vio dar media vuelta, para luego perderse entre la gente que a esa hora repletaba el área de embarque. “La escena de una película mediocre” pensó ante la incomodidad que le provocaba aquel momento. Con el ánimo contrariado, comenzó a jugar con el reflejo de su rostro en la ventanilla, acomodando su cabello que rozaba un lado de su rostro. Sintió algo parecido al pudor, al imaginar que ese reflejo, sin poder ella evitarlo, escrutaba en sus gestos y mirada, el verdadero dolor que aquella despedida le generaba.
Con el típico empujón que se siente al romper la inercia del reposo, el tren lentamente se puso en movimiento, abandonando de manera pesada la estación; Margot miró la hora en su reloj, eran las siete pasado treinta y dos de la mañana. Nuevamente se acomodó en su asiento con una extraña sensación de abandono; por un largo momento dejó la mirada en los objetos y personas que quedaban como estáticos mientras el tren ganaba velocidad, sintiendo ese amable traqueteo que tanto le gustaba. Esto la puso de mejor ánimo, y le dio oportunidad de pensar en el desayuno. Se levantó de su asiento abandonando el compartimiento y se dirigió hasta el comedor; lo hacía por una razón práctica: el área de comedor, a esa hora, estaba casi en su totalidad disponible; lo cual mejoraba de manera significativa la atención. Se alegró al constatar que esta vez tampoco fallaba su cálculo; tomó ubicación en su lado preferido y se dispuso a disfrutar del desayuno.
Una vez que estuvo devuelta en su asiento, extrajo de su bolso un libro que había seleccionado para ese viaje, sin embargo, unas páginas más allá se encontraba extraviada en los últimos rincones de su conciencia. Sabía de manera categórica que no estaba prestando atención al libro; continuaba recorriendo las líneas, avanzando de manera mecánica por las páginas, sin lograr que aquellas la rescataran. Esto le daba la sensación de quedar dividida en dos seres distintos: uno de esto sostenía la realidad inmediata, mientras el otro, se dejaba caer sin control por esos abismos que por momentos le resultaran aspérrimo a su frágil corazón. Poco podía hacer ante el vértigo que le provocaba las imágenes que se sucedían una tras otra; la más recurrente, la que siempre estaba presente, era la de una muchacha arriba de un árbol coloreando un cuaderno; se quedó más de lo habitual en esa imagen, e insistió en seguir viajando a través de aquella sensación: la muchacha levantó la mirada en dirección a un grupo de personas que estaban reunidas bajo un abeto; pudo distinguir entre todos a una mujer que resultaba ser ella; luego, desde esta nueva figura, miraba hacia el árbol y podía distinguir a aquella niña coloreando un cuaderno de dibujo; esta visión le generaba gran dolor a la mujer, una suerte de envidia hacia la pequeña, que despreocupada de todo y absorta en los colores, viajaba. Volvía a ser aquella muchacha y sentía pena y miedo de la mujer que le miraba…
Las personas que a esa hora pasaban por la costanera junto a Margot, muchas de ellas con evidente apuro, dejaban en ella un rastro de colores y formas que sin duda ocuparía en sus creaciones plásticas; eso la hizo sentir mejor al reconocer la inspiración que se asomaba con timidez en ella. Había logrado tranquilizar su espíritu y sin tener la seguridad de una determinación, ya intuía la ruta que debía seguir. Aceleró sus pasos con la clara idea de disfrutar de un café en un local no distante de allí; era un local pequeño pero con una vista increíble al que acostumbraba visitar en sus días de universidad junto a otros estudiantes.
Tomó asiento en su lugar favorito y fue atendida de manera cordial por el dueño al que conocía desde siempre.
-Qué sorpresa que vengas por estos lados, Margot. –Saludó
-Siempre con ganas de venir, pero ya sabes lo que es tratar de hacer un poco de tiempo para saludar a los amigos. –Contestó ella con su rostro feliz por el encuentro.
-Ya lo creo. Tu taller demanda casi todo el tiempo del que dispones.
-Y no te equivocas, Carlos; hace más de ocho meses que planeo vacaciones y aún no logro ordenar las cosas.
-Pero dime, qué te preparo para esta mañana fría.
-Lo de siempre, pero esta vez con un poco de canela sobre la espuma.
-Descuida, personalmente lo prepararé para ti. Me alegra que hayas venido.
-Gracias, también me alegro de estar aquí.
Luego de tomar el pedio se disponía a marchar, cuando fue interrumpido por la voz de su amiga.
-¿Tienes un lápiz que me facilites, Carlos?
Este, deteniendo la marcha y volviéndose hacia ella, tomó uno desde el bolsillo de su chaqueta y con una sonrisa se lo entregó.
Extrajo de su bolso un pequeño cuaderno donde realizaba bosquejos y anotaciones, y apurando el paso de las hojas escribió como encabezado en una de ellas “Europa” Levantando la mirada hacia la costanera por la cual había llegado, y dejándose arrastrar por el movimiento del mar, comenzó a planificar su partida. Anotó a manera de lista, algunos puntos que le parecieron importantes.
Y así fue trascurriendo la mañana: a su primer café le siguió otro; de la lista para el viaje le continuó un boceto de una mujer; disfrutaba de la vista que tenía desde su ubicación; luego retomaba sus ideas para el viaje. Carlos, su amigo, le miraba con alegría desde el mesón; hacía mucho que no veía a Margot concentrada y contenta con algo.
Aquella mañana entraba a la estación de Temuco el tren proveniente de Santiago; de manera pesada se movía los últimos metros hasta detenerse por completo. David se encontraba despierto y de buen ánimo; con un apetito voraz, como si no hubiese comido en días. Luego de la entrada, el tren se dispuso a una detención de veinte minutos antes de continuar su itinerario a Puerto Montt; tiempo suficiente para bajar a desentumecer las piernas en una breve caminata y volver a tiempo a desayunar. Al descender del tren formó parte de esa gran masa de gente que se reunía allí por motivos diferentes. Era una especie de marea humana donde el desorden era total, pero sin embargo un orden superior coordinaba el movimiento de todos en ese lugar. Los aromas que traía el viento cambiaban a cada paso que se daba; pan recién horneado; aromas de té y canela; frituras que volvían agua la boca; voces promoviendo sus productos; niños ofreciendo emparedados de jamón y queso fundido; más allá un señora sentada en sus piernas gritando sus yerbas medicinales, impregnando aromas de vegetación; un perro ladraba a las palomas estirando lo más que podía su pescuezo, las que atemorizadas se refugiaban en lo alto de la bóveda que les prodigaba la estación. Miró hacia adelante apreciando una cortina de neblina que sobre esas tierras se arrastraba, distinguiendo apenas las formas y colores del paisaje. Conocía muy bien todas esas cosas, las había visto muchas veces desde pequeño, se podría decir que no necesitaba mirar para saber que estas estaban allí. Un deseo de salir corriendo y perderse en ese paisaje que lo consideraba protector, fue su primer impulso. Añoraba dejarlo todo; correr hasta las cordilleras; vivir como un ser natural más; olvidar sus ropas y posesiones y simplemente ser paisaje; remontar un río hasta su nacimiento; descansar a los pies de un glaciar escuchando en silencio el crujido de los hielos…
-¿Ves este paisaje, Margot? En nada ha cambiado desde que subí por primera vez junto a mi padre. –Explicaba excitado y con la respiración entrecortada por el esfuerzo de la ascensión.
Unos pasos más atrás subía su compañera de excursión agotada al igual que David. Al llegar a la cima, Margot solo pudo abrazarlo y exclamar con alegría “lo logramos”
-Qué hermoso es todo esto; estoy en el cielo. –Hablaba mientras miraba en torno suyo.
Se abrazaron en un silencio que los acogía; un viento frío cubrió sus cuerpos llevando su rumor hasta sus oídos; luego de un extenso momento, y antes de comenzar el descenso, David la tomó entre sus brazos y la besó.
-Te quiero. –Le susurró Margot a David.
-Entonces te gané. –Contestó él con una sonrisa.
-¿Por qué?
-Porque yo te amo. –Respondió.
Ella lo quedó mirando en ese abrazo que aun perduraba; el Tiempo se detuvo a contemplar la escena: sí, ella también lo amaba.
-¿Quieres aprender a descender sin esquíes? -Le propuso a su compañera con mirada de emoción.
-Bueno, dime qué hago. –contestó ella con determinación.
-Apoya todo tu cuerpo sobre los talones; así –Le mostraba a Margot- luego, con el bastón controlas tu velocidad de descenso y dirección. Bajaremos por esa mancha de nieve, debe tener por lo menos unos trecientos metros de extensión y se ve suave y sin pendiente brusca ¿Qué dices?
-¡Vamos! –Exclamó Margot, llena de emoción por la nueva experiencia
Se lanzaron al unísono como niños ante la aventura, dejando una doble estela abierta en la nieve…
El tren lanzó un primer aviso provocando un sobresalto en David, dio una última mirada y apuró la compra del periódico para abordar lo antes posible el tren.
Continuará...
miércoles, julio 11, 2012
El viejo en el espejo
Introdujo la llave en la cerradura y girándola a su derecha, abrió sin resistencia y con un casi imperceptible quejido la puerta señalada con el número 620. Sintió la huída de una brisa fría proveniente del interior del departamento, como si durante mucho tiempo esta hubiese aguardado por una anhelada libertad. Ingresó a una primera pieza amoblada de manera sobria que hacía de recibidor, y mientras dejaba en el piso la maleta que traía con él, miró algunos cuadros que colgaban de las paredes haciéndosele imposible no recordar las múltiples oportunidades que estuvo allí ¿cuándo había sido la más reciente? Miró hacia atrás en su memoria y pudo recordar la velada con amigos una noche fría de invierno; de esto hacia nueve meses o algo así. No tenía apuro: se tumbó en el sillón preferido de él como lo hiciera siempre cuando le venía a visitar, sobre todo en periodo de vacaciones; desde ese lugar contemplaba, como ahora, un aguafuerte con el motivo de una carreta en descampado que despertaba su anhelo de viajar. Era un grabado bonito; a corta distancia se podía apreciar detalles que proponían un paisaje de la estepa rusa; un grupo de personas que avanzaba a la retaguardia de la carreta con sus atuendos propios de aquella zona, le daba un sentido de una gran travesía al observador.
Luego de un momento se reincorporó de su cómoda ubicación y se dispuso a desempacar la maleta en la habitación. El pasillo se recorría en poco más de cuatro pasos alumbrado por una pequeña y hermosa lámpara de bronce que pendía de un cielo raso, iluminando un par de litografías de estilo bodegón puestas a ambos lados de este. Al enfrentar la puerta semiabierta, empujó con su mano abriéndola en su totalidad, siendo recibido por una hermosa claridad que se lograba con una ventana doble, puesta justo en el vértice que formaban las paredes del lado poniente del edificio; el escritorio de su padre estaba en perfecto orden y sólo con las mínimas cosas que a él le gustaba mantener. Se aproximó hasta la silla; acarició el borde del respaldo y tirando de este para hacer espacio, se sentó.
Miró hacia la cama y recordó lo que casi siempre evitaba recordar: la muerte. Sentía que era una pena cuando nos hacemos consientes de nuestra brevedad; de lo intrascendente de nuestra vida; que todas nuestras grandezas se confunden con nuestras miserias para, finalmente, desaparecer. Quizá lo intuía así por el amor que sentía por ese hombre ahora ausente; por verlo morir en su lecho quizá negando lo inevitable hasta su último aliento; persistir por una eternidad que no se le hacia presente; por una finitud que le besaba ya sus labios. Y no obstante, ahora, cuando era él que continuaba dando tumbos por esta vida y una vez encomendada la de su padre, al menos sentía que todo ese dolor, todo ese vacío que una vez sintió, todas aquellas lágrimas que brotaron como cuando era un chiquillo, se transformaban sin él desearlo, en un extraña sensación de bienestar. Nada en aquella cama señalaba el paso de aquel hombre por esta vida; ni una marca que hiciera suponer sus días.
Se levanto de su silla y tomado la maleta, la dejo sobre la cama. Salió del cuarto en busca de otras cosas. Al enfrentar la puerta de salida quedó contemplando su rostro en el espejo; recordó el de su padre. Su mirada estaba tranquila y aquella imagen del espejo nada le reprochaba; las líneas de su rostro daban cuenta del tiempo que también a él alcanzaba; de la promesa inexorable de una partida.
Basado en el relato EL ENTIERRO de Anabel Rodriguez. (LA PUERTA DESHECHA)
Luego de un momento se reincorporó de su cómoda ubicación y se dispuso a desempacar la maleta en la habitación. El pasillo se recorría en poco más de cuatro pasos alumbrado por una pequeña y hermosa lámpara de bronce que pendía de un cielo raso, iluminando un par de litografías de estilo bodegón puestas a ambos lados de este. Al enfrentar la puerta semiabierta, empujó con su mano abriéndola en su totalidad, siendo recibido por una hermosa claridad que se lograba con una ventana doble, puesta justo en el vértice que formaban las paredes del lado poniente del edificio; el escritorio de su padre estaba en perfecto orden y sólo con las mínimas cosas que a él le gustaba mantener. Se aproximó hasta la silla; acarició el borde del respaldo y tirando de este para hacer espacio, se sentó.
Miró hacia la cama y recordó lo que casi siempre evitaba recordar: la muerte. Sentía que era una pena cuando nos hacemos consientes de nuestra brevedad; de lo intrascendente de nuestra vida; que todas nuestras grandezas se confunden con nuestras miserias para, finalmente, desaparecer. Quizá lo intuía así por el amor que sentía por ese hombre ahora ausente; por verlo morir en su lecho quizá negando lo inevitable hasta su último aliento; persistir por una eternidad que no se le hacia presente; por una finitud que le besaba ya sus labios. Y no obstante, ahora, cuando era él que continuaba dando tumbos por esta vida y una vez encomendada la de su padre, al menos sentía que todo ese dolor, todo ese vacío que una vez sintió, todas aquellas lágrimas que brotaron como cuando era un chiquillo, se transformaban sin él desearlo, en un extraña sensación de bienestar. Nada en aquella cama señalaba el paso de aquel hombre por esta vida; ni una marca que hiciera suponer sus días.
Se levanto de su silla y tomado la maleta, la dejo sobre la cama. Salió del cuarto en busca de otras cosas. Al enfrentar la puerta de salida quedó contemplando su rostro en el espejo; recordó el de su padre. Su mirada estaba tranquila y aquella imagen del espejo nada le reprochaba; las líneas de su rostro daban cuenta del tiempo que también a él alcanzaba; de la promesa inexorable de una partida.
Basado en el relato EL ENTIERRO de Anabel Rodriguez. (LA PUERTA DESHECHA)
martes, mayo 08, 2012
Intermedio X
Comencé hace un par de semana con Balzac. Esto, porque hace varios años, un amigo hoy desaparecido, según sus propias palabras (¿¡!?) me facilitó un libro que contenía algo así como tres novelas de dicho autor. Eran otros tiempos, incluso la soltería imperaba en mi reino y el tiempo libre era un recurso abundante.
- Lee este libro y después lo comentamos –Dijo, mientras me lo entregaba.
Lo tomé, abrí la cubierta un tanto maltratada y leí el nombre del autor con interés creciente; después fijé la mirada en el título, percatándome que se trataba de una selección de tres novelas.
- Balzac es francés ¿Cierto? –Pregunté, ahora intrigado.
-Por su puesto; léelo y lo discutimos lo antes posible. –Contestó con una sonrisa.- Espero que no tardes más de dos semanas…
-Dos semanas, no sé, estoy en medio de otro libro.
-Deja a los alemanes de lado (sabía que estaba leyendo El perfume) y dedícate a los franceses.
-¿Cuánto tardaste en leerlo? –Le pregunté con sonrisa burlona- Te prometo tardarme la mitad del tiempo que te llevó a ti.
Su sonrisa se marcó aun más lo que dio paso a las risas mutuas. -Está bien, tienes todo febrero para terminarlo. –Sentenció.
Lo lamentable de todo esto, es que a pesar de haber terminado el libro en el tiempo señalado, el azar no nos volvió a reunir para discutir la lectura. Lo lamento.
Entonces, como un signo del aprecio que siento por aquellos dos amigos, conseguí la obra completa de Balzac, titulada La comedia humana; la cual me propongo terminar este invierno austral. No es una tarea menor hoy en día: los diez y seis tomos me miran incrédulos…
- Lee este libro y después lo comentamos –Dijo, mientras me lo entregaba.
Lo tomé, abrí la cubierta un tanto maltratada y leí el nombre del autor con interés creciente; después fijé la mirada en el título, percatándome que se trataba de una selección de tres novelas.
- Balzac es francés ¿Cierto? –Pregunté, ahora intrigado.
-Por su puesto; léelo y lo discutimos lo antes posible. –Contestó con una sonrisa.- Espero que no tardes más de dos semanas…
-Dos semanas, no sé, estoy en medio de otro libro.
-Deja a los alemanes de lado (sabía que estaba leyendo El perfume) y dedícate a los franceses.
-¿Cuánto tardaste en leerlo? –Le pregunté con sonrisa burlona- Te prometo tardarme la mitad del tiempo que te llevó a ti.
Su sonrisa se marcó aun más lo que dio paso a las risas mutuas. -Está bien, tienes todo febrero para terminarlo. –Sentenció.
Lo lamentable de todo esto, es que a pesar de haber terminado el libro en el tiempo señalado, el azar no nos volvió a reunir para discutir la lectura. Lo lamento.
Entonces, como un signo del aprecio que siento por aquellos dos amigos, conseguí la obra completa de Balzac, titulada La comedia humana; la cual me propongo terminar este invierno austral. No es una tarea menor hoy en día: los diez y seis tomos me miran incrédulos…
miércoles, abril 25, 2012
Poco tiempo
-Grandísimo idiota, si tan solo hubiese esperado a que lo llamara ¿Tenía que tomar esa postura y simplemente salir casi corriendo? Sí, claro; lo más probable que esgrimiera la falta de tiempo para no seguir esperando; quizá la urgencia de otro trámite, o la súbita llamada de un familiar en apuros. Pero en fin, casi nadie reconoce que el tiempo es una cuestión más bien colectiva, sobre todo en una ciudad como esta; que el individuo que crea ser dueño del tiempo simplemente debería vivir en los cerros… qué sé yo. Ahora me pongo a pensar en eso de “mi tiempo” o “tiempo para mi” qué gran tontera. Hoy, sin ir más lejos, llegué casi corriendo a mi lugar de trabajo por culpa de un embotellamiento vehicular, el cual obviamente, consumió el tiempo no sólo mío, sino de todos los que estábamos en ese lugar. Aquí haré una digresión con el tema si me lo permiten, pero no puedo dejar de mencionar a una mujer que estaba justo al lado mío en su vehículo y nuestras miradas se cruzaron en un acto de desesperación que nos hacía a los dos buscar la mirada en el otro; algo así como diciéndonos con palabras lo enervante de todo aquello. Pero retomo el tema; no se puede pretender apoderarse del tiempo; eso es egoísmo a mi entender ¿les estoy quitando mucho tiempo, señores? ¿Sienten la urgencia de avanzar en otras cosas? Si es así, les ruego me lo hagan saber y termino todo este asunto que por lo demás también me distrae de realizar otras cosas. En el informe que llené y que ahora está en poder de ustedes, dice claramente cual es mi función y para qué fui contratado: No es fácil estar todo el día llenando solicitudes de personas que requieren documentos para la realización de tramites que a mi, en particular, nada me interesa. Por eso este señor debió esperar tranquilamente su turno, lo hubiese llamado tarde o temprano; creo que en su mano aún mantenía su número de atención. Imponer el tiempo de uno en desmedro del otro, eso me parece una falta de delicadeza hoy en día. El principal activo en nuestras vidas es el tiempo. En esa pequeña ventana de oportunidad tenemos que realizar toda nuestra vida, toda. No puedo dejar de pensar que el tamaño de esa ventana es apenas… ¿Cuánto? ¿Ochenta años en promedio? Con suerte; pero digamos ochenta años ¿Les parece? En esa pequeña ventana ocurre todo. No quisiera ser dramático, pero en mi caso, con los años que tengo, en algunos momentos siento que he hecho muy poco de lo que alguna vez me propuse; a veces me dan ganas de viajar por el mundo, conocer lugares y gente exótica; comer platos preparados con ingredientes nunca antes vistos; intentar aprender otra lengua, ojala un dialecto. Pero no se puede, y quizá está bien que así sea, luego que nuestros sueños se cumplen ¿Qué? Cuál será el próximo derrotero a seguir; qué otra necesidad nos veremos casi obligados a inventarnos para darle sentido a nuestras vidas. A veces es preferible mantener intacto los sueños; acumularlos como verdaderos tesoros, lejos del alcance del tiempo.
Le hicieron firmar una declaración en quintuplicado, con una copia adicional para el archivo público y otra para él; fuera del departamento de policía había un periodista que le aguardaba para hacerle algunas preguntas sobre el atropello en que falleció una persona esa mañana; el guardia de turno le solicitó las copias, las miró con gravedad frunciendo el ceño, las timbró y le devolvió la última copia guardándose una para el archivo y le dejo salir.
Le hicieron firmar una declaración en quintuplicado, con una copia adicional para el archivo público y otra para él; fuera del departamento de policía había un periodista que le aguardaba para hacerle algunas preguntas sobre el atropello en que falleció una persona esa mañana; el guardia de turno le solicitó las copias, las miró con gravedad frunciendo el ceño, las timbró y le devolvió la última copia guardándose una para el archivo y le dejo salir.
jueves, abril 12, 2012
De otoño
La hoja, soltándose de la rama, a la tierra revoloteando hasta besarla, cae; sus labios nada sienten, sus labios de celulosa ahora muerta.
martes, marzo 06, 2012
Viceversa
Se quedaron mirando largo rato; sintieron que el inexorable momento estaba próximo y no se haría esperar. Juntaron sus cuerpos con el secreto anhelo de fundirse en uno y huir lejos de allí.
-Vamos. –Dijo consolándose- Después de todo, no creo que sea tan terrible partir.
Relajó toda su conciencia; anuló toda actividad de su ser, y simplemente, nació.
-Vamos. –Dijo consolándose- Después de todo, no creo que sea tan terrible partir.
Relajó toda su conciencia; anuló toda actividad de su ser, y simplemente, nació.
martes, enero 10, 2012
Náufrago (o divertimento con brisa marina)
No recuerdo cuánto tiempo estuve inconciente, sólo la fuerte luminosidad del sol me hizo reaccionar a la realidad. Incorporando mi cuerpo de manera pesada sobre la superficie de la balsa, y apoyando la espalda en los bordes, verifiqué con alivio que no tenía herida alguna producto del accidente -¡el accidente!- Recordé con sobresalto, a la vez que erguía el cuerpo buscando con la mirada, algún rastro que confirmara la imagen de un gran accidente en alta mar, perdiéndose esta en todas direcciones, sin lograr identificar algo.
La balsa estaba equipada con alimentos para varias personas y elementos de primeros auxilios, entre otras cosas. La puesta en operación necesariamente tenía que ser automática, de otra forma no imagino cómo hubiese podido utilizarla; su robustez así lo requería. Algo que me molestó desde el principio fue su horrible color amarillo, el cual me recuerda hasta el día de hoy una capota para la lluvia que tuve en mis años de niño, creo que no tenía más de seis.
Con las primeras semanas de estar extraviado en el océano, y luego que las raciones de alimentos mermaran de manera peligrosa, tuve que desarrollar alguna técnica que permitiera proveerme de alimento a través de la pesca. Pues bien, descendiendo varios metros atado a una cuerda guía, y provisto de una suerte de arpón elaborado por quién sabe qué destreza adormecida en el subconsciente, logro obtener alimento variado y nutritivo; en lo personal nunca me gustaron los mariscos o pescados crudos, pero qué puedo hacer, tampoco es el lugar para exigir un centro de cocina ¿cierto?
Al pasar los años en alta mar, y ante el peligro que un ataque de locura amenazara la seguridad imperante, redacté, a modo de rudimentaria constitución, un manifiesto que permitiera normar la vida al interior de mí ahora, estado-balsa. La carencia absoluta de todo aquello que alguna vez entendí como política, ayudó a la aprobación casi inmediata de sus partes, facilitando la puesta en vigor a la brevedad. Con esto quedaba reivindicada la tarea superior de buscar otras almas en situación similar. Sin embargo aún, cuando estoy con la mirada perdida en la línea del horizonte, o al anochecer, mientras me duermo, siento el prurito de conspirar contra mí.
La balsa estaba equipada con alimentos para varias personas y elementos de primeros auxilios, entre otras cosas. La puesta en operación necesariamente tenía que ser automática, de otra forma no imagino cómo hubiese podido utilizarla; su robustez así lo requería. Algo que me molestó desde el principio fue su horrible color amarillo, el cual me recuerda hasta el día de hoy una capota para la lluvia que tuve en mis años de niño, creo que no tenía más de seis.
Con las primeras semanas de estar extraviado en el océano, y luego que las raciones de alimentos mermaran de manera peligrosa, tuve que desarrollar alguna técnica que permitiera proveerme de alimento a través de la pesca. Pues bien, descendiendo varios metros atado a una cuerda guía, y provisto de una suerte de arpón elaborado por quién sabe qué destreza adormecida en el subconsciente, logro obtener alimento variado y nutritivo; en lo personal nunca me gustaron los mariscos o pescados crudos, pero qué puedo hacer, tampoco es el lugar para exigir un centro de cocina ¿cierto?
Al pasar los años en alta mar, y ante el peligro que un ataque de locura amenazara la seguridad imperante, redacté, a modo de rudimentaria constitución, un manifiesto que permitiera normar la vida al interior de mí ahora, estado-balsa. La carencia absoluta de todo aquello que alguna vez entendí como política, ayudó a la aprobación casi inmediata de sus partes, facilitando la puesta en vigor a la brevedad. Con esto quedaba reivindicada la tarea superior de buscar otras almas en situación similar. Sin embargo aún, cuando estoy con la mirada perdida en la línea del horizonte, o al anochecer, mientras me duermo, siento el prurito de conspirar contra mí.
jueves, diciembre 22, 2011
Duermevela
No era habitual que se levantara por la madrugada; tampoco lo era caminar descalzo. Aquella oportunidad sin duda se sentía mejor que nunca; algo así como haber encontrado una respuesta largamente esperada. Era tan agradable sentir que su ser se mezclaba con el aroma de las cosas; con la brisa fría nocturna; con el rumor de las hojas. Lo aturdía un poco el hecho de no saber el origen de tanto bienestar.
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