Una lámpara conteniendo algún tipo de combustible, entregaba una débil luz que permitía observar los detalles de la habitación. Con alivio me percaté que los ruidos del piso inferior no alcanzaban a traspasar los muros de mí cuarto. Era un espacio de unos diez y seis metros cuadrados, con una puerta interior que permitía el acceso al cuarto de baño; un papel mural de fina calidad, cubría las paredes desnudas de todo ornamento, permitiendo apreciar su suave diseño en relieve. Al centro de una de las paredes, existía una ventana de doble hoja que daba al exterior, cubierta por un delicado juego de cortinas; la primera era de gasa de un suave tono terracota, cubierta por una segunda cortina gruesa, la que se extendía hasta casi tocar el piso, entregando privacidad. La cama era de metal, adornada a ambos lados por un juego de mesitas de noche; la decoración terminaba con un mueble frente a la cama, y un cómodo sillón en una de las esquinas. Una tenue luz ingresaba por la ventana, al tiempo que la cortina se mecía lentamente por el ingreso de una brisa tibia; me incorporé de la orilla de la cama donde me había sentado, extenuado, y caminé hasta apoyar mi cuerpo en el borde de la ventana. Nada de lo que veía era reconocible: la calle parecía no serlo; las casas, ahora que las observaba con detención, tenían algo de artificioso en sus diseños. Un sentimiento de indefensión se apoderó de mí; una vulnerabilidad que me evocaba los estados de melancolía de infancia, los mismos que me hacían correr a los brazos protectores de mí madre -¿Qué ocurre allí en tus ojos, vida?- eran las palabras de amor de aquella mujer, exorcizando todos los miedos y angustias de mí tierno corazón.
El cansancio terminó por vencer mí cuerpo; no recuerdo el momento en que dejé la ventana, ni cuando me acosté; sólo reaccioné cuando estaba de lado, mirando la débil luminosidad que se colaba por las cortinas, para terminar estrellándose en el piso de la habitación. El sillón en la penumbra me lazaba miles de imágenes posibles. Los párpados pesaban cada vez más, hasta cuando no los pude volver a abrir; entonces, me dormí.
-Qué haces tú aquí, en mí recuerdo. –Le pregunté al hombre del manto.
Estábamos los dos sentados bajo un hermoso nogal; las sombras jugueteaban en el suelo; el viento acariciaba nuestras mejillas. Más arriba, en el cielo, nubes viajaban a lugares distantes mirando intrigadas aquel encuentro. Las ropas que vestía me eran desconocidas, sin embargo, me entregaban la sensación de agradable comodidad. Él, vestía un traje gris con su hermoso manto sobre su hombro, como la primera vez que lo encontré.
-Bueno, eso no podría contestarlo con propiedad; pero si estamos juntos en un lugar tan hermoso como este, debe ser por una intuida amistad.
-Quiero volver a mí lugar, no quiero estar allá.
Por algún motivo supuse que él sabía perfectamente lo que me ocurría, y no tenía que explicar algo siquiera. Escuchamos largo rato la brisa pasar entre las hojas, el aroma de la hierba, el silencio.
-No necesitas estar en otro lugar; sabemos como nos ocurren las cosas, y en ello debiéramos poner el mejor de nuestros esfuerzos. Lo otro, no depende de nosotros. Estamos para recorrer un camino, no para inventarnos atajos; a veces creemos que lo hacemos, pero nos engañamos.
-Cómo quisiera quedarme aquí, en esta tranquilidad. No despertar.
-Así no funciona, lo sabes bien. Tienes que estar donde debes; siempre existirán momentos como este para descansar el alma; quizá hasta mejores en un futuro, quién sabe. Por el momento, haz lo que debas hacer.
De manera lenta las sombras comenzaron a intensificarse, obscureciendo todo el paisaje; cesó el viento, el ruido de las hojas, la claridad.
-Despierta.
-No quiero. –Le respondí a la voz.
-Vamos, despierta.
Abrí los ojos y pude apreciar la cortina mecerse de manera tranquila; la luminosidad golpeaba el mismo lugar provocándome desazón.
Reincorporé de manera pesada mí cuerpo, para quedar sentado en la cama frente a la ventana; me cubrí el rostro con las manos, apoyando los codos en las rodillas; tomé una bocanada de aire y con ese impulso me puse de pié caminando hasta la ventana; asomé la mitad de mí cuerpo fuera de ella y quedé observando las cumbres más altas cubiertas de nieve: algo extraño tenía esa vista. Comencé a recorrer el paisaje con la mirada, encontrando en ellas formas que me eran conocidas; me di el tiempo de recorrerlas varias veces, reordenando las imágenes. No podía creer lo que estaba experimentando –Cómo es posible- exclamé en voz alta. Aquellas montañas se podían apreciar sólo desde el lado opuesto a ellas, y a una altura mayor de la que me encontraba en ese momento. El corazón latió con fuerza ante la única explicación posible: -¡Estoy dentro de la laguna!- dije con excitación. Hice un cálculo mental de mí ubicación mirando la cumbre hacia el oriente, y la altura estimada a la que me debía hallar para obtener esa vista; no había otra explicación: estaba justo en el lugar donde se encuentra la laguna Negra.
-Servicio de desayuno, señor. –Se escuchó del otro lado de la puerta.
Con el ánimo decidido a enfrentar el significado de este viaje, me dirigí a atender el llamado a la habitación.
Continuará...
lunes, noviembre 23, 2009
viernes, noviembre 13, 2009
Laguna Negra (III)
La ventisca desapareció, dejando un manto de silencio sobre el paisaje, interrumpido sólo por el ruido de mis pasos. Una extraña claridad se instaló sobre el camino; no podía identificarla como las primeras luces del amanecer o las últimas de un crepúsculo, pero ahí estaba: dejándose caer sobre el valle. El camino se hizo más ancho y los primeros indicios de vegetación comenzaron a poblar mí entorno cercano. Existía todo tipo de plantas, muchas de ellas con características medicinales, las que había aprendido a clasificar según su nombre y especie, desde que era un muchacho. El sonido de un arroyo hizo detener la marcha para refrescarme en sus aguas; arrodillé el cuerpo junto al líquido maravilloso que corría, presuroso, producto del deshielo en las altas cumbres. Bebía con mis manos varias veces, mojando el rostro cansado por la jornada, cuando un destello entre los guijarros llamó mí atención: era una enorme pepita de oro; bella en toda su forma y pureza; su tamaño superaba a una almendra de buen calibre. La miré cautivado entre mis dedos; luego la sumergí, para apreciar su hermosura a través de las formas que proponía el agua. Pensé en guardarla en mis bolsillos, pero apareció en mi cabeza, un sentimiento de deseo que superaba al sentimiento de belleza original; luego recordé al hombre de la manta y nuestra conversación: opté por devolverla al fondo del cause. Bebí más agua fresca y retomé la marcha; los pasos me adentraban al valle rodeado por imponentes cumbres; dirigía miradas al cielo en búsqueda de nubes arreboladas que me dijeran la dirección del viento, o un indicio de la hora aproximada en ese momento, pero nada, sólo esa extraña claridad.
Luego de un momento, el camino terminó por empalmar con una calle amplia, la cual poseía construcciones a ambos lados de éste, mostrando una línea arquitectónica regular de vivos colores. Podía apreciar a lugareños que se dirigían a cualquier lado en completo silencio; los que caminaban acompañados, lo hacían dando la impresión de estar murmurando, más que conversando de manera abierta; las miradas que se dejaban caer en mí persona, demostraban una total indiferencia, como si éstas rebotaran y pasaran a algo más importante. Entré a un lugar parecido a una posada donde se ofrecía todo tipo de alimentos y bebida, incluso, la posibilidad de alojamiento. Acomodé el cuerpo en la barra y esperé tranquilo que fuera atendido, mientras, trataba de identificar el nivel de desarrollo de esa gente, a través de sus artefactos; quedé asombrado al percatarme que los grifos utilizados como surtidores de cerveza, habían sido elaborados en oro. Estaba en esas observaciones, cuando entró al local un hombre más bien viejo, hablándole a los que estábamos allí -¡Viene el gobernador!- Decidí seguir al grupo de personas que salieron de manera atropellada para ver el paso de la comitiva. En cosa de segundos, las veredas estaban atestadas de público, levantando las manos en señal de saludo hacia el paso de un landó cerrado. El estrépito de los cascos de las bestias sobre la calle, hizo vibrar el portal donde me instalé -¡Viva!, ¡Viva el gobernador!- se escuchaba de manera repetida entre la multitud; y en el momento que la mano de aquel hombre se dejaba ver, correspondiendo a los saludos, nuestras miradas se cruzaron por un breve instante. Un escalofrío recorrió todos mis huesos, algo parecido al pánico se apoderó de mí; en esa mirada, en esos ojos, pude adivinar que era yo el que viajaba en aquel carruaje; el ángulo visual quedo interrumpido por el rápido avance de la comitiva, perdiendo la oportunidad de repetir la experiencia. Con los sentidos turbados reingresé al local, para quedar sentado junto a la barra, en completo silencio.
-Qué le sirvo, amigo. –Preguntó un hombre que oficiaba de cantinero.
Qué podía responder; estaba tratando de entender lo ocurrido. En ese momento mí mente estaba en otro lugar; lugares que añoraba y que antes fueron tan simples y breves. Sentía temor de mirar al hombre a los ojos, no estaba seguro si la experiencia fue sólo mía. Quizá fue el cansancio acumulado por la caminata, y no debiera darle mayor importancia. Tomé confianza en esto último y decidí ordenar.
-Tráigame algo fuerte para beber. –Respondí levantando la mirada para observar al cantinero.
La mirada que recibí de vuelta no fue lo que esperaba. Un encuentro de produjo en mí cabeza. Algo parecido a la certeza de un diálogo entre el cantinero y yo; un diálogo sin palabras, pero evidente para ambos. Todo quedó confirmado con una leve sonrisa, apenas expresada en la comisura de su boca.
-Le traigo su pedido de inmediato, señor. –Sus ojos tenían un brillo de fría amabilidad.
Mientras bebía el trago, decidí que lo mejor era volver a casa, no tenía sentido todo aquello; cuál era la razón de estar allí, entre esa gente. Nunca supe que existiera un pueblo minero en esta zona, con todo un sistema administrativo; con autoridades que fueran responsables del mantenimiento de todo aquello. El ruido del local, el aire enrarecido por el humo de los cigarros, las risas; inclusive, las miradas que recibía, sólo exacerbaba más mí cabeza. Comencé a sudar, volvieron las nauseas, y cuando creí que en cualquier momento perdería el sentido, una amable mujer me abordó.
-¿Necesita usted, una pieza para esta noche?
-Sí, por favor; creo que necesito dormir un momento. –Le respondí casi desfalleciendo.
Pidió que me fuera entregada una llave; sonrío con amabilidad y desapareció.
-Habitación doscientos ocho, señor; al final del pasillo. –Dijo una voz.
Dejaron una llave labrada en oro junto a mí: no pude levantar la cabeza. Las risas continuaban; los sonidos de botellas y vasos en señal de brindis, el murmullo; tenía que levantarme y salir de allí. Con esfuerzo reincorporé el cuerpo y dirigí mis pasos a las escalas que me llevarían a la habitación. El pasillo superior estaba elaborado en madera, con hermosos faroles adosados a las paredes; la luz tenue que emitían, relajaba de a poco mis cansados ojos; camine a lo largo de éste, hasta enfrentar la puerta que tenía el número doscientos ocho; introduje la llave, hice girar el mecanismo de la cerradura, e ingresé a una habitación hermosa y bien decorada, casi elegante. Una vez dentro, y sin mirar a mis espaldas, cerré la puerta tras de mí.
Continuará...
Luego de un momento, el camino terminó por empalmar con una calle amplia, la cual poseía construcciones a ambos lados de éste, mostrando una línea arquitectónica regular de vivos colores. Podía apreciar a lugareños que se dirigían a cualquier lado en completo silencio; los que caminaban acompañados, lo hacían dando la impresión de estar murmurando, más que conversando de manera abierta; las miradas que se dejaban caer en mí persona, demostraban una total indiferencia, como si éstas rebotaran y pasaran a algo más importante. Entré a un lugar parecido a una posada donde se ofrecía todo tipo de alimentos y bebida, incluso, la posibilidad de alojamiento. Acomodé el cuerpo en la barra y esperé tranquilo que fuera atendido, mientras, trataba de identificar el nivel de desarrollo de esa gente, a través de sus artefactos; quedé asombrado al percatarme que los grifos utilizados como surtidores de cerveza, habían sido elaborados en oro. Estaba en esas observaciones, cuando entró al local un hombre más bien viejo, hablándole a los que estábamos allí -¡Viene el gobernador!- Decidí seguir al grupo de personas que salieron de manera atropellada para ver el paso de la comitiva. En cosa de segundos, las veredas estaban atestadas de público, levantando las manos en señal de saludo hacia el paso de un landó cerrado. El estrépito de los cascos de las bestias sobre la calle, hizo vibrar el portal donde me instalé -¡Viva!, ¡Viva el gobernador!- se escuchaba de manera repetida entre la multitud; y en el momento que la mano de aquel hombre se dejaba ver, correspondiendo a los saludos, nuestras miradas se cruzaron por un breve instante. Un escalofrío recorrió todos mis huesos, algo parecido al pánico se apoderó de mí; en esa mirada, en esos ojos, pude adivinar que era yo el que viajaba en aquel carruaje; el ángulo visual quedo interrumpido por el rápido avance de la comitiva, perdiendo la oportunidad de repetir la experiencia. Con los sentidos turbados reingresé al local, para quedar sentado junto a la barra, en completo silencio.
-Qué le sirvo, amigo. –Preguntó un hombre que oficiaba de cantinero.
Qué podía responder; estaba tratando de entender lo ocurrido. En ese momento mí mente estaba en otro lugar; lugares que añoraba y que antes fueron tan simples y breves. Sentía temor de mirar al hombre a los ojos, no estaba seguro si la experiencia fue sólo mía. Quizá fue el cansancio acumulado por la caminata, y no debiera darle mayor importancia. Tomé confianza en esto último y decidí ordenar.
-Tráigame algo fuerte para beber. –Respondí levantando la mirada para observar al cantinero.
La mirada que recibí de vuelta no fue lo que esperaba. Un encuentro de produjo en mí cabeza. Algo parecido a la certeza de un diálogo entre el cantinero y yo; un diálogo sin palabras, pero evidente para ambos. Todo quedó confirmado con una leve sonrisa, apenas expresada en la comisura de su boca.
-Le traigo su pedido de inmediato, señor. –Sus ojos tenían un brillo de fría amabilidad.
Mientras bebía el trago, decidí que lo mejor era volver a casa, no tenía sentido todo aquello; cuál era la razón de estar allí, entre esa gente. Nunca supe que existiera un pueblo minero en esta zona, con todo un sistema administrativo; con autoridades que fueran responsables del mantenimiento de todo aquello. El ruido del local, el aire enrarecido por el humo de los cigarros, las risas; inclusive, las miradas que recibía, sólo exacerbaba más mí cabeza. Comencé a sudar, volvieron las nauseas, y cuando creí que en cualquier momento perdería el sentido, una amable mujer me abordó.
-¿Necesita usted, una pieza para esta noche?
-Sí, por favor; creo que necesito dormir un momento. –Le respondí casi desfalleciendo.
Pidió que me fuera entregada una llave; sonrío con amabilidad y desapareció.
-Habitación doscientos ocho, señor; al final del pasillo. –Dijo una voz.
Dejaron una llave labrada en oro junto a mí: no pude levantar la cabeza. Las risas continuaban; los sonidos de botellas y vasos en señal de brindis, el murmullo; tenía que levantarme y salir de allí. Con esfuerzo reincorporé el cuerpo y dirigí mis pasos a las escalas que me llevarían a la habitación. El pasillo superior estaba elaborado en madera, con hermosos faroles adosados a las paredes; la luz tenue que emitían, relajaba de a poco mis cansados ojos; camine a lo largo de éste, hasta enfrentar la puerta que tenía el número doscientos ocho; introduje la llave, hice girar el mecanismo de la cerradura, e ingresé a una habitación hermosa y bien decorada, casi elegante. Una vez dentro, y sin mirar a mis espaldas, cerré la puerta tras de mí.
Continuará...
sábado, noviembre 07, 2009
Laguna Negra (II)
Tenía un buen ánimo al iniciar la marcha esa noche. Se despedía un día soleado de agradable temperatura; brisas tibias bajaron por las quebradas, lamiendo las nieves que se hallan sujetas a las cumbres más altas; presurosas ellas, corrían en demanda de las tierras bajas en los valles. La vida en la quebrada se preparaba para el descanso, excepto, por aquellos que hacen de la obscuridad, su memento de ganancia; en ese grupo me encontraba ahora. Los pasos me dirigían por la senda apenas visible: a medida que avanzaba, esta también se prolongaba, como mostrándose de a poco. Después de algo más de una hora de caminata en ascensión, enfrenté una planicie donde me dispuse a descansar mis huesos. Estaba en ello, y cuando estaba a punto de retomar la marcha, apareció un hombre ataviado con un hermoso manto que colgaba de uno de sus hombros.
-¿Va en busca de la mina, amigo?
-Hacia allá me dirijo- Le contesté con seguridad e intriga ante la súbita aparición de aquel desconocido.
-Dicen que es un lugar muy hermoso. –Prosiguió el hombre.- Espero que le guste.
-La verdad, siempre la he sabido como una leyenda. Nunca supe de alguien que hubiese estado allí.
-Conocí a unos cuantos que lo intentaron. –Respondió mirando al fuego.
-¿Sí? Y qué le han contado sobre ese lugar.
-Hasta ahora no he sabido de nadie que haya logrado volver de allí.
-Quizá extraviaron la ruta y nunca pudieron dar con la mina. –Intenté explicar.
-Sí, es lo más probable: extraviaron su rumbo. –Respondió con cierta ironía.
Reacomodando su manta en su hombro, y sin dejar de mirar el baile sostenido de las llamas, respiró profundo y dijo:
-Al parecer la vida se encarga de ponernos al frente de nuestras propias palabras y convicciones. En esos momentos es cuando son remecidos por la experiencia; no existe la menor duda de lo que debemos hacer: lo sabemos; es más: lo intuimos.
-Usted estuvo allí. –Pregunté.
Un agradable silencio llenó todo el ambiente. Las llamas por momentos mostraban un rostro que me era conocido de algún lugar.
-Lo estaré. –Respondió.- Veo que usted está listo para partir.
-Me sorprendió justo en el momento que estoy retomando la marcha.
-Le deseo suerte en su empeño. –Dijo mirándome a los ojos.- ¿Se ha dado cuenta que la biología, la vida en general, tiende al bien?
-Así es; y eso la vuelve esperanzadora. –Le respondí.- Sí gusta, le puedo ofrecer este fuego y un poco de café que aún queda.
-Se lo agradezco mucho. –Contestó, acercándose al fuego.
Nos despedimos con amabilidad, deseándonos mutuos parabienes. Luego se sentó en mi lugar cerca del fuego, y mientras acomodaba su cuerpo dijo:
-Qué noche tan maravillosamente estrellada; sin embargo, no supera a la experiencia de estar bajo las hojas verdes de un añoso nogal.
Nos dimos una mirada de amistada, di media vuelta y retomé el camino que me aguardaba. Unos pasos más allá, caí en cuenta que una de las imágenes más íntimas que recordaba con verdadero recogimiento, era la de un viejo nogal en la casa de mis padres. Sorprendido por la coincidencia, volví el cuerpo en dirección al hombre que estaba a mis espaldas, verificando con sorpresa, que éste ya no estaba. Estuve un buen momento tratando de explicar la experiencia y sobre la conveniencia de seguir en mi empeño; algo impulsaba mí ánimo: decidí continuar.
El esfuerzo de la caminata comenzaba a notarse en mí cuerpo, con mayor frecuencia de tiempo detenía la marcha para descansar. Por primera vez pensé que quizá no fue buena idea realizar esta búsqueda; la extraña sensación de nausea que comenzaba a experimentar, el embotamiento de mí cabeza, lo extraño del encuentro con el hombre de la manta, hizo temblar la seguridad de toda la empresa. Inclusive, al levantar la mirada al cielo nocturno, pude apreciar con asombro, que los grupos de estrellas permanecían estáticos en el cielo, como si el tiempo universal se hubiese detenido sobre mí cabeza. La angustia se apoderó de mí, sentí la necesidad imperiosa de salir corriendo de allí; algo parecido al temor se evidenciaba en todo mí cuerpo, en la forma de un frío sudor. De pronto, desde las profundidades de mí mente, afloró la imagen de un hermoso nogal mecido por un viento tibio de verano. Las cosas lentamente comenzaron a calmarse, y fui capaz de infundir tranquilidad a mí golpeada cabeza. Retomé la marcha, refugiando a la razón, bajo la sombra de aquel hermoso nogal.
Una extraña ventisca se levanto luego, haciendo difícil la visión del camino, sin embargo, al parecer ya no era necesaria indicación alguna: el camino se angostaba cada vez más, aferrándose al costado de una pared rocosa cortada en vertical por quién sabe qué fuerzas tectónicas. Luego de un momento, a la salida de una curva, pude percibir una débil luz a la distancia que se mecía, azotada por el viento de aquella zona; con cada paso la luz cobraba intensidad, dejando ver algunas formas que se dibujaban entre las sombras. Se trataba de un viejo farol de hierro forjado, colgado de un pilar de madera que servia de soporte a un viejo portón. Detuve mis pasos frente al portón sin saber con seguridad qué debía hacer. En ese momento, salió un hombre de entre las sombras de una grieta en la pared rocosa, la cual era ocupaba como refugio y puesto de guardia.
-¿Qué busca, usted? –Me dijo con una mirada seria y penetrante.
-Buenas noches; busco la entrada a la mina. –Le respondí.
-Bueno, sepa usted que está justo en la entrada ¿Algo más? Hace un frío de los mil demonios aquí. –Contestó frotándose las manos sin quitarme la mirada.
-Y… Podría entrar a conocerla… -Volví a preguntar.
Un silencio se instaló entre los dos; por un momento, sólo se escuchaba el viento pasando entre las rocas. Luego, sin intermediar palabra alguna, se dirigió hasta el portón; extrajo de sus ropas una vieja llave, la introdujo en el mecanismo de cerrojo, y empujando con fuerza el portón hasta abrirlo en su totalidad, dijo:
-Adelante, pase usted a conocer las riquezas de esta mina.
Me acerqué hasta la entrada, ahora despejada y me dispuse a agradecer la autorización.
-Gracias, es usted muy amable.
-Espere un momento. –Dijo interrumpiendo mis pasos; dio media vuelta para luego volver con algo en las manos.
-Va a necesitar esto. –Extendió su brazo hacia mí, el cual sostenía en su mano una alforja de cuero.
-No, gracias; creo que no la necesitaré en esta oportunidad. –Le respondí con amabilidad.
La razón de mí negativa no la tenía del todo clara; podría decir que fue el primer impulso que apareció ante tal ofrecimiento. Una mirada de aprobación recibí por parte de él. Colgó la alforja en el portón, al tiempo que comenzaba a cerrarlo; una vez que estuvo del otro lado, levanté mí mano en señal de despedida, a lo cual respondió con igual gesto, para luego perderse en la obscuridad de la grieta por donde había salido a mí encuentro. Di media vuelta y retomé la marcha con el ánimo fortalecido; luego de un momento miré a mis espaldas, recibiendo de vuelta el brillo del farol aún mecido por el viento.
Continuará...
-¿Va en busca de la mina, amigo?
-Hacia allá me dirijo- Le contesté con seguridad e intriga ante la súbita aparición de aquel desconocido.
-Dicen que es un lugar muy hermoso. –Prosiguió el hombre.- Espero que le guste.
-La verdad, siempre la he sabido como una leyenda. Nunca supe de alguien que hubiese estado allí.
-Conocí a unos cuantos que lo intentaron. –Respondió mirando al fuego.
-¿Sí? Y qué le han contado sobre ese lugar.
-Hasta ahora no he sabido de nadie que haya logrado volver de allí.
-Quizá extraviaron la ruta y nunca pudieron dar con la mina. –Intenté explicar.
-Sí, es lo más probable: extraviaron su rumbo. –Respondió con cierta ironía.
Reacomodando su manta en su hombro, y sin dejar de mirar el baile sostenido de las llamas, respiró profundo y dijo:
-Al parecer la vida se encarga de ponernos al frente de nuestras propias palabras y convicciones. En esos momentos es cuando son remecidos por la experiencia; no existe la menor duda de lo que debemos hacer: lo sabemos; es más: lo intuimos.
-Usted estuvo allí. –Pregunté.
Un agradable silencio llenó todo el ambiente. Las llamas por momentos mostraban un rostro que me era conocido de algún lugar.
-Lo estaré. –Respondió.- Veo que usted está listo para partir.
-Me sorprendió justo en el momento que estoy retomando la marcha.
-Le deseo suerte en su empeño. –Dijo mirándome a los ojos.- ¿Se ha dado cuenta que la biología, la vida en general, tiende al bien?
-Así es; y eso la vuelve esperanzadora. –Le respondí.- Sí gusta, le puedo ofrecer este fuego y un poco de café que aún queda.
-Se lo agradezco mucho. –Contestó, acercándose al fuego.
Nos despedimos con amabilidad, deseándonos mutuos parabienes. Luego se sentó en mi lugar cerca del fuego, y mientras acomodaba su cuerpo dijo:
-Qué noche tan maravillosamente estrellada; sin embargo, no supera a la experiencia de estar bajo las hojas verdes de un añoso nogal.
Nos dimos una mirada de amistada, di media vuelta y retomé el camino que me aguardaba. Unos pasos más allá, caí en cuenta que una de las imágenes más íntimas que recordaba con verdadero recogimiento, era la de un viejo nogal en la casa de mis padres. Sorprendido por la coincidencia, volví el cuerpo en dirección al hombre que estaba a mis espaldas, verificando con sorpresa, que éste ya no estaba. Estuve un buen momento tratando de explicar la experiencia y sobre la conveniencia de seguir en mi empeño; algo impulsaba mí ánimo: decidí continuar.
El esfuerzo de la caminata comenzaba a notarse en mí cuerpo, con mayor frecuencia de tiempo detenía la marcha para descansar. Por primera vez pensé que quizá no fue buena idea realizar esta búsqueda; la extraña sensación de nausea que comenzaba a experimentar, el embotamiento de mí cabeza, lo extraño del encuentro con el hombre de la manta, hizo temblar la seguridad de toda la empresa. Inclusive, al levantar la mirada al cielo nocturno, pude apreciar con asombro, que los grupos de estrellas permanecían estáticos en el cielo, como si el tiempo universal se hubiese detenido sobre mí cabeza. La angustia se apoderó de mí, sentí la necesidad imperiosa de salir corriendo de allí; algo parecido al temor se evidenciaba en todo mí cuerpo, en la forma de un frío sudor. De pronto, desde las profundidades de mí mente, afloró la imagen de un hermoso nogal mecido por un viento tibio de verano. Las cosas lentamente comenzaron a calmarse, y fui capaz de infundir tranquilidad a mí golpeada cabeza. Retomé la marcha, refugiando a la razón, bajo la sombra de aquel hermoso nogal.
Una extraña ventisca se levanto luego, haciendo difícil la visión del camino, sin embargo, al parecer ya no era necesaria indicación alguna: el camino se angostaba cada vez más, aferrándose al costado de una pared rocosa cortada en vertical por quién sabe qué fuerzas tectónicas. Luego de un momento, a la salida de una curva, pude percibir una débil luz a la distancia que se mecía, azotada por el viento de aquella zona; con cada paso la luz cobraba intensidad, dejando ver algunas formas que se dibujaban entre las sombras. Se trataba de un viejo farol de hierro forjado, colgado de un pilar de madera que servia de soporte a un viejo portón. Detuve mis pasos frente al portón sin saber con seguridad qué debía hacer. En ese momento, salió un hombre de entre las sombras de una grieta en la pared rocosa, la cual era ocupaba como refugio y puesto de guardia.
-¿Qué busca, usted? –Me dijo con una mirada seria y penetrante.
-Buenas noches; busco la entrada a la mina. –Le respondí.
-Bueno, sepa usted que está justo en la entrada ¿Algo más? Hace un frío de los mil demonios aquí. –Contestó frotándose las manos sin quitarme la mirada.
-Y… Podría entrar a conocerla… -Volví a preguntar.
Un silencio se instaló entre los dos; por un momento, sólo se escuchaba el viento pasando entre las rocas. Luego, sin intermediar palabra alguna, se dirigió hasta el portón; extrajo de sus ropas una vieja llave, la introdujo en el mecanismo de cerrojo, y empujando con fuerza el portón hasta abrirlo en su totalidad, dijo:
-Adelante, pase usted a conocer las riquezas de esta mina.
Me acerqué hasta la entrada, ahora despejada y me dispuse a agradecer la autorización.
-Gracias, es usted muy amable.
-Espere un momento. –Dijo interrumpiendo mis pasos; dio media vuelta para luego volver con algo en las manos.
-Va a necesitar esto. –Extendió su brazo hacia mí, el cual sostenía en su mano una alforja de cuero.
-No, gracias; creo que no la necesitaré en esta oportunidad. –Le respondí con amabilidad.
La razón de mí negativa no la tenía del todo clara; podría decir que fue el primer impulso que apareció ante tal ofrecimiento. Una mirada de aprobación recibí por parte de él. Colgó la alforja en el portón, al tiempo que comenzaba a cerrarlo; una vez que estuvo del otro lado, levanté mí mano en señal de despedida, a lo cual respondió con igual gesto, para luego perderse en la obscuridad de la grieta por donde había salido a mí encuentro. Di media vuelta y retomé la marcha con el ánimo fortalecido; luego de un momento miré a mis espaldas, recibiendo de vuelta el brillo del farol aún mecido por el viento.
Continuará...
lunes, noviembre 02, 2009
Laguna Negra (I)
Aquella ruta cordillerana no se hallaba en los mapas camineros: la encontré por casualidad, como suele ocurrir con las cosas importantes. Tenía algo de espectral vista desde donde me hallaba; serpenteaba entre las formas de las laderas, inclusive, daba la apariencia de encumbrarse describiendo una línea casi recta, para luego perderse y volver a aparecer. Desde mí ubicación, en la cara norte de la quebrada, podía apreciar con esfuerzo buena parte de su trayecto, el cual se alejaba en dirección oriente.
De niño escuché leyendas sobre una ruta que llevaba hasta los pies de una mina de oro. Esta había pertenecido a una población originaria ya extinta, la cual desapareció en una misteriosa inundación: “Toda la población fue tragada por un monstruo negro de agua” dice la leyenda; y sí bien es cierto, con el paso del tiempo han llegado hasta nuestros oídos más de una versión, todas éstas coinciden con el mismo destino para aquellas personas. Quizá, eso sea lo mágico de la oralidad, y lo que en definitiva, le da permanencia en la memoria colectiva.
Luego de un momento, la ruta termino por desvanecerse ante mis ojos; miré con detención sin éxito alguno, busqué entre las formas y colores tratando de visualizar algo que se le pareciera, pero nada. Tal vez la posición del sol entregaba otro ángulo de luz y sombra, redibujando otras formas que llegaban como tropel hasta mí mirada. Estaba seguro que había recorrido esos parajes, sin encontrar rastro alguno de senda o camino. Queriendo seguir el juego propuesto por la casualidad, decidí prolongar por unos días más mí estadía en aquella zona.
Tuvo éxito la estrategia: al otro día, la senda volvió a aparecer ante mis ojos. Esta vez cuidé de tomar referencias que permitieran asegurar la posición y dirección de ésta, y la mejor forma de acceso; estaba en ello, haciendo las últimas anotaciones, cuando volvió a desaparecer; ubiqué las referencias geográficas sin problemas, intuyendo aquella ruta que escapaba a mí mirada entre las sombras; sentí un estremecimiento. Levanté el campamento y dispuse el resto del día para cruzar en dirección sur y estar al caer la tarde, al otro lado de la quebrada.
Al llegar, casi al anochecer, arme el campamento cercano a un litre hermoso y alto. Ingresé exhausto al interior de la carpa, con el propósito de comer algo y retomar mí lectura interrumpida por este azaroso evento. Mientras preparaba un emparedado frío, miré el libro que esta vez acompañaba mis horas: un volumen de Tolstoi, conteniendo una selección de algunas de sus obras. Una de las cosas que disfruto con este autor, es la carga de religiosidad y moral que les imprime a sus personajes.
Estaba recorriendo algunas páginas en la obscuridad, con una mínima luz dirigida sobre el texto, cuando llegó a mis oídos, el ladrido de un perro y la voz de un hombre que lo llamaba -¡Polo, ven acá!- Quedé inmóvil por algunos minutos mientras se alejaba; salí de la carpa, avancé unos treinta metros en dirección a lo que se supone, era el lugar por donde pasó aquel hombre, descubriendo con asombro lo que al parecer era una huella de algún camino antiguo; ahí estaba, casi imperceptible sobre las piedras, prolongándose por un par de metros, para luego desaparecer. Decidí volver al campamento y preparar el ánimo para el día siguiente. Fue imposible retomar la lectura esa noche, en su lugar, opté por descansar el cuerpo y tratar de dormir. Sueños vestidos de inquietud e incertidumbre acompañaron mi mente el resto de la noche.
A la mañana siguiente, y luego de un breve desayuno, recorrí el área en busca de algún indicio que reafirmara el paso de antiguas caravanas; sólo pude verificar la hermosura de aquella quebrada, adornadas por manchas de nieves y vegetación. Estaba claro que la ruta imponía sus condiciones para el que intentara recorrerla; durante toda esa mañana deliberé sobre las opciones que se presentaban. Estaba por desistir de la empresa, cuando una libre pasó rauda en dirección donde se supone estaba la mina; sonreí al recordar el cuento de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas –Está bien, iremos tras el señor conejo- dije en voz alta. Con la decisión tomada, esperé tranquilamente que llegara la noche.
Continuará...
De niño escuché leyendas sobre una ruta que llevaba hasta los pies de una mina de oro. Esta había pertenecido a una población originaria ya extinta, la cual desapareció en una misteriosa inundación: “Toda la población fue tragada por un monstruo negro de agua” dice la leyenda; y sí bien es cierto, con el paso del tiempo han llegado hasta nuestros oídos más de una versión, todas éstas coinciden con el mismo destino para aquellas personas. Quizá, eso sea lo mágico de la oralidad, y lo que en definitiva, le da permanencia en la memoria colectiva.
Luego de un momento, la ruta termino por desvanecerse ante mis ojos; miré con detención sin éxito alguno, busqué entre las formas y colores tratando de visualizar algo que se le pareciera, pero nada. Tal vez la posición del sol entregaba otro ángulo de luz y sombra, redibujando otras formas que llegaban como tropel hasta mí mirada. Estaba seguro que había recorrido esos parajes, sin encontrar rastro alguno de senda o camino. Queriendo seguir el juego propuesto por la casualidad, decidí prolongar por unos días más mí estadía en aquella zona.
Tuvo éxito la estrategia: al otro día, la senda volvió a aparecer ante mis ojos. Esta vez cuidé de tomar referencias que permitieran asegurar la posición y dirección de ésta, y la mejor forma de acceso; estaba en ello, haciendo las últimas anotaciones, cuando volvió a desaparecer; ubiqué las referencias geográficas sin problemas, intuyendo aquella ruta que escapaba a mí mirada entre las sombras; sentí un estremecimiento. Levanté el campamento y dispuse el resto del día para cruzar en dirección sur y estar al caer la tarde, al otro lado de la quebrada.
Al llegar, casi al anochecer, arme el campamento cercano a un litre hermoso y alto. Ingresé exhausto al interior de la carpa, con el propósito de comer algo y retomar mí lectura interrumpida por este azaroso evento. Mientras preparaba un emparedado frío, miré el libro que esta vez acompañaba mis horas: un volumen de Tolstoi, conteniendo una selección de algunas de sus obras. Una de las cosas que disfruto con este autor, es la carga de religiosidad y moral que les imprime a sus personajes.
Estaba recorriendo algunas páginas en la obscuridad, con una mínima luz dirigida sobre el texto, cuando llegó a mis oídos, el ladrido de un perro y la voz de un hombre que lo llamaba -¡Polo, ven acá!- Quedé inmóvil por algunos minutos mientras se alejaba; salí de la carpa, avancé unos treinta metros en dirección a lo que se supone, era el lugar por donde pasó aquel hombre, descubriendo con asombro lo que al parecer era una huella de algún camino antiguo; ahí estaba, casi imperceptible sobre las piedras, prolongándose por un par de metros, para luego desaparecer. Decidí volver al campamento y preparar el ánimo para el día siguiente. Fue imposible retomar la lectura esa noche, en su lugar, opté por descansar el cuerpo y tratar de dormir. Sueños vestidos de inquietud e incertidumbre acompañaron mi mente el resto de la noche.
A la mañana siguiente, y luego de un breve desayuno, recorrí el área en busca de algún indicio que reafirmara el paso de antiguas caravanas; sólo pude verificar la hermosura de aquella quebrada, adornadas por manchas de nieves y vegetación. Estaba claro que la ruta imponía sus condiciones para el que intentara recorrerla; durante toda esa mañana deliberé sobre las opciones que se presentaban. Estaba por desistir de la empresa, cuando una libre pasó rauda en dirección donde se supone estaba la mina; sonreí al recordar el cuento de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas –Está bien, iremos tras el señor conejo- dije en voz alta. Con la decisión tomada, esperé tranquilamente que llegara la noche.
Continuará...
miércoles, octubre 14, 2009
Luna menguante
-La verdad, cuesta creerlo; ni en las mejores escenas futuristas ¿Tú qué crees?
-Se veía venir: con tanto ensayo buscando una alternativa energética…
-¿Te fijas que la fisura va en sentido ecuatorial?
-¿Y…?
-Nada, sólo llamó mí atención. Supuse que una fisura a esa escala en la luna, sería desde un polo en dirección al otro; algo así como de norte a sur, o de positivo a negativo.
- Ahora que lo mencionas, se ve extraña desde aquí esa fisura. Lo único hermoso de esta tragedia, es la cola de polvo que se prolonga en su desplazamiento.
-¿Terminará por desintegrarse debido al movimiento? No puedo siquiera imaginar las fuerzas de tensión que existen al interior.
-Dantesco. Siempre creí que la tierra terminaría devorada por la expansión solar, nunca por un error humano ¡bendita fisión nuclear!
-Así y todo, los científicos aseguran que aún existe bastante tiempo para desarrollar una estrategia de sobrevivencia, no sólo a favor de la existencia humana, sino también, de algunas especies de vida animal y vegetal
-Siento estremecimiento al ver las sombras proyectadas al interior de la grieta; espero que tengan razón los entendidos, y que la similitud entre los tiempos de rotación y traslación lunar, impida que se despedace en breve tiempo.
-En cualquier caso, espero morir en este planeta ¿Cuánto dura el periodo de rotación?
-Veintisiete días, siete horas y algunos minutos más.
-¿Y la traslación?
-Lo mismo…
-Parece increíble tener que evacuar el planeta.
-Sí; y esperemos que nos desarrollemos de manera favorable en Ganímedes.
-No, no es Ganímedes; es el otro satélite de Júpiter…
-Calisto
-¡Ese! Calisto… Me gusta ese nombre.
-Se veía venir: con tanto ensayo buscando una alternativa energética…
-¿Te fijas que la fisura va en sentido ecuatorial?
-¿Y…?
-Nada, sólo llamó mí atención. Supuse que una fisura a esa escala en la luna, sería desde un polo en dirección al otro; algo así como de norte a sur, o de positivo a negativo.
- Ahora que lo mencionas, se ve extraña desde aquí esa fisura. Lo único hermoso de esta tragedia, es la cola de polvo que se prolonga en su desplazamiento.
-¿Terminará por desintegrarse debido al movimiento? No puedo siquiera imaginar las fuerzas de tensión que existen al interior.
-Dantesco. Siempre creí que la tierra terminaría devorada por la expansión solar, nunca por un error humano ¡bendita fisión nuclear!
-Así y todo, los científicos aseguran que aún existe bastante tiempo para desarrollar una estrategia de sobrevivencia, no sólo a favor de la existencia humana, sino también, de algunas especies de vida animal y vegetal
-Siento estremecimiento al ver las sombras proyectadas al interior de la grieta; espero que tengan razón los entendidos, y que la similitud entre los tiempos de rotación y traslación lunar, impida que se despedace en breve tiempo.
-En cualquier caso, espero morir en este planeta ¿Cuánto dura el periodo de rotación?
-Veintisiete días, siete horas y algunos minutos más.
-¿Y la traslación?
-Lo mismo…
-Parece increíble tener que evacuar el planeta.
-Sí; y esperemos que nos desarrollemos de manera favorable en Ganímedes.
-No, no es Ganímedes; es el otro satélite de Júpiter…
-Calisto
-¡Ese! Calisto… Me gusta ese nombre.
miércoles, octubre 07, 2009
Brevedad con nube
Usted me acompaña en la ascensión de un cordón cordillerano, hágase la idea; nos ha llevado toda la mañana llegar casi a la cima de dicho cordón; éste tiene una inclinación de cuarenta y cinco o cincuenta grados, aproximado; calculamos que nos encontramos a unos respetables dos mil novecientos metros de altitud; nuestros rostros están bañados en sudor por el cansancio y el esfuerzo: falta poco, ánimo. A unos doce metros de la cumbre, y mientras tomamos el último aliento, damos una mirada hacia el paisaje a nuestras espaldas; una suerte de delicioso vértigo recorre nuestros cuerpos, terminando en la punta del cabello; nos miramos y sonreímos satisfechos por el logro que nos espera unos pocos metros más arriba; durante esa mirada que compartimos con emoción, la sensación térmica baja de manera abrupta, refrescando nuestros agotados cuerpos; de súbito, y acompañado de un viento frío, emerge justo del otro lado de la cima, una masa nubosa que pasa rauda, en loca carrera hacia el interior del valle; es enorme, su panza negra por la espesura, nos regala una sombra que se extiende por apenas veinte segundos; quedamos maravillados al observar su, ahora, lomo blanco, mientras baja y se aleja.
domingo, agosto 30, 2009
Status ignotum
Preferiría mil veces morir, a que me falte tu presencia. Desangrar mí cuerpo entero y llenarlo con las lágrimas que has llorado. Pero claro, eres muy altiva para decir “te quiero” ¿Aman en realidad tus ojos…? No, por favor, disculpa mi humana duda; la fiebre del cariño enceguece mí juicio. Perdón. Tus pupilas, como lumbres en un mundo ignoto, vuelven seguro mis temblorosos pasos. No creas que por esto no te odio. Detesto limpiar el aroma que deja en mí, tu cuerpo. Con llanto lavo el sabor dejado por tus besos. Detesto depender del ruido de tus pisadas, que me dicen que no estoy sordo; del aire de tu aliento alimentando mis pulmones. Te amo. Cuando bajas la mirada, y tus ojos se me pierden, se contrista la medula viva de mis huesos ¿Crees que miento? Podría olvidar hablar, mas no pronunciar tu nombre; con las letras de éste, bien podría reescribir la humana historia. Detesto tu mano tibia en mí espalda no diciendo “te amo”; te estiras en el tálamo, nutriendo de vida mí tiempo.
jueves, agosto 13, 2009
Intermedio VI
Son varias las expresiones artísticas que de joven pudimos tener acceso; y, ya sea por que alguna de estas estaba incluida en un plan de educación, o por simple elección individual, nos acercamos a sus fundamentos a través de la curiosidad. En mí caso, probé con la escultura, la pintura, inclusive, el canto coral. Pero debo ser honesto con usted, distinguido lector: para mí decepción, aquellos intentos terminaron en fracasos.
En el caso del canto, llamó mí atención aquello de las voces, y lo hermoso que resultaba el sonido en su conjunto; me entretenía con los ensayos y posteriores presentaciones en el salón de actos, los que disfruté, hasta que la biología dijo otra cosa y cambió mí voz… Aún recuerdo las palabras de mí querida maestra de canto:”Estimado alumno, hasta acá ha llegado su participación en el coro del colegio”
Algo de celestial tiene la voz humana. Qué agradable es escuchar Carmen de Bizet y la aria El amor es un pájaro rebelde; o aquel lamento en Nabuco de Verdi con su Va pensiero; o quizá, la novena sinfonía de Beethoven, que en su parte final, eleva al infinito el poema de Schiller Oda a la alegría, por nombrar algunas. Intuyo que usted, tiene su favorita ¿cierto?
El video que les dejo, es una muestra de cómo la voz, se convierte en una herramienta al servicio de la belleza.
En el caso del canto, llamó mí atención aquello de las voces, y lo hermoso que resultaba el sonido en su conjunto; me entretenía con los ensayos y posteriores presentaciones en el salón de actos, los que disfruté, hasta que la biología dijo otra cosa y cambió mí voz… Aún recuerdo las palabras de mí querida maestra de canto:”Estimado alumno, hasta acá ha llegado su participación en el coro del colegio”
Algo de celestial tiene la voz humana. Qué agradable es escuchar Carmen de Bizet y la aria El amor es un pájaro rebelde; o aquel lamento en Nabuco de Verdi con su Va pensiero; o quizá, la novena sinfonía de Beethoven, que en su parte final, eleva al infinito el poema de Schiller Oda a la alegría, por nombrar algunas. Intuyo que usted, tiene su favorita ¿cierto?
El video que les dejo, es una muestra de cómo la voz, se convierte en una herramienta al servicio de la belleza.
miércoles, julio 29, 2009
Helena e Igor
I
Por lo general, Helena preparaba de manera diaria y casi como un autómata, todo lo necesario para mantenerlo con vida; hace varios meses que había sido trasladado desde el hospital a su casa, a la espera que saliera de aquel coma profundo en el que se hallaba; los cuidados médicos se habían reducido a un par de visitas al año, y al suministro de fármacos cuando el paciente lo necesitaba. Le aterraba la idea que él podría estar sufriendo en ese estado. Lo conoció algunos años atrás, cuando ambos eran jóvenes y fuertes; entonces, aquella vitalidad les hacia pensar (como a todos en su momento) que alcanzarían todas, o casi todas, sus metas. Helena nunca se propuso, o imaginó siquiera, verse casada con Igor; de hecho, tenía novio al momento de conocerlo; pero entre ambos se instaló una amistad de esas que se refuerzan con el tiempo.
-Bien, a esta hora corresponde suministrarte esta medicina, Igor. –Le hablaba a aquel cuerpo postrado en la cama; quizá él la escuchaba, no obstante, los médicos insistían que de acuerdo con los últimos electroencefalogramas, la actividad cerebral no presentaba variación, y como en la mayoría de estos casos, sólo se estaba a la espera de la buena fortuna.
-Ya verás que con esta inyección te sentirás mejor y podrás disfrutar de la primavera que se aproxima.
-Insistes que él puede escucha ¿cierto?– le dijo la madre de Igor, mientras entraba en la habitación.
-A veces también lo creo –Continuó la madre.- Y cuando esto ocurre, tú mejor que nadie, sabes cuánto le pido a Dios que no esté sufriendo.
-La verdad, no sé si me escucha, Margot; pero sí creo que me siente –Respondió sin darle la cara- A veces paso mí mano sobre su brazo, sin tocarlo, y tengo la sensación que percibe que estoy con él.
-Si le hubiese hecho caso aquel día, y no hubiese insistido en que reparara el techo del granero, nada de esto estaríamos viviendo –Se lamentaba Margot, mientras se dirigía a las ventanas para correr las cortinas- Quizá estaría donde siempre soñó ¿recuerdas que lugar era, Helena?
-Es una pequeña ciudad ubicada en America del sur, si mal no recuerdo se llama Puerto Natales, en el sur de Chile –Contestaba Helena, mientras limpiaba la zona del brazo de Igor, donde tenía instalada una sonda para el suministro de medicamentos.- En su cajón, junto a la agenda de viaje, hay algunas fotografías que alcanzó a recopilar.
-Sí, ya recuerdo el nombre; mí hermano mayor viajaba a esos lugares, y cuando se encontraba con Igor en las navidades, siendo apenas un niño, le contaba historias y leyendas de esa zona. –recodaba la madre, mientras su mirada se estrellaba contra el paisaje, y de manera particular en un añoso ciprés, lugar predilecto de Igor durante su infancia.
-¿Aún deseas viajar hasta allá, Helena?
-No lo sé; alguna vez lo conversamos con Igor. –En ese preciso momento, y al contacto con el brazo de Igor, subió por su delicada mano, un cosquilleo que terminó en su hermoso cuello; la respiración se aceleró y un sudor frío cubrió su cuerpo. Guardó silencio ante la experiencia recién vivida y no lo comentó.
-Crees que sería una tontera de mí parte viajar, Margot. –Le dijo a la madre con tono nervioso, con la evidente intención de no darle mayor importancia al fenómeno.
-No veo por qué tendría que serlo, Helena. –Respondió la madre- Hasta te acompañaría en tu viaje, si no fuera por todas las obligaciones que demandan mí presencia a diario.
Por un momento ambas callaron, y en sus cabezas, cada una pensaba en aquel hipotético viaje. Margot pasó su hermosa mano por la frente de su hijo, acomodándole sus cabellos dorados. La ausencia de todo estímulo en él, como era de esperar por su estado, le obligó a retirar aquella blanca mano.
-Haré que preparen el desayuno. –Le digo a Helena, mientras levantaba su grácil figura.- Debes alimentarte bien, estás demasiado delgada. –Le insistió, casi en tono materno.
-Está bien, Margot, tomaré desayuno como me lo pides. –Le respondió con una sonrisa.- Sólo te pido que reemplacen el café por un té, gracias.
La madre salió de la habitación que era inundada por la luz de las primeras horas de la mañana, con aquella sensación que se le había instalado desde el día en que Igor volvió a casa. Era una mezcla de tranquilidad y de vació a la vez; algunas veces aquel vacío ganaba en presencia, lo que se traducía en largas horas de tristeza para el corazón de Margot. Entonces, un llanto liberador acudía a sus ojos, y como una niña indefensa, sólo encontraba el anhelado consuelo en el sueño.
II
-¿Y si te arrepientes una vez estando allá? No podría acompañar tu regreso; nos iríamos con el dinero justo para instalarnos. –Consultaba Igor, con esa mirada socarrona que Helena conocía tan bien.
-No sería la primera vez que viajaría sola. –Respondió de manera altiva a Igor.- Recuerda que realicé una travesía por casi toda Australia hace un par de años. Hasta el día de hoy recuerdo las palabras de mí padre al volver de ese viaje; me miró a los ojos, y luego de buscar quien sabe qué cosa en ellos, me dijo:”No creo que vuelvas a esas tierras” Tenía razón: No pude volver.
Igor recordaba el momento preciso en el que se despidieron en el aeropuerto. Tal vez siempre se amaron; tal vez él siempre la amó. Recordó el brillo en los ojos de ella aquel día; sus manos entrelazadas, como dos niños; el ruido de la terminal aérea, y la risa casi infantil de Helena. Recordó la sensación de vació que se le instaló en el estomago, reconociendo para sí, que era ansiedad de verla partir.
-Sí, y con ello quedó pendiente el boomerang que te pedí, me trajeras. –Dijo en tono de reproche.- Pero bueno, ya que dices que no volverás, tendré que pensar en ora cosa.
-¡Vamos, Igor! No sigas mortificándome con eso. –Le dijo con una mirada de niña mimada.- Te he dicho mil veces que lo tenía pero se extravió.
-Pareces una niña cuando esgrimes tus razones. –Aquella actitud de Helena, generaba en él, la mayor de las ternuras; y ella lo sabía.
-Lo estás diciendo sólo para molestarme, no caeré en tu juego, Igor. –Respondía con tono seguro.- Ahora bien, retomando el tema: te he dicho que me gustaría realizar un viaje como ese. Las fotos que me has mostrado son maravillosas, y en cuanto al clima, podría habituarme.
-En el diario de viaje que me obsequió el tío Anatol, describe muy bien las fluctuaciones térmicas de esa región –Helena lo miraba con atención.- Los inviernos son fríos y con mucha nieve; los veranos son más bien templado. Existe allí, una zona que concentra un gran número de ventisqueros, por lo que el paisaje se torna espectacular; también deja descrito algunos lugares que se prestan para la ganadería; inclusive, se pueden explotar rutas de navegación para el intercambio de mercaderías.
-Es una pena que haya muerto el tío Anatol –Se lamentó Helena- Recuerdo el sombrero que solía vestir. Era hermoso y con una pequeña pluma en un costado; su aspecto gastado por el tiempo, le daba su personalidad ¿Dónde quedó ese sombrero, Igor?
-Lo tengo en la maleta grande de viaje. –De manera ágil se dirigió hacia una pieza contigua, para volver con el sombrero puesto.- ¿Cómo me veo, Helena?
Ambos se veían hermosos en aquella escena. Así mismo, algo de ellos daba la apariencia de sana teatralidad; como si se tratara de una pintura impresionista.
-Te queda bien; permíteme intentarlo. –Tomó el sombrero ofrecido por Igor, y dirigiéndose a un espejo, se lo acomoda.- Creo que me queda mejor a mí.
Igor quedó mirándola y sonrió al ver que se veía hermosa con el sombrero de su querido tío Anatol. La contempló un buen momento y no pudo negar la realidad.
-Tienes toda la razón Helena, te queda mucho mejor.
En ese momento, entró Margot a la habitación y se unió a la risa que ya estaba instalada en los dos.
-Qué es lo divertido; de qué ríen. –interrogó Margot.
-Nada madre, Helena ha ganado un sombrero. – Contestó Igor.
-Quédense ustedes charlando, mientras yo ocupo el resto del día en reparar el techo del granero. –Pidió a ambas mujeres, mientras se aprontaba a abandonar la habitación.- Espero que nos acompañes al almuerzo, Helena.
-Claro que sí. –Se adelantó Margot, a responder por su amiga.- Tenemos algunas cosas que charlar ¿Te parece, Helena?
-Me encantaría. –Respondió.- Hace tiempo que nos debemos un almuerzo.
-Entonces, será mejor que me retire rápido. –Dijo entre risas, Igor.- Dos mujeres charlando, es peligroso.
Los tres rompieron en carcajadas mientras él se retiraba.
III
-¡Helena! En dónde están tus pensamientos, niña.
Volviendo en sí, Helena se incorpora de la cama donde yace Igor, y se dirige hacia Margot que traía el desayuno ofrecido hace un momento.
-Discúlpame Margot, estaba distraída. –Con ademanes nerviosos se dirige hacia la mesita junto a la venta, donde la esperaba Margot.
Helena sabía que tarde o temprano realizaría el viaje a aquellas tierras de las que tanto hablaba Igor. Esa posibilidad le causaba alegría en su corazón, y quizá, esa fue la razón principal para dar forma definitiva a al viaje. Comparaba la experiencia de aquel viaje a Australia, con éste; analizaba los impulsos y motivaciones en uno y otro. En aquel, se presentaba sólo como lo que fue: Una búsqueda de experiencia a partir de lo desconocido; en éste era distinto, lo intuía como un reencuentro, como si algo en aquellas latitudes, aguardaba por ella. Esto último tenía que ver, no sólo con la experiencia y motivación que le entregara Igor, era algo que nacía en ella, desde la profundidad de su alma. Hubiese sido absurdo negarse a aquel impulso, tampoco correspondía a su naturaleza. Sí, lo más probable que antes del fin de aquella primavera, estaría emprendiendo una nueva travesía. Buscaría el mejor momento para comunicárselo a Margot, y como en toda empresa a la que se lanzaba, pondría lo mejor de ella para lograr su objetivo. Intuía el apoyo incondicional de Margot para ejecutarlo; sólo le preocupaba el dejar a Igor, y en ese motivo radicaba su aprensión.
Mientras Margot servía el té con maravillosa precisión, sus pensamientos mortificaban su corazón con sombras y culpas, las que no hacían otra cosa, sino amargar su bella figura. Muchas veces pensó en dejarle morir en su lecho; no entregarle las medicinas diarias; decirle con gritos en su cara:” ¡Sí no quieres vivir, entonces muere de una vez!” Pero luego se veía llorando a los pies del lecho, implorando perdón por sus palabras; que no sabía lo que decía; que era cansancio de verlo sufrir. Margot siempre fue una mujer fuerte; hija única de un acaudalado terrateniente, supo de chiquilla los beneficios de la disciplina; su padre sentía profundo amor por ella, y secreta admiración, por su temprana templanza para tratar con la adversidad. Pero lo ocurrido a su hijo la sobrepasaba por momentos; existían días que era tal el estado de letargo en que se encontraba, que le era imposible abandonar su alcoba, entonces, la empleada de la casa, de manera diligente se hacía cargo de todo. Al día siguiente amanecía más despejada y con ánimos, al menos para tomar alimentos, lo que siempre alegraba a su empleada “Si usted no come, se me va a enfermar, señora” le decía acongojada acercándole un plato de caldo, cuando estaba en esos “días negros”. Las visitas de Helena le asentaban bien, le alegraba poder compartir con ella algunas horas; sobre todo, sabiendo la amistad que mantenía con su hijo.
Las dos se sentaron junto a la mesita que contenía el desayuno traído por Margot; la luz que ingresaba por entre las cortinas, iluminaba toda la habitación; Igor, en su lecho, yacía inmóvil como saboreando ese instante; la brisa que entraba empujando las cortinas, traía aromas de césped recién cortado y del añoso ciprés; los sonidos que delataban la actividad de la casa, llegaban atenuados hasta ese tranquilo lugar. La conversación, que comenzó girando en torno a frivolidades, no era otra cosa, sino aquello que se vuelve necesario, para poder dejar en evidencia, aquellas cosas de las que en realidad se quiere hablar. Así fue como charlaron de amigos, moda, vacaciones, y también viajes. Y en este último punto, Helena vio la oportunidad de hablarle a Margot del viaje que pretendía realizar.
IV
-Hace algunos días que tengo la intención de compartir contigo una idea. –No era habitual ver a Helena, con el ánimo turbado. La seguridad en sus palabras, sólo se veía en apuros al abordar temas que le causaban verdadera inquietud.
-Te escucho, Helena. –Respondió Margot, mientras bajaba la taza con toda tranquilidad, hasta posarla en el platillo, provocando el característico sonido de la porcelana.
-Creo que es hora de emprender un viaje, Margot.
Los ojos de Helena, se nublaron al pronunciar aquellas palabras; pareciera que una mezcla de emociones se apoderaba de su ahora, frágil cuerpo. De manera inconciente, buscaba la aprobación de Margot ante su propuesta.
-Me alegra escucharte hablar de un nuevo viaje, Helena. –Ella Intuía cuál era el posible destino de este.
La respuesta de Margot, liberó de un peso enorme a su amiga. Los ojos de ambas brillaban por la noticia y el resto de la conversación giró en torno a un sin fin de detalles que generaba la intención de Helena.
En un momento de la conversación, se abordó el principal motivo de dudas en Helena: era Igor el que la retenía; era su amigo que necesitaba de ella (al menos, así lo creía); era todo el tiempo de ambos reducido en un lecho.
-Creo que él estaría contento con la idea; es más, creo que te alentaría a realizarlo.
Helena caminaba por la habitación mientras escuchaba a su amiga; sabía que Margot tenía razón en sus palabras. Se aproximó al lecho de Igor, y sentándose a su lado, confirmó a su amiga la intención de viajar.
-Creo que será lo mejor: viajaré a Sudamérica.
Al momento de pronunciar esas palabras, sintió aquella corriente subir por su brazo hasta llegar a su cuello, pero esta vez no retiró la mano del cuerpo de Igor, sino más bien, se dejó acariciar por esta. Girando suavemente su cabeza en dirección a Margot, le preguntó:
-¿Lo sientes, ahora?
-Viaja, Helena; viajen de una vez. –El cuadro era evidente, por primera vez, en todo ese tiempo, Margot sentía a su hijo allí.
-Llevaré su maleta y el sombrero de Anatol. –Le comentaba con alegría renovada a Margot.
-No olvides el cuaderno de viaje de mí hermano, podrás encontrar muchos datos que sin duda te servirán. –Aportaba con ideas y entusiasmo su amiga.
Desde ese día y hasta el momento que partió Helena, una nueva esperanza se instaló en el hogar de Margot; una esperanza que no le permitió recaer en aquellos estados de dolor, en esos “días negros” como ella les decía. Con aquel amor renovado que manifestaba esperanza, fue vistiendo su corazón; inclusive, ahora hablaba con su hijo cuando estaba junto a él.
-¿Estás segura que no quieres que te acompañe hasta el aeropuerto?
-Descuida Margot, lo prefiero así; no quiero iniciar mi aventura con lágrimas. –Le respondía Helena, tomándole las manos.
-Está bien amiga.
-Te escribiré sólo una vez que esté instalada.
Helena soltó las manos de Margot, y dirigió sus pasos hasta la escala que la llevaría a la habitación de su amigo; su alma estaba tranquila y expectante ante la despedida; por un momento sintió la escala mucho más extensa de lo habitual. Recorrió el breve pasillo para quedar justo bajo el dintel de la puerta de la habitación; caminó con paso tranquilo hasta el borde del lecho de su amigo Igor.
-Hasta pronto, Igor; te estaré esperando. –Le dijo al oído de su amigo.
Inclinó su hermosa cabeza, hasta posar sus labios en los labios de Igor. No hubo lágrimas en esa despedida, sólo aquella energía fluyendo entre los dos.
V
Estimada Margot:
La ansiedad de saber que estarás leyendo esta carta, sólo será calmada con tu pronta respuesta.
Después de un tiempo de ajuste en el cuál me vi forzada a residir en un hotel, por fin puedo escribir estas líneas desde mi domicilio particular. Cuánta razón tenía tu hermano, Anatol, cuando se refería a estas tierras. He podido emprender un pequeño negocio de dulces y pasteles, el cual me ha permitido mantener, si bien es cierto de manera precaria, un ingreso constante. Ya vendrán esos días en los cuales éste incipiente negocio, crezca con el amor que lo alimento.
El paisaje social es variado, pero con un elemento común: la amabilidad. Siempre están dispuestos a ayudarte frente a alguna duda o para realizar algún trabajo que requieras. Entre las mujeres de la zona nos entendemos bien, y contra todos mis prejuicios, no han llegado a mis oídos, comentarios adversos por mí independencia. Esto ha hecho que valore de mejor manera a toda esta gente, que al igual que yo, luchan a diario para mejorar sus vidas.
Te he de contar, Margot, que fuimos con un grupo de amigos a celebrar la navidad en un bonito local parecido a una taberna. Es un local de larga tradición, donde se juntan amigos, turistas y comerciantes a disfrutar y compartir. Pues bien, resulta que el dueño del local y su esposa, conocieron al tío Anatol, sí, tu hermano. No sabes cuán grande fue mí sorpresa, al mostrarme fotografías de aquellas personas, junto al tío Anatol. La emoción fue evidente, y no pude contener algunas lágrimas al acercarme, con esas fotografías, a todo aquello que en esos momentos, estaba tan distante de mí. No sé si era efecto del tiempo que ha pasado desde mí despedida con Igor, y la emoción de encontrar un rastro de tu hermano en estas tierras, pero el parecido que encontré entre ambos es sorprendente. Fue una noche mágica para mí, Margot; no quería que el tiempo pasara; por algunas horas, sentí que Igor estaba junto a mí. ¿Esto es amor, amiga?
Otra cosa que cautiva al forastero, es su paisaje; nada se le compara en belleza y hostilidad a la vez. Sus vientos, así como limpian de nubes los cielos, luego traen nubarrones soltando el aguacero. No podrías caminar en un día de tormenta contra el viento: mejor encorvar la espalda y buscar rápido el refugio. Sus canales, cuando se pueden navegar, son de hermosos tonos turquesa; los hielos se aferran a las rocas para no ser devorados por las aguas, crujen como dientes de gigantes, mientras resbalan sus portentosas figuras; aún me asombra cómo crece aquella espesa selva austral en esos trozos de cordillera. Tendrás que venir, y ver con tus ojos tanta hermosura.
Lee esta carta junto a Igor, estimada Margot; comparte con él, toda esta doble alegría mía de poder enviarte estas líneas, y de estar cumpliendo algo que ambos nos propusimos. Quiero pensar que pronto terminara esta horrible pesadilla, y que como de un mal sueño, Igor despertará. Dile que tiene razón sobre el tipo de embarcación que se requiere para realizar viajes turísticos; que no olvide que me enseñará el nombre de algunas constelaciones de este lado del cielo; que ya he avanzado algo, pero que lo necesito; que le mostraré algunos textos que también he escrito. Quiero con estas palabras, amiga, darte todo el ánimo que necesitas: Has sido valiente, y de ti he aprendido mucho. Perdona que me torne sentimental, pero la proximidad del fin a esta carta, hace que se agolpen en mí, todos aquellos sentimientos que aún no tienen palabras.
Dejándote a ti e Igor, mis mejores pensamientos, se despide:
Helena.
VI
Al terminar de leerle la carta a su hijo, Margot comenzó a doblar con cuidado las hojas, y las dejó entre las páginas de su diario; en éste guardaba todo lo que tuviese un valor especial para ella; sus manos acomodaban con delicadeza una serie de papeles y fotografías que con el tiempo había reunido. Hace mucho que esperaba noticias de su amiga Helena; pensó en algún momento, buscar la manea de hacer contacto con ella, en consideración al tiempo que había trascurrido sin tener novedades. Para su alegría, aquella carta llegaba a su hogar en el momento indicado; como cuando un niño está a punto de romper en sollozos, y encuentra el consuelo materno. Así era la tranquilidad que estas simples líneas de su amiga, generaban en ella. Una de las últimas cosas que contenía el sobre, era una hermosa fotografía de Helena tomada a la entrada de su casa.
-Mira, Igor, incluye también una fotografía de ella. Fue realizada a la entrada de su casa, al parecer. –Le comentaba a su hijo.
-Se ve hermosa y feliz; pero mira, no creerás este detalle: está vistiendo tu sombrero. Tenías toda la razón al decir que le quedaba mejor a ella. Se puede apreciar un poco del paisaje, también. ¡Qué linda se ve!
Margot estaba feliz de poder compartir aquella buena noticia. Le comentaba cada detalle de aquella fotografía a su hijo. Luego volvía a la carta buscando algún párrafo; ahora buscando alguna fotografía que ella atesoraba. Todo lo comentaba con Igor; como si él pudiese escuchar ¿Podía? ¿Estaba Igor, escuchando a su madre? Quizá así era, dicen que los milagros existen. Tal vez Igor, en su cabeza, ya estaba junto a Helena, y las palabras de Margot, eran su mejor impulso.
-¿Recuerdas esta fotografía que te tomé junto al ciprés, Igor? No tenías más de seis años, y ya eras un mar de travesuras. Te veías hermoso vistiendo aquel traje, y con aquellas sandalias que tanto te gustaba calzar ¿Recuerdas?
-Aquí hay otra junto a tu telescopio, creo que tenías doce años. -Tomando la carta de Helena, y buscando el último párrafo, le dice a Igor:
-Aquí te recuerda que le debes enseñar algunos nombres de constelaciones que se pueden ver en aquellos cielos. Una vez me dijiste que…
En ese momento, la mano de Margot, siente mover el brazo de Igor. Como un rayo dirige su mirada hacia el brazo de su hijo, y de allí, hacia sus ojos: Igor, había regresado.
Por lo general, Helena preparaba de manera diaria y casi como un autómata, todo lo necesario para mantenerlo con vida; hace varios meses que había sido trasladado desde el hospital a su casa, a la espera que saliera de aquel coma profundo en el que se hallaba; los cuidados médicos se habían reducido a un par de visitas al año, y al suministro de fármacos cuando el paciente lo necesitaba. Le aterraba la idea que él podría estar sufriendo en ese estado. Lo conoció algunos años atrás, cuando ambos eran jóvenes y fuertes; entonces, aquella vitalidad les hacia pensar (como a todos en su momento) que alcanzarían todas, o casi todas, sus metas. Helena nunca se propuso, o imaginó siquiera, verse casada con Igor; de hecho, tenía novio al momento de conocerlo; pero entre ambos se instaló una amistad de esas que se refuerzan con el tiempo.
-Bien, a esta hora corresponde suministrarte esta medicina, Igor. –Le hablaba a aquel cuerpo postrado en la cama; quizá él la escuchaba, no obstante, los médicos insistían que de acuerdo con los últimos electroencefalogramas, la actividad cerebral no presentaba variación, y como en la mayoría de estos casos, sólo se estaba a la espera de la buena fortuna.
-Ya verás que con esta inyección te sentirás mejor y podrás disfrutar de la primavera que se aproxima.
-Insistes que él puede escucha ¿cierto?– le dijo la madre de Igor, mientras entraba en la habitación.
-A veces también lo creo –Continuó la madre.- Y cuando esto ocurre, tú mejor que nadie, sabes cuánto le pido a Dios que no esté sufriendo.
-La verdad, no sé si me escucha, Margot; pero sí creo que me siente –Respondió sin darle la cara- A veces paso mí mano sobre su brazo, sin tocarlo, y tengo la sensación que percibe que estoy con él.
-Si le hubiese hecho caso aquel día, y no hubiese insistido en que reparara el techo del granero, nada de esto estaríamos viviendo –Se lamentaba Margot, mientras se dirigía a las ventanas para correr las cortinas- Quizá estaría donde siempre soñó ¿recuerdas que lugar era, Helena?
-Es una pequeña ciudad ubicada en America del sur, si mal no recuerdo se llama Puerto Natales, en el sur de Chile –Contestaba Helena, mientras limpiaba la zona del brazo de Igor, donde tenía instalada una sonda para el suministro de medicamentos.- En su cajón, junto a la agenda de viaje, hay algunas fotografías que alcanzó a recopilar.
-Sí, ya recuerdo el nombre; mí hermano mayor viajaba a esos lugares, y cuando se encontraba con Igor en las navidades, siendo apenas un niño, le contaba historias y leyendas de esa zona. –recodaba la madre, mientras su mirada se estrellaba contra el paisaje, y de manera particular en un añoso ciprés, lugar predilecto de Igor durante su infancia.
-¿Aún deseas viajar hasta allá, Helena?
-No lo sé; alguna vez lo conversamos con Igor. –En ese preciso momento, y al contacto con el brazo de Igor, subió por su delicada mano, un cosquilleo que terminó en su hermoso cuello; la respiración se aceleró y un sudor frío cubrió su cuerpo. Guardó silencio ante la experiencia recién vivida y no lo comentó.
-Crees que sería una tontera de mí parte viajar, Margot. –Le dijo a la madre con tono nervioso, con la evidente intención de no darle mayor importancia al fenómeno.
-No veo por qué tendría que serlo, Helena. –Respondió la madre- Hasta te acompañaría en tu viaje, si no fuera por todas las obligaciones que demandan mí presencia a diario.
Por un momento ambas callaron, y en sus cabezas, cada una pensaba en aquel hipotético viaje. Margot pasó su hermosa mano por la frente de su hijo, acomodándole sus cabellos dorados. La ausencia de todo estímulo en él, como era de esperar por su estado, le obligó a retirar aquella blanca mano.
-Haré que preparen el desayuno. –Le digo a Helena, mientras levantaba su grácil figura.- Debes alimentarte bien, estás demasiado delgada. –Le insistió, casi en tono materno.
-Está bien, Margot, tomaré desayuno como me lo pides. –Le respondió con una sonrisa.- Sólo te pido que reemplacen el café por un té, gracias.
La madre salió de la habitación que era inundada por la luz de las primeras horas de la mañana, con aquella sensación que se le había instalado desde el día en que Igor volvió a casa. Era una mezcla de tranquilidad y de vació a la vez; algunas veces aquel vacío ganaba en presencia, lo que se traducía en largas horas de tristeza para el corazón de Margot. Entonces, un llanto liberador acudía a sus ojos, y como una niña indefensa, sólo encontraba el anhelado consuelo en el sueño.
II
-¿Y si te arrepientes una vez estando allá? No podría acompañar tu regreso; nos iríamos con el dinero justo para instalarnos. –Consultaba Igor, con esa mirada socarrona que Helena conocía tan bien.
-No sería la primera vez que viajaría sola. –Respondió de manera altiva a Igor.- Recuerda que realicé una travesía por casi toda Australia hace un par de años. Hasta el día de hoy recuerdo las palabras de mí padre al volver de ese viaje; me miró a los ojos, y luego de buscar quien sabe qué cosa en ellos, me dijo:”No creo que vuelvas a esas tierras” Tenía razón: No pude volver.
Igor recordaba el momento preciso en el que se despidieron en el aeropuerto. Tal vez siempre se amaron; tal vez él siempre la amó. Recordó el brillo en los ojos de ella aquel día; sus manos entrelazadas, como dos niños; el ruido de la terminal aérea, y la risa casi infantil de Helena. Recordó la sensación de vació que se le instaló en el estomago, reconociendo para sí, que era ansiedad de verla partir.
-Sí, y con ello quedó pendiente el boomerang que te pedí, me trajeras. –Dijo en tono de reproche.- Pero bueno, ya que dices que no volverás, tendré que pensar en ora cosa.
-¡Vamos, Igor! No sigas mortificándome con eso. –Le dijo con una mirada de niña mimada.- Te he dicho mil veces que lo tenía pero se extravió.
-Pareces una niña cuando esgrimes tus razones. –Aquella actitud de Helena, generaba en él, la mayor de las ternuras; y ella lo sabía.
-Lo estás diciendo sólo para molestarme, no caeré en tu juego, Igor. –Respondía con tono seguro.- Ahora bien, retomando el tema: te he dicho que me gustaría realizar un viaje como ese. Las fotos que me has mostrado son maravillosas, y en cuanto al clima, podría habituarme.
-En el diario de viaje que me obsequió el tío Anatol, describe muy bien las fluctuaciones térmicas de esa región –Helena lo miraba con atención.- Los inviernos son fríos y con mucha nieve; los veranos son más bien templado. Existe allí, una zona que concentra un gran número de ventisqueros, por lo que el paisaje se torna espectacular; también deja descrito algunos lugares que se prestan para la ganadería; inclusive, se pueden explotar rutas de navegación para el intercambio de mercaderías.
-Es una pena que haya muerto el tío Anatol –Se lamentó Helena- Recuerdo el sombrero que solía vestir. Era hermoso y con una pequeña pluma en un costado; su aspecto gastado por el tiempo, le daba su personalidad ¿Dónde quedó ese sombrero, Igor?
-Lo tengo en la maleta grande de viaje. –De manera ágil se dirigió hacia una pieza contigua, para volver con el sombrero puesto.- ¿Cómo me veo, Helena?
Ambos se veían hermosos en aquella escena. Así mismo, algo de ellos daba la apariencia de sana teatralidad; como si se tratara de una pintura impresionista.
-Te queda bien; permíteme intentarlo. –Tomó el sombrero ofrecido por Igor, y dirigiéndose a un espejo, se lo acomoda.- Creo que me queda mejor a mí.
Igor quedó mirándola y sonrió al ver que se veía hermosa con el sombrero de su querido tío Anatol. La contempló un buen momento y no pudo negar la realidad.
-Tienes toda la razón Helena, te queda mucho mejor.
En ese momento, entró Margot a la habitación y se unió a la risa que ya estaba instalada en los dos.
-Qué es lo divertido; de qué ríen. –interrogó Margot.
-Nada madre, Helena ha ganado un sombrero. – Contestó Igor.
-Quédense ustedes charlando, mientras yo ocupo el resto del día en reparar el techo del granero. –Pidió a ambas mujeres, mientras se aprontaba a abandonar la habitación.- Espero que nos acompañes al almuerzo, Helena.
-Claro que sí. –Se adelantó Margot, a responder por su amiga.- Tenemos algunas cosas que charlar ¿Te parece, Helena?
-Me encantaría. –Respondió.- Hace tiempo que nos debemos un almuerzo.
-Entonces, será mejor que me retire rápido. –Dijo entre risas, Igor.- Dos mujeres charlando, es peligroso.
Los tres rompieron en carcajadas mientras él se retiraba.
III
-¡Helena! En dónde están tus pensamientos, niña.
Volviendo en sí, Helena se incorpora de la cama donde yace Igor, y se dirige hacia Margot que traía el desayuno ofrecido hace un momento.
-Discúlpame Margot, estaba distraída. –Con ademanes nerviosos se dirige hacia la mesita junto a la venta, donde la esperaba Margot.
Helena sabía que tarde o temprano realizaría el viaje a aquellas tierras de las que tanto hablaba Igor. Esa posibilidad le causaba alegría en su corazón, y quizá, esa fue la razón principal para dar forma definitiva a al viaje. Comparaba la experiencia de aquel viaje a Australia, con éste; analizaba los impulsos y motivaciones en uno y otro. En aquel, se presentaba sólo como lo que fue: Una búsqueda de experiencia a partir de lo desconocido; en éste era distinto, lo intuía como un reencuentro, como si algo en aquellas latitudes, aguardaba por ella. Esto último tenía que ver, no sólo con la experiencia y motivación que le entregara Igor, era algo que nacía en ella, desde la profundidad de su alma. Hubiese sido absurdo negarse a aquel impulso, tampoco correspondía a su naturaleza. Sí, lo más probable que antes del fin de aquella primavera, estaría emprendiendo una nueva travesía. Buscaría el mejor momento para comunicárselo a Margot, y como en toda empresa a la que se lanzaba, pondría lo mejor de ella para lograr su objetivo. Intuía el apoyo incondicional de Margot para ejecutarlo; sólo le preocupaba el dejar a Igor, y en ese motivo radicaba su aprensión.
Mientras Margot servía el té con maravillosa precisión, sus pensamientos mortificaban su corazón con sombras y culpas, las que no hacían otra cosa, sino amargar su bella figura. Muchas veces pensó en dejarle morir en su lecho; no entregarle las medicinas diarias; decirle con gritos en su cara:” ¡Sí no quieres vivir, entonces muere de una vez!” Pero luego se veía llorando a los pies del lecho, implorando perdón por sus palabras; que no sabía lo que decía; que era cansancio de verlo sufrir. Margot siempre fue una mujer fuerte; hija única de un acaudalado terrateniente, supo de chiquilla los beneficios de la disciplina; su padre sentía profundo amor por ella, y secreta admiración, por su temprana templanza para tratar con la adversidad. Pero lo ocurrido a su hijo la sobrepasaba por momentos; existían días que era tal el estado de letargo en que se encontraba, que le era imposible abandonar su alcoba, entonces, la empleada de la casa, de manera diligente se hacía cargo de todo. Al día siguiente amanecía más despejada y con ánimos, al menos para tomar alimentos, lo que siempre alegraba a su empleada “Si usted no come, se me va a enfermar, señora” le decía acongojada acercándole un plato de caldo, cuando estaba en esos “días negros”. Las visitas de Helena le asentaban bien, le alegraba poder compartir con ella algunas horas; sobre todo, sabiendo la amistad que mantenía con su hijo.
Las dos se sentaron junto a la mesita que contenía el desayuno traído por Margot; la luz que ingresaba por entre las cortinas, iluminaba toda la habitación; Igor, en su lecho, yacía inmóvil como saboreando ese instante; la brisa que entraba empujando las cortinas, traía aromas de césped recién cortado y del añoso ciprés; los sonidos que delataban la actividad de la casa, llegaban atenuados hasta ese tranquilo lugar. La conversación, que comenzó girando en torno a frivolidades, no era otra cosa, sino aquello que se vuelve necesario, para poder dejar en evidencia, aquellas cosas de las que en realidad se quiere hablar. Así fue como charlaron de amigos, moda, vacaciones, y también viajes. Y en este último punto, Helena vio la oportunidad de hablarle a Margot del viaje que pretendía realizar.
IV
-Hace algunos días que tengo la intención de compartir contigo una idea. –No era habitual ver a Helena, con el ánimo turbado. La seguridad en sus palabras, sólo se veía en apuros al abordar temas que le causaban verdadera inquietud.
-Te escucho, Helena. –Respondió Margot, mientras bajaba la taza con toda tranquilidad, hasta posarla en el platillo, provocando el característico sonido de la porcelana.
-Creo que es hora de emprender un viaje, Margot.
Los ojos de Helena, se nublaron al pronunciar aquellas palabras; pareciera que una mezcla de emociones se apoderaba de su ahora, frágil cuerpo. De manera inconciente, buscaba la aprobación de Margot ante su propuesta.
-Me alegra escucharte hablar de un nuevo viaje, Helena. –Ella Intuía cuál era el posible destino de este.
La respuesta de Margot, liberó de un peso enorme a su amiga. Los ojos de ambas brillaban por la noticia y el resto de la conversación giró en torno a un sin fin de detalles que generaba la intención de Helena.
En un momento de la conversación, se abordó el principal motivo de dudas en Helena: era Igor el que la retenía; era su amigo que necesitaba de ella (al menos, así lo creía); era todo el tiempo de ambos reducido en un lecho.
-Creo que él estaría contento con la idea; es más, creo que te alentaría a realizarlo.
Helena caminaba por la habitación mientras escuchaba a su amiga; sabía que Margot tenía razón en sus palabras. Se aproximó al lecho de Igor, y sentándose a su lado, confirmó a su amiga la intención de viajar.
-Creo que será lo mejor: viajaré a Sudamérica.
Al momento de pronunciar esas palabras, sintió aquella corriente subir por su brazo hasta llegar a su cuello, pero esta vez no retiró la mano del cuerpo de Igor, sino más bien, se dejó acariciar por esta. Girando suavemente su cabeza en dirección a Margot, le preguntó:
-¿Lo sientes, ahora?
-Viaja, Helena; viajen de una vez. –El cuadro era evidente, por primera vez, en todo ese tiempo, Margot sentía a su hijo allí.
-Llevaré su maleta y el sombrero de Anatol. –Le comentaba con alegría renovada a Margot.
-No olvides el cuaderno de viaje de mí hermano, podrás encontrar muchos datos que sin duda te servirán. –Aportaba con ideas y entusiasmo su amiga.
Desde ese día y hasta el momento que partió Helena, una nueva esperanza se instaló en el hogar de Margot; una esperanza que no le permitió recaer en aquellos estados de dolor, en esos “días negros” como ella les decía. Con aquel amor renovado que manifestaba esperanza, fue vistiendo su corazón; inclusive, ahora hablaba con su hijo cuando estaba junto a él.
-¿Estás segura que no quieres que te acompañe hasta el aeropuerto?
-Descuida Margot, lo prefiero así; no quiero iniciar mi aventura con lágrimas. –Le respondía Helena, tomándole las manos.
-Está bien amiga.
-Te escribiré sólo una vez que esté instalada.
Helena soltó las manos de Margot, y dirigió sus pasos hasta la escala que la llevaría a la habitación de su amigo; su alma estaba tranquila y expectante ante la despedida; por un momento sintió la escala mucho más extensa de lo habitual. Recorrió el breve pasillo para quedar justo bajo el dintel de la puerta de la habitación; caminó con paso tranquilo hasta el borde del lecho de su amigo Igor.
-Hasta pronto, Igor; te estaré esperando. –Le dijo al oído de su amigo.
Inclinó su hermosa cabeza, hasta posar sus labios en los labios de Igor. No hubo lágrimas en esa despedida, sólo aquella energía fluyendo entre los dos.
V
Estimada Margot:
La ansiedad de saber que estarás leyendo esta carta, sólo será calmada con tu pronta respuesta.
Después de un tiempo de ajuste en el cuál me vi forzada a residir en un hotel, por fin puedo escribir estas líneas desde mi domicilio particular. Cuánta razón tenía tu hermano, Anatol, cuando se refería a estas tierras. He podido emprender un pequeño negocio de dulces y pasteles, el cual me ha permitido mantener, si bien es cierto de manera precaria, un ingreso constante. Ya vendrán esos días en los cuales éste incipiente negocio, crezca con el amor que lo alimento.
El paisaje social es variado, pero con un elemento común: la amabilidad. Siempre están dispuestos a ayudarte frente a alguna duda o para realizar algún trabajo que requieras. Entre las mujeres de la zona nos entendemos bien, y contra todos mis prejuicios, no han llegado a mis oídos, comentarios adversos por mí independencia. Esto ha hecho que valore de mejor manera a toda esta gente, que al igual que yo, luchan a diario para mejorar sus vidas.
Te he de contar, Margot, que fuimos con un grupo de amigos a celebrar la navidad en un bonito local parecido a una taberna. Es un local de larga tradición, donde se juntan amigos, turistas y comerciantes a disfrutar y compartir. Pues bien, resulta que el dueño del local y su esposa, conocieron al tío Anatol, sí, tu hermano. No sabes cuán grande fue mí sorpresa, al mostrarme fotografías de aquellas personas, junto al tío Anatol. La emoción fue evidente, y no pude contener algunas lágrimas al acercarme, con esas fotografías, a todo aquello que en esos momentos, estaba tan distante de mí. No sé si era efecto del tiempo que ha pasado desde mí despedida con Igor, y la emoción de encontrar un rastro de tu hermano en estas tierras, pero el parecido que encontré entre ambos es sorprendente. Fue una noche mágica para mí, Margot; no quería que el tiempo pasara; por algunas horas, sentí que Igor estaba junto a mí. ¿Esto es amor, amiga?
Otra cosa que cautiva al forastero, es su paisaje; nada se le compara en belleza y hostilidad a la vez. Sus vientos, así como limpian de nubes los cielos, luego traen nubarrones soltando el aguacero. No podrías caminar en un día de tormenta contra el viento: mejor encorvar la espalda y buscar rápido el refugio. Sus canales, cuando se pueden navegar, son de hermosos tonos turquesa; los hielos se aferran a las rocas para no ser devorados por las aguas, crujen como dientes de gigantes, mientras resbalan sus portentosas figuras; aún me asombra cómo crece aquella espesa selva austral en esos trozos de cordillera. Tendrás que venir, y ver con tus ojos tanta hermosura.
Lee esta carta junto a Igor, estimada Margot; comparte con él, toda esta doble alegría mía de poder enviarte estas líneas, y de estar cumpliendo algo que ambos nos propusimos. Quiero pensar que pronto terminara esta horrible pesadilla, y que como de un mal sueño, Igor despertará. Dile que tiene razón sobre el tipo de embarcación que se requiere para realizar viajes turísticos; que no olvide que me enseñará el nombre de algunas constelaciones de este lado del cielo; que ya he avanzado algo, pero que lo necesito; que le mostraré algunos textos que también he escrito. Quiero con estas palabras, amiga, darte todo el ánimo que necesitas: Has sido valiente, y de ti he aprendido mucho. Perdona que me torne sentimental, pero la proximidad del fin a esta carta, hace que se agolpen en mí, todos aquellos sentimientos que aún no tienen palabras.
Dejándote a ti e Igor, mis mejores pensamientos, se despide:
Helena.
VI
Al terminar de leerle la carta a su hijo, Margot comenzó a doblar con cuidado las hojas, y las dejó entre las páginas de su diario; en éste guardaba todo lo que tuviese un valor especial para ella; sus manos acomodaban con delicadeza una serie de papeles y fotografías que con el tiempo había reunido. Hace mucho que esperaba noticias de su amiga Helena; pensó en algún momento, buscar la manea de hacer contacto con ella, en consideración al tiempo que había trascurrido sin tener novedades. Para su alegría, aquella carta llegaba a su hogar en el momento indicado; como cuando un niño está a punto de romper en sollozos, y encuentra el consuelo materno. Así era la tranquilidad que estas simples líneas de su amiga, generaban en ella. Una de las últimas cosas que contenía el sobre, era una hermosa fotografía de Helena tomada a la entrada de su casa.
-Mira, Igor, incluye también una fotografía de ella. Fue realizada a la entrada de su casa, al parecer. –Le comentaba a su hijo.
-Se ve hermosa y feliz; pero mira, no creerás este detalle: está vistiendo tu sombrero. Tenías toda la razón al decir que le quedaba mejor a ella. Se puede apreciar un poco del paisaje, también. ¡Qué linda se ve!
Margot estaba feliz de poder compartir aquella buena noticia. Le comentaba cada detalle de aquella fotografía a su hijo. Luego volvía a la carta buscando algún párrafo; ahora buscando alguna fotografía que ella atesoraba. Todo lo comentaba con Igor; como si él pudiese escuchar ¿Podía? ¿Estaba Igor, escuchando a su madre? Quizá así era, dicen que los milagros existen. Tal vez Igor, en su cabeza, ya estaba junto a Helena, y las palabras de Margot, eran su mejor impulso.
-¿Recuerdas esta fotografía que te tomé junto al ciprés, Igor? No tenías más de seis años, y ya eras un mar de travesuras. Te veías hermoso vistiendo aquel traje, y con aquellas sandalias que tanto te gustaba calzar ¿Recuerdas?
-Aquí hay otra junto a tu telescopio, creo que tenías doce años. -Tomando la carta de Helena, y buscando el último párrafo, le dice a Igor:
-Aquí te recuerda que le debes enseñar algunos nombres de constelaciones que se pueden ver en aquellos cielos. Una vez me dijiste que…
En ese momento, la mano de Margot, siente mover el brazo de Igor. Como un rayo dirige su mirada hacia el brazo de su hijo, y de allí, hacia sus ojos: Igor, había regresado.
domingo, julio 12, 2009
Alameda, esquina San Ignacio
-Qué estará esperando que no sale de ahí. Hace como una hora que cambió la luz del semáforo y aún no se mueve...
-(claxon)
Una cosa era no interrumpir la clase del kindergarten, manteniendo una actitud de orden y disciplina; y otra muy distinta, entender qué era lo que se le intentaba decir a través de la clase. Algunos años antes, hacía inteligible el fenómeno de la obscuridad y su implicancia; entonces, la actividad quedaba circunscrita al interior de la casa, lugar que siempre resultaba peligroso por sus múltiples restricciones impuestas por los padres, especialmente por la madre. Asomado algunas veces a la ventana que daba al patio, creyó verse a sí mismo con sus juguetes entre el manto de obscuridad. Alentado por su precoz ingenio, creó en una oportunidad, un juego que le permitió generar su propia obscuridad nocturna: Tomó una caja de cartón (de calzado, para ser más exacto) y le realizó un pequeño agujero por donde podía ver a su interior; acto seguido, cubrió algunos juguetes con la caja y miró al interior por el orificio, constatando que dentro de la caja, ya era de noche; con la excepción de algunos rayitos de luz que se colaban por los bordes de la caja, en contacto con las irregularidades de la superficie del suelo.
Ahora sucede que debería conformar su propio grupo familiar, permitiéndole canalizar tanta cosa que sucede en su interior; somatizando en cuerpos ajenos, miedos y afectos que le son inherentes desde su nacimiento, o quizá desde su concepción. Entendiendo con los años, y ante su manifiesta vejez, que toda vida, es apenas un intento.
La fila comienza lentamente a moverse.
-(claxon)
Una cosa era no interrumpir la clase del kindergarten, manteniendo una actitud de orden y disciplina; y otra muy distinta, entender qué era lo que se le intentaba decir a través de la clase. Algunos años antes, hacía inteligible el fenómeno de la obscuridad y su implicancia; entonces, la actividad quedaba circunscrita al interior de la casa, lugar que siempre resultaba peligroso por sus múltiples restricciones impuestas por los padres, especialmente por la madre. Asomado algunas veces a la ventana que daba al patio, creyó verse a sí mismo con sus juguetes entre el manto de obscuridad. Alentado por su precoz ingenio, creó en una oportunidad, un juego que le permitió generar su propia obscuridad nocturna: Tomó una caja de cartón (de calzado, para ser más exacto) y le realizó un pequeño agujero por donde podía ver a su interior; acto seguido, cubrió algunos juguetes con la caja y miró al interior por el orificio, constatando que dentro de la caja, ya era de noche; con la excepción de algunos rayitos de luz que se colaban por los bordes de la caja, en contacto con las irregularidades de la superficie del suelo.
Ahora sucede que debería conformar su propio grupo familiar, permitiéndole canalizar tanta cosa que sucede en su interior; somatizando en cuerpos ajenos, miedos y afectos que le son inherentes desde su nacimiento, o quizá desde su concepción. Entendiendo con los años, y ante su manifiesta vejez, que toda vida, es apenas un intento.
La fila comienza lentamente a moverse.
lunes, junio 15, 2009
Nieve en la ciudad
El frío de las calles subía por los pies; necesitaba servirme algo caliente con urgencia. Con el abrigo completamente cerrado, las manos en los bolsillos, puse atención en mi ubicación, dirigiéndome al café más cercano. Hace mucho tiempo que no se sentía un frío como el de esta noche; aún caían algunas gotas de lluvia que comenzaron a eso del medio día. Los pronósticos meteorológicos se han vuelto más certeros con la ayuda de la tecnología que vuela sobre nuestras cabezas, y el entregado el día anterior, no fue la excepción: Un gran frente de baja presión proveniente del suroeste, entraría a los valles, dejando caer su carga de agua al impactar contra una alta presión fría que estaba estacionada en el continente; la isoterma se estimaba en los mil quinientos metros, lo que aseguraría una buena cantidad de precipitación en forma de nieve en las altas cumbres. Nada de malo para los centros de esquí, que ya preparaban la temporada. Pero la verdad, a esa hora, cuando el nivel de mercurio seguía bajando de los nueve grados, pensé que la nieve estaría bajo los novecientos metros; de otro modo no se explicaría el frío reinante de esa noche. Miré al cielo antes de entrar al café que estaba repleto de gente, sólo como un acto reflejo, no pensé en ver algo.
-Un café grande, por favor.- Solicité a un joven que atendería mi pedido, mientras acomodaba mi cuerpo en la barra. No opté por una mesa por un simple prejuicio, pensaba que mi pedido se demoraría una enormidad de tiempo, y la verdad, sólo quería beber algo caliente y salir luego de allí. Abrí el abrigo para estar más cómodo, aprovechando la oportunidad de verificar en el bolsillo interno de mí chaqueta, si esta vez no había olvidado mis documentos junto al dinero: afortunadamente traía todo. Volver a la oficina por un olvido de ese tipo, con todo el frío que reinaba; apurándome entre la gente; moviéndome entre los coches; poner cara de simpático en la recepción del edificio; soportar las socarronerías de algunos que aún estarían trabajando, hubiese sido lamentable.
-Aquí tiene su pedido, señor- Con una precisión increíble, el joven dejó frente a mi, una taza llena de un aromático café, sin haber derramado ni una sola gota de éste sobre el platillo. Es agradable cuando ocurre algo parecido; me molesta sobre manera, que al traer un café, éste venga derramado. Pero mientras lo endulzaba, pensaba en lo absurdo de mi satisfacción al tener el platillo incólume; cómo puede ser que este tipo de detalle tan mínimo me genere bienestar. Con este cavilar, lentamente la satisfacción inicial, empezó a dar paso a un sentimiento más parecido a la vergüenza.
El ambiente dentro del café era animado; las conversaciones se mezclaban unas con otras, entregando un murmullo estable al oído, el que sólo era matizado por algunas risas y expresiones de asombro, que por lo general, están presente en una conversación animada entre amigos. Un tema musical flotaba en el ambiente, el cual imagino, pasaba inadvertido para el resto del público presente; puse atención tratando de aislar el sonido del local, y descubrir qué tema era; mientras, miraba el reflejo en una línea de espejo que estaba frente a la barra, lo que permitía ver a mis espaldas, la entrada y salida invariable de la gente. A cada sorbo de café, el cuerpo comenzaba a reaccionar: primero, el diferencial de temperatura de los dientes con respecto al liquido que envuelve a la boca; su exquisito sabor corroborado por su aroma; su noble amargor perceptible al final de la lengua, finalizando con un trago que reanimaba mí aterido cuerpo.
Podía adivinar que la temperatura continuaba bajando, y lo mismo ocurriría con la presión barométrica; de continuar con aquella tendencia, lo más probable es que tendríamos una noche de nieve sobre la ciudad. La posibilidad de disfrutar de ese tipo de precipitación, me hizo pensar en aquella partícula de polvo, necesaria en la formación de esa estructura de hielo, y en su hermosa geometría fractal, la que finalmente colapsa por su propio peso, cayendo en la forma de ‘copo de nieve’. Pregunté al joven que atendía mí pedido, sí estaba al tanto del pronóstico para las próximas horas, confirmándome que había probabilidades de chubascos de nieve para esa noche. Bien, sólo era cuestión que siguiera descendiendo la temperatura bajo los cuatro grados Celsius, y la presión barométrica menor a mil hectopascales, y tendríamos nieve sobre la ciudad.
Terminado el café, solicité la cuenta y me dispuse a abandonar el local. Justo a la salida, y con los últimos compases de la canción en el ambiente, recordé su título: Se trataba de un tema de los años setenta, -buen tema- dije en voz baja, mientras abandonaba el local. Abierta la puerta al exterior, me recibió todo el ruido de la calle acompañado de un aire frío, forzándome a contraer los hombros y guardar las manos en los bolsillos del abrigo. De manera automática, encaminé los pasos en dirección a mí departamento, distante algunas cuadras del centro de la ciudad. La idea de beber un trago disfrutando del paisaje urbano desde el balcón, prometía anular toda posible ansiedad que pudiera emerger, producto del estado de soledad en el que me encontraba; además, el tema musical escuchado en el local, me estimuló a descartar la lectura para esa noche y dedicarla a disfrutar de alguna selección musical.
Mientras caminaba, sentía entre mis manos las llaves del departamento; las movía entre mis dedos, las contaba; intentaba adivinar a qué cerradura correspondía cada una de ellas, de hecho lo sabía, sin embargo el juego numérico y su orden, me entretenía mientras avanzaba por las calles. Los rostros de cientos de personas pasaban ante mí, y no obstante, todos ellos carecían de ojos, boca, nariz; con temor verifiqué el mío en algún escaparate, devolviéndome este, sólo una silueta a esas horas. Un calor comenzó a fluir desde mis huesos hacia el exterior, sentía un ardor en el rostro, las manos se cubrieron en sudor: debía controlarme; era un simple acceso de ansiedad, producto de una semana de trabajo demoledora. Solté la llave que tenía entre los dedos casi al punto de quebrarla en ese momento, y me propuse respirar con más calma; como durante mí infancia al sentir temor durante una pesadilla: relajaba los músculos y controlaba el ritmo de la respiración. Me detuve con el pretexto de verificar una supuesta llamada en mí teléfono, miré la pantalla que se encendía al tocar la superficie de ésta, sólo para constatar que nadie había llamado. Justo en ese momento, un pequeño copo de nieve desciende sobre la iluminada pantalla; su tiempo de vida fue tan breve, que alcancé a ver como se fundía sobre el teléfono, antes de alzar la mirada y verificar los primeros copos de nieve que comenzaban a caer.
Escuchaba el rumor de la gente ante el inicio de la nevada, y la actitud colectiva de alzar la mirada en busca de los primeros copos. Retomé la marcha interrumpida, al tiempo que aumentaba en intensidad la precipitación de nieve. Quería estar lo antes posible en la seguridad de mí departamento; no quería ser parte de nada de lo que ocurriera en las calles en esa noche. Apuré el ritmo de mis pasos, volviendo a tomar entre mis dedos la llave de entrada al edificio. La gente sin rostro seguía su camino hacia cualquier lado, el silencio se volvió a instalar entre ellos, dándoles una apariencia de autómatas. Faltaban pocos metros para enfrentar la entrada al edificio, cuando apareció desde el interior, un rostro de mujer que pude reconocer. Aquel rostro tenia ojos, boca, nariz; una hermosa cabellera atada con una cinta que caía sobre su pecho. A diario nos veíamos, y hasta ese momento, sólo nos saludábamos con una amable mirada.
–Qué maravillosa noche tenemos- Me dijo sonriente a manera de saludo.
Sí, la verdad es una noche maravillosa -Le respondí un poco perturbado- La vista que se tendrá del parque hacia el río será como pocas.
¡Vamos a recorrerlo! –Dijo de manera espontánea- Escuchemos el suave rumor del río y el intento de la nieve por navegar.
Sin pensar en nada de lo que ocupaba mí mente, y llenando el espacio de todas las posibilidades, le dije mientras le ofrecía mí brazo -¡Vamos, escuchemos qué trae el río en su rumor!- Su sonrisa hizo estallar las paredes, y con ello, apareció la nieve en la ciudad.
En memoria de mí amiga, Viviana (Cuentos de Viviana) Adiós, amiga, adiós.
-Un café grande, por favor.- Solicité a un joven que atendería mi pedido, mientras acomodaba mi cuerpo en la barra. No opté por una mesa por un simple prejuicio, pensaba que mi pedido se demoraría una enormidad de tiempo, y la verdad, sólo quería beber algo caliente y salir luego de allí. Abrí el abrigo para estar más cómodo, aprovechando la oportunidad de verificar en el bolsillo interno de mí chaqueta, si esta vez no había olvidado mis documentos junto al dinero: afortunadamente traía todo. Volver a la oficina por un olvido de ese tipo, con todo el frío que reinaba; apurándome entre la gente; moviéndome entre los coches; poner cara de simpático en la recepción del edificio; soportar las socarronerías de algunos que aún estarían trabajando, hubiese sido lamentable.
-Aquí tiene su pedido, señor- Con una precisión increíble, el joven dejó frente a mi, una taza llena de un aromático café, sin haber derramado ni una sola gota de éste sobre el platillo. Es agradable cuando ocurre algo parecido; me molesta sobre manera, que al traer un café, éste venga derramado. Pero mientras lo endulzaba, pensaba en lo absurdo de mi satisfacción al tener el platillo incólume; cómo puede ser que este tipo de detalle tan mínimo me genere bienestar. Con este cavilar, lentamente la satisfacción inicial, empezó a dar paso a un sentimiento más parecido a la vergüenza.
El ambiente dentro del café era animado; las conversaciones se mezclaban unas con otras, entregando un murmullo estable al oído, el que sólo era matizado por algunas risas y expresiones de asombro, que por lo general, están presente en una conversación animada entre amigos. Un tema musical flotaba en el ambiente, el cual imagino, pasaba inadvertido para el resto del público presente; puse atención tratando de aislar el sonido del local, y descubrir qué tema era; mientras, miraba el reflejo en una línea de espejo que estaba frente a la barra, lo que permitía ver a mis espaldas, la entrada y salida invariable de la gente. A cada sorbo de café, el cuerpo comenzaba a reaccionar: primero, el diferencial de temperatura de los dientes con respecto al liquido que envuelve a la boca; su exquisito sabor corroborado por su aroma; su noble amargor perceptible al final de la lengua, finalizando con un trago que reanimaba mí aterido cuerpo.
Podía adivinar que la temperatura continuaba bajando, y lo mismo ocurriría con la presión barométrica; de continuar con aquella tendencia, lo más probable es que tendríamos una noche de nieve sobre la ciudad. La posibilidad de disfrutar de ese tipo de precipitación, me hizo pensar en aquella partícula de polvo, necesaria en la formación de esa estructura de hielo, y en su hermosa geometría fractal, la que finalmente colapsa por su propio peso, cayendo en la forma de ‘copo de nieve’. Pregunté al joven que atendía mí pedido, sí estaba al tanto del pronóstico para las próximas horas, confirmándome que había probabilidades de chubascos de nieve para esa noche. Bien, sólo era cuestión que siguiera descendiendo la temperatura bajo los cuatro grados Celsius, y la presión barométrica menor a mil hectopascales, y tendríamos nieve sobre la ciudad.
Terminado el café, solicité la cuenta y me dispuse a abandonar el local. Justo a la salida, y con los últimos compases de la canción en el ambiente, recordé su título: Se trataba de un tema de los años setenta, -buen tema- dije en voz baja, mientras abandonaba el local. Abierta la puerta al exterior, me recibió todo el ruido de la calle acompañado de un aire frío, forzándome a contraer los hombros y guardar las manos en los bolsillos del abrigo. De manera automática, encaminé los pasos en dirección a mí departamento, distante algunas cuadras del centro de la ciudad. La idea de beber un trago disfrutando del paisaje urbano desde el balcón, prometía anular toda posible ansiedad que pudiera emerger, producto del estado de soledad en el que me encontraba; además, el tema musical escuchado en el local, me estimuló a descartar la lectura para esa noche y dedicarla a disfrutar de alguna selección musical.
Mientras caminaba, sentía entre mis manos las llaves del departamento; las movía entre mis dedos, las contaba; intentaba adivinar a qué cerradura correspondía cada una de ellas, de hecho lo sabía, sin embargo el juego numérico y su orden, me entretenía mientras avanzaba por las calles. Los rostros de cientos de personas pasaban ante mí, y no obstante, todos ellos carecían de ojos, boca, nariz; con temor verifiqué el mío en algún escaparate, devolviéndome este, sólo una silueta a esas horas. Un calor comenzó a fluir desde mis huesos hacia el exterior, sentía un ardor en el rostro, las manos se cubrieron en sudor: debía controlarme; era un simple acceso de ansiedad, producto de una semana de trabajo demoledora. Solté la llave que tenía entre los dedos casi al punto de quebrarla en ese momento, y me propuse respirar con más calma; como durante mí infancia al sentir temor durante una pesadilla: relajaba los músculos y controlaba el ritmo de la respiración. Me detuve con el pretexto de verificar una supuesta llamada en mí teléfono, miré la pantalla que se encendía al tocar la superficie de ésta, sólo para constatar que nadie había llamado. Justo en ese momento, un pequeño copo de nieve desciende sobre la iluminada pantalla; su tiempo de vida fue tan breve, que alcancé a ver como se fundía sobre el teléfono, antes de alzar la mirada y verificar los primeros copos de nieve que comenzaban a caer.
Escuchaba el rumor de la gente ante el inicio de la nevada, y la actitud colectiva de alzar la mirada en busca de los primeros copos. Retomé la marcha interrumpida, al tiempo que aumentaba en intensidad la precipitación de nieve. Quería estar lo antes posible en la seguridad de mí departamento; no quería ser parte de nada de lo que ocurriera en las calles en esa noche. Apuré el ritmo de mis pasos, volviendo a tomar entre mis dedos la llave de entrada al edificio. La gente sin rostro seguía su camino hacia cualquier lado, el silencio se volvió a instalar entre ellos, dándoles una apariencia de autómatas. Faltaban pocos metros para enfrentar la entrada al edificio, cuando apareció desde el interior, un rostro de mujer que pude reconocer. Aquel rostro tenia ojos, boca, nariz; una hermosa cabellera atada con una cinta que caía sobre su pecho. A diario nos veíamos, y hasta ese momento, sólo nos saludábamos con una amable mirada.
–Qué maravillosa noche tenemos- Me dijo sonriente a manera de saludo.
Sí, la verdad es una noche maravillosa -Le respondí un poco perturbado- La vista que se tendrá del parque hacia el río será como pocas.
¡Vamos a recorrerlo! –Dijo de manera espontánea- Escuchemos el suave rumor del río y el intento de la nieve por navegar.
Sin pensar en nada de lo que ocupaba mí mente, y llenando el espacio de todas las posibilidades, le dije mientras le ofrecía mí brazo -¡Vamos, escuchemos qué trae el río en su rumor!- Su sonrisa hizo estallar las paredes, y con ello, apareció la nieve en la ciudad.
En memoria de mí amiga, Viviana (Cuentos de Viviana) Adiós, amiga, adiós.
martes, mayo 19, 2009
La congoja de Ovidio
Me propongo llegar a la cita comenzando el verano boreal; no porque me disguste la idea del invierno, sino más bien, porque esta última, a mí parecer, es para disfrutar en casa, junto a mis libros y escritos. Tengo una pequeña ventana en el estudio que da al jardín, y en las tardes de invierno, con su brevedad de luz, disfruto del paisaje que se ofrece entre lluvias y noches de tormenta.
La travesía debía comenzar los primeros días de Abril, y con tal propósito, elevé anclas desde el puerto de Valparaíso, contemplando desde cubierta, un leve otoño que se dejaba asomar entre el paisaje y la gente. Tomé rumbo sur, con lo cual dejé en evidencia la intención de salir en demanda de los terribles mares australes del Cabo de Hornos. En aquella hostilidad aparente del paisaje, podría invocar a los tiempos, para que hicieran posible mí viaje hasta uno de los personajes más recordados de la poesía latina del primer siglo, me refiero a Publio Ovidio, hombre alegre y virtuoso que pasó sus últimos años en la soledad de la relegación.
Es curiosa la sensación que se experimenta al viajar por un océano como el Pacífico: con sus aguas hermosamente azules, acompañadas de una brisa salobre y fría, da la impresión que en las noches estrelladas, la embarcación remontará desde las aguas, en dirección a esas luces que acompañan el viaje. Hermoso. Al dejar atrás las costas de la isla de Chiloé, comencé a prepararme para enfrentar la parte difícil de este periplo. Luego de unos días, estuvimos en posición para enfrentar la entrada al Cabo de Hornos, y con ello, dar inicio a la travesía por el tiempo. Los cielos se cubrieron de espesos nubarrones, liberando con furia toda su carga de agua sobre nuestras cabezas; los vientos sacudieron la embarcación, sin enterarse se nuestra presencia, ni del esfuerzo titánico que se realizaba para no zozobrar; la noche con su obscuridad, parecía prolongarse a través de las horas del día, aumentando el desconcierto; grandes descargas electromagnéticas se dejaban caer sobre las aguas, alumbrando con sus destellos, formas monstruosas que adquirían las terribles aguas australes. No recuerdo por cuánto tiempo se prolongó la travesía, lo único que importó, fue el arribo milagroso al océano que nos recibió del otro lado de manera más benigna. Comenzamos a subir por el Atlántico, ahora con dirección Norte, a una distancia prudente de las costas, intentando verificar el paisaje que se lograba apreciar desde la embarcación. Al desplazarnos sobre los cuarenta grados de latitud Sur, tomé un catalejo, escudriñando el paisaje costero cada cierto tiempo. Al enfrentar la desembocadura del llamado Río de la Plata, pudimos constatar que ya no existía la gran Buenos Aires; en su lugar, sólo se apreciaba vegetación y fauna endémica, lo cual confirmaba el éxito de nuestro viaje.
Seguimos navegando entre sueños y neblinas, hasta enfrentar las columnas de Hércules; inmediatamente se puso rumbo Este, a travesando las aguas del mar Mediterráneo. Siempre a resguardo de la mirada de la población, intentaba apreciar con la ayuda de mí adminículo óptico, el desarrollo de la vida cerca de las costas, ora de la península hispánica hacia norte, ora de la costa de África hacia el sur; también las de la península Itálica con su mar tirreno; el Peloponeso y su mar jónico; para ingresar finalmente en el Egeo, salpicado de islas. Al entrar al estrecho Helesponto (Dardanelos), se hacia más cercano el encuentro, y con ello aumentaba mí ansiedad. No fue problema navegar por aquel estrecho hasta alcanzar el Propóntide (Mar de Mármara) Ahora sólo faltaba cruzar el Bósforo y estaríamos, con un mínimo de esfuerzo, navegando en el Ponto (Mar Negro) en dirección a Tomis (Constanza, Rumania) Me acerqué a la costa en un pequeño bote, dejando a la nave mayor, oculta en el obscuro piélago que se nos ofrecía como refugio.
Les dejo algunos fragmentos que recuerdo, junto a este insigne escritor de todos los tiempos.
-Ha debido ser el mejor de los hados, que acompañó tu arribo hasta estas costas, mí célebre Ferragus.
-Enhorabuena, Publio, amigo. Cuántas preguntas podrán saciarse con tus palabras.
-Ven, acércate a este fuego nocturno que recién comienza. También podremos beber y comer mientras charlamos. ¡Por Minerva, salud!
-¡Salud!
-Dime, dilecto amigo, si tu corazón no se contrista más aún, cuánto tiempo llevas en estas tierras.
-Estoy próximo a cumplir sesenta años, y los últimos ocho los he pasado en estas tierras hostiles, por un error absurdo.
-Luego preguntaré por la razón de tu relegación, Publio. Háblame de tu niñez ¿Gustas?
-Un joven brillante y afortunado era en aquellos tiempos. Mí ilustre familia del orden ecuestre, me trajo al mundo en Sulmona, a setecientos once años de la fundación de Roma (43 AC) Tuve un hermano mayor por un año, su muerte prematura modificó de manera definitiva el sentido de vida y muerte en mí. Veinte años tenía él, cuando partió de este mundo.
- ¿Por qué, o de dónde viene este amor por las letras, Publio?
-Siempre he sido de una sensibilidad evidente. Todo me enternece; cualquier cosa despierta en mí los más variados estados de ánimo. Sumado a esto, está la educación que he recibido; el dominio de las letras; el buen arte de la retórica, la elocuencia en general. ¿Quieres que te confiese algo, Ferragus?
-Sí, dime. No calles.
-Cuando joven, en la escuela junto a mis maestros, acometía con una declamación ficticia, esta me salía de manera inevitable como poesía en prosa.
- ¡Quién lo diría, la poesía te tuvo de temprana edad!
-Mis maestros sabían de esta inclinación. Y te puedo decir que tuve a los mejores, como lo fue Arelio Fusco o Porcio Latrón, condiscípulo de Séneca.
-Y tus escritos de aquellos tiempos…
-La mayoría de ellos fueron a dar al fuego. Había en aquella actitud, algo de insatisfacción e inseguridad con lo hecho hasta ese momento. El gran Mesala Corvino me impulsó a entregar mí obra al público. Inspiración parecida obtuve del gran Tibulo, al que lloré por su temprana partida en una elegía que titulé ‘amor’
-La muerte de Tibulo, ocurría a setecientos treinta y seis años de la fundación de Roma (18-19 AC) Un año antes, partía el gran Virgilio de este mundo.
-Así es, Ferragus. Ahora deben estar deleitando a los dioses con sus letras.
-Siempre rechazaste cualquier promoción al senado romano, tampoco quisiste deliberar como abogado ¿Por qué?
-Me gusta la vida suave y tranquila, es mí temperamento; no hubiese podido tomar la actitud del abogado que declama por uno u otro bando, sería corromperme a través de las palabras.
-la obra ‘Arte de Amar’ es Ovidio, ¿Qué piensas, estás de acuerdo?
-Es un buen trabajo, realizado con todo el fuego de la vitalidad; pero también existen otras bastante buenas. Por nombrar algunas, diría la ‘Heroidas’,’Amores’ incluso ‘Las metamorfosis’ donde intento una suerte de relato etiológico de la mitología. Hace poco terminé otra que llevará el titulo de ‘Pontica’ Veremos.
-Ya ha transcurrido gran parte de la noche, y no quiero dejar de preguntar por el motivo de tu relegación, Ovidio.
- Te he de decir, Ferragus, que me prometí no hablar de la razón especifica; lo único que te puedo confesar, es que mi desgracia se vio confirmada por el solo hecho de presenciar el delito; esto no me vuelve cómplice, sino más bien, un desgraciado testigo.
-Tuvo que ver en algo la obra ‘Arte de amar’
-Se podría decir que sí, pero la verdad fue sólo una medida de distracción para ocultar la razón verdadera. Si te das cuenta de los hechos, la obra supuestamente cuestionada sólo fue retirada de las bibliotecas públicas; otras obras de otros autores, fueron simplemente destruidas.
-Se te considera afortunado por lo leve de la pena impuesta por Augusto, pudiendo conservar todos tus bienes y titulo, y sobre todo, la ciudadanía. Tu tercera esposa, Iuvenis, perteneciente a la gens Fabia, puede administrar toda tu hacienda.
-Ella es un gran apoyo en esta miseria mía, Ferragus. Seguiré insistiendo con Tiberio, ahora que ha muerto Augusto, para que recapacite, al menos, el lugar de mí relegación.
(Mientras Ovidio decía esas palabras, no podía dejar de pensar en lo inútil de sus pretensiones; que todos sus esfuerzos resultarían vanos; que moriría definitivamente aquí, donde hace ocho años, los peores hados sellaron su aciago destino)
-Te deseo buen ánimo, Ovidio. El mundo sabrá valorar tu arte, y encontrará en tu poseía, una de las voces mayores de este tiempo. Así lo creo.
-Amigo Ferragus, has venido de tan lejos sólo a alegrar mí corazón. Te pido que guardes estas líneas, para que estas, una vez yo muerto, acompañen mi tumba en Roma.
(Tomé el papel que me extendía, y lo guardé en mis ropas)
-Está bien, querido Ovidio; la madrugada ya empuja las sombras de la noche, debo volver a la nave oculta entre las sombra. Mí tierra ya reclama el retorno.
-Adiós, Ferragus.
Una vez que abordé la nave mayor y nos dispusimos al ansiado retorno, sentí el frío viento besando mi rostro y la imagen de aquel hombre volvió a despedir mis sueños. No pude decirle que ni siquiera podría volver a su suelo, en Roma.
Mientras daba lo orden de elevar anclas, y la nave se ponía lentamente en movimiento, desplegué el papel que me entregara Ovidio; leí de su líneas: “Yo, que yazgo aquí, festivo cantor de los tiernos amores, soy, ya muerto, Ovidio, poeta por mi ingenio. A ti que pasas, si alguna vez amaste, no te sea pesado decir: Descansen en paz los huesos del poeta.”
La travesía debía comenzar los primeros días de Abril, y con tal propósito, elevé anclas desde el puerto de Valparaíso, contemplando desde cubierta, un leve otoño que se dejaba asomar entre el paisaje y la gente. Tomé rumbo sur, con lo cual dejé en evidencia la intención de salir en demanda de los terribles mares australes del Cabo de Hornos. En aquella hostilidad aparente del paisaje, podría invocar a los tiempos, para que hicieran posible mí viaje hasta uno de los personajes más recordados de la poesía latina del primer siglo, me refiero a Publio Ovidio, hombre alegre y virtuoso que pasó sus últimos años en la soledad de la relegación.
Es curiosa la sensación que se experimenta al viajar por un océano como el Pacífico: con sus aguas hermosamente azules, acompañadas de una brisa salobre y fría, da la impresión que en las noches estrelladas, la embarcación remontará desde las aguas, en dirección a esas luces que acompañan el viaje. Hermoso. Al dejar atrás las costas de la isla de Chiloé, comencé a prepararme para enfrentar la parte difícil de este periplo. Luego de unos días, estuvimos en posición para enfrentar la entrada al Cabo de Hornos, y con ello, dar inicio a la travesía por el tiempo. Los cielos se cubrieron de espesos nubarrones, liberando con furia toda su carga de agua sobre nuestras cabezas; los vientos sacudieron la embarcación, sin enterarse se nuestra presencia, ni del esfuerzo titánico que se realizaba para no zozobrar; la noche con su obscuridad, parecía prolongarse a través de las horas del día, aumentando el desconcierto; grandes descargas electromagnéticas se dejaban caer sobre las aguas, alumbrando con sus destellos, formas monstruosas que adquirían las terribles aguas australes. No recuerdo por cuánto tiempo se prolongó la travesía, lo único que importó, fue el arribo milagroso al océano que nos recibió del otro lado de manera más benigna. Comenzamos a subir por el Atlántico, ahora con dirección Norte, a una distancia prudente de las costas, intentando verificar el paisaje que se lograba apreciar desde la embarcación. Al desplazarnos sobre los cuarenta grados de latitud Sur, tomé un catalejo, escudriñando el paisaje costero cada cierto tiempo. Al enfrentar la desembocadura del llamado Río de la Plata, pudimos constatar que ya no existía la gran Buenos Aires; en su lugar, sólo se apreciaba vegetación y fauna endémica, lo cual confirmaba el éxito de nuestro viaje.
Seguimos navegando entre sueños y neblinas, hasta enfrentar las columnas de Hércules; inmediatamente se puso rumbo Este, a travesando las aguas del mar Mediterráneo. Siempre a resguardo de la mirada de la población, intentaba apreciar con la ayuda de mí adminículo óptico, el desarrollo de la vida cerca de las costas, ora de la península hispánica hacia norte, ora de la costa de África hacia el sur; también las de la península Itálica con su mar tirreno; el Peloponeso y su mar jónico; para ingresar finalmente en el Egeo, salpicado de islas. Al entrar al estrecho Helesponto (Dardanelos), se hacia más cercano el encuentro, y con ello aumentaba mí ansiedad. No fue problema navegar por aquel estrecho hasta alcanzar el Propóntide (Mar de Mármara) Ahora sólo faltaba cruzar el Bósforo y estaríamos, con un mínimo de esfuerzo, navegando en el Ponto (Mar Negro) en dirección a Tomis (Constanza, Rumania) Me acerqué a la costa en un pequeño bote, dejando a la nave mayor, oculta en el obscuro piélago que se nos ofrecía como refugio.
Les dejo algunos fragmentos que recuerdo, junto a este insigne escritor de todos los tiempos.
-Ha debido ser el mejor de los hados, que acompañó tu arribo hasta estas costas, mí célebre Ferragus.
-Enhorabuena, Publio, amigo. Cuántas preguntas podrán saciarse con tus palabras.
-Ven, acércate a este fuego nocturno que recién comienza. También podremos beber y comer mientras charlamos. ¡Por Minerva, salud!
-¡Salud!
-Dime, dilecto amigo, si tu corazón no se contrista más aún, cuánto tiempo llevas en estas tierras.
-Estoy próximo a cumplir sesenta años, y los últimos ocho los he pasado en estas tierras hostiles, por un error absurdo.
-Luego preguntaré por la razón de tu relegación, Publio. Háblame de tu niñez ¿Gustas?
-Un joven brillante y afortunado era en aquellos tiempos. Mí ilustre familia del orden ecuestre, me trajo al mundo en Sulmona, a setecientos once años de la fundación de Roma (43 AC) Tuve un hermano mayor por un año, su muerte prematura modificó de manera definitiva el sentido de vida y muerte en mí. Veinte años tenía él, cuando partió de este mundo.
- ¿Por qué, o de dónde viene este amor por las letras, Publio?
-Siempre he sido de una sensibilidad evidente. Todo me enternece; cualquier cosa despierta en mí los más variados estados de ánimo. Sumado a esto, está la educación que he recibido; el dominio de las letras; el buen arte de la retórica, la elocuencia en general. ¿Quieres que te confiese algo, Ferragus?
-Sí, dime. No calles.
-Cuando joven, en la escuela junto a mis maestros, acometía con una declamación ficticia, esta me salía de manera inevitable como poesía en prosa.
- ¡Quién lo diría, la poesía te tuvo de temprana edad!
-Mis maestros sabían de esta inclinación. Y te puedo decir que tuve a los mejores, como lo fue Arelio Fusco o Porcio Latrón, condiscípulo de Séneca.
-Y tus escritos de aquellos tiempos…
-La mayoría de ellos fueron a dar al fuego. Había en aquella actitud, algo de insatisfacción e inseguridad con lo hecho hasta ese momento. El gran Mesala Corvino me impulsó a entregar mí obra al público. Inspiración parecida obtuve del gran Tibulo, al que lloré por su temprana partida en una elegía que titulé ‘amor’
-La muerte de Tibulo, ocurría a setecientos treinta y seis años de la fundación de Roma (18-19 AC) Un año antes, partía el gran Virgilio de este mundo.
-Así es, Ferragus. Ahora deben estar deleitando a los dioses con sus letras.
-Siempre rechazaste cualquier promoción al senado romano, tampoco quisiste deliberar como abogado ¿Por qué?
-Me gusta la vida suave y tranquila, es mí temperamento; no hubiese podido tomar la actitud del abogado que declama por uno u otro bando, sería corromperme a través de las palabras.
-la obra ‘Arte de Amar’ es Ovidio, ¿Qué piensas, estás de acuerdo?
-Es un buen trabajo, realizado con todo el fuego de la vitalidad; pero también existen otras bastante buenas. Por nombrar algunas, diría la ‘Heroidas’,’Amores’ incluso ‘Las metamorfosis’ donde intento una suerte de relato etiológico de la mitología. Hace poco terminé otra que llevará el titulo de ‘Pontica’ Veremos.
-Ya ha transcurrido gran parte de la noche, y no quiero dejar de preguntar por el motivo de tu relegación, Ovidio.
- Te he de decir, Ferragus, que me prometí no hablar de la razón especifica; lo único que te puedo confesar, es que mi desgracia se vio confirmada por el solo hecho de presenciar el delito; esto no me vuelve cómplice, sino más bien, un desgraciado testigo.
-Tuvo que ver en algo la obra ‘Arte de amar’
-Se podría decir que sí, pero la verdad fue sólo una medida de distracción para ocultar la razón verdadera. Si te das cuenta de los hechos, la obra supuestamente cuestionada sólo fue retirada de las bibliotecas públicas; otras obras de otros autores, fueron simplemente destruidas.
-Se te considera afortunado por lo leve de la pena impuesta por Augusto, pudiendo conservar todos tus bienes y titulo, y sobre todo, la ciudadanía. Tu tercera esposa, Iuvenis, perteneciente a la gens Fabia, puede administrar toda tu hacienda.
-Ella es un gran apoyo en esta miseria mía, Ferragus. Seguiré insistiendo con Tiberio, ahora que ha muerto Augusto, para que recapacite, al menos, el lugar de mí relegación.
(Mientras Ovidio decía esas palabras, no podía dejar de pensar en lo inútil de sus pretensiones; que todos sus esfuerzos resultarían vanos; que moriría definitivamente aquí, donde hace ocho años, los peores hados sellaron su aciago destino)
-Te deseo buen ánimo, Ovidio. El mundo sabrá valorar tu arte, y encontrará en tu poseía, una de las voces mayores de este tiempo. Así lo creo.
-Amigo Ferragus, has venido de tan lejos sólo a alegrar mí corazón. Te pido que guardes estas líneas, para que estas, una vez yo muerto, acompañen mi tumba en Roma.
(Tomé el papel que me extendía, y lo guardé en mis ropas)
-Está bien, querido Ovidio; la madrugada ya empuja las sombras de la noche, debo volver a la nave oculta entre las sombra. Mí tierra ya reclama el retorno.
-Adiós, Ferragus.
Una vez que abordé la nave mayor y nos dispusimos al ansiado retorno, sentí el frío viento besando mi rostro y la imagen de aquel hombre volvió a despedir mis sueños. No pude decirle que ni siquiera podría volver a su suelo, en Roma.
Mientras daba lo orden de elevar anclas, y la nave se ponía lentamente en movimiento, desplegué el papel que me entregara Ovidio; leí de su líneas: “Yo, que yazgo aquí, festivo cantor de los tiernos amores, soy, ya muerto, Ovidio, poeta por mi ingenio. A ti que pasas, si alguna vez amaste, no te sea pesado decir: Descansen en paz los huesos del poeta.”
miércoles, marzo 11, 2009
En el borde
“En esta época, lo grandioso y realmente trascendente para los ojos del ser humano, la mayoría de las veces, no logra ser develado a través de las palabras; estas últimas, como viejas herramientas, ceden paso al silencio…”
Leía una y otra vez las líneas, buscando, no una conclusión a aquellas palabras que le interrumpieran su sueño durante la noche anterior, sino más bien, una abertura por donde escapar. Se le podría imaginar con sus manos sosteniendo la cabeza; la pieza en el más completo orden; una luminosidad atenuada por gruesas cortinas. “…como viejas herramientas…” repetía en voz baja. Pensaba en todos lo textos hasta ese momento escritos; en aquellos que hicieron de la escritura y las palabras, una suerte de “hilo de Ariadna” para no olvidar el camino recorrido. Palabras también lanzadas como flechas a la humanidad de un hipotético futuro. Trascendencia.
Luego, intuyendo una leve fisura entre sus palabras, escapa; buscando el vértigo que le prodiga el silencio.
Leía una y otra vez las líneas, buscando, no una conclusión a aquellas palabras que le interrumpieran su sueño durante la noche anterior, sino más bien, una abertura por donde escapar. Se le podría imaginar con sus manos sosteniendo la cabeza; la pieza en el más completo orden; una luminosidad atenuada por gruesas cortinas. “…como viejas herramientas…” repetía en voz baja. Pensaba en todos lo textos hasta ese momento escritos; en aquellos que hicieron de la escritura y las palabras, una suerte de “hilo de Ariadna” para no olvidar el camino recorrido. Palabras también lanzadas como flechas a la humanidad de un hipotético futuro. Trascendencia.
Luego, intuyendo una leve fisura entre sus palabras, escapa; buscando el vértigo que le prodiga el silencio.
jueves, febrero 19, 2009
Intermedio V
Tengo siete libros pendientes… ¡siete! Esto no puede continuar así. He de poner coto y medida.
Quizá, a usted, le pasa algo parecido: Visita los blog de sus amigos y comienza un viaje que bien podría tomarle horas. Sobre todo cuando tiene una lista de blog que merecen ser visitados y leídos con detención (como los que visito a diario)
Lo invito a visitar la lista de mis amigos, y podrá darse cuenta, querido y avispado lector, que en cada uno de ellos, radica un alma creativa y vital. A ellos les debo, inclusive, el ánimo implícito que dan, cuando el mío decae.
Bien, tengo que empezar con la lectura. Les dejo unas líneas con mucho cariño. Nos vemos.
Lo que pasa,
es que mi memoria está en sujeción a estos paisajes.
Se encuentra mágicamente errante,
entre quebradas y ventisqueros.
La cobija la vastedad salobre del desierto;
se ríe junto a llamas y flamencos.
Quizá, a usted, le pasa algo parecido: Visita los blog de sus amigos y comienza un viaje que bien podría tomarle horas. Sobre todo cuando tiene una lista de blog que merecen ser visitados y leídos con detención (como los que visito a diario)
Lo invito a visitar la lista de mis amigos, y podrá darse cuenta, querido y avispado lector, que en cada uno de ellos, radica un alma creativa y vital. A ellos les debo, inclusive, el ánimo implícito que dan, cuando el mío decae.
Bien, tengo que empezar con la lectura. Les dejo unas líneas con mucho cariño. Nos vemos.
Lo que pasa,
es que mi memoria está en sujeción a estos paisajes.
Se encuentra mágicamente errante,
entre quebradas y ventisqueros.
La cobija la vastedad salobre del desierto;
se ríe junto a llamas y flamencos.
viernes, febrero 13, 2009
Río Yeso
Sentado a la orilla del río, quedó mirando el curso de las aguas por un largo momento. Nada parecía alterar su estado. La brisa aquel día era amable en su tibieza y velocidad; inclusive, el perfume de las quebradas era arrastrado hasta allí.
Indefectiblemente, la imagen de él siendo niño, apareció.
Indefectiblemente, la imagen de él siendo niño, apareció.
domingo, febrero 01, 2009
Conversando con Musil
…
-Lo que parece sorprendente, es la vigencia de su obra hasta estos días, señor Musil.
-La verdad, ni yo me lo explico.
-¿Por qué el titulo “El hombre sin atributos” para una de sus obras más conocidas?
-Como la mayoría de las cosas que emprende el ser humano, hay mucho de azaroso en el titulo. Sin embargo, debo reconocer que la gran potencialidad intelectual del personaje o como señalo en los primeros capítulos, la cantidad de atributos que éste posee, me sedujo para ponerlos de una manera paradójica. Se le podría criticar a Ulrich, de una falta de objetivo en su vida.
-Usted, nació en el último decenio del siglo diez y nueve, por lo que fue testigo de una de las etapas más importante en el desarrollo de la humanidad, la cual incluye las dos guerras mundiales ¿Cree, usted, que esta obra representa o muestra el desconcierto de la sociedad ante estos cambios?
-Cuando miro los encuentros bélicos ocurridos durante aquel periodo, lamentable para la humanidad, da la impresión que más bien se trató de una sola guerra, con una tregua inusualmente extensa. Pero contestando a su pregunta: Obviamente la brutalidad de una guerra como la vivida por aquella sociedad, marca o deja su impronta de muerte a todo empeño creativo, desde lo individual a lo colectivo. Mí obra no puede estar exenta de esta verdad, aunque realizara el mejor de mis empeños.
-El personaje central, Ulrich, parece reconocer un estilo de sociedad decadente la cual no logra actualizar su legado histórico a los grupos más jóvenes ¿Por qué el personaje no logra empaparse del extraordinario esfuerzo que se pretende dentro de la “acción paralela” por ejemplo?
-Si miramos con atención, Ulrich, resulta ser una persona tremendamente brillante, pero relativamente joven dentro de su círculo. Esto le facilita entender el lenguaje de los jóvenes “desencantados” de la sociedad europea. Su lucidez, le permite tener una actitud crítica hacia ambos mundos.
-¿Fue su intención, dejar de manifiesto la desconfianza que comenzaba a instalarse dentro de una sociedad anquilosada por las monarquías en Europa?
-La novela señala, por ejemplo, las desconfianzas que nacen en las relaciones entre el imperio austrohúngaro y el alemán; pero también se intentó indicar el impacto que comenzaba a tener el desarrollo tecnológico en la sociedad europea. Cualquier duda que naciera, se intentaba explicar a través de la ciencia o la tecnología. Esto a la larga, entregaba un sentimiento de deshumanización, al que muchos se oponían con violencia.
-Algunos lectores, en los que me incluyo, ven un guiño incestuoso entre, Ulrich, y su hermana, Agathe, durante el desarrollo de sus debates y conversaciones.
-A simple vista es cierto, pero si utilizamos una mirada universal, se trata más bien del intento de tregua necesaria al interior de una sociedad que es representada por aquellos hermanos en ese momento. Alcanzar un sentido de amor y piedad, es lo que los impulsa finalmente a intentar un diálogo creativo. Inclusive, mucho más efectivo que la denominada “Acción paralela” hasta ese momento.
-¿Y Moonsbrugger?
-Instala la catarsis en una sociedad enferma. Quedé en deuda con Moonsbrugger.
-Agradezco su tiempo, señor Musil.
Nota:
Entrevista realizada en un planetoide cercano a la estrella Eta Carinae, en la nebulosa de Carina. Por razones de espacio-tiempo, la fecha pierde sentido.
-Lo que parece sorprendente, es la vigencia de su obra hasta estos días, señor Musil.
-La verdad, ni yo me lo explico.
-¿Por qué el titulo “El hombre sin atributos” para una de sus obras más conocidas?
-Como la mayoría de las cosas que emprende el ser humano, hay mucho de azaroso en el titulo. Sin embargo, debo reconocer que la gran potencialidad intelectual del personaje o como señalo en los primeros capítulos, la cantidad de atributos que éste posee, me sedujo para ponerlos de una manera paradójica. Se le podría criticar a Ulrich, de una falta de objetivo en su vida.
-Usted, nació en el último decenio del siglo diez y nueve, por lo que fue testigo de una de las etapas más importante en el desarrollo de la humanidad, la cual incluye las dos guerras mundiales ¿Cree, usted, que esta obra representa o muestra el desconcierto de la sociedad ante estos cambios?
-Cuando miro los encuentros bélicos ocurridos durante aquel periodo, lamentable para la humanidad, da la impresión que más bien se trató de una sola guerra, con una tregua inusualmente extensa. Pero contestando a su pregunta: Obviamente la brutalidad de una guerra como la vivida por aquella sociedad, marca o deja su impronta de muerte a todo empeño creativo, desde lo individual a lo colectivo. Mí obra no puede estar exenta de esta verdad, aunque realizara el mejor de mis empeños.
-El personaje central, Ulrich, parece reconocer un estilo de sociedad decadente la cual no logra actualizar su legado histórico a los grupos más jóvenes ¿Por qué el personaje no logra empaparse del extraordinario esfuerzo que se pretende dentro de la “acción paralela” por ejemplo?
-Si miramos con atención, Ulrich, resulta ser una persona tremendamente brillante, pero relativamente joven dentro de su círculo. Esto le facilita entender el lenguaje de los jóvenes “desencantados” de la sociedad europea. Su lucidez, le permite tener una actitud crítica hacia ambos mundos.
-¿Fue su intención, dejar de manifiesto la desconfianza que comenzaba a instalarse dentro de una sociedad anquilosada por las monarquías en Europa?
-La novela señala, por ejemplo, las desconfianzas que nacen en las relaciones entre el imperio austrohúngaro y el alemán; pero también se intentó indicar el impacto que comenzaba a tener el desarrollo tecnológico en la sociedad europea. Cualquier duda que naciera, se intentaba explicar a través de la ciencia o la tecnología. Esto a la larga, entregaba un sentimiento de deshumanización, al que muchos se oponían con violencia.
-Algunos lectores, en los que me incluyo, ven un guiño incestuoso entre, Ulrich, y su hermana, Agathe, durante el desarrollo de sus debates y conversaciones.
-A simple vista es cierto, pero si utilizamos una mirada universal, se trata más bien del intento de tregua necesaria al interior de una sociedad que es representada por aquellos hermanos en ese momento. Alcanzar un sentido de amor y piedad, es lo que los impulsa finalmente a intentar un diálogo creativo. Inclusive, mucho más efectivo que la denominada “Acción paralela” hasta ese momento.
-¿Y Moonsbrugger?
-Instala la catarsis en una sociedad enferma. Quedé en deuda con Moonsbrugger.
-Agradezco su tiempo, señor Musil.
Nota:
Entrevista realizada en un planetoide cercano a la estrella Eta Carinae, en la nebulosa de Carina. Por razones de espacio-tiempo, la fecha pierde sentido.
martes, enero 20, 2009
Almuerzo familiar
Acercó su enorme cuerpo a la mesa, hasta el lugar que fuera ocupado por él, casi desde el inicio del tiempo (al menos, del mío) Se podía apreciar el cansancio en su rostro sudoroso, con sus manos agrietadas de tanto arañar el sustento. La mujer le sirvió un plato de algún guiso improvisado con las sobras del día anterior. Da pena la pobreza. Con la mirada clavada en el rostro de aquella mujer, le hacía desear a ella, que pasara rápido el tiempo de almuerzo, que nada interrumpiera aquella precaria quietud (por mí, supongo) Entonces, una llama se encendía en los ojos de cada uno; las palabras comenzaban a pesar tanto como el plomo e hiriendo como trozos de vidrios. Y ante la inminente agresión, comenzaba a construir un diálogo secreto entre ellos que sólo yo escuchaba. Lo construía con la imagen de una sonrisa infantil despreocupada; la sensación de una brisa fría refrescando tu rostro; el sabor de un durazno maduro; el sonido de un beso breve sobre tu mejilla; la compañía de quien tú quieras bajo una arboleda; el sonido de las hojas arrastradas por el viento; el aroma de la tierra húmeda; el ladrido de un perro desconocido; el canto del arroyo entre las piedras; la seguridad para tu pisada; la piedad para entender el agravio; lágrimas de pura alegría; la compañía de un alma pacífica; la sonrisa de los que más quieres; el estremecimiento ante lo bello; la melodía que tú elijas; el sonido del trueno arrastrado por el viento; el aroma de tu comida favorita; la búsqueda de imágenes entre las nubes. Por nombrar algunas.
jueves, enero 01, 2009
La hacienda
La siguiente publicación, es un relato que lamentablemente se salió de control en su extensión (por decirlo de algún modo). Ofrezco mis disculpas, reconociendo el valor de vuestro tiempo.
Espero también, encuentren en él, algún valor que endulce vuestra lectura.
La hacienda
I
Como mudos testigos de la bonanza económica de aquel pueblo, quedaban grandes galpones donde se procesaba la lana de oveja que en otros tiempos alcanzaba para dar empleo, incluso, a trabajadores de pueblos y ciudades distantes. Pero esos fueron otros tiempos. Con el advenimiento de la industria textil y la utilización de telas sintética, muchas cosas estaban cambiando en el mundo rural, y claro, aquel pequeño pueblo no era la excepción. Como era de esperar la oficina de correo, así como la del alcalde, estaban desiertas. Sólo algunas casas aún estaban habitadas, pero distante una de otra, como si sintieran vergüenza de su lamentable abandono. La avenida central que cruzaba el pueblo era ancha, empalmando en cada uno de sus extremos con un camino rural en dirección norte-sur. La activad comercial próxima a la avenida era escasa, quedando reducida a un hotel y unos pocos almacenes donde se podía conseguir algunos víveres.
El tren cumpliría un itinerario del cual no pude ser completamente notificado al momento de adquirir el pasaje. Me armé de ánimo y acepté el contratiempo, que sí bien no afectaba mí partida del pueblo, agregaba incertidumbre sobre la hora de arribo del tren a la estación. La persona que extendió el pasaje me tranquilizó, al asegurar que avisaría por teléfono, para que el tren realizara la detención en el pueblo el día de mañana. Salí de la oficina de venta que estaba ubicada casi al extremo norte del pueblo y encaminé mis pasos hacia el hotel. En todo el trayecto no me crucé con más de cinco personas; lo atribuía al frío reinante y la promesa de lluvia para ese día, que se manifestaba en gotas aisladas proveniente de las nubes obscuras que pasaban sobre nuestras cabezas. El frío para mí era completamente tolerable, incluso disfrutaba su efecto. Mientras caminaba, chequeaba en mí cabeza el procedimiento realizado el día anterior, con la notificación de remate que se llevaría efecto sobre una de las últimas haciendas ovejeras; revisé mentalmente todo el procedimiento y los formularios involucrados en el proceso: Parecía todo en orden.
Espero también, encuentren en él, algún valor que endulce vuestra lectura.
La hacienda
I
Como mudos testigos de la bonanza económica de aquel pueblo, quedaban grandes galpones donde se procesaba la lana de oveja que en otros tiempos alcanzaba para dar empleo, incluso, a trabajadores de pueblos y ciudades distantes. Pero esos fueron otros tiempos. Con el advenimiento de la industria textil y la utilización de telas sintética, muchas cosas estaban cambiando en el mundo rural, y claro, aquel pequeño pueblo no era la excepción. Como era de esperar la oficina de correo, así como la del alcalde, estaban desiertas. Sólo algunas casas aún estaban habitadas, pero distante una de otra, como si sintieran vergüenza de su lamentable abandono. La avenida central que cruzaba el pueblo era ancha, empalmando en cada uno de sus extremos con un camino rural en dirección norte-sur. La activad comercial próxima a la avenida era escasa, quedando reducida a un hotel y unos pocos almacenes donde se podía conseguir algunos víveres.
El tren cumpliría un itinerario del cual no pude ser completamente notificado al momento de adquirir el pasaje. Me armé de ánimo y acepté el contratiempo, que sí bien no afectaba mí partida del pueblo, agregaba incertidumbre sobre la hora de arribo del tren a la estación. La persona que extendió el pasaje me tranquilizó, al asegurar que avisaría por teléfono, para que el tren realizara la detención en el pueblo el día de mañana. Salí de la oficina de venta que estaba ubicada casi al extremo norte del pueblo y encaminé mis pasos hacia el hotel. En todo el trayecto no me crucé con más de cinco personas; lo atribuía al frío reinante y la promesa de lluvia para ese día, que se manifestaba en gotas aisladas proveniente de las nubes obscuras que pasaban sobre nuestras cabezas. El frío para mí era completamente tolerable, incluso disfrutaba su efecto. Mientras caminaba, chequeaba en mí cabeza el procedimiento realizado el día anterior, con la notificación de remate que se llevaría efecto sobre una de las últimas haciendas ovejeras; revisé mentalmente todo el procedimiento y los formularios involucrados en el proceso: Parecía todo en orden.
II
-Buenos días, señorita ¿El señor Brown se encontrará?- Pregunté de la manera más cordial posible, suponiendo la molestia que aquella visita les podría ocasionar.
–Adelante, mí padre lo está esperando en el despacho- Respondió de manera educada pero carente de familiaridad –Tenga cuidado con el desnivel en la vereda- Me advirtió.
Ingresé a una casa hermosa, llena de historia, con tonos pasteles en sus muros y delicados cortinajes que permitía ver la silueta de un paisaje maravilloso que se perdía a lo lejos entre cordilleras y quebradas. El amoblado era de finísimas terminaciones; mullidos sillones acompañados de mesitas de centro y esquineras. Todo esto entregaba al conjunto un aire de refinado buen gusto y equilibrio, carente de todo exceso.
-Mí padre lo recibirá enseguida, señor…- Me quedó mirando a la espera que le digiera mí nombre, el cual no recordaba o simplemente quiso jugar un papel de ingenua indiferencia.
–Vicuña, David Vicuña- Respondí con una mirada de cordialidad.
-¿Gusta beber algo, señor Vicuña?
-Un café disfrutaría mucho, con todo este frío de la mañana. Gracias.
-Haré que lo traigan de inmediato. Ahora, si usted me disculpa, tengo cosas que atender.
-Por favor, señorita, adelante.
Quede solo en el recibidor y con algún tiempo para observar desde mí puesto algunos detalles que llamaban mí atención. En una de las murallas y perfectamente enmarcadas, habían algunas fotografías que supongo eran de varios años atrás. En una de ellas estaba el señor Brown junto a un grupo de trabajadores en las bodegas de la hacienda. En otra se podía apreciar una domadura de caballos, con mucha gente participando. Otra de carácter familiar, donde se podía apreciar al señor y señora Brown y a sus tres hijos durante su infancia -Ahí está el rostro infantil de la hija del señor Brown- Me dije con sorpresa ante el descubrimiento ¿Qué edad tendría en aquella foto? ¿Trece? ¿Quince? No lo sabía, pero la hermosura de aquella niña, aún brillaba en los ojos de la ahora mujer. Mí concentración fue interrumpida de súbito por el ingreso al recibidor de una mujer trayendo el café, lo dejó sobre una mesita, no dijo palabra alguna y sólo me dirigió una sonrisa de amabilidad y se marchó –gracias, muy amable- contesté a la sonrisa y me dispuse a saborear el café.
III
Al llegar a la entrada del hotel, comenzaron a ser más intensas las gotas de lluvia prometidas por las nubes, que viajando de lejos y sólo aquí, cansadas de mantener su precario equilibrio y vencidas por el viento, se soltaban dejándose caer. Primero algunas pocas, para luego ser seguidas por otras hasta cubrir el paisaje como si de una suave tela se tratase. Quedé mirando entre las gotas, como se iba transformado el paisaje y sus colores por la densidad de la lluvia. Entendí o al menos intuí, una razón por la cual algunos pocos habitantes no querían y se rehusaban abandonar este pueblo. Extrañamente, ante la ausencia de toda alma en la avenida y como una suerte de comunión, sentí que todos mirábamos el mismo paisaje. Respiré profundo e ingrese a las dependencias del hotel donde esperaba mí almuerzo, el cual solicité, fuera servido en mi recamar y no en el comedor. Tenía la esperanza de seguir disfrutando de un paisaje que de a poco, se iba transformando en una pantalla donde mis alegrías podían ser proyectadas, sin el temor que estas no regresaran.
-Buenas tardes, señor Vicuña- saludó la mujer que estaba a cargo del ingreso y registro de los esporádicos pasajeros –Buenas tardes- respondí cordialmente.
-¿Han subido el almuerzo que solicité esta mañana?- consulté a la mujer. Esta, mirando un cuadernillo de notas responde: -No, esperábamos su llegada. Lo haré subir inmediatamente-
–Gracias, muy amable- Encaminando luego mis pasos hacia las escaleras que me llevarían hasta la habitación, dejándome acompañar por el sonido monótono de la lluvia a veces interrumpido por un trueno a la distancia.
-¿Desea que le suba una manta adicional para esta noche?-
–No, está bien así. Gracias-
Una vez que estuve en el cuarto, me dirigí a la ventana para observar el paisaje que en nada había cambiado, excepto, por la cantidad de agua que corría por la avenida. Por encima de los techo se alcanzaba a apreciar la marcha de las nubes, las cuales, como tropilla de ovejas, avanzaban presurosas al mando de los vientos helados que las empujaban en dirección Este. Cómo era posible que encontrara tranquilidad estando en ningún lado, sintiéndome ajeno del mundo de donde vengo y a la vez, en el que estoy; pero sin embargo, este paisaje no inquiría nada sobre mí: Con su silencio simplemente me acogía.
Un joven amable de escasos veinte años, entró trayendo una bandeja con el almuerzo solicitado, la que incluía una botella de buen vino.
-¿Le dejo la bandeja próxima a la ventana, señor?-
–Sí, por favor-
En el momento que el muchacho se retiraba, le entregué una buena propina que recibió con agrado –Gracias, señor- Retirándose feliz.
-Buenas tardes, señor Vicuña- saludó la mujer que estaba a cargo del ingreso y registro de los esporádicos pasajeros –Buenas tardes- respondí cordialmente.
-¿Han subido el almuerzo que solicité esta mañana?- consulté a la mujer. Esta, mirando un cuadernillo de notas responde: -No, esperábamos su llegada. Lo haré subir inmediatamente-
–Gracias, muy amable- Encaminando luego mis pasos hacia las escaleras que me llevarían hasta la habitación, dejándome acompañar por el sonido monótono de la lluvia a veces interrumpido por un trueno a la distancia.
-¿Desea que le suba una manta adicional para esta noche?-
–No, está bien así. Gracias-
Una vez que estuve en el cuarto, me dirigí a la ventana para observar el paisaje que en nada había cambiado, excepto, por la cantidad de agua que corría por la avenida. Por encima de los techo se alcanzaba a apreciar la marcha de las nubes, las cuales, como tropilla de ovejas, avanzaban presurosas al mando de los vientos helados que las empujaban en dirección Este. Cómo era posible que encontrara tranquilidad estando en ningún lado, sintiéndome ajeno del mundo de donde vengo y a la vez, en el que estoy; pero sin embargo, este paisaje no inquiría nada sobre mí: Con su silencio simplemente me acogía.
Un joven amable de escasos veinte años, entró trayendo una bandeja con el almuerzo solicitado, la que incluía una botella de buen vino.
-¿Le dejo la bandeja próxima a la ventana, señor?-
–Sí, por favor-
En el momento que el muchacho se retiraba, le entregué una buena propina que recibió con agrado –Gracias, señor- Retirándose feliz.
IV
-Buenos días, señor Vicuña. Le ofrezco mis disculpas por la demora- Saludó el señor Brown, al tiempo que cruzaba el dintel de la sala donde me encontraba.
–Buenos días, señor Brown, gusto de verle nuevamente- contesté con genuino aprecio.
El señor Brown, era un hombre de estatura más bien alta, calvo, delgado y cercano a los setenta años. Se alegraba de poseer una salud de roble, que según él, se lo debía al agua y el frío de la zona. Él había llegado a la edad de tres años junto a sus padres. Con el esfuerzo y trabajo de toda la familia habían logrado levantar una de las haciendas más productivas de la región, ayudando al desarrollo de la industria de un país que les abrió sus puertas hace muchos años. Se casó con una mujer cuya familia era natural de la región y contaban con varias hectáreas de suelo, lamentablemente había fallecido hace siete años, victima de una peste adquirida en uno de sus muchos viajes a Centroamérica. Con los años, sus dos hijos se habían radicado en Europa junto a sus esposas y sólo él y su hija habitaban la casa mayor de la hacienda.
-Perdí de vista una fotografía aérea de la hacienda la cual realizamos hace más de veinte años –Comenzó diciendo- Exaspera sentir extraviada alguna cosa justo en el momento de necesitarla. En ella, estimado David, se aprecia parte importante del terreno. La casa se distingue sólo por la forma de su techo y aunque no se aprecian personas desde la altura, sé que aquel día toda la familia estaba afuera saludándome hacia el avión. Ahora que estoy ordenando algunas cosas y eliminando otras, espero encontrarla para hacerle llegar una copia. Es esa también la razón de mí demora.
-Estaría muy agradecido de recibir una copia- Le contesté entusiasmado.
-Nada que agradecer, David, yo soy el que está en deuda con usted ¿Recuerda la oportunidad que le escribí comunicándole el existo en la adquisición de un fundo al sur del pueblo?
-Sí, claro. Lo recuerdo muy bien, inclusive aún guardo aquella carta. Me provocó alegría saber el éxito de la compra.
-Pues bien, aquella decisión también quedo fundamentada por una reflexión que le manifesté en su visita anterior -Y prosiguió mirándome fijamente- Antes de aquella charla persistía en mí aquella visión utilitaria de las cosas. Para explicarle mejor: Sólo experimentaba la relación entre la empresa y los hombres y todo lo que ello involucraba sin considerar el suelo, lo natural, el escenario. La noche que charlamos este tema y su insistencia de realizar una caminata nocturna, pude encontrar una respuesta a ello sin que por eso sea tomada como una excusa. Prácticamente nacer aquí no me permitió experimentar el placer del descubrimiento: El paisaje me descubrió, no yo a él. Luego todo el asunto del cierre de la industria, la muerte de mí esposa y la posibilidad de volver al suelo de mis antepasados… ¿Comprende?
-No podría ser de otra forma –Proseguí- Como bien lo manifestó en su carta: “Ahora es cuando me siento un poco paisaje” aquella frase suya nos daba la razón a ambos. A usted por el hecho de caer en cuenta del arraigo que mantiene con todo esto y por mí lado, la urgencia de descubrir cuales son mis nexos con el entorno.
-Y usted, amigo mío ¿cuáles son aquellos?- Me interrogó de manera afectiva.
El paso de un tren a la distancia y su sonido arrastrado por el viento, sólo hizo que profundizara aún más en la respuesta que intentaba hilvanar.
-La verdad aún no lo sé. Está claro que no es el la ciudad donde quisiera arraigarme. Me provoca molestia el abuso en la medición del tiempo. Pareciera que la única forma de ver el cambio de las estaciones, por ejemplo, es a través de las liquidaciones en los escaparates de las tiendas. Ironicé.
Los dos sonreímos de buena gana y con ello nos pusimos a trabajar con buen ánimo. La mañana trascurría tranquila y aún nos aguardaba varias horas de trabajo.
–Buenos días, señor Brown, gusto de verle nuevamente- contesté con genuino aprecio.
El señor Brown, era un hombre de estatura más bien alta, calvo, delgado y cercano a los setenta años. Se alegraba de poseer una salud de roble, que según él, se lo debía al agua y el frío de la zona. Él había llegado a la edad de tres años junto a sus padres. Con el esfuerzo y trabajo de toda la familia habían logrado levantar una de las haciendas más productivas de la región, ayudando al desarrollo de la industria de un país que les abrió sus puertas hace muchos años. Se casó con una mujer cuya familia era natural de la región y contaban con varias hectáreas de suelo, lamentablemente había fallecido hace siete años, victima de una peste adquirida en uno de sus muchos viajes a Centroamérica. Con los años, sus dos hijos se habían radicado en Europa junto a sus esposas y sólo él y su hija habitaban la casa mayor de la hacienda.
-Perdí de vista una fotografía aérea de la hacienda la cual realizamos hace más de veinte años –Comenzó diciendo- Exaspera sentir extraviada alguna cosa justo en el momento de necesitarla. En ella, estimado David, se aprecia parte importante del terreno. La casa se distingue sólo por la forma de su techo y aunque no se aprecian personas desde la altura, sé que aquel día toda la familia estaba afuera saludándome hacia el avión. Ahora que estoy ordenando algunas cosas y eliminando otras, espero encontrarla para hacerle llegar una copia. Es esa también la razón de mí demora.
-Estaría muy agradecido de recibir una copia- Le contesté entusiasmado.
-Nada que agradecer, David, yo soy el que está en deuda con usted ¿Recuerda la oportunidad que le escribí comunicándole el existo en la adquisición de un fundo al sur del pueblo?
-Sí, claro. Lo recuerdo muy bien, inclusive aún guardo aquella carta. Me provocó alegría saber el éxito de la compra.
-Pues bien, aquella decisión también quedo fundamentada por una reflexión que le manifesté en su visita anterior -Y prosiguió mirándome fijamente- Antes de aquella charla persistía en mí aquella visión utilitaria de las cosas. Para explicarle mejor: Sólo experimentaba la relación entre la empresa y los hombres y todo lo que ello involucraba sin considerar el suelo, lo natural, el escenario. La noche que charlamos este tema y su insistencia de realizar una caminata nocturna, pude encontrar una respuesta a ello sin que por eso sea tomada como una excusa. Prácticamente nacer aquí no me permitió experimentar el placer del descubrimiento: El paisaje me descubrió, no yo a él. Luego todo el asunto del cierre de la industria, la muerte de mí esposa y la posibilidad de volver al suelo de mis antepasados… ¿Comprende?
-No podría ser de otra forma –Proseguí- Como bien lo manifestó en su carta: “Ahora es cuando me siento un poco paisaje” aquella frase suya nos daba la razón a ambos. A usted por el hecho de caer en cuenta del arraigo que mantiene con todo esto y por mí lado, la urgencia de descubrir cuales son mis nexos con el entorno.
-Y usted, amigo mío ¿cuáles son aquellos?- Me interrogó de manera afectiva.
El paso de un tren a la distancia y su sonido arrastrado por el viento, sólo hizo que profundizara aún más en la respuesta que intentaba hilvanar.
-La verdad aún no lo sé. Está claro que no es el la ciudad donde quisiera arraigarme. Me provoca molestia el abuso en la medición del tiempo. Pareciera que la única forma de ver el cambio de las estaciones, por ejemplo, es a través de las liquidaciones en los escaparates de las tiendas. Ironicé.
Los dos sonreímos de buena gana y con ello nos pusimos a trabajar con buen ánimo. La mañana trascurría tranquila y aún nos aguardaba varias horas de trabajo.
V
Escancié vino en la copa y los aromas pronto liberados de su encierro de vidrio, llegaron a mí como saludando su anhelada libertad. El vino en cuestión se trataba de un cepaje carménère de una cosecha del año anterior. En general, si hablamos de un carménère bien tratado, descubrimos un vino de sabor delicado, de color rubí intenso, con exquisitos toques de frutos secos y chocolate. Una buena opción para el menú que elegí, el cual estaba conformado por una carne blanca acompañada de papas suflé y guarnición de verduras.
La lluvia que por momento se volvía intensa, acompañaban mis cavilaciones sobre la pregunta formulada el día anterior por el señor Brown. Él quizá intuía lo que generaba en mí su pregunta; recuerdo la oportunidad cuando realizábamos el paseo nocturno y manifesté la posibilidad de dejar todo a cambio de algo que exigiera el mejor esfuerzo para poner en marcha otro estilo de vida también sustentable, y no sólo con la actitud impersonal que impone un trabajo, carente la mayoría de las veces, de toda conexión con otros individuos, si no es a través de la acción mecánica y repetitiva de un procedimiento. Era claro que el conflicto nacía en la naturaleza de mí alma adormecida por la inserción de ésta en un entorno saturado de “tecnologías”, el cual me generaba una permanente sensación de necesidad o carencia. El punto era si estaba dispuesto a dejar todas aquellas cosas que manifestaba como adversas para mí naturaleza, o más bien haría lo de siempre: Reconocer en ello un burdo sentimentalismo alimentado por una cierta inclinación a la literatura historiográfica, que me hacía viajar a otros tiempos y lugares en busca del sentido romántico del descubrimiento. O quizá esta vez haría lo que siempre soñé ¿O a caso no se puede vivir de los sueños? ¿Se puede? Esta pregunta hoy en día es un ‘cliché’ y su formulación cruza de manera transversal a la ideología, la religión, psicología, e imagino también al arte. En lo personal, siempre he sentido una especie de fascinación por este tipo de cuestionamiento, que da la impresión de volverse capital en la vida del ser humano.
Ya había transcurrido el almuerzo y me encontraba disfrutando de una segunda copa de vino frente al paisaje que me obsequiaba el ventanal, cuando sonó el intercomunicador de mí habitación: Era desde la recepción del hotel. Una mujer solicitaba mí presencia la cual venía de parte del señor Brown. Bajé de inmediato.
-Espero no importunarlo, señor Vicuña- Se trataba de la hija del señor Brown, que con una hermosa palidez en su rostro, parecía que toda la luz del área de recepción viajaba hasta su rostro.
-Descuide, señorita ¿Qué puedo hacer por usted?
- Mí padre, en el día de ayer, después que usted se retirara, prosiguió con el orden que realizaba en sus papeles y finalmente dio con una copia que le había prometido a usted de una fotografía- Y extendiendo un sobre, me hace entrega de la fotografía.
Mientras abría el sobre, prosiguió diciendo:
-Encarecidamente me solicitó que se la hiciera llegar, señor Vicuña
-No por favor, llámeme por mí nombre: David- Mientras mí mirada viajaba entre la fotografía y el rostro de la inesperada visita.
-Es realmente una fotografía hermosa, señorita Brown-
-Por favor, llámeme Madeleine- Me dijo con una sonrisa.
-Es el regalo más hermoso que he recibido y viniendo de su padre, Madeleine, lo hace invaluable. Me llevo un hermoso recuerdo de todo esto- Le dije con sincera emoción.
-Gracias a usted, David, por apoyar a mí padre en todo momento con su trabajo.
Nos quedamos mirando unos segundos, como recordando a través de nuestras pupilas todo el tiempo resumido en aquel lapso de brevedad.
-¿Volveremos a verlo en la hacienda, David?- Preguntó de manera espontánea. Luego un tanto nerviosa prosiguió -¿O está todo en orden ya?
-Tengo que entregar el resultado de la notificación y luego redactar algunas formas para el archivo. De ser necesario que vuelva, esto lo sabría dentro de la próxima semana- Le respondí aún sabiendo, con toda seguridad, que no sería necesario volver.
-Espero que todo salga bien y que no sea necesario para usted, volver hacer el viaje desde tan lejos
-Créame, Madeleine, es un gusto estar aquí. Si debo volver les avisaré por teléfono dentro de la próxima semana
Se quedó por un momento mirándome con sus ojos claros. No me había percatado de su hermosa cabellera y de su delicado cuello. Con su cabeza levemente inclinada y su voz limpia, dijo:
-Espero que tenga buen viaje y llegue sin contratiempo, David- Al tiempo que me extendía su delicada mano.
-Gracias, Madeleine. Salude a su padre de mí parte.
Giró sobre sus pies y se marchó. Me quedé hasta que traspasó la puerta de salida y un momento más, hasta escuchar el encendido del motor del vehículo que la trajo hasta el hotel.
VI
Una vez de regreso en mí habitación, dejé en la cama el sobre conteniendo la fotografía y dispuse el ánimo para disfrutar de una tarde de lectura, la cual llevaba pospuesta demasiado tiempo. En esta oportunidad traje conmigo a Virgilio; en más de una oportunidad lo quedé mirando antes de salir y siempre se le adelantaba otro, pero esta vez fue distinto: Antes de partir, fui directamente a él. Se trata de una edición que contiene una selección de églogas tituladas Bucólicas. Por diversas razones nunca las había leído, excepto, una en particular titulada “Palemón” la cual trata de una contienda entre dos pastores para establecer la superioridad en el canto. Palemón actúa de juez y escucha el canto de los contendores para luego decidir. El asunto que al final de aquella égloga, la cual termina empatada, Palemón pronuncia una frase dirigida a los dos pastores, les dice: “Muchachos, cerrad ya los canales; bastante han bebido los prados” Aquellas líneas me quedaron dando vueltas por mucho tiempo, hasta que en una oportunidad, las dejé asociadas al efecto que se siente cuando se ha prolongado demasiado un tema sin poder llegar a una conclusión definitiva. Creo que ésta vez había llegado la oportunidad de saldar mí deuda con aquel libro.
A la mañana siguiente desperté temprano y de buen ánimo, el retorno a la ciudad tenía algo de agradable. Una vez que dejé todo en orden en la habitación, bajé con mí equipaje para desayunar y disponerme a partir. La mañana se presentaba helada y sin lluvia; el sol se asomaba por entre las nubes regalando tibieza a una tierra acostumbrada al frío.
-Buenos días, señor Vicuña.
-Buenos días. Por favor, téngame todo listo mientras desayuno- Le solicité a la recepcionista.
-Descuide, tenemos todo listo. Su cuenta está esperando en el mesón de ingreso.
-Gracias-
Tomé el desayuno tranquilo, recordando que la oficina de ventas de pasaje avisaría para que el tren realizara una parada en esta estación.
Al abandonar el hotel y encaminar mis pasos hacia la estación, volvió a brotar libre y espontánea esa sensación de no querer dejar aquello. No quise profundizar en alguna razón, ni menos, racionalizar aquel estado, por lo que me dediqué a pensar en el viaje de vuelta y las cosas que me esperaban en la oficina. Pero algo había cambiado, ahora era distinto, por primera vez sentía que este viaje era una partida y no un retorno. Me provocó alegría sentirlo así.
Al llegar a la estación, caminé por el andén hasta ubicarme en la parte central de la estructura. Se podía apreciar el paso del tiempo y la cantidad de pasajeros para la que fue diseñada. Todo formaba parte de un pasado, un historia; que por lo visto, el pueblo recordaba con orgullo y lo mostraba a todo aquel que viniera por estos lados.
Luego de un tiempo, el cual se había prolongado demasiado, y al sentir que el cuerpo se entumecía, decidí caminar algunos pasos por el andén para animar la temperatura. En ese momento apareció la figura de un tren a la distancia. Me alegré con la visión y con el ruido que traía el viento. Se acercaba de prisa con aquel sonido característico de las ruedas de fierro sobre los rieles, entonces, un sentimiento de angustia me invadió: ¿Y si lo dejo pasar? No, que tontera, es hora de volver ¿A dónde…? La mirada de Madeleine volvió de golpe desde mí memoria acompañada del sonido agradable de su voz: “¿Volveremos a verlo en la hacienda, David?”
El tren se detuvo con su ruido pesado característico que tanto me agrada. Tomé el equipaje y me dispuse a abordar el tren. Nadie bajó de la larga fila de carros. Me di cuenta que la mayoría eran carros cerrados de carga, sólo unos pocos estaban dispuestos para acomodar un número determinado de pasajeros. Con esfuerzo alcé mí cuerpo a los primeros peldaños del vagón que correspondía a la numeración del pasaje y una vez en la entrada, me dispuse a buscar el asiento E33. No creo haber visto a más de nueve pasajeros en el carro, lo cual para mí resultaba agradable tener la oportunidad de viajar con poca gente. Fácilmente encontré la ubicación y me dispuse a enfrentar las horas de viaje que me aguardaban antes del próximo trasbordo. Estaba acomodando el cuerpo al asiento, cuando el tren comenzó a mover su pesada estructura por los rieles. Mientras el tren comenzaba a ganar velocidad y el paisaje adquiría esa movilidad aparente tan ensoñadora que provoca un largo viaje, acudió a mí una tranquilidad nunca antes experimentada, una paz como de aquella que solo entrega un buen libro o una buena pintura. No quise siquiera preguntar por su naturaleza, el temor de perder aquella sensación me hizo no querer pensar, sólo dejarme llevar por su presencia.
El tren había ganado su velocidad de servicio y mi imaginación estaba con el movimiento, los aromas, el ruido, la luz. Al mirar por la ventana, pude ver la otrora gran hacienda ganadera. Intenté fijar la mirada en la casona que ya se advertía a la salida de una curva extensa: Ahí estaba. Se podía apreciar a lo lejos su gran tamaño; con la imagen cortada por el paso de árboles y arbustos, pude divisar su fachada. Quedé mirando hacia la entrada y pensando en la llamada telefónica que haría a la hacienda a mí llegada.
Fin
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