lunes, junio 15, 2009

Nieve en la ciudad

El frío de las calles subía por los pies; necesitaba servirme algo caliente con urgencia. Con el abrigo completamente cerrado, las manos en los bolsillos, puse atención en mi ubicación, dirigiéndome al café más cercano. Hace mucho tiempo que no se sentía un frío como el de esta noche; aún caían algunas gotas de lluvia que comenzaron a eso del medio día. Los pronósticos meteorológicos se han vuelto más certeros con la ayuda de la tecnología que vuela sobre nuestras cabezas, y el entregado el día anterior, no fue la excepción: Un gran frente de baja presión proveniente del suroeste, entraría a los valles, dejando caer su carga de agua al impactar contra una alta presión fría que estaba estacionada en el continente; la isoterma se estimaba en los mil quinientos metros, lo que aseguraría una buena cantidad de precipitación en forma de nieve en las altas cumbres. Nada de malo para los centros de esquí, que ya preparaban la temporada. Pero la verdad, a esa hora, cuando el nivel de mercurio seguía bajando de los nueve grados, pensé que la nieve estaría bajo los novecientos metros; de otro modo no se explicaría el frío reinante de esa noche. Miré al cielo antes de entrar al café que estaba repleto de gente, sólo como un acto reflejo, no pensé en ver algo.
-Un café grande, por favor.- Solicité a un joven que atendería mi pedido, mientras acomodaba mi cuerpo en la barra. No opté por una mesa por un simple prejuicio, pensaba que mi pedido se demoraría una enormidad de tiempo, y la verdad, sólo quería beber algo caliente y salir luego de allí. Abrí el abrigo para estar más cómodo, aprovechando la oportunidad de verificar en el bolsillo interno de mí chaqueta, si esta vez no había olvidado mis documentos junto al dinero: afortunadamente traía todo. Volver a la oficina por un olvido de ese tipo, con todo el frío que reinaba; apurándome entre la gente; moviéndome entre los coches; poner cara de simpático en la recepción del edificio; soportar las socarronerías de algunos que aún estarían trabajando, hubiese sido lamentable.
-Aquí tiene su pedido, señor- Con una precisión increíble, el joven dejó frente a mi, una taza llena de un aromático café, sin haber derramado ni una sola gota de éste sobre el platillo. Es agradable cuando ocurre algo parecido; me molesta sobre manera, que al traer un café, éste venga derramado. Pero mientras lo endulzaba, pensaba en lo absurdo de mi satisfacción al tener el platillo incólume; cómo puede ser que este tipo de detalle tan mínimo me genere bienestar. Con este cavilar, lentamente la satisfacción inicial, empezó a dar paso a un sentimiento más parecido a la vergüenza.
El ambiente dentro del café era animado; las conversaciones se mezclaban unas con otras, entregando un murmullo estable al oído, el que sólo era matizado por algunas risas y expresiones de asombro, que por lo general, están presente en una conversación animada entre amigos. Un tema musical flotaba en el ambiente, el cual imagino, pasaba inadvertido para el resto del público presente; puse atención tratando de aislar el sonido del local, y descubrir qué tema era; mientras, miraba el reflejo en una línea de espejo que estaba frente a la barra, lo que permitía ver a mis espaldas, la entrada y salida invariable de la gente. A cada sorbo de café, el cuerpo comenzaba a reaccionar: primero, el diferencial de temperatura de los dientes con respecto al liquido que envuelve a la boca; su exquisito sabor corroborado por su aroma; su noble amargor perceptible al final de la lengua, finalizando con un trago que reanimaba mí aterido cuerpo.
Podía adivinar que la temperatura continuaba bajando, y lo mismo ocurriría con la presión barométrica; de continuar con aquella tendencia, lo más probable es que tendríamos una noche de nieve sobre la ciudad. La posibilidad de disfrutar de ese tipo de precipitación, me hizo pensar en aquella partícula de polvo, necesaria en la formación de esa estructura de hielo, y en su hermosa geometría fractal, la que finalmente colapsa por su propio peso, cayendo en la forma de ‘copo de nieve’. Pregunté al joven que atendía mí pedido, sí estaba al tanto del pronóstico para las próximas horas, confirmándome que había probabilidades de chubascos de nieve para esa noche. Bien, sólo era cuestión que siguiera descendiendo la temperatura bajo los cuatro grados Celsius, y la presión barométrica menor a mil hectopascales, y tendríamos nieve sobre la ciudad.
Terminado el café, solicité la cuenta y me dispuse a abandonar el local. Justo a la salida, y con los últimos compases de la canción en el ambiente, recordé su título: Se trataba de un tema de los años setenta, -buen tema- dije en voz baja, mientras abandonaba el local. Abierta la puerta al exterior, me recibió todo el ruido de la calle acompañado de un aire frío, forzándome a contraer los hombros y guardar las manos en los bolsillos del abrigo. De manera automática, encaminé los pasos en dirección a mí departamento, distante algunas cuadras del centro de la ciudad. La idea de beber un trago disfrutando del paisaje urbano desde el balcón, prometía anular toda posible ansiedad que pudiera emerger, producto del estado de soledad en el que me encontraba; además, el tema musical escuchado en el local, me estimuló a descartar la lectura para esa noche y dedicarla a disfrutar de alguna selección musical.
Mientras caminaba, sentía entre mis manos las llaves del departamento; las movía entre mis dedos, las contaba; intentaba adivinar a qué cerradura correspondía cada una de ellas, de hecho lo sabía, sin embargo el juego numérico y su orden, me entretenía mientras avanzaba por las calles. Los rostros de cientos de personas pasaban ante mí, y no obstante, todos ellos carecían de ojos, boca, nariz; con temor verifiqué el mío en algún escaparate, devolviéndome este, sólo una silueta a esas horas. Un calor comenzó a fluir desde mis huesos hacia el exterior, sentía un ardor en el rostro, las manos se cubrieron en sudor: debía controlarme; era un simple acceso de ansiedad, producto de una semana de trabajo demoledora. Solté la llave que tenía entre los dedos casi al punto de quebrarla en ese momento, y me propuse respirar con más calma; como durante mí infancia al sentir temor durante una pesadilla: relajaba los músculos y controlaba el ritmo de la respiración. Me detuve con el pretexto de verificar una supuesta llamada en mí teléfono, miré la pantalla que se encendía al tocar la superficie de ésta, sólo para constatar que nadie había llamado. Justo en ese momento, un pequeño copo de nieve desciende sobre la iluminada pantalla; su tiempo de vida fue tan breve, que alcancé a ver como se fundía sobre el teléfono, antes de alzar la mirada y verificar los primeros copos de nieve que comenzaban a caer.
Escuchaba el rumor de la gente ante el inicio de la nevada, y la actitud colectiva de alzar la mirada en busca de los primeros copos. Retomé la marcha interrumpida, al tiempo que aumentaba en intensidad la precipitación de nieve. Quería estar lo antes posible en la seguridad de mí departamento; no quería ser parte de nada de lo que ocurriera en las calles en esa noche. Apuré el ritmo de mis pasos, volviendo a tomar entre mis dedos la llave de entrada al edificio. La gente sin rostro seguía su camino hacia cualquier lado, el silencio se volvió a instalar entre ellos, dándoles una apariencia de autómatas. Faltaban pocos metros para enfrentar la entrada al edificio, cuando apareció desde el interior, un rostro de mujer que pude reconocer. Aquel rostro tenia ojos, boca, nariz; una hermosa cabellera atada con una cinta que caía sobre su pecho. A diario nos veíamos, y hasta ese momento, sólo nos saludábamos con una amable mirada.
–Qué maravillosa noche tenemos- Me dijo sonriente a manera de saludo.
Sí, la verdad es una noche maravillosa -Le respondí un poco perturbado- La vista que se tendrá del parque hacia el río será como pocas.
¡Vamos a recorrerlo! –Dijo de manera espontánea- Escuchemos el suave rumor del río y el intento de la nieve por navegar.
Sin pensar en nada de lo que ocupaba mí mente, y llenando el espacio de todas las posibilidades, le dije mientras le ofrecía mí brazo -¡Vamos, escuchemos qué trae el río en su rumor!- Su sonrisa hizo estallar las paredes, y con ello, apareció la nieve en la ciudad.



En memoria de mí amiga, Viviana (Cuentos de Viviana) Adiós, amiga, adiós.

8 comentarios:

SBM dijo...

He visto la intensidad de su sonrisa.
Un saludo compañero.

Ferragus dijo...

Saludos, SBM. Alegra tu visita por estos lados. La mujer de este relato, imagino, se siente alagada por la deferencia de tu mirada.
Un gran abrazo; ten salud.

Cecilia Alameda Sol dijo...

Hacía un leve calor en la calle, mientras leía el relato. Pero yo he sentido frío, el de la nieve que caía sobre el papel en el que había volcado el relato. Un frío que se disipó cuando ella sonrió

Ferragus dijo...

Sin duda, aquella sonrisa queda confirmada con tu mirada, Cecilia. Intuyes lo mágico de una sonrisa; celebras que la soledad fuera derrotada. Gracias por tu visita.

ANABEL dijo...

Yo, como Cecilia he sentido el frío, y eso que estaremos a 37 grados celsius, más o menos. No sé si te darás cuenta de que eso tiene mucho mérito.
También he sentido esa soledad, que se rompió con una sonrisa, con una invitación, con el inicio de una gran nevada.
Un abrazo para ti y para la familia de Viviana otro muy fuerte.

Ferragus dijo...

Qué grato es contar con tu visita, Anabel. Me deja muy contento el que hayas podido sentir tanto el frío, así como la soledad del personaje. Aún imagino la sonrisa de aquella mujer.
Gracias por tus palabras de apoyo.

Besos, cruzan el océano.

Natalie Sève dijo...

También, acá el frío se ha mezclado con un calor extraño, mitad venido por la puerta desde el Mediterráneo y resto traído por el recorrido impetuoso de tu protagonista y sobre todo por sus dedos, que inmenso calor transmiten casi al romper esa llave...

Un gran abrazo!
Natalie.

Ferragus dijo...

Con tu visita, también la lluvia.
Gracias por tus palabras, Natalie. Te envío ‘copuchitas’ de viento austral. Sonríe la tierra húmeda y friolenta, cubierta con su manto de hojas de nogal.

Besos.