lunes, octubre 01, 2012
Ensayo para una huida
…Inclusive le era difícil llevarse una
cucharada de caldo hasta su boca: una mujer atenta le asistía. Por momentos su
mirada salía disparada de aquel cuarto y se paseaba sobre los tejados vecinos.
Se trepaba en algún gancho de un perfumado abeto y desde allí imaginaba su
partida (o mejor dicho, su huida) Sentía
la tibieza de la cuchara en su boca y volvía al plato de comida.
lunes, septiembre 10, 2012
El sueño de la llama.
La llama de la vela danza, se mece; arraigada firme a su pábilo que la protege. Anhela soltarse un día de su carbonizado celador; de subir alto donde otras, por las noches, también titilan y se mecen.
jueves, agosto 16, 2012
David, Margot, Puerto Montt (II)
Al día siguiente, Andrea se hizo acompañar de Margot; se sentía particularmente débil y prefirió quedarse en casa suspendiendo la visita que tenía programada a una amiga para ese día. Durante todo la mañana se dedicó a ordenar los insumos que se necesitaban para las clases que allí impartían, anotando todo aquello que hiciera falta. Margot la observaba desde su ubicación, cuidando de no encontrarse con la mirada de ella; el lance de la noche anterior, si bien es cierto no había dañado la confianza entre ambas, propició un silencio que se hubiese prolongado de manera fácil el resto del día de no ser por la premura que tenía Margot de comunicarle a Andrea sus planes.
-He estado pensando, Andrea –Intentando con esta formula captar la atención de su prima. –Y creo que realizaré el viaje a Europa primero y a la vuelta veré el tema de la exposición.
Su interlocutora dejó por un momento lo que estaba haciendo y un poco desanimada y con evidente desgano le quedó mirando. No era que la idea de Margot la sorprendiera, muchas veces expusieron esa misma posibilidad. El punto que cansaba a Andrea, era esa detestable costumbre de dilatar los asuntos en el tiempo.
-¿Finalmente viajaras? –Le respondió
-Creo que sí.
-¿Y qué pasará con David…? –Inquirió Andrea.
-No lo sé la verdad; siento como si todo esto ya no estuviese en mis manos.
Por primera vez se quedaron mirando y pareciera que todos los intentos de decir o hacer, fueron reducidos a una simple mirada.
-Saldré a caminar el resto de la mañana. –Dijo Margot, rompiendo el silencio instalado.
-Hacia dónde irás.
-Caminaré por la costanera en dirección a la estación. –Respondió mientras giraba su cuerpo sobre sus pies, abandonando el taller de clases.
Una vez fuera de casa, dirigió sus pasos hacia la costanera para disfrutar de la brisa marina que se levantaba en los rompe olas que allí había. Muchas veces estuvo en ese lugar junto a David, inclusive fue allí donde se vieron por primera vez ¿hace cuánto desde aquella oportunidad? Toda una vida según sus palabras.
Cuál es el secreto del primer amor; por qué su presencia no nos abandona el resto de nuestras vidas; por qué señorea sobre nuestras emociones, causando muchas veces ese desasosiego que nos altera el sueño; que baña con suave sudor nuestras manos, o nos hace tocar el delirio cuando nos reúne.
Sus pasos era lentos sobre la húmeda costanera; su mirada salía disparada hacia un horizonte en donde el cielo y el mar se hermanaban casi como un encuentro por ambos anhelado. Pensaba en las palabras de su prima la noche anterior; sintió una secreta vergüenza al percatarse que Andrea siempre supo del encuentro de ella con David aquella noche de navidad, y sin embargo supo entender. Sentía como un refugio la amistad inquebrantable de su prima y por ello le guardaba una secreta admiración. No quería seguir en esa situación; muchas veces en su habitación sentía como si toda su vida se hubiese fragmentado en trozos que ahora le era imposible reunir.
A medida que su caminata fue sumando pasos y el tiempo pareciera que suavizaba su inexorable marcha, las nubes de su mala disposición fueron abriendo de a poco el paso a la claridad de sus recuerdos y en ellos se quiso extraviar…
En cuanto ocupó su lugar en el compartimiento, recibió a través de la ventanilla la sonrisa que le entregaba David; fue casi como una respuesta refleja en él a la sonrisa instalada en el rostro de ella; le vio dar media vuelta, para luego perderse entre la gente que a esa hora repletaba el área de embarque. “La escena de una película mediocre” pensó ante la incomodidad que le provocaba aquel momento. Con el ánimo contrariado, comenzó a jugar con el reflejo de su rostro en la ventanilla, acomodando su cabello que rozaba un lado de su rostro. Sintió algo parecido al pudor, al imaginar que ese reflejo, sin poder ella evitarlo, escrutaba en sus gestos y mirada, el verdadero dolor que aquella despedida le generaba.
Con el típico empujón que se siente al romper la inercia del reposo, el tren lentamente se puso en movimiento, abandonando de manera pesada la estación; Margot miró la hora en su reloj, eran las siete pasado treinta y dos de la mañana. Nuevamente se acomodó en su asiento con una extraña sensación de abandono; por un largo momento dejó la mirada en los objetos y personas que quedaban como estáticos mientras el tren ganaba velocidad, sintiendo ese amable traqueteo que tanto le gustaba. Esto la puso de mejor ánimo, y le dio oportunidad de pensar en el desayuno. Se levantó de su asiento abandonando el compartimiento y se dirigió hasta el comedor; lo hacía por una razón práctica: el área de comedor, a esa hora, estaba casi en su totalidad disponible; lo cual mejoraba de manera significativa la atención. Se alegró al constatar que esta vez tampoco fallaba su cálculo; tomó ubicación en su lado preferido y se dispuso a disfrutar del desayuno.
Una vez que estuvo devuelta en su asiento, extrajo de su bolso un libro que había seleccionado para ese viaje, sin embargo, unas páginas más allá se encontraba extraviada en los últimos rincones de su conciencia. Sabía de manera categórica que no estaba prestando atención al libro; continuaba recorriendo las líneas, avanzando de manera mecánica por las páginas, sin lograr que aquellas la rescataran. Esto le daba la sensación de quedar dividida en dos seres distintos: uno de esto sostenía la realidad inmediata, mientras el otro, se dejaba caer sin control por esos abismos que por momentos le resultaran aspérrimo a su frágil corazón. Poco podía hacer ante el vértigo que le provocaba las imágenes que se sucedían una tras otra; la más recurrente, la que siempre estaba presente, era la de una muchacha arriba de un árbol coloreando un cuaderno; se quedó más de lo habitual en esa imagen, e insistió en seguir viajando a través de aquella sensación: la muchacha levantó la mirada en dirección a un grupo de personas que estaban reunidas bajo un abeto; pudo distinguir entre todos a una mujer que resultaba ser ella; luego, desde esta nueva figura, miraba hacia el árbol y podía distinguir a aquella niña coloreando un cuaderno de dibujo; esta visión le generaba gran dolor a la mujer, una suerte de envidia hacia la pequeña, que despreocupada de todo y absorta en los colores, viajaba. Volvía a ser aquella muchacha y sentía pena y miedo de la mujer que le miraba…
Las personas que a esa hora pasaban por la costanera junto a Margot, muchas de ellas con evidente apuro, dejaban en ella un rastro de colores y formas que sin duda ocuparía en sus creaciones plásticas; eso la hizo sentir mejor al reconocer la inspiración que se asomaba con timidez en ella. Había logrado tranquilizar su espíritu y sin tener la seguridad de una determinación, ya intuía la ruta que debía seguir. Aceleró sus pasos con la clara idea de disfrutar de un café en un local no distante de allí; era un local pequeño pero con una vista increíble al que acostumbraba visitar en sus días de universidad junto a otros estudiantes.
Tomó asiento en su lugar favorito y fue atendida de manera cordial por el dueño al que conocía desde siempre.
-Qué sorpresa que vengas por estos lados, Margot. –Saludó
-Siempre con ganas de venir, pero ya sabes lo que es tratar de hacer un poco de tiempo para saludar a los amigos. –Contestó ella con su rostro feliz por el encuentro.
-Ya lo creo. Tu taller demanda casi todo el tiempo del que dispones.
-Y no te equivocas, Carlos; hace más de ocho meses que planeo vacaciones y aún no logro ordenar las cosas.
-Pero dime, qué te preparo para esta mañana fría.
-Lo de siempre, pero esta vez con un poco de canela sobre la espuma.
-Descuida, personalmente lo prepararé para ti. Me alegra que hayas venido.
-Gracias, también me alegro de estar aquí.
Luego de tomar el pedio se disponía a marchar, cuando fue interrumpido por la voz de su amiga.
-¿Tienes un lápiz que me facilites, Carlos?
Este, deteniendo la marcha y volviéndose hacia ella, tomó uno desde el bolsillo de su chaqueta y con una sonrisa se lo entregó.
Extrajo de su bolso un pequeño cuaderno donde realizaba bosquejos y anotaciones, y apurando el paso de las hojas escribió como encabezado en una de ellas “Europa” Levantando la mirada hacia la costanera por la cual había llegado, y dejándose arrastrar por el movimiento del mar, comenzó a planificar su partida. Anotó a manera de lista, algunos puntos que le parecieron importantes.
Y así fue trascurriendo la mañana: a su primer café le siguió otro; de la lista para el viaje le continuó un boceto de una mujer; disfrutaba de la vista que tenía desde su ubicación; luego retomaba sus ideas para el viaje. Carlos, su amigo, le miraba con alegría desde el mesón; hacía mucho que no veía a Margot concentrada y contenta con algo.
Aquella mañana entraba a la estación de Temuco el tren proveniente de Santiago; de manera pesada se movía los últimos metros hasta detenerse por completo. David se encontraba despierto y de buen ánimo; con un apetito voraz, como si no hubiese comido en días. Luego de la entrada, el tren se dispuso a una detención de veinte minutos antes de continuar su itinerario a Puerto Montt; tiempo suficiente para bajar a desentumecer las piernas en una breve caminata y volver a tiempo a desayunar. Al descender del tren formó parte de esa gran masa de gente que se reunía allí por motivos diferentes. Era una especie de marea humana donde el desorden era total, pero sin embargo un orden superior coordinaba el movimiento de todos en ese lugar. Los aromas que traía el viento cambiaban a cada paso que se daba; pan recién horneado; aromas de té y canela; frituras que volvían agua la boca; voces promoviendo sus productos; niños ofreciendo emparedados de jamón y queso fundido; más allá un señora sentada en sus piernas gritando sus yerbas medicinales, impregnando aromas de vegetación; un perro ladraba a las palomas estirando lo más que podía su pescuezo, las que atemorizadas se refugiaban en lo alto de la bóveda que les prodigaba la estación. Miró hacia adelante apreciando una cortina de neblina que sobre esas tierras se arrastraba, distinguiendo apenas las formas y colores del paisaje. Conocía muy bien todas esas cosas, las había visto muchas veces desde pequeño, se podría decir que no necesitaba mirar para saber que estas estaban allí. Un deseo de salir corriendo y perderse en ese paisaje que lo consideraba protector, fue su primer impulso. Añoraba dejarlo todo; correr hasta las cordilleras; vivir como un ser natural más; olvidar sus ropas y posesiones y simplemente ser paisaje; remontar un río hasta su nacimiento; descansar a los pies de un glaciar escuchando en silencio el crujido de los hielos…
-¿Ves este paisaje, Margot? En nada ha cambiado desde que subí por primera vez junto a mi padre. –Explicaba excitado y con la respiración entrecortada por el esfuerzo de la ascensión.
Unos pasos más atrás subía su compañera de excursión agotada al igual que David. Al llegar a la cima, Margot solo pudo abrazarlo y exclamar con alegría “lo logramos”
-Qué hermoso es todo esto; estoy en el cielo. –Hablaba mientras miraba en torno suyo.
Se abrazaron en un silencio que los acogía; un viento frío cubrió sus cuerpos llevando su rumor hasta sus oídos; luego de un extenso momento, y antes de comenzar el descenso, David la tomó entre sus brazos y la besó.
-Te quiero. –Le susurró Margot a David.
-Entonces te gané. –Contestó él con una sonrisa.
-¿Por qué?
-Porque yo te amo. –Respondió.
Ella lo quedó mirando en ese abrazo que aun perduraba; el Tiempo se detuvo a contemplar la escena: sí, ella también lo amaba.
-¿Quieres aprender a descender sin esquíes? -Le propuso a su compañera con mirada de emoción.
-Bueno, dime qué hago. –contestó ella con determinación.
-Apoya todo tu cuerpo sobre los talones; así –Le mostraba a Margot- luego, con el bastón controlas tu velocidad de descenso y dirección. Bajaremos por esa mancha de nieve, debe tener por lo menos unos trecientos metros de extensión y se ve suave y sin pendiente brusca ¿Qué dices?
-¡Vamos! –Exclamó Margot, llena de emoción por la nueva experiencia
Se lanzaron al unísono como niños ante la aventura, dejando una doble estela abierta en la nieve…
El tren lanzó un primer aviso provocando un sobresalto en David, dio una última mirada y apuró la compra del periódico para abordar lo antes posible el tren.
Continuará...
-He estado pensando, Andrea –Intentando con esta formula captar la atención de su prima. –Y creo que realizaré el viaje a Europa primero y a la vuelta veré el tema de la exposición.
Su interlocutora dejó por un momento lo que estaba haciendo y un poco desanimada y con evidente desgano le quedó mirando. No era que la idea de Margot la sorprendiera, muchas veces expusieron esa misma posibilidad. El punto que cansaba a Andrea, era esa detestable costumbre de dilatar los asuntos en el tiempo.
-¿Finalmente viajaras? –Le respondió
-Creo que sí.
-¿Y qué pasará con David…? –Inquirió Andrea.
-No lo sé la verdad; siento como si todo esto ya no estuviese en mis manos.
Por primera vez se quedaron mirando y pareciera que todos los intentos de decir o hacer, fueron reducidos a una simple mirada.
-Saldré a caminar el resto de la mañana. –Dijo Margot, rompiendo el silencio instalado.
-Hacia dónde irás.
-Caminaré por la costanera en dirección a la estación. –Respondió mientras giraba su cuerpo sobre sus pies, abandonando el taller de clases.
Una vez fuera de casa, dirigió sus pasos hacia la costanera para disfrutar de la brisa marina que se levantaba en los rompe olas que allí había. Muchas veces estuvo en ese lugar junto a David, inclusive fue allí donde se vieron por primera vez ¿hace cuánto desde aquella oportunidad? Toda una vida según sus palabras.
Cuál es el secreto del primer amor; por qué su presencia no nos abandona el resto de nuestras vidas; por qué señorea sobre nuestras emociones, causando muchas veces ese desasosiego que nos altera el sueño; que baña con suave sudor nuestras manos, o nos hace tocar el delirio cuando nos reúne.
Sus pasos era lentos sobre la húmeda costanera; su mirada salía disparada hacia un horizonte en donde el cielo y el mar se hermanaban casi como un encuentro por ambos anhelado. Pensaba en las palabras de su prima la noche anterior; sintió una secreta vergüenza al percatarse que Andrea siempre supo del encuentro de ella con David aquella noche de navidad, y sin embargo supo entender. Sentía como un refugio la amistad inquebrantable de su prima y por ello le guardaba una secreta admiración. No quería seguir en esa situación; muchas veces en su habitación sentía como si toda su vida se hubiese fragmentado en trozos que ahora le era imposible reunir.
A medida que su caminata fue sumando pasos y el tiempo pareciera que suavizaba su inexorable marcha, las nubes de su mala disposición fueron abriendo de a poco el paso a la claridad de sus recuerdos y en ellos se quiso extraviar…
En cuanto ocupó su lugar en el compartimiento, recibió a través de la ventanilla la sonrisa que le entregaba David; fue casi como una respuesta refleja en él a la sonrisa instalada en el rostro de ella; le vio dar media vuelta, para luego perderse entre la gente que a esa hora repletaba el área de embarque. “La escena de una película mediocre” pensó ante la incomodidad que le provocaba aquel momento. Con el ánimo contrariado, comenzó a jugar con el reflejo de su rostro en la ventanilla, acomodando su cabello que rozaba un lado de su rostro. Sintió algo parecido al pudor, al imaginar que ese reflejo, sin poder ella evitarlo, escrutaba en sus gestos y mirada, el verdadero dolor que aquella despedida le generaba.
Con el típico empujón que se siente al romper la inercia del reposo, el tren lentamente se puso en movimiento, abandonando de manera pesada la estación; Margot miró la hora en su reloj, eran las siete pasado treinta y dos de la mañana. Nuevamente se acomodó en su asiento con una extraña sensación de abandono; por un largo momento dejó la mirada en los objetos y personas que quedaban como estáticos mientras el tren ganaba velocidad, sintiendo ese amable traqueteo que tanto le gustaba. Esto la puso de mejor ánimo, y le dio oportunidad de pensar en el desayuno. Se levantó de su asiento abandonando el compartimiento y se dirigió hasta el comedor; lo hacía por una razón práctica: el área de comedor, a esa hora, estaba casi en su totalidad disponible; lo cual mejoraba de manera significativa la atención. Se alegró al constatar que esta vez tampoco fallaba su cálculo; tomó ubicación en su lado preferido y se dispuso a disfrutar del desayuno.
Una vez que estuvo devuelta en su asiento, extrajo de su bolso un libro que había seleccionado para ese viaje, sin embargo, unas páginas más allá se encontraba extraviada en los últimos rincones de su conciencia. Sabía de manera categórica que no estaba prestando atención al libro; continuaba recorriendo las líneas, avanzando de manera mecánica por las páginas, sin lograr que aquellas la rescataran. Esto le daba la sensación de quedar dividida en dos seres distintos: uno de esto sostenía la realidad inmediata, mientras el otro, se dejaba caer sin control por esos abismos que por momentos le resultaran aspérrimo a su frágil corazón. Poco podía hacer ante el vértigo que le provocaba las imágenes que se sucedían una tras otra; la más recurrente, la que siempre estaba presente, era la de una muchacha arriba de un árbol coloreando un cuaderno; se quedó más de lo habitual en esa imagen, e insistió en seguir viajando a través de aquella sensación: la muchacha levantó la mirada en dirección a un grupo de personas que estaban reunidas bajo un abeto; pudo distinguir entre todos a una mujer que resultaba ser ella; luego, desde esta nueva figura, miraba hacia el árbol y podía distinguir a aquella niña coloreando un cuaderno de dibujo; esta visión le generaba gran dolor a la mujer, una suerte de envidia hacia la pequeña, que despreocupada de todo y absorta en los colores, viajaba. Volvía a ser aquella muchacha y sentía pena y miedo de la mujer que le miraba…
Las personas que a esa hora pasaban por la costanera junto a Margot, muchas de ellas con evidente apuro, dejaban en ella un rastro de colores y formas que sin duda ocuparía en sus creaciones plásticas; eso la hizo sentir mejor al reconocer la inspiración que se asomaba con timidez en ella. Había logrado tranquilizar su espíritu y sin tener la seguridad de una determinación, ya intuía la ruta que debía seguir. Aceleró sus pasos con la clara idea de disfrutar de un café en un local no distante de allí; era un local pequeño pero con una vista increíble al que acostumbraba visitar en sus días de universidad junto a otros estudiantes.
Tomó asiento en su lugar favorito y fue atendida de manera cordial por el dueño al que conocía desde siempre.
-Qué sorpresa que vengas por estos lados, Margot. –Saludó
-Siempre con ganas de venir, pero ya sabes lo que es tratar de hacer un poco de tiempo para saludar a los amigos. –Contestó ella con su rostro feliz por el encuentro.
-Ya lo creo. Tu taller demanda casi todo el tiempo del que dispones.
-Y no te equivocas, Carlos; hace más de ocho meses que planeo vacaciones y aún no logro ordenar las cosas.
-Pero dime, qué te preparo para esta mañana fría.
-Lo de siempre, pero esta vez con un poco de canela sobre la espuma.
-Descuida, personalmente lo prepararé para ti. Me alegra que hayas venido.
-Gracias, también me alegro de estar aquí.
Luego de tomar el pedio se disponía a marchar, cuando fue interrumpido por la voz de su amiga.
-¿Tienes un lápiz que me facilites, Carlos?
Este, deteniendo la marcha y volviéndose hacia ella, tomó uno desde el bolsillo de su chaqueta y con una sonrisa se lo entregó.
Extrajo de su bolso un pequeño cuaderno donde realizaba bosquejos y anotaciones, y apurando el paso de las hojas escribió como encabezado en una de ellas “Europa” Levantando la mirada hacia la costanera por la cual había llegado, y dejándose arrastrar por el movimiento del mar, comenzó a planificar su partida. Anotó a manera de lista, algunos puntos que le parecieron importantes.
Y así fue trascurriendo la mañana: a su primer café le siguió otro; de la lista para el viaje le continuó un boceto de una mujer; disfrutaba de la vista que tenía desde su ubicación; luego retomaba sus ideas para el viaje. Carlos, su amigo, le miraba con alegría desde el mesón; hacía mucho que no veía a Margot concentrada y contenta con algo.
Aquella mañana entraba a la estación de Temuco el tren proveniente de Santiago; de manera pesada se movía los últimos metros hasta detenerse por completo. David se encontraba despierto y de buen ánimo; con un apetito voraz, como si no hubiese comido en días. Luego de la entrada, el tren se dispuso a una detención de veinte minutos antes de continuar su itinerario a Puerto Montt; tiempo suficiente para bajar a desentumecer las piernas en una breve caminata y volver a tiempo a desayunar. Al descender del tren formó parte de esa gran masa de gente que se reunía allí por motivos diferentes. Era una especie de marea humana donde el desorden era total, pero sin embargo un orden superior coordinaba el movimiento de todos en ese lugar. Los aromas que traía el viento cambiaban a cada paso que se daba; pan recién horneado; aromas de té y canela; frituras que volvían agua la boca; voces promoviendo sus productos; niños ofreciendo emparedados de jamón y queso fundido; más allá un señora sentada en sus piernas gritando sus yerbas medicinales, impregnando aromas de vegetación; un perro ladraba a las palomas estirando lo más que podía su pescuezo, las que atemorizadas se refugiaban en lo alto de la bóveda que les prodigaba la estación. Miró hacia adelante apreciando una cortina de neblina que sobre esas tierras se arrastraba, distinguiendo apenas las formas y colores del paisaje. Conocía muy bien todas esas cosas, las había visto muchas veces desde pequeño, se podría decir que no necesitaba mirar para saber que estas estaban allí. Un deseo de salir corriendo y perderse en ese paisaje que lo consideraba protector, fue su primer impulso. Añoraba dejarlo todo; correr hasta las cordilleras; vivir como un ser natural más; olvidar sus ropas y posesiones y simplemente ser paisaje; remontar un río hasta su nacimiento; descansar a los pies de un glaciar escuchando en silencio el crujido de los hielos…
-¿Ves este paisaje, Margot? En nada ha cambiado desde que subí por primera vez junto a mi padre. –Explicaba excitado y con la respiración entrecortada por el esfuerzo de la ascensión.
Unos pasos más atrás subía su compañera de excursión agotada al igual que David. Al llegar a la cima, Margot solo pudo abrazarlo y exclamar con alegría “lo logramos”
-Qué hermoso es todo esto; estoy en el cielo. –Hablaba mientras miraba en torno suyo.
Se abrazaron en un silencio que los acogía; un viento frío cubrió sus cuerpos llevando su rumor hasta sus oídos; luego de un extenso momento, y antes de comenzar el descenso, David la tomó entre sus brazos y la besó.
-Te quiero. –Le susurró Margot a David.
-Entonces te gané. –Contestó él con una sonrisa.
-¿Por qué?
-Porque yo te amo. –Respondió.
Ella lo quedó mirando en ese abrazo que aun perduraba; el Tiempo se detuvo a contemplar la escena: sí, ella también lo amaba.
-¿Quieres aprender a descender sin esquíes? -Le propuso a su compañera con mirada de emoción.
-Bueno, dime qué hago. –contestó ella con determinación.
-Apoya todo tu cuerpo sobre los talones; así –Le mostraba a Margot- luego, con el bastón controlas tu velocidad de descenso y dirección. Bajaremos por esa mancha de nieve, debe tener por lo menos unos trecientos metros de extensión y se ve suave y sin pendiente brusca ¿Qué dices?
-¡Vamos! –Exclamó Margot, llena de emoción por la nueva experiencia
Se lanzaron al unísono como niños ante la aventura, dejando una doble estela abierta en la nieve…
El tren lanzó un primer aviso provocando un sobresalto en David, dio una última mirada y apuró la compra del periódico para abordar lo antes posible el tren.
Continuará...
miércoles, julio 11, 2012
El viejo en el espejo
Introdujo la llave en la cerradura y girándola a su derecha, abrió sin resistencia y con un casi imperceptible quejido la puerta señalada con el número 620. Sintió la huída de una brisa fría proveniente del interior del departamento, como si durante mucho tiempo esta hubiese aguardado por una anhelada libertad. Ingresó a una primera pieza amoblada de manera sobria que hacía de recibidor, y mientras dejaba en el piso la maleta que traía con él, miró algunos cuadros que colgaban de las paredes haciéndosele imposible no recordar las múltiples oportunidades que estuvo allí ¿cuándo había sido la más reciente? Miró hacia atrás en su memoria y pudo recordar la velada con amigos una noche fría de invierno; de esto hacia nueve meses o algo así. No tenía apuro: se tumbó en el sillón preferido de él como lo hiciera siempre cuando le venía a visitar, sobre todo en periodo de vacaciones; desde ese lugar contemplaba, como ahora, un aguafuerte con el motivo de una carreta en descampado que despertaba su anhelo de viajar. Era un grabado bonito; a corta distancia se podía apreciar detalles que proponían un paisaje de la estepa rusa; un grupo de personas que avanzaba a la retaguardia de la carreta con sus atuendos propios de aquella zona, le daba un sentido de una gran travesía al observador.
Luego de un momento se reincorporó de su cómoda ubicación y se dispuso a desempacar la maleta en la habitación. El pasillo se recorría en poco más de cuatro pasos alumbrado por una pequeña y hermosa lámpara de bronce que pendía de un cielo raso, iluminando un par de litografías de estilo bodegón puestas a ambos lados de este. Al enfrentar la puerta semiabierta, empujó con su mano abriéndola en su totalidad, siendo recibido por una hermosa claridad que se lograba con una ventana doble, puesta justo en el vértice que formaban las paredes del lado poniente del edificio; el escritorio de su padre estaba en perfecto orden y sólo con las mínimas cosas que a él le gustaba mantener. Se aproximó hasta la silla; acarició el borde del respaldo y tirando de este para hacer espacio, se sentó.
Miró hacia la cama y recordó lo que casi siempre evitaba recordar: la muerte. Sentía que era una pena cuando nos hacemos consientes de nuestra brevedad; de lo intrascendente de nuestra vida; que todas nuestras grandezas se confunden con nuestras miserias para, finalmente, desaparecer. Quizá lo intuía así por el amor que sentía por ese hombre ahora ausente; por verlo morir en su lecho quizá negando lo inevitable hasta su último aliento; persistir por una eternidad que no se le hacia presente; por una finitud que le besaba ya sus labios. Y no obstante, ahora, cuando era él que continuaba dando tumbos por esta vida y una vez encomendada la de su padre, al menos sentía que todo ese dolor, todo ese vacío que una vez sintió, todas aquellas lágrimas que brotaron como cuando era un chiquillo, se transformaban sin él desearlo, en un extraña sensación de bienestar. Nada en aquella cama señalaba el paso de aquel hombre por esta vida; ni una marca que hiciera suponer sus días.
Se levanto de su silla y tomado la maleta, la dejo sobre la cama. Salió del cuarto en busca de otras cosas. Al enfrentar la puerta de salida quedó contemplando su rostro en el espejo; recordó el de su padre. Su mirada estaba tranquila y aquella imagen del espejo nada le reprochaba; las líneas de su rostro daban cuenta del tiempo que también a él alcanzaba; de la promesa inexorable de una partida.
Basado en el relato EL ENTIERRO de Anabel Rodriguez. (LA PUERTA DESHECHA)
Luego de un momento se reincorporó de su cómoda ubicación y se dispuso a desempacar la maleta en la habitación. El pasillo se recorría en poco más de cuatro pasos alumbrado por una pequeña y hermosa lámpara de bronce que pendía de un cielo raso, iluminando un par de litografías de estilo bodegón puestas a ambos lados de este. Al enfrentar la puerta semiabierta, empujó con su mano abriéndola en su totalidad, siendo recibido por una hermosa claridad que se lograba con una ventana doble, puesta justo en el vértice que formaban las paredes del lado poniente del edificio; el escritorio de su padre estaba en perfecto orden y sólo con las mínimas cosas que a él le gustaba mantener. Se aproximó hasta la silla; acarició el borde del respaldo y tirando de este para hacer espacio, se sentó.
Miró hacia la cama y recordó lo que casi siempre evitaba recordar: la muerte. Sentía que era una pena cuando nos hacemos consientes de nuestra brevedad; de lo intrascendente de nuestra vida; que todas nuestras grandezas se confunden con nuestras miserias para, finalmente, desaparecer. Quizá lo intuía así por el amor que sentía por ese hombre ahora ausente; por verlo morir en su lecho quizá negando lo inevitable hasta su último aliento; persistir por una eternidad que no se le hacia presente; por una finitud que le besaba ya sus labios. Y no obstante, ahora, cuando era él que continuaba dando tumbos por esta vida y una vez encomendada la de su padre, al menos sentía que todo ese dolor, todo ese vacío que una vez sintió, todas aquellas lágrimas que brotaron como cuando era un chiquillo, se transformaban sin él desearlo, en un extraña sensación de bienestar. Nada en aquella cama señalaba el paso de aquel hombre por esta vida; ni una marca que hiciera suponer sus días.
Se levanto de su silla y tomado la maleta, la dejo sobre la cama. Salió del cuarto en busca de otras cosas. Al enfrentar la puerta de salida quedó contemplando su rostro en el espejo; recordó el de su padre. Su mirada estaba tranquila y aquella imagen del espejo nada le reprochaba; las líneas de su rostro daban cuenta del tiempo que también a él alcanzaba; de la promesa inexorable de una partida.
Basado en el relato EL ENTIERRO de Anabel Rodriguez. (LA PUERTA DESHECHA)
martes, mayo 08, 2012
Intermedio X
Comencé hace un par de semana con Balzac. Esto, porque hace varios años, un amigo hoy desaparecido, según sus propias palabras (¿¡!?) me facilitó un libro que contenía algo así como tres novelas de dicho autor. Eran otros tiempos, incluso la soltería imperaba en mi reino y el tiempo libre era un recurso abundante.
- Lee este libro y después lo comentamos –Dijo, mientras me lo entregaba.
Lo tomé, abrí la cubierta un tanto maltratada y leí el nombre del autor con interés creciente; después fijé la mirada en el título, percatándome que se trataba de una selección de tres novelas.
- Balzac es francés ¿Cierto? –Pregunté, ahora intrigado.
-Por su puesto; léelo y lo discutimos lo antes posible. –Contestó con una sonrisa.- Espero que no tardes más de dos semanas…
-Dos semanas, no sé, estoy en medio de otro libro.
-Deja a los alemanes de lado (sabía que estaba leyendo El perfume) y dedícate a los franceses.
-¿Cuánto tardaste en leerlo? –Le pregunté con sonrisa burlona- Te prometo tardarme la mitad del tiempo que te llevó a ti.
Su sonrisa se marcó aun más lo que dio paso a las risas mutuas. -Está bien, tienes todo febrero para terminarlo. –Sentenció.
Lo lamentable de todo esto, es que a pesar de haber terminado el libro en el tiempo señalado, el azar no nos volvió a reunir para discutir la lectura. Lo lamento.
Entonces, como un signo del aprecio que siento por aquellos dos amigos, conseguí la obra completa de Balzac, titulada La comedia humana; la cual me propongo terminar este invierno austral. No es una tarea menor hoy en día: los diez y seis tomos me miran incrédulos…
- Lee este libro y después lo comentamos –Dijo, mientras me lo entregaba.
Lo tomé, abrí la cubierta un tanto maltratada y leí el nombre del autor con interés creciente; después fijé la mirada en el título, percatándome que se trataba de una selección de tres novelas.
- Balzac es francés ¿Cierto? –Pregunté, ahora intrigado.
-Por su puesto; léelo y lo discutimos lo antes posible. –Contestó con una sonrisa.- Espero que no tardes más de dos semanas…
-Dos semanas, no sé, estoy en medio de otro libro.
-Deja a los alemanes de lado (sabía que estaba leyendo El perfume) y dedícate a los franceses.
-¿Cuánto tardaste en leerlo? –Le pregunté con sonrisa burlona- Te prometo tardarme la mitad del tiempo que te llevó a ti.
Su sonrisa se marcó aun más lo que dio paso a las risas mutuas. -Está bien, tienes todo febrero para terminarlo. –Sentenció.
Lo lamentable de todo esto, es que a pesar de haber terminado el libro en el tiempo señalado, el azar no nos volvió a reunir para discutir la lectura. Lo lamento.
Entonces, como un signo del aprecio que siento por aquellos dos amigos, conseguí la obra completa de Balzac, titulada La comedia humana; la cual me propongo terminar este invierno austral. No es una tarea menor hoy en día: los diez y seis tomos me miran incrédulos…
miércoles, abril 25, 2012
Poco tiempo
-Grandísimo idiota, si tan solo hubiese esperado a que lo llamara ¿Tenía que tomar esa postura y simplemente salir casi corriendo? Sí, claro; lo más probable que esgrimiera la falta de tiempo para no seguir esperando; quizá la urgencia de otro trámite, o la súbita llamada de un familiar en apuros. Pero en fin, casi nadie reconoce que el tiempo es una cuestión más bien colectiva, sobre todo en una ciudad como esta; que el individuo que crea ser dueño del tiempo simplemente debería vivir en los cerros… qué sé yo. Ahora me pongo a pensar en eso de “mi tiempo” o “tiempo para mi” qué gran tontera. Hoy, sin ir más lejos, llegué casi corriendo a mi lugar de trabajo por culpa de un embotellamiento vehicular, el cual obviamente, consumió el tiempo no sólo mío, sino de todos los que estábamos en ese lugar. Aquí haré una digresión con el tema si me lo permiten, pero no puedo dejar de mencionar a una mujer que estaba justo al lado mío en su vehículo y nuestras miradas se cruzaron en un acto de desesperación que nos hacía a los dos buscar la mirada en el otro; algo así como diciéndonos con palabras lo enervante de todo aquello. Pero retomo el tema; no se puede pretender apoderarse del tiempo; eso es egoísmo a mi entender ¿les estoy quitando mucho tiempo, señores? ¿Sienten la urgencia de avanzar en otras cosas? Si es así, les ruego me lo hagan saber y termino todo este asunto que por lo demás también me distrae de realizar otras cosas. En el informe que llené y que ahora está en poder de ustedes, dice claramente cual es mi función y para qué fui contratado: No es fácil estar todo el día llenando solicitudes de personas que requieren documentos para la realización de tramites que a mi, en particular, nada me interesa. Por eso este señor debió esperar tranquilamente su turno, lo hubiese llamado tarde o temprano; creo que en su mano aún mantenía su número de atención. Imponer el tiempo de uno en desmedro del otro, eso me parece una falta de delicadeza hoy en día. El principal activo en nuestras vidas es el tiempo. En esa pequeña ventana de oportunidad tenemos que realizar toda nuestra vida, toda. No puedo dejar de pensar que el tamaño de esa ventana es apenas… ¿Cuánto? ¿Ochenta años en promedio? Con suerte; pero digamos ochenta años ¿Les parece? En esa pequeña ventana ocurre todo. No quisiera ser dramático, pero en mi caso, con los años que tengo, en algunos momentos siento que he hecho muy poco de lo que alguna vez me propuse; a veces me dan ganas de viajar por el mundo, conocer lugares y gente exótica; comer platos preparados con ingredientes nunca antes vistos; intentar aprender otra lengua, ojala un dialecto. Pero no se puede, y quizá está bien que así sea, luego que nuestros sueños se cumplen ¿Qué? Cuál será el próximo derrotero a seguir; qué otra necesidad nos veremos casi obligados a inventarnos para darle sentido a nuestras vidas. A veces es preferible mantener intacto los sueños; acumularlos como verdaderos tesoros, lejos del alcance del tiempo.
Le hicieron firmar una declaración en quintuplicado, con una copia adicional para el archivo público y otra para él; fuera del departamento de policía había un periodista que le aguardaba para hacerle algunas preguntas sobre el atropello en que falleció una persona esa mañana; el guardia de turno le solicitó las copias, las miró con gravedad frunciendo el ceño, las timbró y le devolvió la última copia guardándose una para el archivo y le dejo salir.
Le hicieron firmar una declaración en quintuplicado, con una copia adicional para el archivo público y otra para él; fuera del departamento de policía había un periodista que le aguardaba para hacerle algunas preguntas sobre el atropello en que falleció una persona esa mañana; el guardia de turno le solicitó las copias, las miró con gravedad frunciendo el ceño, las timbró y le devolvió la última copia guardándose una para el archivo y le dejo salir.
jueves, abril 12, 2012
De otoño
La hoja, soltándose de la rama, a la tierra revoloteando hasta besarla, cae; sus labios nada sienten, sus labios de celulosa ahora muerta.
martes, marzo 06, 2012
Viceversa
Se quedaron mirando largo rato; sintieron que el inexorable momento estaba próximo y no se haría esperar. Juntaron sus cuerpos con el secreto anhelo de fundirse en uno y huir lejos de allí.
-Vamos. –Dijo consolándose- Después de todo, no creo que sea tan terrible partir.
Relajó toda su conciencia; anuló toda actividad de su ser, y simplemente, nació.
-Vamos. –Dijo consolándose- Después de todo, no creo que sea tan terrible partir.
Relajó toda su conciencia; anuló toda actividad de su ser, y simplemente, nació.
martes, enero 10, 2012
Náufrago (o divertimento con brisa marina)
No recuerdo cuánto tiempo estuve inconciente, sólo la fuerte luminosidad del sol me hizo reaccionar a la realidad. Incorporando mi cuerpo de manera pesada sobre la superficie de la balsa, y apoyando la espalda en los bordes, verifiqué con alivio que no tenía herida alguna producto del accidente -¡el accidente!- Recordé con sobresalto, a la vez que erguía el cuerpo buscando con la mirada, algún rastro que confirmara la imagen de un gran accidente en alta mar, perdiéndose esta en todas direcciones, sin lograr identificar algo.
La balsa estaba equipada con alimentos para varias personas y elementos de primeros auxilios, entre otras cosas. La puesta en operación necesariamente tenía que ser automática, de otra forma no imagino cómo hubiese podido utilizarla; su robustez así lo requería. Algo que me molestó desde el principio fue su horrible color amarillo, el cual me recuerda hasta el día de hoy una capota para la lluvia que tuve en mis años de niño, creo que no tenía más de seis.
Con las primeras semanas de estar extraviado en el océano, y luego que las raciones de alimentos mermaran de manera peligrosa, tuve que desarrollar alguna técnica que permitiera proveerme de alimento a través de la pesca. Pues bien, descendiendo varios metros atado a una cuerda guía, y provisto de una suerte de arpón elaborado por quién sabe qué destreza adormecida en el subconsciente, logro obtener alimento variado y nutritivo; en lo personal nunca me gustaron los mariscos o pescados crudos, pero qué puedo hacer, tampoco es el lugar para exigir un centro de cocina ¿cierto?
Al pasar los años en alta mar, y ante el peligro que un ataque de locura amenazara la seguridad imperante, redacté, a modo de rudimentaria constitución, un manifiesto que permitiera normar la vida al interior de mí ahora, estado-balsa. La carencia absoluta de todo aquello que alguna vez entendí como política, ayudó a la aprobación casi inmediata de sus partes, facilitando la puesta en vigor a la brevedad. Con esto quedaba reivindicada la tarea superior de buscar otras almas en situación similar. Sin embargo aún, cuando estoy con la mirada perdida en la línea del horizonte, o al anochecer, mientras me duermo, siento el prurito de conspirar contra mí.
La balsa estaba equipada con alimentos para varias personas y elementos de primeros auxilios, entre otras cosas. La puesta en operación necesariamente tenía que ser automática, de otra forma no imagino cómo hubiese podido utilizarla; su robustez así lo requería. Algo que me molestó desde el principio fue su horrible color amarillo, el cual me recuerda hasta el día de hoy una capota para la lluvia que tuve en mis años de niño, creo que no tenía más de seis.
Con las primeras semanas de estar extraviado en el océano, y luego que las raciones de alimentos mermaran de manera peligrosa, tuve que desarrollar alguna técnica que permitiera proveerme de alimento a través de la pesca. Pues bien, descendiendo varios metros atado a una cuerda guía, y provisto de una suerte de arpón elaborado por quién sabe qué destreza adormecida en el subconsciente, logro obtener alimento variado y nutritivo; en lo personal nunca me gustaron los mariscos o pescados crudos, pero qué puedo hacer, tampoco es el lugar para exigir un centro de cocina ¿cierto?
Al pasar los años en alta mar, y ante el peligro que un ataque de locura amenazara la seguridad imperante, redacté, a modo de rudimentaria constitución, un manifiesto que permitiera normar la vida al interior de mí ahora, estado-balsa. La carencia absoluta de todo aquello que alguna vez entendí como política, ayudó a la aprobación casi inmediata de sus partes, facilitando la puesta en vigor a la brevedad. Con esto quedaba reivindicada la tarea superior de buscar otras almas en situación similar. Sin embargo aún, cuando estoy con la mirada perdida en la línea del horizonte, o al anochecer, mientras me duermo, siento el prurito de conspirar contra mí.
jueves, diciembre 22, 2011
Duermevela
No era habitual que se levantara por la madrugada; tampoco lo era caminar descalzo. Aquella oportunidad sin duda se sentía mejor que nunca; algo así como haber encontrado una respuesta largamente esperada. Era tan agradable sentir que su ser se mezclaba con el aroma de las cosas; con la brisa fría nocturna; con el rumor de las hojas. Lo aturdía un poco el hecho de no saber el origen de tanto bienestar.
martes, noviembre 22, 2011
El funámbulo
Pende sobre una fina cuerda llamada tiempo. Describiendo hermosas volutas en el aire sonríe, y se vuelve a posar.
miércoles, noviembre 02, 2011
Intermedio IX
A pesar que no dispongo de mucho tiempo para la relectura, de vez en cuando tomo un libro al azar (quizá con poco de azar) y recorro sus páginas leyendo párrafos saltados a la espera que emerja el libro en su totalidad, como en la mayoría de las veces sucede. Es una buena técnica para descansar del proceso de lectura que en ese momento me ocupa.
Fue así como llegué a un libro que en su oportunidad hizo que disfrutara cada página; inclusive en algunas de ellas reí de buena gana. No daré mayor información del libro para dejarle en suspenso y provocar en usted, natural curiosidad, con excepción del siguiente trozo:
Pastores ¿no es lindo chiste,
que es hoy el señor san Corpus Christe?
Hoy es el día de las danzas
en que el Cordero sin mancilla
tanto se humilla,
que visita nuestras panzas,
y entre estas bienaventuranzas
entra en el humano buche.
Suene el lindo sacabuche,
pues nuestro bien consiste.
Pastores ¿no es lindo chiste?
Un saludo.
Fue así como llegué a un libro que en su oportunidad hizo que disfrutara cada página; inclusive en algunas de ellas reí de buena gana. No daré mayor información del libro para dejarle en suspenso y provocar en usted, natural curiosidad, con excepción del siguiente trozo:
Pastores ¿no es lindo chiste,
que es hoy el señor san Corpus Christe?
Hoy es el día de las danzas
en que el Cordero sin mancilla
tanto se humilla,
que visita nuestras panzas,
y entre estas bienaventuranzas
entra en el humano buche.
Suene el lindo sacabuche,
pues nuestro bien consiste.
Pastores ¿no es lindo chiste?
Un saludo.
miércoles, octubre 19, 2011
Antonia
Ocupaste el asiento justo en frente de mí; la señal auditiva apresuró a los rezagados que entraron al metro justo cuando las puertas comenzaron a cerrar. Tu mirada se encontraba con la mía en el reflejo de una ventana que insistía en reunirnos, que reflejaba el interior del carro casi como un pretexto entre los dos.
El movimiento se inició, con ese particular sonido de los motores eléctricos ganando velocidad…
-¿En qué estás?
-Te recordaba. –respondí.
El movimiento se inició, con ese particular sonido de los motores eléctricos ganando velocidad…
-¿En qué estás?
-Te recordaba. –respondí.
viernes, septiembre 30, 2011
2.5 millones de años luz
…y al despertar a la mañana siguiente, comprobando que todo había sido un mal sueño, se levantó presuroso en dirección a la ventana de su cuarto; pudo ver en la línea del horizonte como emergía la estrella del día con su típica tonalidad azulosa, lo que le hizo respirar profundo de tranquilidad. Las sombras de los valles se disipaban y una suave brisa fría le fue a saludar.
martes, agosto 23, 2011
Perpetuo insomne
Recuerdo cuando bastaba poner la cabeza sobre la almohada para quedar profundamente dormido. Qué no daría por recuperar esa capacidad. Claro que era bastante más joven que ahora; con menos cosas aprendidas a fuerza de vivir.
El recurso de oscurecer mí cuarto con cortinas gruesas e impedir que entre la luz del día, ha ayudado un poco a concentrarme en el sueño y tratar de invocar su benéfica presencia; hace mucho tiempo apagué el reloj que tengo sobre la mesita, para evitar la tentación de ver las horas trascurrir y dedicarme a recuperar el sueño, sueño que antes me transportaba a mis mundos construidos con apenas un puñado de recuerdos.
Lo único que no puedo controlar como quisiera, es el ruido exterior; ese ruido que me habla de la vigilia constante a la que está sometida la ciudad; ese tráfago de actividad que sí lo pienso mejor, bien podría interpretarse como la sumatoria de muchos como yo, que al no poder dormir, salieron a deambular por las calles a extenuar sus cuerpos en busca del agotamiento.
Quedo asombrado como se yergue un nuevo edificio; creciendo cada vez un poco más, pero sin detenerse. Maquinas, voces, luces y sombras; ruido que he aprendido a destramar hasta detectar la más simple de las sonrisas o el más quebrantador e imperceptible de los sollozo. Me pregunto cuántos pisos llegará a tener; si me tapará el sol poniente que tanto me gusta en invierno; o si se tratará de un edificio de oficinas o de viviendas. Muchos otros fueron demolidos para volver a renacer con nuevas formas.
Extraño los pasos de una señorita que habitaba el piso superior al mío; sus tacos siempre apurados en la mañana a eso de las seis y treinta, hablaban de su sensual pereza para despertar; algunas veces, en su apuro, se veía obligada a volver, para luego salir corriendo, dejando suspendido en el aire su perfume que tanto me agradaba. Han pasado muchas personas por ese departamento. Recuerdo también a un señor y su perro, si no me equivoco creo que le llamaba Pirata, o algo así; bastaba que este señor pusiera las llaves en el cerrojo, para que Pirata diera dos fuertes ladridos y se pusiera a saltar de alegría. Una pareja de ancianos con un gusto exquisito por la música. Una madre y su hija. ¡Díos, si sólo pudiera dormir!
Por una pequeña separación de la cortina, puedo apreciar como han comenzado a caer los primeros copos de nieve de este invierno, dejando en el olvido tantos días de calor que hacía más difícil mí empeño. Creo que sería mejor no pensar y dejar caer mí cuerpo junto a la imagen de aquellos copos, y simplemente tratar de dormir.
El recurso de oscurecer mí cuarto con cortinas gruesas e impedir que entre la luz del día, ha ayudado un poco a concentrarme en el sueño y tratar de invocar su benéfica presencia; hace mucho tiempo apagué el reloj que tengo sobre la mesita, para evitar la tentación de ver las horas trascurrir y dedicarme a recuperar el sueño, sueño que antes me transportaba a mis mundos construidos con apenas un puñado de recuerdos.
Lo único que no puedo controlar como quisiera, es el ruido exterior; ese ruido que me habla de la vigilia constante a la que está sometida la ciudad; ese tráfago de actividad que sí lo pienso mejor, bien podría interpretarse como la sumatoria de muchos como yo, que al no poder dormir, salieron a deambular por las calles a extenuar sus cuerpos en busca del agotamiento.
Quedo asombrado como se yergue un nuevo edificio; creciendo cada vez un poco más, pero sin detenerse. Maquinas, voces, luces y sombras; ruido que he aprendido a destramar hasta detectar la más simple de las sonrisas o el más quebrantador e imperceptible de los sollozo. Me pregunto cuántos pisos llegará a tener; si me tapará el sol poniente que tanto me gusta en invierno; o si se tratará de un edificio de oficinas o de viviendas. Muchos otros fueron demolidos para volver a renacer con nuevas formas.
Extraño los pasos de una señorita que habitaba el piso superior al mío; sus tacos siempre apurados en la mañana a eso de las seis y treinta, hablaban de su sensual pereza para despertar; algunas veces, en su apuro, se veía obligada a volver, para luego salir corriendo, dejando suspendido en el aire su perfume que tanto me agradaba. Han pasado muchas personas por ese departamento. Recuerdo también a un señor y su perro, si no me equivoco creo que le llamaba Pirata, o algo así; bastaba que este señor pusiera las llaves en el cerrojo, para que Pirata diera dos fuertes ladridos y se pusiera a saltar de alegría. Una pareja de ancianos con un gusto exquisito por la música. Una madre y su hija. ¡Díos, si sólo pudiera dormir!
Por una pequeña separación de la cortina, puedo apreciar como han comenzado a caer los primeros copos de nieve de este invierno, dejando en el olvido tantos días de calor que hacía más difícil mí empeño. Creo que sería mejor no pensar y dejar caer mí cuerpo junto a la imagen de aquellos copos, y simplemente tratar de dormir.
viernes, julio 22, 2011
Hegel no asistió
-…No sé si ustedes estarán de acuerdo conmigo, pero resulta triste en algunos momentos sentir que sólo se vive de trozos ajenos y no obstante, insistir en una pretendida originalidad.
-Pero eso no tiene porque ser motivo de tristeza –interrumpió alguien con seguridad- En mí caso, siento como si recogiera aquellos trozos con el anhelo de adornar o hacer más hermoso el entorno que construyo para mí.
El resto seguía conmovido por los acordes de la sinfonía número cinco de Mahler
-Sí, está bien. –Contestó- Es sólo que se siente tan ajeno. Bien podrías lanzar todo por la borda, y no extrañarlo siquiera.
-¿Hablas de trascender? –Interrumpió uno que miraba encantado el paisaje invernal- ¿A eso te refieres?
-No, no me refiero a eso. –Respondió con desgano- ¿Cómo podríamos siquiera intentar trascender? Aludo al hecho de la carencia de originalidad; al que nuestra sociedad nos haya convertido en simples usuarios de algo, de lo que quieras, pero usuarios al fin.
Afuera comenzaban a caer los primeros copos de nieve, cubriendo con delicadeza el paisaje que a esa hora se apercibía a descansar.
-Yo me siento original. –Declaró la anfitriona- Cada cosa que hago queda con mí impronta; por ejemplo esta tarta, quedó como yo quería y está deliciosa.
Todos aceptaron con agrado el ejemplo, mientras que algunos recurrieron a las últimas porciones disponibles en la mesa.
-Aunque no es la única tarta que hay en el mundo, por cierto. –Expresó uno de los últimos invitados en llegar.
-Definitivamente es una lástima que no asistiera Hegel a esta reunión. –Agregaba una invitada, al tiempo que bebía con desgano su último sorbo de coñac, provocando la risa general.
Fueron esas risas las que llegaron hasta la habitación, despertándolo de manera abrupta de su sueño. Se incorporó de la cama no sin esfuerzo, y se dirigió hasta la ventana, comprobando que la noche y la nieve ya estaban instaladas en el lugar.
-Pero eso no tiene porque ser motivo de tristeza –interrumpió alguien con seguridad- En mí caso, siento como si recogiera aquellos trozos con el anhelo de adornar o hacer más hermoso el entorno que construyo para mí.
El resto seguía conmovido por los acordes de la sinfonía número cinco de Mahler
-Sí, está bien. –Contestó- Es sólo que se siente tan ajeno. Bien podrías lanzar todo por la borda, y no extrañarlo siquiera.
-¿Hablas de trascender? –Interrumpió uno que miraba encantado el paisaje invernal- ¿A eso te refieres?
-No, no me refiero a eso. –Respondió con desgano- ¿Cómo podríamos siquiera intentar trascender? Aludo al hecho de la carencia de originalidad; al que nuestra sociedad nos haya convertido en simples usuarios de algo, de lo que quieras, pero usuarios al fin.
Afuera comenzaban a caer los primeros copos de nieve, cubriendo con delicadeza el paisaje que a esa hora se apercibía a descansar.
-Yo me siento original. –Declaró la anfitriona- Cada cosa que hago queda con mí impronta; por ejemplo esta tarta, quedó como yo quería y está deliciosa.
Todos aceptaron con agrado el ejemplo, mientras que algunos recurrieron a las últimas porciones disponibles en la mesa.
-Aunque no es la única tarta que hay en el mundo, por cierto. –Expresó uno de los últimos invitados en llegar.
-Definitivamente es una lástima que no asistiera Hegel a esta reunión. –Agregaba una invitada, al tiempo que bebía con desgano su último sorbo de coñac, provocando la risa general.
Fueron esas risas las que llegaron hasta la habitación, despertándolo de manera abrupta de su sueño. Se incorporó de la cama no sin esfuerzo, y se dirigió hasta la ventana, comprobando que la noche y la nieve ya estaban instaladas en el lugar.
jueves, julio 07, 2011
El copista
Con las madrugadas aprendidas de memoria, dirigíase hasta la obscura y fría biblioteca, disponiéndose a comenzar una nueva jornada de traducción. De manera prolija tomaba la pluma entre sus dedos, untando con cuidado el extremo de aquella, como dándole de beber. El ulular del viento se colaba por entre los altos techos, amortiguando cualquier otro sonido del lugar, en especial, los súbitos sollozos que aquel hombre dejaba escapar.
jueves, junio 02, 2011
Intermedio VIII
Curioso. Luego de terminar con Dostoyevski, de manera natural caigo (en el mejor de los sentidos) en la obra de Gogol. Sí, es cierto, bien podría no ser casualidad; durante buena parte de su trabajo Dostoyevski hace referencia a la figura del “pequeño ruso” utilizando palabras bastante elogiosas. Esto se vuelve significativo, si consideramos por ejemplo, que este último no es un eslavófilo como lo fuera el primero, dejando de manifiesto, la grandeza de Dostoyevski al reconocer la calidad literaria de Gogol por sobre cuestiones políticas. Después de todo, imagino, caló hondo en él aquella frase “Aquí le traigo un nuevo Gogol” que digiera Nekrasov, dueño del diario El contemporáneo, al mostrarle a Bielinski, critico literario de renombre en toda Rusia, el manuscrito de “pobres gentes”
Me fue imposible ubicar en Chile a Nikolai V. Gogol; tuve que recurrir a la compra electrónica y traerlo desde España, pero valió el esfuerzo, obtuve una hermosa edición Aguilar del año 1964 que contiene todas sus obras. Con esto espero pasar el invierno austral para luego intentar publicar de manera más seguida.
No quiero terminar este intermedio, sin dejarles un trozo que extraigo de la obra titulada “Veladas en Dikanka” con el ánimo de estimular vuestra curiosidad literaria:
“¿No es así como vuela, alejándose de nosotros, la alegría, precioso y voluble huésped? ¿Y no es vano esperar que el sonido de la nota solitaria pueda expresar regocijo? En el eco que escuchamos se percibe ya la tristeza y la soledad. ¿No es así como se pierden por el mundo los alegres amigos de la turbulenta y libre juventud, uno por uno, dejando, finalmente, solo a su viejo hermano?... ¡Qué tristeza la del abandonado! El corazón se llena de dolor y de pesar, y nada puede ayudarle.”
Saludos, amigos.
Me fue imposible ubicar en Chile a Nikolai V. Gogol; tuve que recurrir a la compra electrónica y traerlo desde España, pero valió el esfuerzo, obtuve una hermosa edición Aguilar del año 1964 que contiene todas sus obras. Con esto espero pasar el invierno austral para luego intentar publicar de manera más seguida.
No quiero terminar este intermedio, sin dejarles un trozo que extraigo de la obra titulada “Veladas en Dikanka” con el ánimo de estimular vuestra curiosidad literaria:
“¿No es así como vuela, alejándose de nosotros, la alegría, precioso y voluble huésped? ¿Y no es vano esperar que el sonido de la nota solitaria pueda expresar regocijo? En el eco que escuchamos se percibe ya la tristeza y la soledad. ¿No es así como se pierden por el mundo los alegres amigos de la turbulenta y libre juventud, uno por uno, dejando, finalmente, solo a su viejo hermano?... ¡Qué tristeza la del abandonado! El corazón se llena de dolor y de pesar, y nada puede ayudarle.”
Saludos, amigos.
martes, mayo 24, 2011
Sucursal bancaria
Nunca imaginé vivir una experiencia tan aterradora; cómo es posible que le ocurriera a una embarcación que poseía la última tecnología en navegación, además de una excelente tripulación (tengo entendido que esa tripulación fue premiada) La confusión que se generó al impactar en alta mar con aquella sucursal bancaria fue, como ya lo dije, aterradora. Por suerte para mí, estaba justo en la zona de proa viendo el reflejo de la luna en la piscina y bebiendo un vaso de algún trago que ya no recuerdo; mi cuerpo estaba apoyado sobre una especie de tanque o barril (después me percaté que se trataba de una balsa de rescate) y miraba fijamente al horizonte tratando de descubrir que significaba una débil luz que percibía a la distancia. Con cada minuto que pasaba la luz se hacía más clara y ahora podía distinguir, incluso, algunas tonalidades. Luego de un rato no me quedó duda alguna: Era la sucursal bancaria.
Estoy seguro que aquella sucursal estaba bien diseñada, y cumplía con todas las normas internacionales en seguridad. Lo novedoso también, era que no requería la presencia de algún ejecutivo y era factible realizar casi cualquier transacción que el cliente necesitara. Tenía cajero automático; dispensador de cheques personalizados; emitía duplicados de tarjetas de crédito; créditos de consumo e hipotecario; etc. En definitiva: era lo más avanzado de la tecnología bancaria, eso es verdad ¿Pero qué mierda estaba haciendo una sucursal bancaria en alta mar? ¿No hubiese sido más razonable impactar con una plataforma petrolera?
Stgo, Abril 1997
Estoy seguro que aquella sucursal estaba bien diseñada, y cumplía con todas las normas internacionales en seguridad. Lo novedoso también, era que no requería la presencia de algún ejecutivo y era factible realizar casi cualquier transacción que el cliente necesitara. Tenía cajero automático; dispensador de cheques personalizados; emitía duplicados de tarjetas de crédito; créditos de consumo e hipotecario; etc. En definitiva: era lo más avanzado de la tecnología bancaria, eso es verdad ¿Pero qué mierda estaba haciendo una sucursal bancaria en alta mar? ¿No hubiese sido más razonable impactar con una plataforma petrolera?
Stgo, Abril 1997
jueves, marzo 24, 2011
Pura magia
Me topé con ella en las escaleras que me llevarían hasta la estación de metro. Llamó mi atención la mezcla de colores de sus ropas, todas ellas ya muy raídas por el tiempo y el uso, pero que sin embargo, mostraba cierto equilibrio en su configuración. Eran las siete de la mañana pasado quince, y el grueso de la gente aún no se hacía presente sino hasta eso de las ocho. Seguí con mis pasos en dirección hacia ella y noté que tenía un cartelito colgado al cuello donde se leía “Hago magia”; con discreción, tomé del fondo de mis bolsillos una moneda y se la entregue con mucho pudor. Mientras entregaba mi cooperación voluntaria, le dije que me gustaría desaparecer –aún no sé por qué mencioné aquella frase- . Extendió su mano para recibir la moneda, y a la vez que con la otra hacía un chasquido con los dedos, sentenció “él ya no está, sólo quedas tú”
Un tanto confundido seguí mí camino para abordar el metro, y una vez que estuve sentado mirando a los otros pasajeros en el andén, experimenté una sensación de paz que me envolvió por mucho, mucho tiempo. A mí maga no la he vuelto a ver, pero cuando siento que caigo en la espesa oscuridad, llega hasta mí el sonido de sus dedos y me vuelvo a sentir bien.
Un tanto confundido seguí mí camino para abordar el metro, y una vez que estuve sentado mirando a los otros pasajeros en el andén, experimenté una sensación de paz que me envolvió por mucho, mucho tiempo. A mí maga no la he vuelto a ver, pero cuando siento que caigo en la espesa oscuridad, llega hasta mí el sonido de sus dedos y me vuelvo a sentir bien.
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