miércoles, noviembre 26, 2008

Minerva

¿Qué cuánto tiempo llevaba viajando? La verdad, los indicadores así como la computadora de abordo, dejaron de entregarle esa información hace mucho tiempo. Lo calculaba con un simple obsequio que le entregara su padre durante su infancia, este consistía en una especie de clepsidra hecha con un material triturado finamente. Su padre había encontrado este material en el desierto, proveniente del espacio en forma de meteorito. El recorrido completo desde un lado al otro del material, tardaba aproximadamente una hora, lo que le permitía realizar cálculos de ubicación y tiempo, que a pesar que de nada le servía, al menos mantenía ordenada su cabeza. En un momento, miró por una ventanilla lateral hacia el espacio, y contempló un paisaje extrañamente familiar.
La nave en cuestión se podría decir que era perfecta. En ella se había ocupado los mayores avances de la industria, sobre todo lo relacionado a los materiales. Alcanzar la velocidad de la luz, era un sueño del intelecto humano por siglos, se tenía la impresión de completar un circulo perfecto del desarrollo del genero humano. Las pruebas de laboratorio sólo confirmaban los cálculos y teorías del mundo científico. Era la mejor forma de saludar la llegada del siglo XXVII para una sociedad sedienta de nuevos logros.
La decisión de realizar el lanzamiento desde la tierra y no desde alguna de las colonias existentes, había generado cierta tirantez entre los líderes del proyecto, así como de los representantes de la tierra en las colonias espaciales. No obstante, la cuestión quedó superada por un detalle casi poético en ese momento, el cual señalaba que si la tierra aún podía emprender ese tipo de proyecto, debiera ser desde allí que partiera el primer viaje. Después de todo, no existía una razón lógica que respaldara el veto a la tierra como lugar de lanzamiento. Por otro lado, el proyecto era demasiado trascendental como para recaer en ese tipo de sutileza.
Su designación como único tripulante para el vuelo experimental, no le sorprendió. Pidió ser trasladado a una zona de América del Sur, donde pretendía descansar y ordenar sus ideas. Existía una atracción especial en él por aquella zona, disfrutaba contemplando el cielo nocturno, que según él, superaba por mucho al del otro hemisferio. Era un alma pacifica, llena de inquietudes por las cosas; todo lo asombraba, a todo se entregaba con dedicación y estudio. Una de sus fascinaciones, era la historia del hombre y su desarrollo intelectual. Con especial entrega había estudiado la sociedad del siglo XX, que según él, desde ese periodo, la humanidad comenzó a pensar en serio la prolongación de la vida del género humano, por todo el universo. Tenia sentido entonces, aquello que algunos proponían ya en esos tiempos, como la existencia de vida inteligente fuera de la tierra; una certeza que estaba guardada en la profundidad de nuestros genes y fluía a aquellas conciencias en la forma de una intuición o un sueño.
Nada de lo que hasta ese momento veía por la ventanilla, podía reconocer; no obstante, la imagen de aquel paisaje espacial le era tan familiar. Miró nuevamente y pudo recordar en aquella configuración binaria de esos planetas, un sueño que fuera recurrente en su infancia, que ahora golpeaba con fuerza demoledora todas sus pobres certidumbres. Aquellos planetas hermanados en una órbita eterna que semejaba una danza entre dos enamorados, le miraban. Aquel baile también era observado por una estrella, distante unos ciento setenta millones de kilómetros. Corrigió un poco el rumbo, moviéndose en dirección a aquellos planetas, y dejó que su nave fuera atraída suavemente por el campo gravitacional. Miró la pantalla, que en esos momentos le entregaba un detalle de la composición química de los planetas, la cual contenía evidencia de una atmosfera benigna en ambos.
Entonce, si ocurriera que aquel sueño de infancia se hacia realidad, también era posible que supiera quienes le aguardaba en aquel nuevo hogar. Sus ojos revivieron de esperanza, al emerger desde el fondo de sus recuerdos, el nombre de Minerva.

8 comentarios:

ANABEL dijo...

Hace un rato me prguntaba si había algo que no te interesara. Veo que no, le das a todo compañero.
En este relato, sucede un poco lo del libro fantástico, parecen los primeros pasos de algo mayor, lo dejas en el aire, esperando, aguardando a lo que quiera que traiga Minerva.
Por cierto, ¿tan hermoso es el hemisferio sur?. Buscaré una foto llena de estrellas para hacerme la idea.
Un último apunte, has hecho bueno, ese dicho de no te acostarás sin aprender algo más: "Clepsidra", reloj de agua.
Besos

Ferragus dijo...

Puedo explicar pocas cosas sobre este texto, Anab. Sí tengo una idea, que apunta a un texto titulado “Intermedio III” Se trataría de un rastro dejado después de una noche de observación con el telescopio. Impotencia casi infantil me genera ver, por ejemplo, los anillos de saturno y no poder caminar sobre ellos. Tu visita me alegra.


Besos de ultramar, para ti.

SBM dijo...

Salve, Minerva, protectora de Roma, diosa de la Sabiduría y patrona de los artesanos. Atenea griega, que seguro que protegerá al protagonista del relato, igual que hizo antes con Ulises/Odiseo.

pd. me ha gustado mucho tu relato. Y también me gustaría ver el cielo desde el hemisferio Sur, porque estoy seguro que es incomparable.

Saludos amigo.

Ferragus dijo...

Saludos, estimado SBM. Impecable tus loas a Minerva. También Homero y Virgilio te agradecen. Y sí, no te equivocas: Los cielos de esta terra Australis son hermosos.

Ten salud, estimado amigo.

Cecilia Alameda Sol dijo...

Viajar y encontrar a quien amábamos... es una historia interesante, una pirueta literaria para enlazar deseos que se complementan.

Ferragus dijo...

La verdad, no alcanzo a imaginar aquella imagen de Minerva, Cecilia. Creo sí, en el sentimiento que deja escapar nuestro personaje al invocar dicho nombre. Comparto contigo, que en él, algo de complementariedad de sentimientos se estaría gestando.

Es bueno leerte una vez más. Besos.

Natalie Sève dijo...

Al parecer todo lo que ocurre, sin importar los tiempos, se nos teje en una gran constelación viviente...
En este segundo...añoro los cielos de mi sur...

Un abrazo

Natalie.

Ferragus dijo...

“Una constelación viviente…” Sí, y en ella escribimos la historia; para luego contárnosla, casi como un acto de porfía para no olvidar. Sigue añorando, entonces, Natalie. Estos cielos, tus cielos, añoran tu mirada también.

Besos, Natalie.