sábado, noviembre 28, 2009

Laguna Negra (V)

-Buenos días, dónde dejo la bandeja. –Preguntó una mujer joven de pelo castaño, ataviado con una pequeña cofia, puesta a la altura de la nuca.
De una belleza extraña, con brazos tersos como el marfil, una boca en todo perfecta; la forma de sus pechos resaltaban contenidos en una chaquetilla ajustada; una cintura pequeña daba luego paso en su caída, a las caderas torneadas que solo presagiaban la hermosura de sus piernas. Quedé mudo ante singular belleza.
-Espero esté a su gusto; cualquier cosa nos lo hace saber. –Dijo, mirando con sus ojos claros como la miel.
-Gracias es usted muy amable, señorita.
-Nada que agradecer, señor ¿Piensa quedarse por un tiempo? –Preguntó.
-No, sólo estoy de paso. Pretendo irme luego.
-Espero que se de un tiempo para disfrutar de este lugar. –Dijo con una voz dulce y provocadora. Su mirada se detuvo en mí rostro, acompañada de una tierna sensualidad.
Manteniendo una sonrisa, dio media vuelta y se retiró. Una vez que cerró la puerta tras de sí, pude notar la embriaguez que aquella mujer me había provocado: un pulso acelerado, leve sudor en las yemas de los dedos de mis manos. Luego, dentro de ese estado, pude reconocer un sentimiento parecido al que experimentara cuando encontré la pepita de oro en el arroyo. Con ambas imágenes en mí cabeza, me dispuse a desayunar y continuar el viaje lo antes posible.
Al bajar las escaleras hasta la planta baja, se podía apreciar un ambiente distinto al de la noche anterior; las mesas estaban vacías y el ambiente libre de esa espesa cortina de humo; no había ruidos de vasos, nadie pedía a voz en cuello más licor, las risas y el desorden habían dado paso a una precaria quietud. Me dispuse a cruzar el salón en dirección a la puerta de salida. Con los primeros pasos, sentí una mirada proveniente desde la barra: era el cantinero que había atendido mí pedido de ayer. Fijé la mirada en él sin detener mis pasos; siguió mí desplazamiento por todo el salón, como lo haría una bestia de caza preparada para atacar; desvié la mirada para ver en dirección a la puerta de salida, con la sensación de no poderla alcanzar jamás.
-¿Necesitará la habitación esta noche, señor? –Preguntó con tono hosco, rompiendo el silencio que lo envolvía todo.
-En este momento no lo sé. –Dije con seguridad.
–En ese caso, la mantendremos preparada ante la eventualidad.
-Gracias. –respondí, cruzando el umbral hacia el exterior.
Una vez fuera, comencé a recorrer la calle principal en dirección oriente, incrédulo de lo que experimentaba al ver la cumbre con su penacho de nieve y la extraña luminosidad. Cómo era posible estar dentro de la laguna; cómo puede ser realidad. La gente que se cruzaba en mí camino, lo hacía con una sonrisa en el rostro, completamente distinto a lo ocurrido… ¿Cuándo? ¿Ayer? ¿Ayer llegué hasta acá? Una confusión enorme invadía mí cabeza; por momentos creía tener recuerdos de este lugar de hace mucho tiempo; como si todo ahora me fuera familiar: la calle, la gente, la luminosidad, todo. ¿Cuándo llegue en realidad? Seguí mis pasos por la calle cubierta con perfectos adoquines, acompañado por una sensación de vértigo.
-Buenos días, señor. –Alguien saludaba.
-Buenos días. –contestaba; ocultando mí desconcierto, sin saber quien, o quienes eran.
-Esperamos verlo en el baile de esta noche, no falte. –Sonreía un rostro desconocido.
-Lo intentaré. –Respondía con la mayor naturalidad.
Seguí caminado por la calle, hasta donde terminaban las construcciones, dando paso a unos terrenos dedicados a la plantación de vid; más adelante, comenzaba un área despoblada con diferentes caminos que subían hacia unos cerros más bajos; avancé por ese paisaje, deteniéndome en un estero pequeño del cual podía beber y descansar en la sombra de un boldo cercano. A la distancia, se podía apreciar a cientos de personas entrando y saliendo de pequeñas cuevas construidas en las laderas de los cerros; a cuestas llevaban bolsas enormes, al parecer de cuero, cargadas con tierra y piedras producto de una incesante excavación. Era un paisaje delirante: como hormigas en perfecta formación, se cruzaba la marcha de los mudos trabajadores.
-¡Ahí estás, holgazán! – Interrumpió una mujer vieja con la sonrisa en una boca casi carente de dientes.
Tenía una memoria de ella que no supe ubicar; algo conocido y familiar. Esperé que se acercara lo más posible antes de hablar, escudriñando con la mirada toda la figura de la mujer que se aproximaba.
-Estoy bebiendo un poco de agua y descansando bajo esta sombra. –Contesté.
-Pues bien, o te mueves de una vez o no terminaremos hoy de sacar todo el material.
Dejándome guiar por aquella mujer, nos dirigimos a una entrada de una excavación en un costado de un cerro. Primero ingresó ella entre maldiciones y quejas por lo angosto de los primeros metros; luego, la entrada se amplió dando lugar a un socavón donde nos pudimos poner de pie.
-Ya sabes cuales son las condiciones. –Dijo con sonrisa burlona- La comida no te la descontaré: eres bueno cargando escombros; pero no creas que cada vez te iré a buscar a tu estúpido árbol. La paciencia tiene límites, muchacho.
El desconcierto impidió que intentara alguna respuesta. Una sensación de angustia y pena me tenía en completo silencio. La mujer creyó ver en esta actitud, una forma de arrepentimiento de mí parte, por haber abandonado un trabajo que supuestamente realizaba para ella, desde quién sabe qué tiempo.
-Toma, aquí tienes tu paga por adelantado. –Dijo, al tiempo que extendía hacia mí, una pequeña bolsa que sostenía en su mano.
-No lo gastes todo con ella. –Y continuando en tono aleccionador. -Sabes muy bien lo mucho que le gusta tu oro. Pero bueno, el amor tiene su precio ¿cierto?
Mientras tomaba con cuidado la bolsita que me ofrecía, recordaba el rostro de la camarera en la habitación. Abriéndola despacio, pude observar seis pepitas de oro que brillaban en su interior.
-Mañana pasaré a dejarte algo para que comas y a llevarme el oro que obtengas hoy. –Hablaba mientras dirigía sus pasos a la escalera que la llevaría a la superficie.
Quedé solo al interior del socavón, alumbrado por una débil luz proveniente de una lámpara de aceite. Cuánto tiempo llevaba allí. Esa era la pregunta que demolía mi fortaleza, haciéndome sentir que me alejaba cada vez más de toda realidad. Incrédulo, miraba mis manos maltratadas por el trabajo prolongado en la mina, no recordaba haberlas visto así.
Con el paso de las horas, llegaron desde el exterior, ruidos de los otros mineros que comenzaban a retirase en medio de las risas, gritos y más de algún disparo. De a poco se fueron apagando los ruidos del exterior, hasta quedar en el más completo silencio; con cierta curiosidad, asomé el cuerpo por la estrecha entrada al socavón, y contemplé largo momento la quietud y silencio que reinaba. La luminosidad había dado paso a una tenue claridad de tono verdoso; miré al cielo y sólo pude apreciar algo parecido a una suave seda que flotaba sobre el lugar.
De regreso en el socavón, volví con la intención de recostarme y dormir un poco, aprovechando la quietud que reinaba. La mirada se detuvo en el saquito que contenía las pepitas de oro; lo abrí separando sus lados, dejando expuesto a la precaria luminosidad que había, todo su brillo; devolví el oro a la bolsita, y dando un tirón de los cabos en sus extremos, la cerré. Me levanté de donde estaba, con la convicción que no debía pasar una noche más ahí ¿Una noche más? ¿Cuántas habían sido entonces? Dejé colgado a una viga la bolsita con el oro y me dispuse a marchar. Antes de salir, recorrí con la mirada el socavón que me disponía a abandonar; por una extraña razón me era más familiar de lo que pensaba ¿Qué estaba dejando ahí? ¿Era la memoria perdida de una mujer? No lo sabía en ese momento. Llegaba la hora de retomar la marcha y en eso me concentré.



Continuará...

2 comentarios:

ANABEL dijo...

Ayyyy, ese autor malvado, que no sólo confunde su memoria su norte, sino que además hace trabajar al personaje en una mina. No tienes perdón.

Por cierto, aunque mi blog sigue sin actualizar, ya he solucionado el problema. He puesto un feed rss (creo que se llama así) y tengo controladas las novedades. Besos

Ferragus dijo...

Que no se contriste vuestro corazón, Anabel. Ya podrá descansar bajo la sombra de un nogal.

Un beso.

PS
Por favor, cuéntame luego cómo ‘diantres’ opera semejante recurso.